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lunes, 3 de noviembre de 2014

Woody Allen: “De no ser tímido, habría tenido una vida mejor”


Claustrofóbico, alarmista, tímido, pesimista... Calificativos para un cineasta genial que con casi 80 años, vuelve a su cita anual con una nueva película: 'Magia a la luz de la luna'

http://elpais.com/elpais/2014/10/31/eps/1414762803_707682.html

Manuel Lagos Cid
Los chistes, la angustia existencial, el autoanálisis, la lucidez. Los pensamientos sombríos, los requiebros, la falta de esperanza, el buen humor. El cine de Woody Allen contiene todos estos ­elementos, Woody Allen se compone de todos ellos, y todos ellos aparecen a lo largo de esta entrevista que se celebra en un lujoso hotel de París. A punto de cumplir los 80 años, el viejo Allan Stewart Königsberg, mago de la palabra cinematográfica, reverenciado director y agudo ­comediante, autor de películas deslumbrantes como Manhattan, Annie Hall, Zelig o Delitos y faltas, entre muchas otras, acude fiel a su cita anual con las pantallas, un compromiso del que no se ha apeado más que dos veces desde el año 1966. Una película al año. Su compulsión en la elaboración de largometrajes no tiene parangón. Y ya van 46 películas detrás de la cámara.
Magia a la luz de la luna, su nueva entrega, la historia de un mago interpretado por Colin Firth que intenta desenmascarar a una médium (Emma Stone) en la Francia de los años veinte (se estrena el próximo 5 de diciembre), llega después de una de las más aclamadas películas de su filmografía, Blue Jasmine. Allen se muestra en buena forma durante la entrevista. Cualquiera diría que va a cumplir 80. Sólo se incomoda cuando es preguntado por la acusación de su hija adoptiva Dylan Farrow, que afirma haber sido víctima de abusos sexuales cuando tenía siete años. A pesar de que el caso fue desestimado en 1993 por falta de pruebas, Dylan Farrow escribió el pasado mes de febrero una carta en The New York Times en la que volvía a acusarle. Sólo en lo relativo a esta cuestión Allen se revuelve en el sillón, sobrepone su argumentario sobre el enunciado de la pregunta y hace todo lo posible por evitar la cuestión.

El hombre que sueña con arañas, según confiesa, y cuya película favorita es El ladrón de bicicletas, del maestro De Sica, responde ligeramente repantingado en una butaca de la habitación 205 del hotel Le Bristol en el que botones con bonete acarrean paquetes por recepción como si siguiéramos en ese París de los años veinte que a Allen tanto le fascina. Habla con cierta lentitud, lúcido y pesimista. De vez en cuando, detrás de sus palabras, emerge su sonrisa de niño pillo.
A través del mago Stanley Crawford, el protagonista de su nueva película, usted describe a un hombre que quiere escapar de la realidad para abrazar la magia. ¿Hace usted lo mismo? Sí, pero no podemos. A los dos nos gustaría que hubiera algo mágico en el universo, en la vida, pero, desafortunadamente, parece que lo que ves es lo que hay.
O sea, que es usted tan racional como el personaje. Totalmente.
¿Y qué supone esto en su vida? Significa que la mayor parte del tiempo estás deprimido, en vez de estar feliz. Es triste la condición del ser humano, tener que pasar por esto…
¿A qué se refiere? Vivimos en un mundo que no tiene sentido, ni propósito. Somos mortales, y todas las preguntas importantes… Para mí lo importante no ha sido nunca quién es el presidente de Estados Unidos, esas cuestiones van y vienen. Las preguntas importantes se quedan con nosotros y no tienen respuesta. ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué estamos haciendo aquí? ¿De qué va esto? ¿Por qué es importante que envejezcamos, por qué morimos? ¿Qué significa la vida? Y si no significa nada, ¿de qué sirve? Esas son las grandes cuestiones que nos vuelven locos, no tienen respuesta, y uno tiene que seguir adelante y olvidarse de ellas.



Woddy Allen durante el rodaje de su nueva película, junto a Colin Firth (a la izquierda)
Usted ha abordado todas estas cuestiones a lo largo de su filmografía. A medida que pasa el tiempo, ¿las afronta uno de un modo distinto? Alguna gente sí; alguna gente cambia. Yo no he cambiado lo suficiente; ojalá hubiera podido cambiar más. Hay gente cuyos puntos de vista se modifican según pasan las décadas. Empiezan creyendo en Dios y cuando son más mayores ya no creen porque la vida les ha desilusionado. A otros les pasa lo contrario, se hacen mayores y empiezan a creer en Dios porque su experiencia les lleva a la conclusión de que hay un poder superior, que hay algo más…
No es su caso. No, yo no creo. Tengo una visión pesimista y realista de las cosas. Como Colin Firth en esta película, creo que lo que ves es lo que hay.
En un momento dado de la película, el personaje interpretado por Emma Stone dice algo como: “Todos necesitamos mentiras para poder vivir”. ¿Necesitamos mentiras para vivir? Sí; Nietzsche lo dijo; Freud lo dijo; Eugene O’Neill lo dijo en una de sus obras. Necesitamos espejismos, la vida es demasiado terrible de afrontar y no podemos afrontar la verdad de lo que es la vida porque es demasiado horrible. Cada ser humano posee un mecanismo de negación para sobrevivir. La única manera de sobrevivir es negar, ¿negar el qué?: negar la realidad. La vida es una situación tan trágica que solo negando la realidad sobrevives.
¿Siempre le pareció tan trágica la vida? Sí, desde que fui capaz de pensar, desde que tenía cinco años, siempre me pareció tremendamente trágica.


