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miércoles, 5 de agosto de 2026

El Bautizo (capítulo 3 de “El secreto de Carlos V”)


La familia arrastraba un catálogo de traiciones: María de Borgoña muerta al caer del caballo, Maximiliano preso en la misma ciudad donde debía reinar, Felipe retenido como garantía viviente de obediencia. Todo parecía tejerse en un patrón siniestro, como si Gante ejecutara una voluntad mayor, la de un lugar que ponía a prueba a quienes osaban llamarse sus señores.

En ese caldo de desconfianza nació Carlos. El bautizo en San Bavón fue un acto de desafío: fijar en lo sagrado lo que en lo político se movía. Pero incluso allí, bajo los cirios y las voces del coro, flotaba una nota inquietante. Cada bendición era también una advertencia.

Y luego está Juana. Su madre empezaba a mostrar los primeros signos de lo que los cronistas llamarían locura. Aunque quizá no fuera locura, sino una percepción distinta: un acceso a dimensiones que los demás no podían —o no querían— comprender. Los Reyes Católicos la miraban con una mezcla de angustia y desconcierto, sin decidir si tenían delante a una enferma o a una visionaria.

Así creció Carlos: entre la devoción solemne de Bruselas y las intrigas flamencas, entre la ambición de su abuelo Maximiliano y los desvaríos de su madre, entre la astucia calculada de Isabel y Fernando y la impaciencia de su padre. Todo a su alrededor tiraba en direcciones opuestas. De esa tensión imposible emergía el niño.

Pero la sorpresa más honda la suscita la propia lógica de los acontecimientos. ¿Cómo, de una familia acosada por la inestabilidad, la sospecha de locura y el peso de las traiciones, surgiría el emperador que dominaría medio mundo? ¿Acaso la Historia jugaba con dados cargados, ocultando en cada giro un designio que nadie supo descifrar?

En 1505, todavía niño, Carlos presenció en Bruselas las exequias de Isabel la Católica. Aquella mujer a la que nunca conoció alteraba el curso de su vida desde más allá de la tumba. La misa de Josquin des Prés, el desfile de estandartes proclamando títulos interminables: todo el aparato parecía dirigido tanto a los presentes como a una fuerza invisible. La corte entera se empeñaba en convencer al propio destino. En aquella ceremonia se jugaba algo más que un relevo dinástico, y el niño, sin acabar de entenderlo, comprendió por primera vez que su familia no era como las demás. Aquellos títulos gritados a los cuatro vientos, aquellos adultos inclinándose ante sus padres, lo fascinaban y lo desconcertaban a la vez. Entre el orgullo y la extrañeza, Carlos empezaba a intuir que estaba destinado a algo extraordinario, aunque aún no supiera qué forma tendría lo extraordinario.

Poco después llegó un momento más memorable todavía: el encuentro con su abuelo Maximiliano, emperador del Sacro Imperio. Durante más de un mes, el anciano permaneció en los Países Bajos, y Carlos asistió con ojos asombrados a los torneos que presidió en el gran salón de palacio y en el parque de Bruselas. En uno de ellos participó su propio padre junto a tres cortesanos, todos de rojo y amarillo a la manera española, mientras las lanzas se quebraban y los caballos caracoleaban ante la multitud rugiente. Carlos, encogido en su asiento, no sabía si aquello era un juego magnífico o una danza peligrosa. La frontera entre espectáculo y amenaza se le antojaba borrosa. Y le sobrecogía la sospecha de que el poder se movía, siempre, exactamente en esa frontera.

Hubo más que ceremonias en la vida del pequeño príncipe. Felipe había traído de España una colección de animales exóticos: cuatro camellos, dos pelícanos, un avestruz, además de algunas gallinas de Guinea, que se sumaban a los leones y osos de los jardines de Gante y Bruselas.

El niño se divertía azuzando a los leones con un palo.

Los criados se reían. Carlos no sabía si celebraban su valentía o la inconsciencia que les helaba la sangre.

En sus aposentos se batía contra las figuras bordadas de los tapices, imaginando batallas que lo envolvían tanto que a veces dudaba de quién había empezado la lucha: si él, o las figuras que en su fervor parecían moverse. Los caballitos de juguete de Maximiliano, el carrito de ponis en el que arrastraba a sus hermanas: símbolos de mando en miniatura, ensayos de un destino del que no podía apartarse. Y en medio de esos juegos, una sensación lo perseguía: que los jardines del palacio lo observaban más de lo que él los observaba a ellos.

