Capítulo 1
La casa y la anfitriona
La carretera terminaba donde empezaba el
acantilado, Clara Vidal supo desde el primer momento que aquel era un lugar
diseñado para contener secretos. Villa Bruma se alzaba contra el cielo plomizo
del Cantábrico: tres plantas de piedra oscura, ventanales con marcos de madera
pintada de blanco y un jardín salvaje que descendía en terrazas hasta los
riscos. Al fondo, el mar. Siempre el mar, respirando con una paciencia antigua.
La
niebla llegó antes que Clara.
No
era una niebla normal: parecía tener dirección, avanzaba hacia ella con una
voluntad propia. Cuando el coche tomó el último recodo y Villa Bruma emergió
recortada contra el cielo, la casa no apareció, sino que se reveló, lentamente,
la construcción había estado allí desde antes de cualquier mapa, más allá de
cualquier recuerdo.
Detuvo
el motor. El silencio fue tan súbito que dolía en los oídos.
No
había coches. Ni luces. Ni el menor indicio de vida.
Solo
la sensación —absurda, insistente— de que la casa había estado esperándola.
Cinco
horas desde Madrid, cinco horas huyendo de su propia sombra. Y ahora, frente a
aquella inmovilidad pétrea, Clara sintió que el tiempo no avanzaba, sino que se
curvaba sobre sí mismo.
Sacudió
la cabeza. Profesional. Era una profesional. Siete días, cinco pacientes, un
trabajo. Pero al abrir la puerta del coche, el viento la golpeó con un olor
húmedo y denso, a mar, a madera vieja, a tierra removida. El estómago se le
contrajo: era un olor que no recordaba… pero le resultaba insoportablemente
familiar.
La
puerta principal se alzaba al final del sendero, oscura y cerrada, con una
aldaba en forma de mano que parecía esperar la suya.
Antes
de llamar, la puerta se abrió sola.
La
mujer que apareció en el umbral tenía el cabello blanco y unos ojos azulados.
—Doctora
Vidal —dijo, sin sorpresa.
Clara
tragó saliva.
—Sí.
Soy Clara. —Le tendió la mano—. ¿Señora Losada?
—Inés,
por favor. —El apretón fue breve, seco—. Bienvenida a Villa Bruma. Entre antes
de que la niebla cambie de idea.
Dentro,
el aire tenía otro peso.
El
vestíbulo olía a cera, a leña, a polvo contenido. Las paredes desnudas
devolvían un eco leve, casi un suspiro. Un espejo ovalado reflejaba la escena
con un leve retraso: cuando Clara movió la cabeza, su reflejo pareció tardar
una fracción de segundo en imitarla.
—Algunos
dicen que las casas viejas tienen memoria —comentó Inés mientras echaba el
pestillo—. Pero no todos entienden lo que eso significa.
Clara
sonrió, sin saber por qué la frase le había provocado un escalofrío.
—¿Los
demás huéspedes han llegado?
—Mañana.
Usted quiso venir antes. A veces es bueno llegar antes que los demás. Otras… no
tanto. —Inés inició la subida por la escalera—. Venga, le enseñaré su
habitación.
Subieron por la escalera en silencio. El
sonido de los peldaños era irregular: cada crujido parecía una respiración. En
el rellano, un ventanal dejaba ver el jardín sumergido en la niebla. Entre las
sombras verdes se intuía una forma circular: el laberinto. Clara lo observó un
instante.
—¿Vive
usted aquí sola? —preguntó, solo por llenar el silencio.
—Sola
no —respondió Inés sin volverse—. Con la casa.
Clara
frunció el ceño.
La
habitación era luminosa, casi en exceso. Todo parecía ordenado, sin rastro
humano reciente. En el escritorio había una llave de hierro y un jarrón con
ramas de brezo.
—No
se adentre demasiado en el laberinto cuando oscurezca —dijo Inés antes de
irse—. Hay caminos que no saben volver.
Clara
rio suavemente, aunque algo en la voz de la mujer la había dejado sin aire.
Cuando
la puerta se cerró, el silencio se estiró hasta hacerse tangible.
Clara se quedó sola en la habitación, con la
maleta aún en la mano y una sensación extraña anidándose en algún lugar entre
el estómago y el pecho. Se acercó a la ventana. El jardín se extendía abajo,
con setos recortados formando pasillos y encrucijadas. Al fondo, la línea del
acantilado y el vacío del mar.
El
resto del día transcurrió envuelto en una extraña atemporalidad. Los objetos
tenían algo de escenario detenido. Había venido
aquí para dirigir un retiro terapéutico, nada más. Repasó los perfiles de los
participantes. Cinco personas. Cinco historias de amor roto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario