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sábado, 7 de septiembre de 2013
jueves, 5 de septiembre de 2013
Todo lo que necesitas saber sobre el iPhone 5S y el iPhone 5C antes de su lanzamiento
5 de septiembre, 2013, 14:00
Hace tan sólo unos días que Apple confirmó el evento que se venía rumoreando desde hace tiempo. El día 10 de septiembre tenemos una nueva cita con Apple, esta vez en su campus en Cupertino.
La invitación no da demasiadas pistas sobre lo que la compañía podría presentar durante el evento, aunque prácticamente todas las quinielas dicen que ese día Apple dará a conocer sus nuevos smartphones: iPhone 5S y iPhone 5C.
Los rumores de las últimas semanas nos han dado infinidad de información sobre las posibles novedades que podrían incluir estos dispositivos y podemos hacernos una idea de las características finales que podrían tener, aunque por supuesto siempre teniendo en cuenta que todo está basado en rumores y que no está confirmando todavía.
iPhone 5S
Sobre el nuevo iPhone 5S se comenta que podría ser una pequeña evolución del modelo actual. Una puesta al día del iPhone 5, el primer móvil de Apple con una pantalla de 4 pulgadas (antes todos habían sido de 3,5 pulgadas).
Entre las características se baraja que podría montar un nuevo SoC, el A7, más potente que el actual (tanto en el apartado gráfico, como en el de procesador). Además se cree que el dispositivo llevará una cámara de 12 megapíxeles en la parte posterior y de 2 en la parte frontal, siendo el primer iPhone capaz de capturar vídeo en alta definición (FullHD) desde la cámara frontal. También se cree que podría incluir mejoras en el flash de la cámara posterior.
Se cree que la característica estrella del dispositivo sería un lector de huellas digitales. Son muchos los rumores que aseguran que este lector estaría integrado en el botón Home y que de momento sólo serviría para identificar al usuario que utiliza el dispositivo. Aunque en un futuro podría tener muchas otras funciones.
Otro de los grandes rumores es que el iPhone 5S llegará a las tiendas en cuatro colores diferentes: los clásicos blanco y negro y además un tono dorado similar al champán y otro modelo en gris grafito.
iPhone 5C
Sobre el iPhone 5C de bajo coste se han escrito ríos de rumores. La mayoría aseguran que el dispositivo será muy muy similar al iPhone 5 en cuanto a características técnicas, pero que en lugar de aluminio, tendrá una carcasa fabricada en plástico.
En caso de que esta información sea correcta, esperamos ver un smartphone bastante potente, pero un poco más económico que el actual iPhone 5.
SoC A6, 1GB de memoria RAM, cámara de 8 megapíxeles, pantalla Retina de 4 pulgadas. En definitiva, un iPhone 5 con una carcasa de plástico.
Además los rumores apuntan a que el dispositivo podría estar disponible en una amplia gama de llamativos colores: azul, verde, blanco, rosa y amarillo son de los que más se ha hablando, pero hasta que Apple confirme no podemos dar nada por hecho.
iPhone 5S y iPhone 5C funcionarán con iOS 7
Esto es algo que ya damos por hecho. Ambos dispositivos funcionarán con iOS 7, el nuevo sistema operativo de Apple para dispositivos móviles del que se ha estado hablando varios meses.
Se trata de la evolución más grande del sistema operativo desde su lanzamiento inicial en el año 2007. Entre las nuevas características podríamos destacar algunas tan importantes e interesantes como: AirDrop, Centro de Control, Activation Lock, el nuevo Centro de Notificaciones o la nueva app de Fotos y por supuesto no podemos olvidarnos del total cambio estético, dejando completamente de lado el skeumorfismo que siempre ha acompañado a iOS.
De momento toda la información que ha sido publicada está basada en rumores, aunque teniendo en cuenta la enorme cantidad de fuentes que los han ido confirmando es lógico pensar que lo que realmente Apple tiene preparado no se alejará mucho de esto.
¿No estás nervioso? Ya estás contando los días para la keynote.
¡La cuenta atrás ya ha empezado!
Madrid 2020, a la tercera va la vencida
Hay algunos que no los quieren: conozco a algunos amigos madrileños que dicen que, si se conceden, ese año va a ser un caos en la capital. Puede que estén en lo cierto, pero si ponemos en la balanza todos los beneficios y perjuicios el saldo es favorable a los primeros.
