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viernes, 16 de octubre de 2026

Un sobre color crema sin remitente. Crítica de El Club del Silencio, de Juan Carlos Pazos

    



El manuscrito me llega como llegan en esta novela las cosas que importan: sin remitente, pesado, con olor a papel que ha pasado por demasiadas manos. Lo primero que hago, lo confieso, es sacudir el sobre por si dentro hay una fotografía en blanco y negro de un joven junto a un Seat Ibiza. No la hay, o no la encuentro, que en estos tiempos viene a ser lo mismo. (¿Me estáis leyendo, socios? Sé que me estáis leyendo.)

Enciendo la chimenea, que es lo que se hace en esta casa con los libros que no merecen el estante, y me siento a leer con la cerilla a mano. Treinta y nueve capítulos después la chimenea sigue casi apagada. Quien me conozca sabe que eso ya es una forma de crítica. Quien no me conozca puede seguir leyendo, que para eso escribo.

La mejor página del libro es una de jamón

Empiezo por lo que no se quema, porque lo bueno de esta novela es muy bueno y conviene decirlo antes de afilar el cuchillo.

El arranque funciona como deben funcionar los arranques: un despacho en la planta veinticinco, la Castellana atascada, un socio junior con «una fatiga antigua instalada en la médula», y un sobre que huele «a dinero antiguo». La frase del reverso, «Sabemos lo que pesaba el silencio. Ven a cenar», es de las que un editor subraya dos veces. El capítulo cierra con un remate limpio: Daniel apaga la luz «pero la oscuridad se fue con él». Pazos sabe abrir puertas.

Luego está el capítulo 4, el del allanamiento en Hacienda, donde la cabeza de Daniel huye hacia lo trivial: la mancha de barro en el zapato italiano, el zapatero de la calle Serrano, los trilobites, la teoría del caos. Así funciona el miedo de verdad. Uno no piensa en la cárcel; piensa en que tiene que llevar los zapatos a arreglar. Ahí Daniel deja de ser un personaje y empieza a ser una persona.

Y sobre todo está el capítulo 7, la votación. Es el corazón moral de la novela y su mejor demostración de oficio. «Sesión operativa número 412». Un aparejador de Parla en una pantalla de 85 pulgadas, con su chaqueta de pana y su bolsa de la compra. Escenario A, Escenario B, Escenario C, y nadie explica el C porque no hace falta. Silvia vota levantando solo el dedo índice. «En el Club no hay abstenciones». Aquí el mal no tiene cuernos: tiene orden del día. Es el mal que yo conozco, el que firma por triplicado y levanta acta.

El capítulo siguiente, en la barra de Casa Lucio, es la página que me reconcilia con el género. Una barra «con cierta dignidad preconstitucional», un Ribera demasiado joven para tanta angustia, y Elizalde apartando el plato de jamón para poner la tablet porque «la tecnología y la gastronomía eran incompatibles». Y el remate: «Límpiate la boca. Tienes grasa de jamón en el labio». Pocas veces se ha humillado mejor a un hombre en una novela española. Quien escribe esa línea sabe que el poder no grita: corrige los modales.

Y tres frases más que guardo en la cartera. Covadonga entregando a su hermano: «Haced lo que sea necesario». Elizalde diciendo: «El dinero es vulgar, se imprime, se quema». Y la mejor línea del libro, en el capítulo 27, cuando Daniel descubre que su fraude fue un decorado: «Incluso mi culpa era manufacturada».

Esa frase es la novela. Lo malo es que la novela no siempre se da cuenta.

El hombre de los disfraces

Paranoia, la primera hija literaria del autor, tuvo un segundo título: El hombre de los disfraces. Le habría sentado mejor a este libro, porque El Club del Silencio cambia de traje en cada capítulo. El lector atento va reconociendo las prendas en el ropero.

  • En los capítulos 9 a 11 viste de Le Carré: el «Control», la trampa de miel, el espía que espera en el frío junto a una cabina telefónica.
  • En el capítulo 14 se pone el traje de Philip K. Dick: Daniel es «un replicante con recuerdos implantados», la televisión se enciende sola en azul y la amenaza final es un «error 404 en la base de datos del universo».
  • En el 15 viste de tecnothriller: blindaje VR9, un 85 % de probabilidad, un clonador biométrico.
  • En el 17 se pone el hábito de Eco y Dan Brown: un Codex Umbra encuadernado «en piel humana», Rosacruces, la P2, cábala, Teseo y Ariadna. Y el propio Eco citado, por si alguien no había reconocido el hábito.
  • En el 23 el Fiscal General del Estado habla como un señor de Poniente: el Lord Comandante, la Guardia Real, «el invierno ha llegado para vosotros».
  • En el 29, Lamas recita a Dostoievski: el Gran Inquisidor con manta de cuadros.
  • En el 30 Daniel cierra la llamada con Glengarry Glen Ross: «Siempre estar cerrando».
  • Y el 32 empieza, palabra por palabra en su arquitectura, con «Muchos años después, frente a…», y termina con estirpes que no tienen segunda oportunidad sobre la tierra.

No digo que el homenaje sea pecado. Media literatura es un homenaje que salió bien. Pero cuando las costuras se ven, el lector deja de estar en Madrid. Cuando Valdés dice «el invierno ha llegado» en un despacho de la calle Fortuny, uno no ve la Fiscalía: ve una serie de HBO. Y lo curioso es que el mejor disfraz de la novela es el que el autor no tomó prestado de nadie: el del capítulo 7, el del mal con acta y orden del día. Ese traje está cortado a su medida. Yo me quedaría con ese y mandaría los demás a la tintorería.