Los cortesanos también lo miraban, con esa mezcla de afecto y cálculo. Adriano de Utrecht, su futuro preceptor, anotaba cada gesto en un cuaderno de tapas de cuero: «El niño muestra una determinación inquebrantable. Cuando pierde, su rostro se ensombrece, pero nunca llora». Carlos se sentía escrutado como el objeto de un experimento secreto. No sabía nombrarlo, pero intuía que su vida pertenecía a otros. Esa sombra se le incrustó en el alma a modo de presentimiento.

El juego que más lo delataba era el de los ejércitos: organizaba a sus pajes en cristianos y turcos. Siempre mandaba a los cristianos. Siempre vencía.

Aquellos primeros recuerdos —las exequias de Isabel, los torneos de Maximiliano, los animales exóticos, los tapices en movimiento, los ejércitos de pajes— se le grabaron con la fuerza de lo maravilloso y lo extraño. Pero por debajo de todos persistía una sensación que nada pudo erradicar: la certeza de saberse actor de un guion escrito mucho antes de que él pudiera leerlo.

Quién lo había escrito era otra cuestión.


El secreto de Carlos V (Spanish Edition)

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La maestra y el valle (Comienzo de “Flor de almendro”)



 



El autobús la dejó en la curva donde el camino se rinde ante el valle, y Elena supo aquel jueves a mediados de septiembre del año 1952 que su nuevo destino guardaría todos los silencios que ella traía dentro.

Bajó con la maleta de cartón y el bolso de mano que pesaba más por los libros que por la ropa. El conductor la miró como se mira a quien ha elegido mal, pero no dijo nada. El motor tosió humo negro y el autobús se alejó dejando una estela de gasóleo y promesas incumplidas.

El aire olía a tierra mojada y a algo más antiguo que la lluvia. A su espalda, las montañas cerraban el horizonte con dientes de piedra caliza. Delante, el valle se abría como una mano que hubiera olvidado cómo cerrarse: bancales de almendros que trepaban por las laderas, un río que brillaba entre chopos desnudos, y allá abajo, agrupadas en torno a la plaza, las casas de Valdealmenar con sus tejados de pizarra y sus secretos de cal.

Un perro apareció de ninguna parte. Flaco, color de barro seco, con una oreja levantada y la otra vencida por alguna pelea antigua. Se le acercó sin urgencia, la olisqueó con método —primero los zapatos, luego la maleta, finalmente la mano que Elena le tendió—, al final decidió que merecía escolta.

—Así que tú sí me das la bienvenida —dijo Elena, y su propia voz le sonó extraña en aquel silencio que no era silencio, sino una conversación constante entre el viento y las ramas peladas.

Caminaron juntos, mujer y perro, por el camino de tierra que se convertía en empedrado al entrar en el pueblo. Las primeras casas los recibieron con postigos cerrados y macetas vacías. Una gallina cruzó sin mirarlos. Detrás de una ventana, una cortina se movió y volvió a quedar quieta, como si tampoco aquello hubiera pasado.

La plaza Mayor se abría de repente, un espacio demasiado grande para el puñado de edificios que la rodeaban: el ayuntamiento con su balcón de hierro forjado, la iglesia de piedra oscura, el casino con mesas de mármol visibles tras los cristales sucios, y la tienda de ultramarinos donde un letrero prometía «Herminia Rivas - Comestibles y Géneros».

En el centro de la plaza, sobre un pedestal bajo, el busto de algún prócer olvidado miraba hacia el valle con expresión de reproche perpetuo.

—¡Señorita Campos! —La voz llegó desde el ayuntamiento, demasiado alta para la distancia—. ¡Bienvenida a Valdealmenar!

El hombre que bajaba los escalones tenía esa clase de presencia que ocupa más espacio del que le corresponde por tamaño. Sesenta y pocos años, pelo engominado con raya matemática, traje oscuro que había conocido días mejores, y una sonrisa que enseñaba demasiados dientes.

—Don Evaristo Lanzas, alcalde. —Le tendió la mano sin esperar a que Elena dejara la maleta—. La estábamos esperando. Aunque, claro, el autobús siempre llega cuando le da la gana. Como todo en este pueblo. —Rio de su propia gracia—. Pero ya verá, ya verá cómo aquí se vive bien. Tranquilo. Sin complicaciones.