Puede sonar a chauvinismo, a facha, pero hay un factor que manda: el económico. En estos tiempos de gastos e ingresos mínimos esta inyección que supone los Juegos Olímpicos es vacuna y antídoto.
Vacuna por la repercusión futura de prestigio y reconocimiento mundial. Las Olimpiadas deben servir para demostrar al mundo que sabemos hacer las cosas sin recurrir al chantajeo, la prevaricación y el saqueo de fondos públicos. Al igual que en Barcelona debemos dar una imagen de país unido, más allá de favoritismos y afinidades. Esto no es cuestión de PP, PSOE, IU, CIU y demás; de si nos cae bien Ana Botella, mal los nacionalistas o este es un país de rojos donde la culpa es de Zapatero. En definitiva, lo importante es hacer una buena campaña de marketing para el bien de la marca España; pero, e insisto, sin trapicheos.
Es también antídoto por la riqueza y empleo que genera. Sólo hay que ver el caso de Londres donde el paro bajó más de tres puntos porcentuales, siguiendo ese efecto aún después de los Juegos. Además, en estos tiempos de racionamientos, bienvenido sea todo lo que suponga gasto, siempre que genere activos y no pasivos; para entendernos: que sea una inversión con efectos positivos para la gente y no sólo dar dinero sin objeto directo claro como se realizó con el rescate bancario.
No voy a entrar en si somos favoritos o no, todo se verá dentro de un par de días, al fin y al cabo en todos los sitios se cuecen habas y como en la tanda de penaltis también cuenta la suerte. Ahora lo fundamental es alimentar la esperanza, pues aunque la gente no lo crea también alimenta que por algo es lo último que se pierde.
Así que sólo queda desear buena suerte, sin pensar en las adversidades, los reveses pasados y con optimismo. Además siempre es una gozada para los que nos gustan los deportes el verlos en nuestro país por el espíritu de trabajo en equipo que transmite su organización al margen del meramente deportivo.
Juan Carlos Pazos
Puede sonar a chauvinismo, a facha, pero hay un factor que manda: el económico. En estos tiempos de gastos e ingresos mínimos esta inyección que supone los Juegos Olímpicos es vacuna y antídoto.
Vacuna por la repercusión futura de prestigio y reconocimiento mundial. Las Olimpiadas deben servir para demostrar al mundo que sabemos hacer las cosas sin recurrir al chantajeo, la prevaricación y el saqueo de fondos públicos. Al igual que en Barcelona debemos dar una imagen de país unido, más allá de favoritismos y afinidades. Esto no es cuestión de PP, PSOE, IU, CIU y demás; de si nos cae bien Ana Botella, mal los nacionalistas o este es un país de rojos donde la culpa es de Zapatero. En definitiva, lo importante es hacer una buena campaña de marketing para el bien de la marca España; pero, e insisto, sin trapicheos.
Es también antídoto por la riqueza y empleo que genera. Sólo hay que ver el caso de Londres donde el paro bajó más de tres puntos porcentuales, siguiendo ese efecto aún después de los Juegos. Además, en estos tiempos de racionamientos, bienvenido sea todo lo que suponga gasto, siempre que genere activos y no pasivos; para entendernos: que sea una inversión con efectos positivos para la gente y no sólo dar dinero sin objeto directo claro como se realizó con el rescate bancario.
No voy a entrar en si somos favoritos o no, todo se verá dentro de un par de días, al fin y al cabo en todos los sitios se cuecen habas y como en la tanda de penaltis también cuenta la suerte. Ahora lo fundamental es alimentar la esperanza, pues aunque la gente no lo crea también alimenta que por algo es lo último que se pierde.
Así que sólo queda desear buena suerte, sin pensar en las adversidades, los reveses pasados y con optimismo. Además siempre es una gozada para los que nos gustan los deportes el verlos en nuestro país por el espíritu de trabajo en equipo que transmite su organización al margen del meramente deportivo.