Del acta de la reunión al tren de la bruja

Hay una escalada que me preocupa más que los disfraces. La novela empieza con un mal burocrático, verosímil, español hasta el tuétano: hormigón diluido al 40 %, un expediente sin digitalizar, un ministro que recorta el presupuesto de seguridad. Y acaba en una mansión con espejo bidireccional, una niña amordazada, un sicario con navaja de afeitar, Polaroids de niños con miras telescópicas dibujadas en rotulador rojo y un libro forrado de algo que se parece demasiado a la piel humana.

Cuanto más gótico se vuelve el Club, menos miedo da. El capítulo 27 lo demuestra sin querer. Descubrir que Elizalde provocó la insulina contaminada de Riera Pharma, que inventó las huelgas de Menéndez y que contrató a un enfermo terminal para que hiciera de narco y tentara a Daniel es infinitamente más aterrador que cualquier códice. Eso es una granja de culpables. Eso es lo que pasa ahí fuera, en los consejos de administración, sin necesidad de piel humana ni de cábala. El Club es temible cuando fabrica víctimas. Cuando secuestra niñas se convierte en un villano de matinal.

Lo mismo pasa con el recurso fácil de la infancia como atajo al horror: los menores del ministro, los «tres menores» del sótano de Arturo, los niños de los Sacrificios Fundacionales, Laura tras el cristal. Funciona una vez. Repetido, se vuelve un tic, y el lector empieza a sentir que se le aprieta un botón en vez de contársele una historia.

El muerto de la cuneta

Ahora viene lo que, si yo fuera inspector, me impediría archivar el caso.

La novela abre con un cadáver. Una mano inerte en una cuneta, un charco oscuro mezclado con la lluvia, un Daniel de veinticinco años mirando al suelo. Es el gancho, el secreto, la razón por la que Daniel va a cenar. Y en el capítulo 3 el chantaje se cambia, sin explicación, por un fraude fiscal con un narco muerto. La noche de la carretera reaparece un par de veces como recuerdo, Elizalde promete «limpiar el asfalto de esa carretera», y luego desaparece. En treinta y nueve capítulos no sabemos de quién era la mano.

En una novela negra, un cadáver sin enterrar es la única falta sin perdón. El lector lo espera hasta la última página como se espera a un invitado que no llega. Y lo grave es que la solución estaba al alcance de la mano: si el fraude fue fabricado, ¿también lo fue aquella noche? ¿Quién hizo la foto? ¿Llevaban cultivando a Daniel desde la carretera? Ahí, y no en el anillo, está la vuelta de tuerca que la novela se está pidiendo a sí misma.


Gente que entra por la ventana

Silvia es el mejor personaje y el más incoherente, y las dos cosas a la vez. Es periodista con vapeador en el capítulo 6. Es la viuda trágica de un teniente de la Guardia Civil en el 11. En el 14 saluda desde la acera, junto al coche negro, como verdugo; en el 15 es la estratega del Audi blindado, sin que nadie explique el cambio de bando de una noche para otra. Luego es bibliotecaria de una orden herética y, al final, pistolera de western que muere comprando segundos con su sangre. Y aun así la escena de la gravera funciona, porque el autor la quiere y se nota. En el capítulo 23 descubrimos que se apellida Montalvo. Si es un guiño al de Barcelona, lo acepto con una inclinación de cabeza.

Laura, en cambio, entra por la ventana. Durante quince capítulos Daniel es un hombre solo, que «rara vez pisaba» su piso del barrio de Salamanca antes de las diez y que calienta cenas precocinadas. En el 16 tiene una hija con foto enmarcada en el aparador. Su madre existe en una sola llamada («quédate con mamá») y después se evapora..

Lamas merece capítulo aparte, y lo tiene. Es lo más ambicioso del libro: un anciano consumido junto a una estufa que defiende, con argumentos que no son tontos, que alguien tiene que pecar para que la masa duerma. Es el único momento en que la novela discute ideas en lugar de intercambiar disparos. Por eso duele que Daniel le responda con el Evangelio de Mateo, «no solo de pan vive el hombre», que en ese contexto suena a estampita. Lamas gana ese debate por incomparecencia del rival. Daniel, que es abogado y lleva veinte capítulos aprendiendo cómo funciona la maquinaria, debería tener algo más afilado que decirle.


Veredicto, o lo que queda en la chimenea

El Club del Silencio es una novela con una gran novela dentro. La gran novela trata de un hombre que descubre que hasta su culpa era un producto, fabricado por gente que tiene orden del día y vota con el dedo índice. Esa novela está en los capítulos 1 a 8, en el 13 y en el 27, y es de verdad buena. A su alrededor hay un parque temático de homenajes, un cadáver sin enterrar, una niña que aparece de repente y dos finales que se pisan los talones.



Comienzo de la novela "El Club del Silencio"

 


CAPÍTULO 1

LA INVITACIÓN

 

Noviembre cayó sobre Madrid una vez más. El cielo llevaba nueve días sin levantarse, una tapa gris de nubes bajas que ni siquiera al mediodía dejaba pasar una sombra decente. Desde la planta veinticinco, Daniel Solís miraba la Castellana convertida en un río de faros: rojo hacia el norte, blanco hacia el sur, frenando y arrancando con la paciencia enferma de quien ya no espera llegar a ninguna parte.

Apoyó la frente en el cristal. Estaba frío y le sentó bien.

Cuarenta y cinco años. Socio junior en Vargas & Asociados, que en el argot de la casa significaba trabajar como un socio y cobrar como un empleado. Un piso en Salamanca que veía de noche y a oscuras. Una cuenta corriente que no le quitaba el sueño. Sobre el papel, todo correcto. Pero si alguien le hubiera preguntado esa tarde qué sentía —y hacía años que nadie se lo preguntaba—, la palabra habría sido cansancio. Un cansancio antiguo, metido en el tuétano, de esos que no se arreglan durmiendo porque no vienen del cuerpo.

Se apartó de la ventana. La caoba del escritorio brillaba bajo la luz artificial, impecable, cara. Todo en aquel despacho estaba pensado para intimidar al que se sentaba enfrente: la mesa, los tomos encuadernados que nadie abría, la vista. Solvencia de escaparate. Daniel llevaba tanto tiempo dentro que ya no sabía si el escaparate lo protegía o lo exhibía.

Marta se había ido a las siete. El bufete estaba en silencio. Sobre el secante de piel, alineado al milímetro con el borde de la mesa —Marta era así—, esperaba el correo del día. Facturas. Dos notificaciones judiciales. Revistas jurídicas que llegaban precintadas y se tiraban precintadas.

Y encima de todo, un sobre.

Sin remitente. Color crema, grueso, con un peso que no correspondía a una hoja de papel. Daniel lo cogió y el tacto lo desconcertó: rugoso, casi de lino, de esos que ya no se fabrican salvo por encargo. Se lo acercó a la cara sin pensarlo. Tabaco de pipa, cuero viejo, una humedad dulce de armario cerrado. Olía a la casa del abuelo en Segovia. Olía a dinero antiguo.

Lo abrió con el abrecartas de plata que le regaló un cliente al que sacó absuelto de un delito medioambiental. Todavía se acordaba de la cifra de peces muertos y de la cara del hombre al estrecharle la mano.

Dentro, una tarjeta rígida de bordes dorados, tipografía clásica, impresa en relieve. Se leía con los dedos antes que con los ojos.

Se requiere la presencia del Sr. Daniel Solís.

Cena de la Luna Nueva.

Restaurante L’Ombre.

Callejón de los Maestros, 7.

Esta noche. 22:00 horas.

Etiqueta rigurosa.

Se ruega discreción.

Frunció el ceño. L’Ombre. No le sonaba, y eso era lo raro. Daniel conocía todos los sitios de Madrid donde se firman las cosas que no se escriben: los reservados de Lhardy, el rincón del Club Financiero donde siempre hay música clásica, aquel japonés de Serrano con seis asientos y lista de espera de tres meses. Un restaurante en Madrid al que no se puede llegar por casualidad y del que él no había oído hablar no existía. O existía de otra manera.

Giró la tarjeta. Nada. Ni nombre, ni teléfono, ni firma.

—Absurdo —dijo en voz alta, y su propia voz le sonó ajena en el despacho vacío.

Estuvo a punto de tirarla. Le olía a captación agresiva de un club privado nuevo, de esos que venden exclusividad por meses; o a broma de algún compañero de facultad con dos copas de más y demasiado tiempo libre. Miró el reloj: las ocho y media. Tenía por delante el taxi, el ascensor, la cena precocinada, el telediario de las diez y el sofá donde a veces se quedaba dormido vestido. Se imaginó el pasillo de su casa, la luz del recibidor, el silencio. Y le pareció, de golpe, insoportable.

Volvió a coger el sobre para tirarlo, y notó que había algo más.

Metió dos dedos. Tocó una cartulina más pequeña, tamaño postal, pegada al fondo. Tuvo que inclinar el sobre para sacarla.

El aire se le paró en el pecho.

Era una fotografía. Blanco y negro, granulada, de carrete de alta sensibilidad forzado en revelado, tomada con poca luz y menos tiempo. Un callejón estrecho. Adoquines brillantes de lluvia reciente. En el centro del encuadre, un Seat Ibiza viejo con el parachoques abollado del lado derecho.

Y junto a la puerta del conductor, un hombre joven. Veinticinco años como mucho. El pelo más largo, la mandíbula apretada, los hombros de alguien que aún no ha aprendido a fingir calma.

Era él.

No el Daniel de ahora. El Daniel de aquella noche, hacía veinte años.

En la foto, el joven no miraba a la cámara. Miraba al suelo, hacia algo que había en la cuneta y que el encuadre cortaba con una precisión que no podía ser casual. Se veía una mano abierta, inmóvil, con la palma hacia arriba. Y un charco oscuro extendiéndose despacio hacia el agua de la lluvia, mezclándose con ella, perdiendo el borde.

Daniel soltó la foto como si le hubiera quemado. Cayó sobre la caoba, boca arriba.

La náusea le subió por el esófago, un golpe frío y súbito. Se agarró al respaldo de la silla. La cabeza le funcionaba a dos velocidades a la vez: una parte de él, la parte abogado, ya estaba trabajando —¿quién la hizo?, ¿desde dónde?, ¿cuánto tiempo llevaba allí esa persona esperando?—; y la otra parte, la vieja, la de debajo, solo repetía una frase idiota: no puede ser, no puede ser, no puede ser.

Porque alguien había estado allí.

Esa era la cuestión. Lo que la foto implicaba: un cuerpo humano sosteniendo una cámara a quince metros de él, en la oscuridad, sin hacer ruido, con el pulso lo bastante firme para encuadrar. Alguien que no gritó. Alguien que no llamó a la policía. Alguien que hizo la foto, esperó a que Daniel se fuera, y luego se fue también.

Y que guardó el negativo veinte años.

Daniel se sentó porque las piernas dejaron de sostenerlo. Nadie sabía lo de aquella noche. Nadie. Se había pasado dos décadas construyendo esa certeza ladrillo a ladrillo, y era una certeza sólida, comprobable: no hubo denuncia, no hubo testigos, no hubo una sola línea en un periódico. Lo comprobó. Los primeros meses lo comprobaba a diario, con la disciplina de un enfermo que se toma la temperatura; después cada semana; después dejó de comprobarlo, que es la forma que tiene el miedo de convertirse en costumbre. Y al final llegó a algo más cómodo todavía: convencerse de que aquello no había pasado exactamente así. Que el alcohol lo había exagerado. Que el pánico de los veinticinco años deforma los recuerdos. Que quizá aquel bulto en la cuneta ni siquiera estaba muerto.

Había levantado su vida entera —la carrera, el despacho, la reputación intachable, el traje que llevaba puesto— sobre la tumba de ese recuerdo. Y el terreno acababa de moverse.

Dio la vuelta a la foto con la mano temblándole visiblemente, y eso también lo humilló: llevaba veinte años enseñando a sus clientes a controlar las manos delante de un juez.

En el reverso, escrito con estilográfica de tinta negra, con una caligrafía angulosa, de otra época, de alguien educado en un colegio donde todavía se corregía la letra:

«Sabemos lo que pesaba el silencio. Ven a cenar.»

Leyó la frase tres veces. Y a la tercera entendió lo que le estaba helando la sangre, más que la foto.

Sabemos. Plural.

No era un chantajista. Un chantajista escribe en singular y pone una cifra. Un chantajista quiere dinero, y el dinero es una conversación que Daniel sabía tener: se negocia, se aplaza, se cierra con un acuerdo y una cláusula de confidencialidad. Llevaba veinte años haciendo exactamente eso para otros.

Esto era otra cosa. Sabemos significaba que la noche del callejón no era suya. Nunca lo había sido. Había un grupo de personas, en algún lugar de esta ciudad, que llevaban dos décadas guardándole el secreto —guardándoselo, esa era la palabra— y que esta noche habían decidido cobrarlo.

Y no pedían dinero. Pedían su presencia.

Se aflojó el nudo de la corbata. El aire no le llegaba. Se acercó otra vez a la ventana, buscando la Castellana, el tráfico, cualquier cosa normal a la que agarrarse.

Ya no vio los coches. Con el despacho iluminado y la noche fuera, el cristal se había vuelto espejo. Vio a un hombre pálido, de mediana edad, con el cuello desabrochado y la corbata torcida, mirándolo desde el otro lado. Un desconocido con su cara.

Y detrás de ese hombre, reflejada también, la fotografía sobre la caoba.

Podía no ir. Eso lo pensó con toda claridad, y se obligó a pensarlo despacio. Podía coger la foto, romperla en ocho pedazos, tirarlos en tres papeleras distintas de camino a casa y no aparecer. ¿Y después? Después habría un lunes. Y un martes. Y en algún momento —dentro de una semana o de tres años, y esa incertidumbre era precisamente el mecanismo— llegaría otro sobre. A su casa, quizá. O a Vargas. O al colegio de abogados. La gente que espera veinte años tiene una relación con el tiempo que Daniel no podía permitirse.

No ir no era una decisión. Era solo aplazar la decisión, dejándosela a ellos.

Miró el reloj: las nueve menos veinte. El esmoquin estaba en la tintorería de la esquina de su calle, que cerraba a las nueve. La ironía le arrancó algo parecido a una risa, un ruido corto y feo que se murió en el despacho vacío. Le habían dado dos horas y media. Ni una más. Los suficiente para llegar a tiempo, no las suficientes para averiguar nada.

Eso también estaba calculado.

Cogió la foto de la mesa. Ahora, con la nuca fría y la cabeza empezando a funcionar de verdad, se fijó en un detalle que se le había escapado en el primer golpe de pánico: el encuadre. Quienquiera que disparara no había fotografiado a un muerto en una cuneta. Había fotografiado a Daniel Solís mirando a un muerto en una cuneta. El cuerpo estaba cortado a propósito, reducido a una mano y un charco. Todo el peso de la imagen recaía sobre el joven de pie junto al coche.

No era la prueba de un crimen. Era el retrato de un hombre en el instante exacto en que decidió no hacer nada.

Y quien la hizo lo sabía. Sabía qué estaba fotografiando y por qué esa versión valía más que la otra.

Guardó la cartulina en el bolsillo interior de la americana, contra el pecho, donde el corazón le iba deprisa y desordenado. Cogió el abrigo del perchero. Apagó la lámpara de la mesa, y luego la del techo.

El despacho se quedó a oscuras a su espalda.

La oscuridad se fue con él.

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lunes, 10 de agosto de 2026

Crítica de “ La médica de guardia”




Hay libros que se leen y libros que se quedan encendidos en la habitación cuando uno ya ha apagado la luz. “La médica de guardia” pertenece a los segundos.


Marina Seoane no comete errores. Lleva ocho años siendo la mejor médica de urgencias de su hospital de A Coruña, y esa perfección no es vocación: es penitencia. Una noche, en la cama seis del box de pediatría, un niño de seis años con una crisis asmática empieza a respirar con el mismo silbido exacto que respiró su hija Nuria antes de morir. Y su madre pronuncia, palabra por palabra, la frase que Marina lleva ocho años oyendo en sueños: «Pensé que no era nada.» No es casualidad. Vuelve a ocurrir. Y otra vez. Como si aquella cama la estuviera esperando.


A partir de esa premisa —de una sencillez inquietante—, Pazos construye una novela que se mueve con una elegancia rara entre dos aguas. Por un lado, el pulso del thriller psicológico: ¿es la cama seis un fenómeno que la razón no alcanza, o el cansancio y el dolor dibujando patrones donde solo hay estadística? El autor tiene la inteligencia de no contestar del todo, y de que esa ambigüedad no frustre, sino que ilumine. Por otro, el retrato social de un hospital público sostenido a duras penas por las manos que nadie contabiliza: Charo, la supervisora que lleva veinte años esperando una plaza fija; Yolanda, que dobla turnos para pagar la ortodoncia de su hija; Carmen, la limpiadora que sabe de los pacientes lo que no recoge ningún informe clínico. Son ellas, y no los despachos, quienes mantienen el edificio en pie.


La prosa —de frase larga, cálida, acumulativa— avanza sin prisa y sin una sola nota falsa, y alcanza su punto más alto en un encuentro que no se olvida: el día en que Marina viaja a un pueblo del interior de Lugo a buscar al hombre al que ha odiado con nombre y apellido durante casi una década, y descubre que la rabia, cuando por fin se mira de cerca, casi nunca cabe en una sola persona. Es una de las escenas más honestas sobre el perdón —y sobre por qué a veces el perdón ni siquiera es lo que hace falta— que ha dado la narrativa española reciente.


“La médica de guardia” cierra el tríptico “El lado oscuro del éxito”, pero se sostiene sola, entera, luminosa incluso cuando duele. Una historia sobre cuánto pesa lo que cargamos solos —y sobre el momento exacto en que aprendemos a dejar que alguien nos ayude a bajarlo.


No faltan camas. Faltan manos. Y falta, sobre todo, quien sepa contarlo así.


Carlos Martínez 


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viernes, 7 de agosto de 2026

Crítica literaria de “El secreto de Carlos V”




El secreto de Carlos V es una novela histórica con una clara vocación de entretenimiento. Desde las primeras páginas queda claro que el autor no pretende escribir una biografía académica del emperador, sino construir una historia donde los hechos históricos sirven de escenario para un misterio de mayor alcance.


Uno de sus mayores aciertos es el estilo narrativo. La prosa es elegante, fluida y muy visual. Abundan las metáforas (“Carlos heredó un laberinto de coronas”) y las reflexiones filosóficas sobre el poder, el destino y la historia, que aportan personalidad al relato. El ritmo es dinámico, alternando pasajes descriptivos con escenas dialogadas que mantienen el interés del lector.


La ambientación histórica está bien conseguida. El autor demuestra un conocimiento sólido del contexto político de comienzos del siglo XVI: la llegada de Carlos a Castilla, las tensiones con la nobleza, la influencia de Chièvres, la figura de Juana I y el complicado equilibrio del Imperio aparecen tratados con bastante rigor histórico. 


Sin embargo, la novela toma una decisión clara: mezclar historia y conspiración. La aparición del supuesto secreto relacionado con templarios, judíos expulsados y un antiguo misterio europeo introduce un componente casi esotérico que recuerda a autores como Umberto Eco o Dan Brown, aunque con un tono más sobrio. Esta mezcla funciona como recurso narrativo, pero puede resultar problemática para quienes busquen una reconstrucción estrictamente histórica.


Los personajes están bien perfilados. Carlos aparece como un joven inseguro obligado a cargar con un destino inmenso, mientras que Juana de Castilla se presenta de forma especialmente interesante: lejos del tópico de “Juana la Loca”, aparece como una mujer posiblemente víctima de intereses políticos, inteligente y consciente del juego de poder que la rodea.


Es una novela que consigue algo difícil: hacer que un episodio muy conocido de la historia de España resulte emocionante sin renunciar a una escritura cuidada. Puede situarse entre las novelas históricas españolas más atractivas para el gran público, especialmente para lectores que disfrutan de autores como Pérez-Reverte, José Calvo Poyato o Luis Zueco, aunque con un componente de misterio más marcado.


Elena Ríos


El secreto de Carlos V (Spanish Edition) a.co/d/02kzKQC5

Capítulo 1 de “La médica de guardia”



Turno de noche

La sala de espera olía a gripe, a café de máquina y a ese sudor frío que sueltan los cuerpos cuando llevan demasiadas horas teniendo miedo. Marina Seoane conocía ese olor mejor que el de su propia casa, y a estas alturas de febrero, con el hospital desbordado y el termómetro marcando en la calle una de esas noches gallegas que calan hasta el hueso, hasta le resultaba reconfortante. Era el olor del trabajo bien hecho. Era, también, el único lugar del mundo donde Marina se sentía completamente despierta.

—Box tres, disnea aguda, varón de setenta y ocho años, satura al ochenta y cinco —dijo Yolanda sin levantar la vista de la pantalla, tecleando con la rapidez de quien ha aprendido a escribir historias clínicas mientras corre.

—Voy.