Elena estrechó la mano que le ofrecía. Era blanda y húmeda, como un pez que hubiera pasado demasiado tiempo fuera del agua.

—Gracias, señor alcalde. Vengo con ganas de trabajar.

—Eso está bien, eso está muy bien. Aquí lo que necesitamos es orden. Disciplina. Que los niños aprendan las cuatro reglas y el catecismo, ¿no es cierto? Nada de modernidades que luego solo traen problemas.

Otra voz intervino, desde más cerca de lo que Elena había calculado:

—Los problemas suelen venir solos, don Evaristo. Sin necesidad de modernidades.

Elena se volvió. El hombre que había hablado estaba apoyado contra la pared del casino, un cigarrillo entre los dedos, y esa manera de mirar que no pregunta porque ya sabe las respuestas. Treinta y tantos años, quizá cuarenta. Alto, con hombros anchos bajo una camisa de franela remangada a pesar del frío. Manos grandes, curtidas. El pelo oscuro peinado hacia atrás sin producto, solo agua y costumbre. Y unos ojos que, en la luz incierta de la tarde, podían ser grises o verdes o del color exacto de la duda.

—Este es Martín Sanjuán —dijo el alcalde con un matiz en la voz que podía ser orgullo o advertencia—. Encargado de la cooperativa. Mi brazo derecho, podríamos decir.

Martín dio una última calada al cigarrillo y lo apagó contra la pared con precisión económica.

—Señorita —dijo, tocándose la frente en un saludo que no llegaba a ser cortés ni descortés, simplemente neutro.

—Señor Sanjuán —respondió Elena, y no supo por qué le pareció importante sostenerle la mirada.

—Bueno, bueno —intervino el alcalde, rompiendo algo que había empezado a tensarse en el aire—. Martín, ayuda a la señorita con la maleta. Yo la acompaño a la escuela. Está todo preparado. Modesto, sí, pero limpio. Ya verá.

—Puedo llevar mi maleta —dijo Elena.

—Tonterías. Aquí ayudamos. ¿Verdad, Martín?

Martín ya había cogido la maleta con una mano, como si no pesara nada, y echaba a andar hacia la calle que salía de la plaza por el lado norte. Elena lo siguió, con el alcalde a su lado lanzando un discurso sobre las bondades del pueblo, la generosidad de sus gentes, la importancia de mantener «lo nuestro».

La escuela estaba a cinco minutos andando, pasado el puente de piedra que cruzaba el río. Era un edificio bajo, de una sola planta, con dos ventanas grandes a cada lado de la puerta y un tejadillo que rezumaba humedad. El escudo nacional sobre el dintel había perdido algunos azulejos.

Martín abrió la puerta —que cedió con un quejido de madera hinchada— y dejó la maleta dentro, en el pequeño vestíbulo que olía a cerrado y a tiza vieja.

—Gracias —dijo Elena.

Él asintió, se dio la vuelta y se fue sin añadir palabra. Elena lo vio alejarse con esa forma de andar que tienen los hombres que han trabajado desde niños: paso largo, ritmo constante, economía de movimientos.

—No le haga mucho caso a Martín —dijo el alcalde, bajando la voz como quien comparte un secreto sin importancia—. Es buen trabajador, muy leal, pero... ya sabe. Gente del campo. Un poco brutos. Sin malicia, eso sí.

Elena no dijo nada. Entró en la escuela.

La sala única tenía bancos de madera dispuestos en filas frente a una tarima con una mesa y una silla que cojeaba. En la pared del fondo, una pizarra negra con el marco astillado. Al lado, clavado con chinchetas oxidadas, un mapa de España que mostraba provincias que ya no existían con esos nombres. Sobre la pizarra, un crucifijo con su cristo dolorido. En la esquina derecha, una estufa de leña apagada. Las paredes, encaladas, guardaban la sombra rectangular de láminas que alguien había descolgado.

Elena dejó el bolso sobre la mesa y respiró hondo. Olía a niños ausentes y a inviernos acumulados. Pero también olía a posibilidad.

—¿Qué le parece? —preguntó el alcalde desde la puerta, sin atreverse a entrar del todo, la escuela era un territorio ajeno incluso para él.

—Me parece que hay mucho trabajo por hacer —dijo Elena.