Juan Carlos Pazos
Good news is no news
Mientras escribo esto escucho la canción Money for nothing en un álbum de los añorados Dire Straits y en las calles de Galicia Fai un Sol de carallo que cantaba Antón Reixa cuando era un chaval en Los Resentidos. Entre estos dos artistas y más allá de ellos llegan dos noticias esperanzadoras: Rajoy dice que nos va a compensar por el esfuerzo realizado y que va a bajar los impuestos y su discípula en el lado oscuro Fátima Báñez reconoce el poder de la Fuerza, que somos todos los ciudadanos de a pie, y promete una revalorización mínima del 0,25% en las pensiones.
Hay que decir que el 0,25 % no es una cantidad para tirar cohetes pero dentro de esta promesa va incluido el que no las va a bajar; y esto si no es cosa de la Fuerza serán las vírgenes carmelitas o el San Ramón que fue hace dos días. Dirán nuestros sumos líderes que dadas las bonanzas no es de Dios el estrangular más al proletario que ya se las ve canutas con su contrato de trabajo que lo van a convertir en un standar más manejable (y me pregunto yo: ¿para quién?). No queda otra que dar las gracias y rezar. Rezar para que este mal trago de cuatro años pase cuanto antes.
Lo cierto es que también hay malas noticias: Mientras Obama deshoja la margarita de invadir Siria, aquí el monte no para de arder que algo malo tenia que tener el Sol del carajo que nos calienta. Visto en su conjunto el panorama del mundo en general y en particular no resulta muy esperanzador. Una nueva guerra a la vuelta de la esquina con sus consecuencias, de horror para los sirios y económicas para nosotros, y mientras aquí nuestros arboles (nuestra alma) a arder y el ciudadano español que tiene que convivir con las migajas que Mariano Pulgarcito Rajoy nos va dejando para alimentar nuestras esperanzas.
Pongamos, pese a todo, nuestra mejor sonrisa. Ahora suena otra canción del disco, es Mothers in arms, el título me hace pensar en los pobres sirios, ojala encuentren una salida a sus problemas pronto, que los nuestros no lo son tanto, aunque por ello no estamos obligados a callarnos.
Juan Carlos Pazos
Hay que decir que el 0,25 % no es una cantidad para tirar cohetes pero dentro de esta promesa va incluido el que no las va a bajar; y esto si no es cosa de la Fuerza serán las vírgenes carmelitas o el San Ramón que fue hace dos días. Dirán nuestros sumos líderes que dadas las bonanzas no es de Dios el estrangular más al proletario que ya se las ve canutas con su contrato de trabajo que lo van a convertir en un standar más manejable (y me pregunto yo: ¿para quién?). No queda otra que dar las gracias y rezar. Rezar para que este mal trago de cuatro años pase cuanto antes.
Lo cierto es que también hay malas noticias: Mientras Obama deshoja la margarita de invadir Siria, aquí el monte no para de arder que algo malo tenia que tener el Sol del carajo que nos calienta. Visto en su conjunto el panorama del mundo en general y en particular no resulta muy esperanzador. Una nueva guerra a la vuelta de la esquina con sus consecuencias, de horror para los sirios y económicas para nosotros, y mientras aquí nuestros arboles (nuestra alma) a arder y el ciudadano español que tiene que convivir con las migajas que Mariano Pulgarcito Rajoy nos va dejando para alimentar nuestras esperanzas.
Pongamos, pese a todo, nuestra mejor sonrisa. Ahora suena otra canción del disco, es Mothers in arms, el título me hace pensar en los pobres sirios, ojala encuentren una salida a sus problemas pronto, que los nuestros no lo son tanto, aunque por ello no estamos obligados a callarnos.
Juan Carlos Pazos
miércoles, 4 de septiembre de 2013
Carmen Chacón, una retirada para coger fuerza
Se nos va para dar clases. La derrota que sufrió en las primarias de su partido fue una derrota para ella, para el PSOE e incluso algunos dirán que para toda España.
Se nos va pero dice que volverá, al igual que una película de acción suena a que pide la revancha. A partir de ahora su residencia estará en Miami, pero con el rabillo del ojo mirará a su patria. La primera mujer ministra de Defensa quiere salir al ataque, pero antes prefiere dar un golpe de efecto y retirarse temporalmente.
Todos nos preguntamos si aun hay tiempo. En la casa revuelta del partido socialista algunos respirarán tranquilos, otros mantendrán la esperanza de unos tiempos igual de mejores que los del pasado lleno de victorias.
Sólo queda decir que la echaremos de menos. Carmen que esta despedida sea un hasta luego y que volvamos a verte poniéndonos firmes con tu dedicación.
Juan Carlos Pazos
Se nos va pero dice que volverá, al igual que una película de acción suena a que pide la revancha. A partir de ahora su residencia estará en Miami, pero con el rabillo del ojo mirará a su patria. La primera mujer ministra de Defensa quiere salir al ataque, pero antes prefiere dar un golpe de efecto y retirarse temporalmente.
Todos nos preguntamos si aun hay tiempo. En la casa revuelta del partido socialista algunos respirarán tranquilos, otros mantendrán la esperanza de unos tiempos igual de mejores que los del pasado lleno de victorias.
Sólo queda decir que la echaremos de menos. Carmen que esta despedida sea un hasta luego y que volvamos a verte poniéndonos firmes con tu dedicación.
Juan Carlos Pazos
Poema de un hombre hambriento
Dedicado a los afectados por las preferentes
Tal vez logremos acabar,
para luego renegar
las palabras de los políticos
que rompen la tempestad.
El que seas tú o yo
importa como el otro,
relamido hasta reventar
por sus gracias escogidas.
Mirando necesitamos,
y al conseguir acabamos
el volver a ese idiota,
a pesar de las verdades.
Busca la luciérnaga,
jugando a mantis religiosa,
en la oscura atrocidad
que estrangula la mente.
Tráelo a la tumba
de los gusanos amantes
que ahora devoran los genitales
y esperan el postre sin leche.
Luego dile adiós, hasta siempre,
y no entiendas nada,
quizás pueda resarcirle
con la fiera tempestad
que todos los agraviados amamos.
Tal vez logremos acabar,
para luego renegar
las palabras de los políticos
que rompen la tempestad.
El que seas tú o yo
importa como el otro,
relamido hasta reventar
por sus gracias escogidas.
Mirando necesitamos,
y al conseguir acabamos
el volver a ese idiota,
a pesar de las verdades.
Busca la luciérnaga,
jugando a mantis religiosa,
en la oscura atrocidad
que estrangula la mente.
Tráelo a la tumba
de los gusanos amantes
que ahora devoran los genitales
y esperan el postre sin leche.
Luego dile adiós, hasta siempre,
y no entiendas nada,
quizás pueda resarcirle
con la fiera tempestad
que todos los agraviados amamos.
A propósito de unos discos duros
Corre María, borralo todo, debe quedar tan limpio que supere la prueba del algodón. Ya buscaremos disculpas, somos una empresa y tú eres nuestra señora de la limpieza, que no quede ni una mota de polvo, desataremos la envidia del país, todos quedarán tan sorprendidos y hasta nos darán un premio.
Ya lo decía nuestro líder, más vale que sobre que no que falte, y esta noche invito yo. Los de afuera que se fastidien, cría cuervos y te comerán los ojos. Tú limpia hasta que no te queden fuerzas, los discos tienen que quedar listos para otra faena. De los chismosos ya me encargaré yo, tú limpia y, si tienes dudas, vuelve a limpiar.
Somos una empresa, la vida sigue, era ley de vida, no había nada que hacerle, respetamos a la justicia. La hipocresía abunda, y nosotros, los chismosos, tenemos que callar, aunque nada esté tan limpio como ellos dicen; a lo menos no en el mismo sentido del asunto.
Juan Carlos Pazos
Ya lo decía nuestro líder, más vale que sobre que no que falte, y esta noche invito yo. Los de afuera que se fastidien, cría cuervos y te comerán los ojos. Tú limpia hasta que no te queden fuerzas, los discos tienen que quedar listos para otra faena. De los chismosos ya me encargaré yo, tú limpia y, si tienes dudas, vuelve a limpiar.
Somos una empresa, la vida sigue, era ley de vida, no había nada que hacerle, respetamos a la justicia. La hipocresía abunda, y nosotros, los chismosos, tenemos que callar, aunque nada esté tan limpio como ellos dicen; a lo menos no en el mismo sentido del asunto.
Juan Carlos Pazos
domingo, 1 de septiembre de 2013
Axolotl (Julio Cortazar)
Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.
En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.
No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.
Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.
Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No erananimales.
Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?
Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.
Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.
Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.
Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.
El eclipse (Augusto Monterroso)
Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.
Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.
Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.
Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.
-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.
Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.
Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.
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