Marina ya se estaba moviendo. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja que no se había tocado en seis horas, la bata arrugada sobre un jersey de cuello alto, y ese paso decidido, sin prisa aparente pero sin un solo movimiento de más, que sus compañeros más jóvenes intentaban imitar sin éxito. Alguien había dicho una vez, en la cafetería, que Marina Seoane caminaba por urgencias como quien camina por su propio salón a oscuras: sin tropezar jamás, sin necesitar la luz.

Lo que nadie decía en voz alta, aunque todos lo pensaban, era que llevaba caminando así desde hacía ocho años, y que antes de eso Marina se reía más.

El hombre del box tres se llamaba Eliseo y tenía las manos de alguien que había trabajado la tierra toda su vida, unas manos grandes y agrietadas que ahora se aferraban a la barandilla de la camilla. A su lado, una mujer de su misma edad —su mujer, dedujo Marina antes de que nadie se lo confirmara, por la manera en que le sostenía la otra mano sin mirarla— repetía en voz baja una palabra que sonaba a plegaria y a reproche a partes iguales.

—Eliseo. Eliseo, respira. Respira, anda.

—Voy a escucharle el pecho, Eliseo, no se preocupe —dijo Marina, y su voz pareció aflojar algo en los hombros del hombre.

Insuficiencia cardíaca descompensada, probable. Edema agudo de pulmón. Marina pidió gasometría, furosemida, oxígeno a alto flujo, y todo lo dijo sin levantar la voz, con esa cadencia suya que Adrián, el residente de primer año que la seguía dos pasos por detrás con la libreta temblándole en la mano, había aprendido a reconocer como el sonido exacto del control absoluto.

—¿Anota usted el tratamiento o prefiere que lo grite tres veces? —le dijo Marina, sin mirarlo, mientras auscultaba.

Adrián empezó a escribir tan rápido que se le cayó el bolígrafo.

Marina lo hubiera explicado, si alguien le hubiera preguntado alguna vez y ella hubiera estado dispuesta a responder con sinceridad: quería que aquel chico de veintipocos años, que aún tenía la costumbre de disculparse antes de tocar a los pacientes, entendiera cuanto antes que en aquel pasillo no existía el margen para la torpeza que sí existe en las aulas de la facultad. Que un segundo de más, una duda mal gestionada, una orden que no se comprueba, podían significar la diferencia entre la vida de alguien y una llamada telefónica que cambiaría la vida de otra persona para siempre.

Ella lo sabía. Ella tenía la autoridad moral de quien lo sabía de la peor manera posible.

Eliseo mejoró en cuarenta minutos. Cuando la saturación subió por encima del noventa y dos por ciento, su mujer soltó por fin la mano y se llevó la suya propia a la boca, y Marina reconoció ese gesto también, ese instante exacto en que el miedo, al no tener ya trabajo que hacer, se convierte en otra cosa —alivio, o llanto, o las dos cosas mezcladas sin orden— y sale del cuerpo como puede.

—Gracias, doctora —dijo el hombre, con un hilo de voz que sonaba a cansancio.

—Gracias a usted por venir a tiempo —respondió Marina, y era verdad, y era además la frase que decía siempre.

Salió del box y se topó con Charo, la supervisora de enfermería, apoyada en el mostrador central con un vaso de café que llevaba frío media hora, mirando la pantalla de admisiones con la expresión de quien hace cálculos que nunca le van a salir bien.

—Cuarenta y tres en espera —dijo Charo sin que nadie le preguntara—. Y solo quedan tres médicos hasta las ocho de la mañana. Vosotros, la de Traumatología y el pobre de Reyes, que lleva dieciséis horas aquí porque no ha venido nadie a relevarlo.

—¿Y Pediatría?

—Pediatría cerró la consulta de referencia hace un mes, ya lo sabes. Todo lo que no sea ingreso nos lo mandan aquí, mezclado con los adultos.

Marina no respondió. Llevaba dieciocho años en aquel hospital y había visto cómo la plantilla de guardia se reducía año tras año mientras la ciudad crecía, cómo los contratos se convertían en parches de tres meses, cómo mujeres como Charo sostenían literalmente con sus cuerpos, con sus varices y su insomnio crónico, un sistema que en los despachos de la consejería alguien seguía llamando «sostenible».

—Yolanda ha hecho doble turno otra vez —añadió Charo, bajando la voz—. Le están retrasando la ortodoncia del crío. Doscientos euros al mes que no le llegan de ningún sitio.

—Dile que se los adelanto yo.

—Ya se lo dije la semana pasada. Dijo que no.

—Pues díselo otra vez.

Charo la miró un instante más de lo necesario, con esa mezcla de cariño y cautela que solo se permitían las personas que llevaban el tiempo suficiente trabajando junto a Marina Seoane.

—Eres una caja de sorpresas, Marina. Dura como una piedra con los residentes y luego pagas ortodoncias.

—Los residentes no tienen hijos con los dientes torcidos. Tienen que aprender a no matar a nadie. Son prioridades distintas.

Lo dijo en tono ligero, casi de broma, y sin embargo algo en la frase se quedó flotando entre las dos más tiempo del que debería.

Fue entonces, a las tres y veinte de la madrugada, cuando sonó el aviso.

—Box seis. Niño, seis años, crisis asmática, disnea intensa, satura al ochenta y ocho al entrar —dijo la voz por megafonía, y Marina notó, antes incluso de moverse, esa sacudida física que llevaba ocho años sintiendo cada vez que un aviso incluía la palabra «niño» y una edad de un solo dígito, un golpe que había aprendido a tragarse en el tiempo que tardaba en dar tres pasos.