—Ah, bueno, sí. Claro. Pero nada urgente, ¿eh? Los niños vienen, se sientan, usted les enseña, y todos contentos. Sin complicaciones.

Elena se volvió hacia él.

—¿Cuántos alumnos hay?

—Pues... veintiocho. Más o menos. Depende. Ya sabe, en época de cosecha a veces...

—Veintiocho niños de cuántas edades.

—De seis a catorce. Los mayores solo vienen en invierno. En verano hay mucho que hacer en el campo.

Elena sacó del bolso el cuaderno azul donde anotaba todo lo que no debía olvidar. Lo abrió, escribió: «Veintiocho alumnos. 6-14 años. Absentismo estacional.»

—Bien —dijo—. Empiezo el próximo lunes. Necesito el registro de matrícula, la lista de libros disponibles, y saber si hay presupuesto para material.

El alcalde parpadeó.

—Bueno, eso... ya hablaremos. Lo importante es que descanse. La casa donde se aloja está al otro lado del puente, la tercera a la derecha. Doña Perfecta, la dueña. Buena mujer. Viuda. Le tiene preparada la habitación. Cena a las nueve. No llegue tarde, que se enfada.

Y se fue, dejando la puerta abierta.

Elena se quedó sola en la escuela. Se acercó a la ventana. Desde allí se veía el almendral en la ladera sur, aún sin flor, pero con esa promesa temblorosa en cada rama. Más abajo, el río. Y al otro lado del puente, caminando con un bulto al hombro, Martín Sanjuán que se detenía un momento, se volvía —quizá para mirar hacia la escuela, quizá solo para calcular el peso del cielo— y luego seguía su camino.

Elena abrió el bolso de nuevo y sacó el libro que llevaba escondido entre la ropa interior y las medias. Platero y yo. Prohibido en las aulas, pero no en su cabeza ni en sus manos. Lo dejó sobre la mesa, junto al cuaderno azul.

Fuera, el perro ladró una vez, era su nuevo protector y no pensaba irse hasta que ella estuviera segura.

Desde algún lugar del pueblo llegó el sonido de un reloj dando las cinco, cada campanada con ese retraso infinitesimal que tienen los relojes muy viejos o cansados.

Elena sonrió.

—De acuerdo —dijo en voz alta, a la escuela, al valle, al tiempo que empezaba—. De acuerdo.

Salió, cerró la puerta, cruzó el puente. El perro la siguió hasta la casa de Doña Perfecta y luego, cumplida su misión, desapareció entre las sombras que ya empezaban a crecer desde los rincones del pueblo.

Fue solo al llegar a la esquina de la tercera casa cuando Elena vio, tirado en el suelo junto a la pared, un libro envuelto en arpillera. Se agachó. Lo recogió. La arpillera estaba húmeda pero el libro dentro seguía seco. Lo abrió con cuidado.

La busca, de Pío Baroja. Primera edición. En la primera página, con letra apretada y tinta desvaída: Propiedad de M.S.

Elena levantó la vista. Al otro lado del puente, Martín Sanjuán caminaba hacia la cooperativa con las manos en los bolsillos y ese paso que no tenía prisa porque conocía de memoria cada piedra del camino.

Ella guardó el libro bajo el brazo, luego llamó a la puerta de Doña Perfecta, cuando la mujer le abrió con su delantal almidonado y su gesto de desconfianza amable, Elena supo que aquel primer día había terminado exactamente donde debía: en el umbral de una pregunta sin respuesta todavía.

¿Qué clase de hombre lee a Baroja en secreto y lo envuelve en arpillera como si fuera contrabando? ¿Y qué clase de hombre lo deja caer —sin querer o adrede— para que una maestra recién llegada puede encontrarlo?

El valle no respondió. Pero los almendros, allá arriba, temblaron con el primer aliento de una brisa que olía a cambio.


“Flor de almendro” disponible en amzn.eu/d/0fzVZc13


viernes, 17 de julio de 2026

El Águila Imperial (capítulo 2 de “El secreto de Carlos V”)

El secreto de Carlos V (Spanish Edition)
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En aquella primavera boloñesa de 1530, cuando las calles recobraban el bullicio tras meses de tensión, me encontré por primera vez frente al esplendor del dominio imperial. Aquella autoridad nueva necesitaba exhibirse ante quienes debían acatarla.

