El manuscrito me llega como llegan en esta novela las cosas que importan: sin remitente, pesado, con olor a papel que ha pasado por demasiadas manos. Lo primero que hago, lo confieso, es sacudir el sobre por si dentro hay una fotografía en blanco y negro de un joven junto a un Seat Ibiza. No la hay, o no la encuentro, que en estos tiempos viene a ser lo mismo. (¿Me estáis leyendo, socios? Sé que me estáis leyendo.)
Enciendo la chimenea, que es lo que se hace en esta casa con los libros que no merecen el estante, y me siento a leer con la cerilla a mano. Treinta y nueve capítulos después la chimenea sigue casi apagada. Quien me conozca sabe que eso ya es una forma de crítica. Quien no me conozca puede seguir leyendo, que para eso escribo.
La mejor página del libro es una de jamón
Empiezo por lo que no se quema, porque lo bueno de esta novela es muy bueno y conviene decirlo antes de afilar el cuchillo.
El arranque funciona como deben funcionar los arranques: un despacho en la planta veinticinco, la Castellana atascada, un socio junior con «una fatiga antigua instalada en la médula», y un sobre que huele «a dinero antiguo». La frase del reverso, «Sabemos lo que pesaba el silencio. Ven a cenar», es de las que un editor subraya dos veces. El capítulo cierra con un remate limpio: Daniel apaga la luz «pero la oscuridad se fue con él». Pazos sabe abrir puertas.
Luego está el capítulo 4, el del allanamiento en Hacienda, donde la cabeza de Daniel huye hacia lo trivial: la mancha de barro en el zapato italiano, el zapatero de la calle Serrano, los trilobites, la teoría del caos. Así funciona el miedo de verdad. Uno no piensa en la cárcel; piensa en que tiene que llevar los zapatos a arreglar. Ahí Daniel deja de ser un personaje y empieza a ser una persona.
Y sobre todo está el capítulo 7, la votación. Es el corazón moral de la novela y su mejor demostración de oficio. «Sesión operativa número 412». Un aparejador de Parla en una pantalla de 85 pulgadas, con su chaqueta de pana y su bolsa de la compra. Escenario A, Escenario B, Escenario C, y nadie explica el C porque no hace falta. Silvia vota levantando solo el dedo índice. «En el Club no hay abstenciones». Aquí el mal no tiene cuernos: tiene orden del día. Es el mal que yo conozco, el que firma por triplicado y levanta acta.
El capítulo siguiente, en la barra de Casa Lucio, es la página que me reconcilia con el género. Una barra «con cierta dignidad preconstitucional», un Ribera demasiado joven para tanta angustia, y Elizalde apartando el plato de jamón para poner la tablet porque «la tecnología y la gastronomía eran incompatibles». Y el remate: «Límpiate la boca. Tienes grasa de jamón en el labio». Pocas veces se ha humillado mejor a un hombre en una novela española. Quien escribe esa línea sabe que el poder no grita: corrige los modales.
Y tres frases más que guardo en la cartera. Covadonga entregando a su hermano: «Haced lo que sea necesario». Elizalde diciendo: «El dinero es vulgar, se imprime, se quema». Y la mejor línea del libro, en el capítulo 27, cuando Daniel descubre que su fraude fue un decorado: «Incluso mi culpa era manufacturada».
Esa frase es la novela. Lo malo es que la novela no siempre se da cuenta.
El hombre de los disfraces
Paranoia, la primera hija literaria del autor, tuvo un segundo título: El hombre de los disfraces. Le habría sentado mejor a este libro, porque El Club del Silencio cambia de traje en cada capítulo. El lector atento va reconociendo las prendas en el ropero.
- En los capítulos 9 a 11 viste de Le Carré: el «Control», la trampa de miel, el espía que espera en el frío junto a una cabina telefónica.
- En el capítulo 14 se pone el traje de Philip K. Dick: Daniel es «un replicante con recuerdos implantados», la televisión se enciende sola en azul y la amenaza final es un «error 404 en la base de datos del universo».
- En el 15 viste de tecnothriller: blindaje VR9, un 85 % de probabilidad, un clonador biométrico.
- En el 17 se pone el hábito de Eco y Dan Brown: un Codex Umbra encuadernado «en piel humana», Rosacruces, la P2, cábala, Teseo y Ariadna. Y el propio Eco citado, por si alguien no había reconocido el hábito.
- En el 23 el Fiscal General del Estado habla como un señor de Poniente: el Lord Comandante, la Guardia Real, «el invierno ha llegado para vosotros».
- En el 29, Lamas recita a Dostoievski: el Gran Inquisidor con manta de cuadros.
- En el 30 Daniel cierra la llamada con Glengarry Glen Ross: «Siempre estar cerrando».
- Y el 32 empieza, palabra por palabra en su arquitectura, con «Muchos años después, frente a…», y termina con estirpes que no tienen segunda oportunidad sobre la tierra.