Seis años. La misma edad. Siempre la misma edad, aunque el calendario dijera que Nuria, si estuviera viva, tendría ya catorce.

—Voy yo —dijo, y su voz sonó exactamente igual que un minuto antes, exactamente igual que siempre, porque esa era la disciplina que se había impuesto: que nadie, nunca, pudiera notar la diferencia.

Adrián la siguió, la libreta ya en la mano, el bolígrafo esta vez bien sujeto.

En el box seis, una mujer joven sostenía contra el pecho a un niño pequeño que respiraba con un silbido agudo, tirando de los músculos del cuello con cada inspiración, los labios ligeramente azulados bajo la luz blanca del fluorescente.

—Se puso así de repente, doctora, estaba bien, estaba jugando, y de repente empezó a...

—¿Cómo se llama?

—Martín.

—Martín, voy a ponerte esto en el dedo, no duele nada, es como una pinza de la ropa —dijo Marina, ya con el pulsioxímetro en la mano, la voz suavizada un grado exacto, el grado que reservaba solo para los niños.

Y entonces, mientras el aparato empezaba a pitar y la cifra de saturación parpadeaba antes de estabilizarse, Marina sintió algo que se le clavó entre las costillas como una astilla fina y que tardaría semanas en reconocer como lo que era: no fue el niño, ni el silbido de su pecho, ni siquiera el azul tenue de sus labios. Fue la manera exacta en que la madre pronunció la siguiente frase, con la misma cadencia, con las mismas palabras casi de memoria de un guion que Marina había vivido una sola vez en su vida, hace ocho años, en otro hospital, al otro lado de esta misma bata blanca.

—Es que ayer también le costaba un poco, pero pensé que eran los mocos, doctora. Pensé que no era nada.

Marina se quedó quieta una fracción de segundo de más. Adrián, que no apartaba los ojos de ella esperando la siguiente orden, no llegó a notarlo. Charo, que pasaba por el pasillo en ese instante con una bandeja de medicación, tampoco. Solo la propia Marina sintió el suelo del box seis ladearse levemente bajo sus pies, y solo ella escuchó, en algún lugar detrás de sus propias sienes, una voz que no era la de la madre de Martín, sino otra, mucho más antigua, mucho más querida, diciendo exactamente las mismas palabras en el mismo orden exacto.

«Pensé que no era nada.»

—Salbutamol nebulizado, ya —dijo Marina, y su voz volvió a sonar como siempre, sin una sola grieta—. Y corticoide oral. Rápido.

Adrián escribió. La madre lloró en silencio, apretando la mano libre del niño. Y Marina Seoane, que llevaba dieciocho años sabiendo exactamente qué hacer con cada síntoma que un cuerpo humano era capaz de producir, se descubrió por primera vez en mucho tiempo sin saber qué hacer con lo que le estaba pasando a ella.

Fuera, en el pasillo, alguien tosía. Un carro de medicación chirriaba al girar en una esquina. La noche seguía teniendo cuarenta y tres personas esperando y tres médicos para atenderlas, y en algún lugar de la ciudad, Charo lo sabía, había una consejería de sanidad calculando presupuestos con números que jamás se correspondían con las horas reales que costaba salvar a alguien.

Y Martín, seis años, respiraba ya un poco mejor bajo la máscara de nebulización, ajeno por completo a que acababa de resucitar, sin saberlo, un fantasma con el que su médica llevaba ocho años compartiendo cama vacía.

jueves, 6 de agosto de 2026

Lo que aún debo decir (poema de “Entre travesuras y lloros “)



Entre travesuras y lloros


Vamos a decirlo,

la ira que desborda,
injertada en el tiempo,
más allá de la casualidad,
entre nuestros rostros, sí.

Si no se cerrará la puerta,
también los oídos
a la ráfaga amarga
que viene por el aire,
siempre sin recordar lo nuestro,
siempre guiada por el robo.

Y es que comprendí las palabras,
pero perdí el norte.
Por eso vuelvo a decir,
como antes,
que anhelo tu verdad
y no la de quienes te rodean.

Al compás del aliento
oigo el latido errante de tu corazón,
cuerda tensa de un difunto
que murió
después mía.

¿Soy yo ese difunto,
o eres tú?
Quizá la seamos ambos,
pero con el ala del recuerdo,
sin mí.

Necesito la otra orilla del reino,
el grito hundido en el barro,
el balbuceo de tu lengua,
eco de la separación,
más allá de mí.

Por eso vuelvo a decir:
aunque ya no estés aquí,
me arrojo hacia ti.
Quedan fuera las heridas,
las que se hunden
y las que permanecen,
entre el ruido y la existencia,
para seguir viviendo.

Sube un escalofrío sin remedio,
que me acompaña como un azul sombrío;
pero cuando llega la noche,
te busco
y no te encuentro.

¿Por qué tuvo que ser así?
¿Por qué este juego cruel?

Ahora, en mi interior,
ya no queda nada,
solo una angustia
que estalla,
desgarrada
por todo lo que vino.