Cuatro estatuillas


Corbis (Corbis)
Woody Allen. Nacido en Brooklyn (Nueva York) el 1 de diciembre de 1935, dio sus primeros pasos como monologuista en los años sesenta. Su primera película, como guionista y actor fue ¿Qué tal, Pussycat? Su primer largometraje, Toma el dinero y corre, en 1969. Nunca acude a la gala de los Oscar, no cree en esos premios, pero Hollywood sí cree en él: ha recibido un total de 24 nominaciones a lo largo de su carrera, 16 como guionista. Y ha logrado cuatro estatuillas.
En la película que estrena el 5 de diciembre vuelve a transitar por el terreno de la comedia ligera. Magia a la luz de la luna, ambientada en la Costa Azul de los años veinte, supone el fichaje de la magnética actriz Emma Stone. La máquina de hacer películas no se detiene.
¿Por qué? Porque pude ver lo que era desde una edad temprana. Pude ver que naces, que no sabes por qué naces, que vives un número de años, impredeciblemente, puedes morir en cualquier momento, puedes morir a los 5 años o a los 15 o a los 50, nunca vas a sentirte seguro y relajado, siempre tienes que estar alerta; e incluso con esto, finalmente, vas a morir; estás condenado a muerte desde el nacimiento; consigues una pena de muerte en el instante en que naces, así que ¡muchas gracias! ¿Y todo para qué?
Usted viene haciendo una película al año desde 1966, con dos excepciones. ¿Cómo lo hace? No se debe confundir la cantidad con la calidad. He estado sano, gracias a Dios, y sigo trabajando, es agradable. Pero esto no dice nada de la calidad de las películas. Si me dijera que he estado haciendo grandes filmes, uno tras otro, desde 1966, eso sería un logro.
Bueno, de hecho es algo por lo que se le critica: por hacer muchas películas y, tal vez, no tan buenas como las que rodaba en los años setenta. ¿Qué opina sobre esto? No pienso nada, no significa nada para mí. Hay gente que me dice que Match Point; Midnight in Paris; Vicky, Cristina, Barcelona y Blue Jasmine son las mejores películas que he hecho en mi vida. ¿Qué más da lo que piense la gente? Da igual.
Y usted ¿qué piensa? He leído que es tan perfeccionista que cada vez que ve una de sus películas, no le gusta. ¿Está ­especialmente orgulloso de alguna de ellas? Oh, sí; creo que he hecho algunas películas buenas; no, grandes películas, pero sí películas buenas.
¿Cuáles serían esas para usted? La rosa púrpura del Cairo es una buena película; Zelig, también; Balas sobre Broadway
¿Qué hace que una cinta sea buena? Para mí una buena película es cuando estoy en casa, tengo una idea, la escribo, la filmo, la monto, le pongo la música y digo: “¡Salió como yo quería, es exactamente lo que quería!”.
Tengo entendido que cuando usted rodó Manhattan, no le gustó nada e incluso ofreció a United Artists rodar una de forma gratuita si no la exhibían. Sí, no estaba contento cuando acabé Manhattan porque no conseguí lo que quería. A la gente le gustó, fenomenal, pero no es lo que yo quería. Lo mismo me pasó con Hannah y sus hermanas, que tuvo mucho éxito, pero no para mí.



El director junto a Colin Firth en otro momento del rodaje de 'Magia a la luz de la luna'.
Más de una vez ha dicho usted que rodar es una manera de escapar de sus ansiedades. Sí, me permite no pensar en cuestiones sombrías. Pienso en si podré contratar a Emma Stone para la película, o a Colin Firth; si deberé rodarla en el sur de Francia o en Boston. Esos problemas triviales se pueden solucionar, y si no se solucionan, nadie me mata; si todo sale mal, mal, mal, el resultado es, simplemente, que tengo una mala ­película. Los otros problemas, los que no puedo resolver, sí que me matan.
Entre esos problemas estará, supongo, lo ocurrido este año con su hija adoptiva Dylan Farrow, que le habrá afectado… No, yo compartimento muy bien las cosas.
¿No le afecta? Yo sólo trabajo, no leo lo que dicen sobre mí en la prensa, nunca leo las críticas de mis películas, ni veo mis películas. No he vuelto a ver Toma el dinero y corre desde 1967, cuando la rodé… Yo solo trabajo; es lo único importante para mí; ni los premios, ni las críticas, ni las cuestiones financieras… No leo lo que se publica de mí en la prensa; sea bueno o malo, críticas…
Sí, pero esta vez tuvo la necesidad de escribir en The New York Times su versión de los hechos… Sí, tuve que corregir algo.
Se trata de una acusación de abusos sexuales… Tuve que corregir algo y lo hice. Lo escribí rápido,no me llevó más de una hora. Y eso fue todo.
En Woody Allen: un documental, realizado en 2011, gente que trabajó con usted le describía como una persona tímida, un poco adolescente, hipocondriaco, lleno de fobias. ¿Es así? Hasta cierto punto. No estoy lleno de fobias, tengo algunas. No voy por túneles, soy claustrofóbico. No soy un hipocondriaco; más bien un alarmista: no imagino que estoy enfermo, pero si veo una cosa pequeñita aquí, una picadura de mosquito, pienso que es un tumor cerebral. Tengo ­peculiaridades, pero no son peligrosas…
Tímido… Sí, siempre luché contra esto. Ojalá no hubiera sido tan tímido, hubiera tenido una vida mejor si no llego a serlo.
Ha rodado la mayor parte de sus últimos largometrajes en Europa. ¿Lo ha hecho para poder mantener su independencia? No. Fue por cuestiones de financiación, al principio. Siempre he sido independiente, siempre he tenido el corte final, nunca, nunca, nunca han tocado mis películas, desde la primera que rodé.
¿Siempre ha sido libre? Completamente, libre al 100%.


Para mí una buena película es cuando tengo una idea, la escribo,
la filmo, la monto y digo: 'Salió exactamente como yo quería"
¿Tuvo esto algún coste para usted? Mientras mis películas no salgan muy caras, les da igual lo que haga. Tuve problemas para conseguir dinero y me propusieron que si hacía Match Point en Londres, me la financiaban, así que fui y me gustó. Luego llamaron de España para que hiciera una película en Barcelona.
¿Qué recuerda de aquellos días en Barcelona? Me encantó, tuve una gran experiencia. Me encanta España en general. Mi mujer y yo lo pasamos muy bien allí. Vivimos en Barcelona una temporada, toqué mucho jazz. Me encantó Madrid cuando fui, San Sebastián… Y Oviedo me volvió loco: si alguna vez tuviera que jubilarme, Oviedo sería el sitio.
¡Vaya! Es precioso, me encanta el tiempo, las comidas, la gente… Y en Barcelona estuve varios meses; con Scarlett Johansson, con Javier Bardem, con Penélope Cruz, lo pasé muy bien.
Suele usted decir que en Europa le consideramos un intelectual porque lleva gafas de pasta, pero que en realidad no lo es… Sí, eso es lo que la gente piensa de mí.
O sea, que usted no es un intelectual. No soy un intelectual, pero la gente piensa que lo soy porque tengo el aspecto que se atribuye a los intelectuales. Pero estos no tienen un aspecto especial; tienen el mismo que los levantadores de pesas o que los jugadores de béisbol… Hace años, si leías mucho, se te estropeaba la vista, y si llevabas gafas era porque leías mucho, porque eras una persona de libros. Pero yo no soy un intelectual.
Acostumbra usted a contar que lo que le gusta es beberse una cerveza viendo un partido de béisbol… Sí, no soy un intelectual. Me gusta tocar jazz; me gusta ver baloncesto, béisbol, fútbol americano, tenis, me gustan los deportes… No son actividades de intelectual.



Woody Allen junto a Penélope Cruz, a quien dirigió en 'A Roma con amor'.
Después de venir tanto a Europa para sus películas, ¿no echa de menos Nueva York, como ciudad, para rodar? No, no demasiado. De vez en cuando me gustaría hacer una película en Nueva York, porque estoy loco por la ciudad de Nueva York, pero no es que me vaya a Sudán o a Libia a rodar; voy a hacer películas a Barcelona, Londres, París, Roma…
Sí, y se dice que sus películas son muy turísticas… Ah, sí, para mí las ciudades son personajes vivos, como Nueva York. El lugar en el que estoy es muy importante para mí, soy muy de ciudad y me gusta que el público sienta la ciudad como yo la siento. Con Nueva York me solían decir lo mismo, que no era tal y como yo la retrataba.
Eso le dijeron cuando hizo Manhattan Sí, y dije que me daba igual. Soy un artista, no soy un periodista; te muestro cómo siento Nueva York, mis impresiones de la ciudad, lo mismo con Barcelona y con Roma… Yo voy a esas ciudades como turista, soy un turista en Roma, soy un turista en Barcelona, y las veo desde los ojos del turista que se enamora de ellas. Como turista, no me enamoro de todas las ciudades a las que voy, he viajado por toda Europa. Pero he tenido un sentimiento muy apasionado en las ciudades en las que he rodado.
Sigue usted sin acudir a la entrega de los Oscar. ¿Por qué? No soy una persona de premios. Se puede decir cuál es la película favorita de uno, pero no cuál es la mejor película. ¿Quién puede decir eso? Son valoraciones personales, no significan nada. Para los Oscar, la gente hace campaña y gasta millones de dólares para comprar esos premios.

En otro orden de cosas, señor Allen, ¿a usted qué le preocupa del mundo en el que vivimos, del rumbo que ha tomado nuestra civilización? Soy muy pesimista porque el problema del mundo es que depende de la gente. Si miras la historia, ves que la gente no ha hecho un buen trabajo administrándolo, cuidándolo, viviendo en él. No tengo muy claro que el mundo vaya a sobrevivir; no hay muchas razones para el optimismo en estos momentos, tal vez en unos años haya mejores perspectivas.
¿No encuentra usted ningún motivo para la esperanza? Bueno, hay una porción de la gente que es agradable. Pero o no hay suficiente, o son demasiado pasivos, o la tarea es abrumadora; o los malos tienen más ambición y energía. Pero es difícil hallar un punto luminoso en la historia de la humanidad.
¿La gente, en general, no es buena? La gente, en general, está asustada. Y cuando están asustados, actúan equivocadamente, se comportan mal. Es la condición humana, la trágica condición de la existencia, la gente está ansiosa y asustada, no tiene nada en lo que creer, ni tiene esperanza, y la vida es muy complicada, y se comportan mal. Si mañana quedara claro que la vida tiene sentido, o que hay un dios en el universo, seguro que la gente actuaría mejor, y la situación cambiaría para mejor radicalmente. No es que la gente sea inherentemente mala, es que tiene miedo y por eso se comporta mal.
¿Lo tiene usted? Yo estoy tan asustado como todo el mundo, más que la mayoría; y soy una de las personas que se comportan decentemente a pesar de todo. Hay gente así, pero no demasiada.
Al ritmo que sigue rodando, no parece que tenga usted pensado retirarse del cine. No tengo planes de retirarme en estos momentos. Pero puedo volver a mi habitación y me puede dar un infarto y quedar mal, y entonces me retiraría. Si la salud aguanta, si estoy sano y la gente quiere poner dinero para mis películas, no me retiraré. Si enfermo o la edad me ralentiza de un modo que me avergüence, o no consigo dinero para mis películas, pues me retiraré.
Y a estas alturas de la vida, usted ¿qué quiere? No lo sé. Dos camareras de cócteles de 20 años.
¿Nada más? ¡No necesito nada más!
¿Nada más? No, ¡estoy en forma!

jueves, 30 de octubre de 2014

El mundo no se acaba en Sartre y Camus


Tras el declive que siguió al existencialismo y el 'nouveau roman', hoy una generación con estilo punzante e ironía subyacente ha revertido las burlas hacia la literatura francesa

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/23/babelia/1414076127_004951.html
La novelista Annie Ernaux, retratada en la sede parisiense de la editorial Gallimard. / Daniel Mordzinski

En Casa Tomada de Julio Cortázar, el narrador confiesa que a veces, interrumpiendo su vida de recluso, iba a dar una vuelta por las librerías y "preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina". Hasta hace pocos años, este juicio sepulcral, que Cortázar entendió como irónico, fue sentido como válido en Argentina, en España y en gran parte del mundo literario. A partir del mitigado escándalo producido por la obra (y vida) de Louis-Ferdinand Céline, quien fue probablemente el novelista más importante de toda la literatura moderna, y después de los existencialistas, la presencia de autores de lengua francesa como Nathalie Sarraute, Marguerite Yourcenar, Michel Tournier en la segunda mitad del siglo veinte no alteró fundamentalmente la opinión de los lectores más allá de los confines de su idioma. Ni siquiera el éxito internacional de Marguerite Duras con El amante, ni los premios Nobel otorgados a Claude Simon en 1985 y a Le Clézio en 2008, alentaron el reconocimiento de esa literatura como "valiosa". Borges y Bioy se burlaron ferozmente del nouveau roman en sus Crónicas de Bustos Domecq y Mavis Gallant condenó el engagement politique de sus autores preguntándose si Hiroshima mon amour no se hubiese vendido más si Duras le hubiese puesto como título Auschwitz mon chou.
Ninguna literatura es unánime: cada autor, cada libro, define una visión del mundo íntima y particular que refleja y altera las otras. Si bien la literatura francesa fue sentida durante mucho tiempo como vanamente experimental (Robbe-Grillet), o vanamente introspectiva (Emmanuel Bove), estos ejemplos coexistieron con obras mayores como las de Michel Tournier o Georges Perec cuyo mérito no es la sorpresa o el escándalo, sino el estilo y la imaginación poética. Tales calidades, sin embargo, no bastaron para conceder un nuevo prestigio a la literatura francesa. "Leo novelas francesas para combatir el insomnio", declaró Philip Roth hace un par de años.
Ese prejuicio literario está cambiando (o ya cambió) gracias a una generación de escritores, ya no muy jóvenes, que empezó a escribir en las postrimerías del nouveau roman. Jean Rouaud, Annie Ernaux, Hervé Guibert, Jean Echenoz, Marie NDiaye, Emmanuel Carrère, el reciente premio Nobel Patrick Modiano y sobre todo Pascal Quignard (heredero del grand style de Diderot y Ernest Renan) se han impuesto en la consciencia de sus lectores extranjeros como ejemplos de ese algo válido, distinto, inteligente que constituye la nueva (por llamarla así) literatura francesa. Fenómenos aleatorios han ayudado al cambio: el entusiasmo de un público ingenuo por los balbuceos de Michel Houellebecq, convencido de que Camus había resucitado como un Hunter S. Thompson gabacho; la egocéntrica pornografía de Catherine Millet y sus imitadores; la popularidad de los sombreros y fáciles fantasías de Amélie Nothomb. Una causa más convincente, más duradera, del reciente prestigio de la literatura en lengua francesa es el reconocimiento de autores francófonos del mundo árabe como Assia Djebar, Tahar Ben Jelloun, Rachid Boudjedra, Amin Maalouf.
Una vez que el prestigio de una literatura ha sido establecido a través de un libro o un autor, como fue el caso de la literatura escandinava con Stieg Larsson y de la israelí con David Grossman, los lectores empiezan a reconocer (o creen reconocer) ciertas características que los incitan a buscar otros escritores del mismo grupo nacional. Las características de la nueva literatura francesa son quizás estas: un estilo literario cernido y punzante, una ironía subyacente, la crónica de historias de amor infructuoso, los paisajes extranjeros (Brasil, Venecia, Rusia) y, también, los todavía familiares (la banlieue de París, las ciudades de la provincia). Podríamos decir que la mayoría de éstas fueron también las características de la literatura de Balzac o de Simone de Beauvoir; es cierto, pero los autores franceses del siglo XXI parecen haber retomado esos rasgos consabidos y haberlos transformado en algo original, o al menos original a los ojos de sus lectores. Eso es lo importante, porque ningún escritor nace huérfano. Pierre Michon tiene una deuda más o menos secreta con Marcel Schwob, Patrick Deville con Blaise Cendrars, Maylis de Kerangal con Albert Londres.
Pero todo esto no es importante. Al fin y al cabo, hablar de la popularidad de una literatura nacional es hablar de conceptos imaginarios, categorías inventadas, lazos presumidos. No existe una literatura francesa como no existe una literatura española: tienen más en común Patrick Modiano y Javier Cercas que Patrick Modiano y Jean-Christophe Rufin, para comparar escritores interesados en revisitar imaginativamente momentos de la historia contemporánea. Pero si el prejuicio alienta a buscar a otros escritores quienes, por escribir en la misma lengua y tener el mismo pasaporte, se encuentran en el mismo anaquel con la misma etiqueta de “literatura francesa”, que así sea. Cualquier artimaña —un Premio Nobel o un voluminoso sombrero— que conduzca a un lector hacia un libro de Echenoz, de Michon, de Quignard, merece nuestra entusiasta aprobación.

'Vida inteligente', de Los Enemigos



Un tratado sobre la indignación civilizada

http://cultura.elpais.com/cultura/2014/10/24/babelia/1414158307_385547.html
Reconocieron que lo dejaron porque estaban aburridos y ahora vuelven con ganas de guerra. Han tenido que pasar 15 años para que la banda señera de Malasaña se vuelva a meter en un estudio de grabación y publicar otro trabajo, aunque tardaron en despedirse un poco más con dos directos abrumadores como Obras escocidas (2001) y Obras escondidas (2002). Con su habitual fuerza instrumental, Los Enemigos ofrecen un álbum rebosante de las señas de identidad que les hicieron un grupo de culto: rock and roll visceral, sin medias tintas, con guitarras tensadas —gran labor de Fino (al bajo) y Manolo como antaño— y reflexiones existenciales potentes. Y mucha actitud. Vida inteligente es un tratado de conciencia social que no se pierde en el panfleto, pero sí incide en la indignación civilizada con composiciones como Gurú, Firme aquí, Hombre que calla o Café con sal, que están a la altura de su mejor cancionero. La voz de Josele, tras su más que plausible travesía en solitario, pega más fuerte que nunca, en ese tono descreído, socarrón y fiero como en Santos inocentes, pero también en un grado más amable como en Estrella fugaz. Los Enemigos siguen sonando a Los Enemigos, y eso es todavía decir mucho.
Los Enemigos. Vida inteligente. Alkilo Discos. Sale a la venta el 18 de noviembre.

Cuando Sorolla huía del óleo




Dos exposiciones rescatan los dibujos del artista valenciano con lápiz o carboncillo

Pintaba en cartas, en reversos de menús o en cuadernos


Dibujo de una barca en el que Sorolla hace un estudio del sobreado a base de líneas diagonales (1903-1904). / Museo Sorolla
Una libreta, un lápiz y una irrefrenable necesidad de plasmar lo que le rodeaba son los tres ingredientes que conforman la personalidad de dibujante de Joaquín Sorolla y Bastida (Valencia, 1863-Cercedilla, 1923). El artista valenciano, conocido por su faceta de pintor, de gran captador de la luz y de los ambientes al aire libre, tiene un vastísimo número de obras fruto del "dibujar, dibujar, dibujar y dibujar. Eso es todo". Ese era su principio artístico y el que aconsejaba a sus discípulos para "entrenar la mano", como se observa en la correspondencia que les dirigía. A sus más de 4.000 óleos hay que sumarle casi 9.000 dibujos, de los cuales la mayoría están repartidos entre el Museo Sorolla —que fue la casa familiar del pintor— y colecciones particulares —sobre todo de sus descendientes—.
Al dibujo como manifestación artística no se le ha dado relevancia hasta las últimas décadas. En el caso de los realizados por Sorolla, quedaron relegados por la obra pictórica. Toda su producción en óleo y en carboncillo se construyen en paralelo, evolucionan juntas tanto en técnica como en temática. Sus dibujos no son preparatorios, salvo excepciones, son obras de arte en sí mismas. Obras que realiza a cada momento y en cualquier lugar. No requieren de más logística que llevar un pequeño cuaderno y un lápiz o carboncillo; rara vez usaba el color. El trazo es ágil y rápido, como lo es la pincelada en los lienzos, perfecto para captar las escenas de playa: los niños en la orilla, los bueyes tirando de las barcas, las pescadoras a la espera. Escenas naturalistas, repletas de la misma luminosidad que llena sus óleos. Los tonos blancos aplicados con el clarión son los reflejos. Las sombras las representa con rayas paralelas, lo demás lo rellena la pupila del espectador. Su dominio de la técnica es tal que plasma algo tan inapresable como es la luz.
Es fácil imaginarse a Sorolla en mitad de una de esas escenas playeras cotidianas, ya sea en Valencia, con un ambiente distendido, informal y costumbrista, o en las playas del Norte, más elegantes. No importa el lugar, dibujaba de forma compulsiva, en sus cuadernos —de los que se conservan bastantes— o sobre cualquier soporte. Son abundantes las cartas que llevan dibujos y llamativos los que realizaba en los reversos de los menús (hay 24 expuestos en Madrid en la muestra Sorolla y Estados Unidos). El dibujo urbano es un tema recurrente desde sus viajes a París —el primero fue en 1885—. Cuando no está en casa pasa mucho tiempo en cafeterías y allí dibuja lo que ve. Dibuja todo el tiempo. Analiza constantemente lo que le rodea desde un punto de vista estético y formal. Datar estas imágenes es tan sencillo como mirar el anverso del menú en el que ponía la fecha y se puede saber incluso lo que comía durante sus estancias en los hoteles Blackstone de Chicago y Savoy de Nueva York.
El pintor se autorretrata tal y como aparece su imagen en el reflejo de una cafetera durante un viaje en tren (1897). / Museo Sorolla
Le interesa y se fija en la moda femenina, es amplísimo el catálogo de sombreros que se puede encontrar entre su obra. Las cartas en las que comenta este tema con su esposa, Clotilde García, son innumerables, así como en las que le cuenta las compras que ha hecho para ella o para sus hijas. La importancia que le da Sorolla a su familia aparece en cada uno de sus actos: si no está en casa la correspondencia es constante, y cuando está les representa en cualquier formato. Es un gran retratista, pintó hasta a William Howard Taft, presidente de Estados Unidos de 1909 a 1913, o a Alfonso XIII (retrato del que se conservan los dibujos preparatorios en papel de estraza, de gran tamaño, similares al formato final del cuadro). Pero a los que retrató más veces tanto en pintura como en dibujo fue a su esposa y a sus tres hijos. Los dibujos familiares son los más cuidados, muchos dedicados a Clotilde, a la que representa de gala o en situaciones cotidianas, cosiendo o dando de comer a los niños —lo que llama los dibujos de papilla, han servido para fechar algunos de los cuadernos ya que coincide con los años de nacimiento de sus hijos—. La catalogación de los 4.985 dibujos de la colección del Museo Sorolla finalizada el pasado julio ha servido para confirmar, por ejemplo, un viaje del pintor a Berlín, del que se tenían noticias, pero no estaba comprobado. Los dibujos y las anotaciones en el tren sirvieron para corroborarlo.
En su ámbito familiar también se encuadran los dibujos de su casa, del diseño de su jardín. En ellos, como en todos, hace anotaciones de las flores que quiere plantar, o de los colores, o de la hora, lo que le indica la luz de la escena. En los preparatorios de los murales sobre la visión de España encargados para la Hispanic Society apuntaba los colores de los trajes. Es un animal visual.
La sensación de que Sorolla dibujaba sin cesar se plasma en su respuesta a Thomas R. Ybarra, periodista de la revista The World's Work: “¿Que cuándo pinto? Siempre. Estoy pintando ahora, mientras lo miro y hablo con usted”.
Trazos en la arena, exposición de dibujos de Sorolla en su casa-museo. General Martínez Campos, 37. Madrid. Hasta febrero de 2015.

Todos quieren vestirse como Sherlock


Pero no como el de los libros, sino como el de la serie de la BBC que ha convertido a su protagonista en todo un icono de estilo

Cedida
Cedida
Cuando sir Arthur Conan Doyle creó allá por el año 1887 a Sherlock Holmes seguro que no se esperaba la retahíla de consecuencias que le traería. El autor británico compuso a este personaje mítico, acompañado siempre por su inseparable Doctor Watson, con cuatro novelas y 56 relatos. Aunque la contribución pueda parecer pequeña -que no, todo lo contrario-, casi 130 años después, el detective más famoso de Reino Unido sigue tan vigente como a finales del siglo XIX. En esto, bien es cierto, no solo ha influído la literatura del escritor escocés. Sin que sirva de precedente, el cine y la televisión han contribuido, para bien, a la consolidación de esta figura en aquellas mentes más jóvenes que han caído rendidas a los pies del personaje y de su impecable armario.
Las recientes cintas del director Guy Ritchie con un Sherlock interpretado por Robert Downey Jr volvió a poner en el candelero al personaje. Ambientadas en el Londres de hace más de cien años, las tres películas lograron arrasar en taquilla, pero no consolidarlo como icono de estilo, un matiz que sí ha logrado la última serie que se ha sacado de la manga la BBC protagonizada por este peculiar personaje. Con Benedict Cumberbatch en la piel de Holmes, el detective se convirtió, sin quererlo, en referente de estilo para miles de hombres. Aunque el porte y la elegancia ya la traía el propio actor de casa, ese halo misterioso y la flema británica del personaje fueron los ingredientes que le elevaron a los altares de la moda masculina.
Y es que copiar al Sherlock de Benedict Cumberbatch no es complicado. Con un armario impecable por bandera, la clave es tirarse a los básicos de un referente de estilo que siempre funciona: el «british» -una de las tendencias estrella, junto al denim, el tricot y el paisley, de la nueva colección de hombre de El Corte Inglés-. Las americanas de cuadros con los tradicionales detalles en la solapa para el pañuelo -como esta de Emidio Tucci con coderas en distinto tejido-, el tweet, los tonos marrones y verdes -como en esta chaqueta de punto de Lloyd's-, las camisas de cuadros -como la de manga larga de Dustin-, así como los accesorios de inspiración college son alguno de los elementos clave para lograr un look con aires procedentes de las islas británicas.
Pero no solo inspirándose en Reino Unido se logra el impecable estilo del Sherlock de la pequeña pantalla. En la serie, Benedict Cumberbatch también es fiel a los trench y a las americanasdos de los imprescindibles de la colección masculina de El Corte Inglés junto a los vaqueros oil wash, las sudaderas, las parkas y las chaquetas de piel-.
Recorriendo las calles de la capital británica, el detective más famoso de la ciudad no podía obviar una prenda tan londinense como la gabardina. Aunque la originaria era larga y de color kaki, una renovación ha llevado a Benedict Cumberbatch ha decantarse por tonos más oscuros para darle ese aura de misterio que envuelve a toda la serie. Con estos mandamientos, la elección es clara: o una gabardina en color azul marino con el habitual cierre cruzado de botones y las tradicionales trabillas en hombros y puños de Hominen o una en negro un poco más alejada de los parámetros clásicos con cierre de botones oculto de G-Star Raw.
Pero como el Sherlock de Benedict Cumberbatch no es solo fiel a esta prenda tan británica, otro de los fijos en los armarios de los fans de esta serie tienen que ser las americanas y los blazers. El actor las luce como permanente sobretodo. Le dan un poco igual las circunstancias, y siempre apuesta por ella, sea cual sea la situación. Aunque él suele caminar sobre seguro jugándoselo al negro -como esta de Hominen con cierre de dos botones-, los más arriesgados pueden apostar por una de las estrellas de la temporada: las americanas de punto -como esta gris de Hominen- , la continuación de la clásica chaqueta de vestir.
Inspiración británica, gabardinas y americanas son las claves a las que hay que añadir una bufanda gris y una gorra para lograr el look completo, que no desentonarán entre las tendencias que dominan el armario masculino durante este otoño e invierno. Y, es que al final del día, todos quieren ser Sherlock y dedicarse a descifrar enrevesados misterios con el malvado Moriat pisándole los talones. Eso sí, sin perder un toque de su elegancia. «Elemental, querido Watson».

Contestación a un ultimatum


El conocimiento tienta
a las habladurías perdidas;
escarbo muy adentro,
sólo encuentro sacudidas.

No pasa nada, dicen,
yo tiemblo en lo alto
por algo sucedido,
ahora ya escapado.

Rompo el contacto
con barbaridades sucesivas,
me gusta tu ardor
como el picor de hormigas.

Ahora sé de lo que hablan,
corrompidos en su lengua
de noche clara,
para vivos cadáveres.

Fuimos delatados
por la traición mensajera,
y mueren nuestras argucias
en el perdón del suspiro.

Pretendes tomarme,
yo acabarme,
pensamiento suicida
para falsos días.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Camino de un buen puerto


 

Gracias a Pablo Neruda

Otra vida me mueve en el ritmo
que excita las ávidas raíces
de la ternura en la sangre
a escuchar entre los árboles
la canción del amor insomne.

Desde los ojos que se abren
al despertar precavido,
y se nos escapan los tristes líos
en la integración insolidaria
por la angustia restablecida.

Independencia de credos y consignas
que al respeto de la dignidad estética
hace ascuas en la palabra lírica
en este largo morir despedazado
que es el estar sin estar atrapado.

Al fin llega el día que esperamos
para que todos volvamos a la casa
donde la conversación a modo de animal
se despereza en carantoñas prometidas
en el tono amistoso del timbre cotidiano.

En lo sonoro llega la muerte
a despedazar llamas informes,
y es el frío más tieso
que una escoba de bruja en el aire
a escapar de sus solitarios pecados.

Las voces son vencidas en el día sin salario,
nadan ellas indecisas en aquel mar
para que la obstinación en los rostros
desespere los minutos perdidos
en la larga estancia desentonada.

 

Entonces el vahído cegador e informe
explota en mis entrañas
para quitar llantos embozados
a su dulce piel arremolinados
por la gracia que me acaba.

lunes, 16 de junio de 2014

11 escenarios 3D hechos con tiza que te derretirán el cerebro


SHOUT



Hay pocas cosas tan divertidas como ir andando por la calle y encontrar en medio de una plaza una enorme cascada con arco iris incluido. Para conseguir hacer realidad este extraño fenómeno, puedes probar con alguna sustancia alucinógena o tropezar con un tesoro visual como es el arte de la tiza en tres dimensiones.
En los últimos años este arte en 3D se ha convertido en un medio de expresión reconocido. Como resultado de la fusión entre ilusión óptica, hiperrealismo y arte urbano, esta técnica atrae a todo tipo de públicos.
Además de su efecto casi hipnótico y la impresionante técnica que se emplea, esta expresión artística funciona porque se puede utilizar para representar cualquier cosa. Echa un vistazo a las fotos de abajo en las que encontrarás desde un caracol gigante subiendo a un banco de mármol a una extraña cama de tortura. Cualquiera puede sumergirse en estos dibujos y dar rienda suelta a su imaginación.
1. Una cascada con arco iris shout
Por Joe Hill

2. Una botella de whiskey sobre un magnífico mirador
Freshest Whisky
Por Manfred Stader

3. Sesión de aventura y rafting
River Rafting
Por Julian Beever

4. Un caracol gigante
Por Julian Beever

5. Versión aterradora de David
David?
Por Kurt Wenner

6. Una extraña cama de tortura
Torture
Por Manfred Stader

7. Una antigua bañera de hidromasaje
Wash Pit
Por Manfred Stader

8. Un estanque para meditar
Fish Pond
Por Por Lee Stum

9. Una misteriosa cueva con agua
Water Cave
Por Edgar Mueller

10. Un comecocos tamaño gigante arte 3 d
Por Leon Keer

11. Una tumba egipcia espeluznante arte en las aceras
Por Tracy Lee Stum

The Internet in Real-Time

The Internet in Real-Time

viernes, 13 de junio de 2014

Retorno al hotel de los pecados



Vuelvo con fanfarria, luces de colores y un perro que no ladra. Retorno sobre mis propios pasos, rey de mis agallas maltratadas, cobarde de las huidas compartidas. Vuelvo e ignoro como me sostengo.
Tan sólo bebo para beber todas tus lagrimas y eso que te mancha las bragas, dulce sonrisa invertida, cadencia de los pasos que me acercan a ella, sus caricias, mi pena, aquella vida que no era vivir, puro vicio compartido de mi lujuria.
Dinero para un día más, para ser libre hasta donde llega el hambre por ti. Cadencia confusa, y  unas manos debajo de mi camisa trazan el mapa  de las pesadillas más dulces que un hombre pueda soñar, tentaciones, caídas y cierto marasmo en la presencia del juez de mis deseos.
Se declara usted culpable o alega una coartada. Ha hecho acto de presencia en los citados lugares del pecado o estaba digamos un poco ocupado para ocuparse en tales menesteres, confiésenos en que esquina del local empezó usted a meterle mano a la presunta compinche, debería darnos detalles de todos sus delitos si no quiere quedar encerrado en la cárcel de mis senos, confiésese como si creyera que hay una salida, tal vez la de incendios.
Vuela usted muy alto, no le aconsejo que saque pecho, otros lo han hecho antes, otros lo harán más adelante, póngase de rodillas para rezar a mi musa, yo lo comprendo, en el fondo somos muy parecidos, usted habría podido ser el autor y uno un mero servidor de sus argucias para alcanzar la fama. Ya desde ya le aconsejo un puesto de honor en la primera cita, considérese invitado al espectáculo de esta noche, espero que por lo menos pueda llegar a la presentación de los abrazos; por favor, no olvide que necesitamos sus propinas, no las debe considerar una limosna, si vuelve debe ser por algo.