No digo que el homenaje sea pecado. Media literatura es un homenaje que salió bien. Pero cuando las costuras se ven, el lector deja de estar en Madrid. Cuando Valdés dice «el invierno ha llegado» en un despacho de la calle Fortuny, uno no ve la Fiscalía: ve una serie de HBO. Y lo curioso es que el mejor disfraz de la novela es el que el autor no tomó prestado de nadie: el del capítulo 7, el del mal con acta y orden del día. Ese traje está cortado a su medida. Yo me quedaría con ese y mandaría los demás a la tintorería.
Del acta de la reunión al tren de la bruja
Hay una escalada que me preocupa más que los disfraces. La novela empieza con un mal burocrático, verosímil, español hasta el tuétano: hormigón diluido al 40 %, un expediente sin digitalizar, un ministro que recorta el presupuesto de seguridad. Y acaba en una mansión con espejo bidireccional, una niña amordazada, un sicario con navaja de afeitar, Polaroids de niños con miras telescópicas dibujadas en rotulador rojo y un libro forrado de algo que se parece demasiado a la piel humana.
Cuanto más gótico se vuelve el Club, menos miedo da. El capítulo 27 lo demuestra sin querer. Descubrir que Elizalde provocó la insulina contaminada de Riera Pharma, que inventó las huelgas de Menéndez y que contrató a un enfermo terminal para que hiciera de narco y tentara a Daniel es infinitamente más aterrador que cualquier códice. Eso es una granja de culpables. Eso es lo que pasa ahí fuera, en los consejos de administración, sin necesidad de piel humana ni de cábala. El Club es temible cuando fabrica víctimas. Cuando secuestra niñas se convierte en un villano de matinal.
Lo mismo pasa con el recurso fácil de la infancia como atajo al horror: los menores del ministro, los «tres menores» del sótano de Arturo, los niños de los Sacrificios Fundacionales, Laura tras el cristal. Funciona una vez. Repetido, se vuelve un tic, y el lector empieza a sentir que se le aprieta un botón en vez de contársele una historia.
El muerto de la cuneta
Ahora viene lo que, si yo fuera inspector, me impediría archivar el caso.
La novela abre con un cadáver. Una mano inerte en una cuneta, un charco oscuro mezclado con la lluvia, un Daniel de veinticinco años mirando al suelo. Es el gancho, el secreto, la razón por la que Daniel va a cenar. Y en el capítulo 3 el chantaje se cambia, sin explicación, por un fraude fiscal con un narco muerto. La noche de la carretera reaparece un par de veces como recuerdo, Elizalde promete «limpiar el asfalto de esa carretera», y luego desaparece. En treinta y nueve capítulos no sabemos de quién era la mano.
En una novela negra, un cadáver sin enterrar es la única falta sin perdón. El lector lo espera hasta la última página como se espera a un invitado que no llega. Y lo grave es que la solución estaba al alcance de la mano: si el fraude fue fabricado, ¿también lo fue aquella noche? ¿Quién hizo la foto? ¿Llevaban cultivando a Daniel desde la carretera? Ahí, y no en el anillo, está la vuelta de tuerca que la novela se está pidiendo a sí misma.
Gente que entra por la ventana
Silvia es el mejor personaje y el más incoherente, y las dos cosas a la vez. Es periodista con vapeador en el capítulo 6. Es la viuda trágica de un teniente de la Guardia Civil en el 11. En el 14 saluda desde la acera, junto al coche negro, como verdugo; en el 15 es la estratega del Audi blindado, sin que nadie explique el cambio de bando de una noche para otra. Luego es bibliotecaria de una orden herética y, al final, pistolera de western que muere comprando segundos con su sangre. Y aun así la escena de la gravera funciona, porque el autor la quiere y se nota. En el capítulo 23 descubrimos que se apellida Montalvo. Si es un guiño al de Barcelona, lo acepto con una inclinación de cabeza.
Laura, en cambio, entra por la ventana. Durante quince capítulos Daniel es un hombre solo, que «rara vez pisaba» su piso del barrio de Salamanca antes de las diez y que calienta cenas precocinadas. En el 16 tiene una hija con foto enmarcada en el aparador. Su madre existe en una sola llamada («quédate con mamá») y después se evapora..
Lamas merece capítulo aparte, y lo tiene. Es lo más ambicioso del libro: un anciano consumido junto a una estufa que defiende, con argumentos que no son tontos, que alguien tiene que pecar para que la masa duerma. Es el único momento en que la novela discute ideas en lugar de intercambiar disparos. Por eso duele que Daniel le responda con el Evangelio de Mateo, «no solo de pan vive el hombre», que en ese contexto suena a estampita. Lamas gana ese debate por incomparecencia del rival. Daniel, que es abogado y lleva veinte capítulos aprendiendo cómo funciona la maquinaria, debería tener algo más afilado que decirle.
Veredicto, o lo que queda en la chimenea
El Club del Silencio es una novela con una gran novela dentro. La gran novela trata de un hombre que descubre que hasta su culpa era un producto, fabricado por gente que tiene orden del día y vota con el dedo índice. Esa novela está en los capítulos 1 a 8, en el 13 y en el 27, y es de verdad buena. A su alrededor hay un parque temático de homenajes, un cadáver sin enterrar, una niña que aparece de repente y dos finales que se pisan los talones.