Así que debo decirlo,
me lo digo a mí mismo:
aunque me pierda,
y no caigas tú por mí.

miércoles, 5 de agosto de 2026

El Bautizo (capítulo 3 de “El secreto de Carlos V”)


La familia arrastraba un catálogo de traiciones: María de Borgoña muerta al caer del caballo, Maximiliano preso en la misma ciudad donde debía reinar, Felipe retenido como garantía viviente de obediencia. Todo parecía tejerse en un patrón siniestro, como si Gante ejecutara una voluntad mayor, la de un lugar que ponía a prueba a quienes osaban llamarse sus señores.

En ese caldo de desconfianza nació Carlos. El bautizo en San Bavón fue un acto de desafío: fijar en lo sagrado lo que en lo político se movía. Pero incluso allí, bajo los cirios y las voces del coro, flotaba una nota inquietante. Cada bendición era también una advertencia.

Y luego está Juana. Su madre empezaba a mostrar los primeros signos de lo que los cronistas llamarían locura. Aunque quizá no fuera locura, sino una percepción distinta: un acceso a dimensiones que los demás no podían —o no querían— comprender. Los Reyes Católicos la miraban con una mezcla de angustia y desconcierto, sin decidir si tenían delante a una enferma o a una visionaria.

Así creció Carlos: entre la devoción solemne de Bruselas y las intrigas flamencas, entre la ambición de su abuelo Maximiliano y los desvaríos de su madre, entre la astucia calculada de Isabel y Fernando y la impaciencia de su padre. Todo a su alrededor tiraba en direcciones opuestas. De esa tensión imposible emergía el niño.

Pero la sorpresa más honda la suscita la propia lógica de los acontecimientos. ¿Cómo, de una familia acosada por la inestabilidad, la sospecha de locura y el peso de las traiciones, surgiría el emperador que dominaría medio mundo? ¿Acaso la Historia jugaba con dados cargados, ocultando en cada giro un designio que nadie supo descifrar?

En 1505, todavía niño, Carlos presenció en Bruselas las exequias de Isabel la Católica. Aquella mujer a la que nunca conoció alteraba el curso de su vida desde más allá de la tumba. La misa de Josquin des Prés, el desfile de estandartes proclamando títulos interminables: todo el aparato parecía dirigido tanto a los presentes como a una fuerza invisible. La corte entera se empeñaba en convencer al propio destino. En aquella ceremonia se jugaba algo más que un relevo dinástico, y el niño, sin acabar de entenderlo, comprendió por primera vez que su familia no era como las demás. Aquellos títulos gritados a los cuatro vientos, aquellos adultos inclinándose ante sus padres, lo fascinaban y lo desconcertaban a la vez. Entre el orgullo y la extrañeza, Carlos empezaba a intuir que estaba destinado a algo extraordinario, aunque aún no supiera qué forma tendría lo extraordinario.

Poco después llegó un momento más memorable todavía: el encuentro con su abuelo Maximiliano, emperador del Sacro Imperio. Durante más de un mes, el anciano permaneció en los Países Bajos, y Carlos asistió con ojos asombrados a los torneos que presidió en el gran salón de palacio y en el parque de Bruselas. En uno de ellos participó su propio padre junto a tres cortesanos, todos de rojo y amarillo a la manera española, mientras las lanzas se quebraban y los caballos caracoleaban ante la multitud rugiente. Carlos, encogido en su asiento, no sabía si aquello era un juego magnífico o una danza peligrosa. La frontera entre espectáculo y amenaza se le antojaba borrosa. Y le sobrecogía la sospecha de que el poder se movía, siempre, exactamente en esa frontera.

Hubo más que ceremonias en la vida del pequeño príncipe. Felipe había traído de España una colección de animales exóticos: cuatro camellos, dos pelícanos, un avestruz, además de algunas gallinas de Guinea, que se sumaban a los leones y osos de los jardines de Gante y Bruselas.

El niño se divertía azuzando a los leones con un palo.

Los criados se reían. Carlos no sabía si celebraban su valentía o la inconsciencia que les helaba la sangre.

En sus aposentos se batía contra las figuras bordadas de los tapices, imaginando batallas que lo envolvían tanto que a veces dudaba de quién había empezado la lucha: si él, o las figuras que en su fervor parecían moverse. Los caballitos de juguete de Maximiliano, el carrito de ponis en el que arrastraba a sus hermanas: símbolos de mando en miniatura, ensayos de un destino del que no podía apartarse. Y en medio de esos juegos, una sensación lo perseguía: que los jardines del palacio lo observaban más de lo que él los observaba a ellos.

Los cortesanos también lo miraban, con esa mezcla de afecto y cálculo. Adriano de Utrecht, su futuro preceptor, anotaba cada gesto en un cuaderno de tapas de cuero: «El niño muestra una determinación inquebrantable. Cuando pierde, su rostro se ensombrece, pero nunca llora». Carlos se sentía escrutado como el objeto de un experimento secreto. No sabía nombrarlo, pero intuía que su vida pertenecía a otros. Esa sombra se le incrustó en el alma a modo de presentimiento.

El juego que más lo delataba era el de los ejércitos: organizaba a sus pajes en cristianos y turcos. Siempre mandaba a los cristianos. Siempre vencía.

Aquellos primeros recuerdos —las exequias de Isabel, los torneos de Maximiliano, los animales exóticos, los tapices en movimiento, los ejércitos de pajes— se le grabaron con la fuerza de lo maravilloso y lo extraño. Pero por debajo de todos persistía una sensación que nada pudo erradicar: la certeza de saberse actor de un guion escrito mucho antes de que él pudiera leerlo.

Quién lo había escrito era otra cuestión.


El secreto de Carlos V (Spanish Edition)

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