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viernes, 7 de agosto de 2026

Capítulo 1 de “La médica de guardia”



Turno de noche

La sala de espera olía a gripe, a café de máquina y a ese sudor frío que sueltan los cuerpos cuando llevan demasiadas horas teniendo miedo. Marina Seoane conocía ese olor mejor que el de su propia casa, y a estas alturas de febrero, con el hospital desbordado y el termómetro marcando en la calle una de esas noches gallegas que calan hasta el hueso, hasta le resultaba reconfortante. Era el olor del trabajo bien hecho. Era, también, el único lugar del mundo donde Marina se sentía completamente despierta.

—Box tres, disnea aguda, varón de setenta y ocho años, satura al ochenta y cinco —dijo Yolanda sin levantar la vista de la pantalla, tecleando con la rapidez de quien ha aprendido a escribir historias clínicas mientras corre.

—Voy.

Marina ya se estaba moviendo. Llevaba el pelo recogido en una coleta baja que no se había tocado en seis horas, la bata arrugada sobre un jersey de cuello alto, y ese paso decidido, sin prisa aparente pero sin un solo movimiento de más, que sus compañeros más jóvenes intentaban imitar sin éxito. Alguien había dicho una vez, en la cafetería, que Marina Seoane caminaba por urgencias como quien camina por su propio salón a oscuras: sin tropezar jamás, sin necesitar la luz.

Lo que nadie decía en voz alta, aunque todos lo pensaban, era que llevaba caminando así desde hacía ocho años, y que antes de eso Marina se reía más.

El hombre del box tres se llamaba Eliseo y tenía las manos de alguien que había trabajado la tierra toda su vida, unas manos grandes y agrietadas que ahora se aferraban a la barandilla de la camilla. A su lado, una mujer de su misma edad —su mujer, dedujo Marina antes de que nadie se lo confirmara, por la manera en que le sostenía la otra mano sin mirarla— repetía en voz baja una palabra que sonaba a plegaria y a reproche a partes iguales.

—Eliseo. Eliseo, respira. Respira, anda.

—Voy a escucharle el pecho, Eliseo, no se preocupe —dijo Marina, y su voz pareció aflojar algo en los hombros del hombre.

Insuficiencia cardíaca descompensada, probable. Edema agudo de pulmón. Marina pidió gasometría, furosemida, oxígeno a alto flujo, y todo lo dijo sin levantar la voz, con esa cadencia suya que Adrián, el residente de primer año que la seguía dos pasos por detrás con la libreta temblándole en la mano, había aprendido a reconocer como el sonido exacto del control absoluto.

—¿Anota usted el tratamiento o prefiere que lo grite tres veces? —le dijo Marina, sin mirarlo, mientras auscultaba.

Adrián empezó a escribir tan rápido que se le cayó el bolígrafo.

Marina lo hubiera explicado, si alguien le hubiera preguntado alguna vez y ella hubiera estado dispuesta a responder con sinceridad: quería que aquel chico de veintipocos años, que aún tenía la costumbre de disculparse antes de tocar a los pacientes, entendiera cuanto antes que en aquel pasillo no existía el margen para la torpeza que sí existe en las aulas de la facultad. Que un segundo de más, una duda mal gestionada, una orden que no se comprueba, podían significar la diferencia entre la vida de alguien y una llamada telefónica que cambiaría la vida de otra persona para siempre.

Ella lo sabía. Ella tenía la autoridad moral de quien lo sabía de la peor manera posible.

Eliseo mejoró en cuarenta minutos. Cuando la saturación subió por encima del noventa y dos por ciento, su mujer soltó por fin la mano y se llevó la suya propia a la boca, y Marina reconoció ese gesto también, ese instante exacto en que el miedo, al no tener ya trabajo que hacer, se convierte en otra cosa —alivio, o llanto, o las dos cosas mezcladas sin orden— y sale del cuerpo como puede.

—Gracias, doctora —dijo el hombre, con un hilo de voz que sonaba a cansancio.

—Gracias a usted por venir a tiempo —respondió Marina, y era verdad, y era además la frase que decía siempre.

Salió del box y se topó con Charo, la supervisora de enfermería, apoyada en el mostrador central con un vaso de café que llevaba frío media hora, mirando la pantalla de admisiones con la expresión de quien hace cálculos que nunca le van a salir bien.

—Cuarenta y tres en espera —dijo Charo sin que nadie le preguntara—. Y solo quedan tres médicos hasta las ocho de la mañana. Vosotros, la de Traumatología y el pobre de Reyes, que lleva dieciséis horas aquí porque no ha venido nadie a relevarlo.

—¿Y Pediatría?

—Pediatría cerró la consulta de referencia hace un mes, ya lo sabes. Todo lo que no sea ingreso nos lo mandan aquí, mezclado con los adultos.

Marina no respondió. Llevaba dieciocho años en aquel hospital y había visto cómo la plantilla de guardia se reducía año tras año mientras la ciudad crecía, cómo los contratos se convertían en parches de tres meses, cómo mujeres como Charo sostenían literalmente con sus cuerpos, con sus varices y su insomnio crónico, un sistema que en los despachos de la consejería alguien seguía llamando «sostenible».