Carlos V, Emperador del Sacro Imperio y Rey de España, había llegado para que el Papa Clemente VII lo coronara. Yo era entonces un cronista insignificante, y observaba boquiabierto desde un rincón de la Piazza Maggiore.

El cortejo avanzaba despacio. Primero los heraldos, con estandartes de seda carmesí donde ondeaba el águila imperial. Después la guardia borgoñona a caballo, de amarillo y rojo. Detrás, nobles de todas las naciones bajo su cetro. Aquella diversidad ponía sus dominios a la vista de todos. Y los colores —púrpuras imperiales, escarlatas cardenalicias, azules profundos— eran pigmentos tan costosos que solo el poder podía vestirlos.

Entre la multitud, los comerciantes venecianos calculaban el precio de cada tapiz flamenco colgado en los balcones. Los banqueros Fugger sonreían viendo su inversión convertida en espectáculo. La conquista ya no se contaba en lanzas. Se contaba en florines.

«Míralos bien», me susurró un anciano boloñés. «Antes el poder se demostraba solo con espadas. Ahora, con la fusión de todas las grandezas.»

Tenía razón. Carlos no venía únicamente como guerrero, aunque la espada le pendía del cinto. Avanzaba sobre un caballo blanco enjaezado de oro, bajo un palio que sostenían nobles italianos. El mensaje era nítido: no un monarca territorial más, sino el heredero de los Césares y de Carlomagno a la vez. El Renacimiento había encontrado, en la fusión de la Antigüedad con la universalidad cristiana, la justificación perfecta del dominio imperial.

Cuando desmontó frente a San Petronio, lucía una armadura milanesa de gala, obra de Filippo Negroli, donde las formas clásicas se entrelazaban con motivos cristianos y dinásticos. Sobre los hombros, la capa de armiño con el águila bordada en oro. Cada gesto, cada objeto, decía lo mismo: este hombre es a la vez emperador cristiano y príncipe humanista, guerrero y estadista, señor de dos mundos. La ciudad entera se había vuelto un teatro donde la autoridad representaba su propia legitimidad.

Aquella noche, invitado por un humanista español del séquito, asistí al banquete del Palazzo Comunale. Las salas lucían tapices con la victoria de Pavía y la clemencia del César con Francisco I de Francia. Sobre las mesas, vajilla de plata y porcelanas de las Indias Orientales: la geografía entera de sus dominios, servida en la cena.

Carlos conversaba con los embajadores pasando del castellano al flamenco, al francés, al italiano, a un latín aceptable. Mientras la capilla flamenca interpretaba sus motetes, escuché al cronista imperial Pedro Mexía enumerar las victorias del César contra turcos, franceses y protestantes.

Bajo la luz de la luna, los más perspicaces comprendimos que habíamos presenciado una forma nueva de autoridad. Carlos V había perfeccionado un lenguaje visual donde la magnificencia era un argumento político tan eficaz como sus tercios.

Con los años, siguiendo a su corte itinerante, reconocería los mismos patrones en todas partes: los retratos de Tiziano que lo inmortalizaban como nuevo César cristiano; las entradas triunfales con arcos efímeros a la romana; ceremonias tan complejas que la etiqueta sofocaba cualquier gesto espontáneo. Era la fuerza hecha imagen. Y la imagen, a diferencia de los tercios, cruzaba océanos sin barcos.

El Emperador había comprendido que para gobernar tantos pueblos no bastaban los ejércitos: hacía falta una iconografía que conquistara también la imaginación de sus súbditos, de Sicilia a México, de Amberes a Lima.

En esto superó a sus predecesores más ilustres. Alejandro conquistó el mundo conocido con la espada, pero su imperio se deshizo con su muerte: adoptó la proskynesis persa y los rituales faraónicos, y aun así nunca forjó un lenguaje capaz de reproducirse en cada rincón de sus dominios. Carlomagno intentó resucitar la grandeza romana con arquitectura y ceremonial; su corte de Aquisgrán imitaba a Constantinopla, pero sus mosaicos y miniaturas quedaron confinados a círculos aristocráticos que apenas los veían.

Carlos V aprendió la lección que ellos no pudieron aprender. Su genio fue entender que la autoridad moderna exigía una estrategia de comunicación global: un sistema de representación imperial, una moneda universal del dominio. Los retratos ecuestres de Tiziano no eran obras de arte. Eran manifiestos políticos que podían colgarse igual en un palacio de Bruselas que en una catedral de Cuzco, diciendo en todas partes lo mismo.

Su imperio no se sostuvo solo sobre la disciplina de los tercios ni la burocracia española. Se cimentó en que millones de súbditos reconocieran en él la encarnación visible de un orden universal. Gobernó, antes que nada, con la imagen.

Pero a esa labor contribuía algo más. Un arma secreta. Un aliado violáceo del que el Emperador no podía separarse, y que le dictaba los movimientos exactos en el tablero de gobernar tantos mundos a la vez.

De él hablaré a su debido tiempo.


La Lucha por el Poder (capítulo 1 de “El secreto de Carlos V”)

El secreto de Carlos V (Spanish Edition)
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Jack Green se quedó quieto ante el ventanal de su despacho de Oxford. Por un segundo, los torreones de la universidad le parecieron ojos: piedra vieja mirándolo, juzgando su atrevimiento. Se llevó la mano a la cicatriz de la mejilla izquierda —un recuerdo de sus años de corresponsal de guerra— y ni siquiera entonces estuvo seguro de si aquella marca venía de una noche real o de una pesadilla que había repetido tantas veces que ya daba lo mismo.

Treinta años estudiando el poder. Y cada vez que creía tocarlo, se le alejaba un paso más.

Sobre el escritorio de roble descansaba lo que él llamaba, sin del todo creérselo, su obra maestra: Anatomía del Poder: patrones de dominación a través de los milenios. Aquel libro iba a terminar con su carrera. La única duda era si antes le daría tiempo a publicarlo.

—Es demasiado crudo, Jack. Demasiado honesto —le había advertido Rebeca, su editora—. La gente prefiere creer en ideales nobles, no en la mecánica que describes.

Tenía razón, comercialmente. Jack lo sabía. Y aun así no podía suavizarlo, porque le carcomía una duda peor que la del mercado: ¿era su verdad, o se la estaban dictando las mismas fuerzas que él creía desenmascarar?

Cerró los ojos y volvió, sin quererlo, a una noche de Bagdad, en 2003, viendo caer las estatuas de Saddam entre gritos. Y a Berlín, junto al Muro. Y a las historias de su padre sobre Budapest en el 56. Siempre la misma escena. Solo cambiaban los actores, las banderas y el idioma de los vencedores.

Unos pasos en el pasillo lo devolvieron al despacho.


La puerta se abrió y entró Diana Ashworth, directora de Historia Política. El pelo plateado, los ojos de un verde que no perdía detalle. Recorrió el despacho con la mirada antes de decir nada, una costumbre de quien se ha criado en sitios donde conviene saber quién más hay en la habitación.

—Veo que sigues obsesionado con el tratado —dijo, señalando el montón de folios—. ¿Listo para escandalizar al mundo académico?

Jack sonrió. Diana había sido su aliada más improbable: hija de un alto funcionario de la era Thatcher, criada en los pasillos del poder real, y sin embargo la única persona de la facultad que no le había pedido que rebajara el tono.

—Estoy listo para decir la verdad —respondió—. Aunque incomode.

Ella cogió unas páginas al azar, leyó, y algo parecido a una sonrisa le cruzó la cara.

—Brutal —dijo, dejándolas otra vez sobre la mesa—. Pero te olvidas de una cosa: de cómo las mujeres hemos navegado estas aguas desde abajo, sin que se nos viera mover un solo hilo.

Jack pensó en su abuela. Una mujer que todo el barrio tuvo por ama de casa corriente, y que había pasado tres años de ocupación pasando mensajes de la resistencia dentro de cestas de pan.

—Tienes razón —concedió—. Lo incluiré.

Diana se acercó a la ventana. Y por un momento, la máscara de autoridad se le cayó, Jack vio debajo a la idealista de veinte años que debió de ser, antes de que Westminster la puliera hasta dejarla dura.

—¿Sabes qué es lo más fascinante, Jack? —dijo, sin volverse—. Que los que estudiamos la dominación acabamos siempre siendo sus prisioneros.

No añadió nada más. No hacía falta.


Jack siguió su mirada hasta el edificio de enfrente: la reluciente facultad de Estudios Internacionales, pagada por un consorcio de armamento. La ironía era tan gruesa que ni él se habría atrevido a escribirla.

Y entonces empezaron las llamadas.

La primera fue Rebeca. Jack la dejó ir al buzón, con un escalofrío absurdo: por un instante temió que la voz al otro lado ya no fuera la suya, que alguien la hubiera sustituido.

La segunda la contestó. Era el decano. La prensa ya tenía extractos del manuscrito — nadie sabía cómo — y lo acusaban de promover una visión «cínica e irrelevante» de la política.

Jack colgó despacio. El silencio del despacho se había vuelto espeso.

—Parece que tus reflexiones han despertado a las bestias que describes —dijo Diana, con una calma que no encajaba con la noticia—. ¿Qué vas a hacer?

—Seguir adelante. La verdad merece contarse, aunque nadie quiera oírla.

—Nadie aprende en cabeza ajena, Jack. Ese también es un patrón de la historia. —Sonrió sin alegría—. Si este libro hubiera existido cuando tú eras joven, lo habrías ignorado como todo el mundo.


Diana abrió el bolso y sacó un sobre amarillo, hinchado, gastado por los bordes. Lo dejó sobre la mesa sin ceremonia.

Jack lo abrió. Fotografías de hace décadas. Documentos con membretes que no deberían haber salido nunca de donde estaban. Nombres. Fechas. Cosas que un hombre podía lamentar haber leído.

—¿De dónde has sacado esto?

—Tengo mis fuentes.

Jack pasó las fotos con dedos cada vez más lentos, y tuvo entonces una idea ridícula, de esas que uno se avergüenza de pensar: que el libro ya no era suyo. Que él solo era el conducto de algo más grande, que se servía de sus manos para escribirse.

—Con esto —dijo, casi sin voz— puedo probar que en plena Guerra Fría el sistema operaba fuera de todo control.

—Añádelo al epílogo. —Diana ya se dirigía a la puerta—. Tu conclusión sobre cómo el poder absoluto se autodestruye necesita más fuerza.

El teléfono sonó por tercera vez. El rector. Reunión urgente, esa misma tarde.

Jack miró el aparato. Estaba seguro —absolutamente seguro— de haber desconectado el cable después de la llamada del decano.

—El sistema se protege —dijo Diana desde la puerta, sin sorpresa, como quien constata la lluvia—. Siempre lo ha hecho.


—¿Sabes qué es lo más irónico? —dijo Jack, cuando ella ya tenía la mano en el picaporte—. Que este libro va a terminar devorado por los mismos mecanismos que intenta exponer.

Diana se volvió. Y lo miró con una intensidad que le erizó la piel.

—Quizá ese sea el destino de tu obra, Jack. Convertirse en la prueba viviente de tus propias teorías.

Se fue.

Y Jack no habría sabido decir si la última frase la había oído con los oídos, o si le había sonado ya dentro de la cabeza.


Solo en el despacho, se dio cuenta de que la ventana estaba abierta.

Habría jurado que la cerró al llegar. El aire frío de noviembre entraba y movía las páginas del manuscrito sobre la mesa, una tras otra, despacio.

Se acercó a cerrarla. El cristal le devolvió su reflejo, y por un segundo — solo un segundo, culpa del cansancio, se dijo — no lo reconoció del todo. La cara era la suya. La expresión, no.

Sobre el alféizar, entre dos macetas muertas de noviembre, había algo pequeño que él no había puesto ahí. Un objeto que la luz de la calle hacía brillar con un tono que no era del todo azul ni del todo morado.

Jack alargó la mano. Y en el último momento no lo tocó. No habría sabido explicar por qué.

Cerró la ventana. Afuera seguía soplando el mismo viento. Dentro, el despacho ya no parecía el mismo.

Lo publicaría. Eso lo tenía decidido. Aunque el libro lo estuviera usando a él, y no al revés.

Volvió al escritorio, se sentó, y acercó el manuscrito a la luz de la lámpara. Las páginas se habían quedado abiertas por una que él no recordaba haber escrito todavía, alguien le había colocado otra historia dentro de su libro, alguna broma de cualquier compañero aprensivo. Un encabezamiento, y debajo, la primera línea de un capítulo que trataba de un emperador.

Empezaba en Bolonia. En el año 1530. Con mil antorchas ardiendo dentro de una iglesia.

Jack frunció el ceño. Y empezó a leer, para averiguar cómo terminaba una historia que, en teoría, le querían atribuir.