—Yolanda ha hecho doble turno otra vez —añadió Charo, bajando la voz—. Le están retrasando la ortodoncia del crío. Doscientos euros al mes que no le llegan de ningún sitio.

—Dile que se los adelanto yo.

—Ya se lo dije la semana pasada. Dijo que no.

—Pues díselo otra vez.

Charo la miró un instante más de lo necesario, con esa mezcla de cariño y cautela que solo se permitían las personas que llevaban el tiempo suficiente trabajando junto a Marina Seoane.

—Eres una caja de sorpresas, Marina. Dura como una piedra con los residentes y luego pagas ortodoncias.

—Los residentes no tienen hijos con los dientes torcidos. Tienen que aprender a no matar a nadie. Son prioridades distintas.

Lo dijo en tono ligero, casi de broma, y sin embargo algo en la frase se quedó flotando entre las dos más tiempo del que debería.

Fue entonces, a las tres y veinte de la madrugada, cuando sonó el aviso.

—Box seis. Niño, seis años, crisis asmática, disnea intensa, satura al ochenta y ocho al entrar —dijo la voz por megafonía, y Marina notó, antes incluso de moverse, esa sacudida física que llevaba ocho años sintiendo cada vez que un aviso incluía la palabra «niño» y una edad de un solo dígito, un golpe que había aprendido a tragarse en el tiempo que tardaba en dar tres pasos.

Seis años. La misma edad. Siempre la misma edad, aunque el calendario dijera que Nuria, si estuviera viva, tendría ya catorce.

—Voy yo —dijo, y su voz sonó exactamente igual que un minuto antes, exactamente igual que siempre, porque esa era la disciplina que se había impuesto: que nadie, nunca, pudiera notar la diferencia.

Adrián la siguió, la libreta ya en la mano, el bolígrafo esta vez bien sujeto.

En el box seis, una mujer joven sostenía contra el pecho a un niño pequeño que respiraba con un silbido agudo, tirando de los músculos del cuello con cada inspiración, los labios ligeramente azulados bajo la luz blanca del fluorescente.

—Se puso así de repente, doctora, estaba bien, estaba jugando, y de repente empezó a...

—¿Cómo se llama?

—Martín.

—Martín, voy a ponerte esto en el dedo, no duele nada, es como una pinza de la ropa —dijo Marina, ya con el pulsioxímetro en la mano, la voz suavizada un grado exacto, el grado que reservaba solo para los niños.

Y entonces, mientras el aparato empezaba a pitar y la cifra de saturación parpadeaba antes de estabilizarse, Marina sintió algo que se le clavó entre las costillas como una astilla fina y que tardaría semanas en reconocer como lo que era: no fue el niño, ni el silbido de su pecho, ni siquiera el azul tenue de sus labios. Fue la manera exacta en que la madre pronunció la siguiente frase, con la misma cadencia, con las mismas palabras casi de memoria de un guion que Marina había vivido una sola vez en su vida, hace ocho años, en otro hospital, al otro lado de esta misma bata blanca.

—Es que ayer también le costaba un poco, pero pensé que eran los mocos, doctora. Pensé que no era nada.

Marina se quedó quieta una fracción de segundo de más. Adrián, que no apartaba los ojos de ella esperando la siguiente orden, no llegó a notarlo. Charo, que pasaba por el pasillo en ese instante con una bandeja de medicación, tampoco. Solo la propia Marina sintió el suelo del box seis ladearse levemente bajo sus pies, y solo ella escuchó, en algún lugar detrás de sus propias sienes, una voz que no era la de la madre de Martín, sino otra, mucho más antigua, mucho más querida, diciendo exactamente las mismas palabras en el mismo orden exacto.

«Pensé que no era nada.»

—Salbutamol nebulizado, ya —dijo Marina, y su voz volvió a sonar como siempre, sin una sola grieta—. Y corticoide oral. Rápido.

Adrián escribió. La madre lloró en silencio, apretando la mano libre del niño. Y Marina Seoane, que llevaba dieciocho años sabiendo exactamente qué hacer con cada síntoma que un cuerpo humano era capaz de producir, se descubrió por primera vez en mucho tiempo sin saber qué hacer con lo que le estaba pasando a ella.

Fuera, en el pasillo, alguien tosía. Un carro de medicación chirriaba al girar en una esquina. La noche seguía teniendo cuarenta y tres personas esperando y tres médicos para atenderlas, y en algún lugar de la ciudad, Charo lo sabía, había una consejería de sanidad calculando presupuestos con números que jamás se correspondían con las horas reales que costaba salvar a alguien.

Y Martín, seis años, respiraba ya un poco mejor bajo la máscara de nebulización, ajeno por completo a que acababa de resucitar, sin saberlo, un fantasma con el que su médica llevaba ocho años compartiendo cama vacía.

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