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viernes, 16 de noviembre de 2018

Entrevista a Richard Ford

Richard Ford: «De todas las cosas que he visto pasar en mis casi setenta y cinco años de vida, el amor es lo único que perdura»

Publicado por Fotografía: Edu Bayer

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 33
Richard Ford aparece envuelto en una gabardina de color crema. El viento sopla fuerte y trae una punta de frío impropia para el mes de abril, pero ha sido un año de nevadas primaverales en Nueva York, así que hay cierta resignación en los espíritus. Además, no son ni las 8 de la mañana, que es la hora a la que las personas inteligentes citan a los periodistas, para tenerlos con la guardia baja o la resaca alta, y es también la hora de la primera frase de algunas de sus novelas. Le esperamos en la puerta del Princeton Club, un club exclusivo en el centro de Manhattan, en el que socializan exalumnos, profesores y otras élites que orbitan alrededor de la universidad donde Ford dio clases en los ochenta, y que tiene su sede en Nueva Jersey, donde vive su personaje más famoso, Frank Bascombe.
En el ascenso hacia el bar, una mujer le dice: «Me recuerda usted a alguien famoso». «Soy exactamente igual que el novelista Richard Ford», le responde. Ella mira a su amiga y dice: «No, a otro». Le pregunto si le reconocen a menudo. «Solo cuando estoy de promoción, y sobre todo en los aeropuertos». Tiene un Pulitzer y un Faulkner: la del escritor es la más privada de las famas.
Se deben cerrar más acuerdos en el Princeton Club que en un palco de estadio de fútbol, pero como la hipocresía es el lenguaje que lubrica el comercio, en el bar del club no se permiten negocios y los ordenadores, tabletas e incluso papeles están prohibidos. Ford intenta negociar: su imponente altura, su pelo senatorial y sus ojos azules acompañan con gran armonía su tono, que es severo y con autoridad. Nada, son inflexibles. 
Sin guion, la entrevista muta en conversación. Ford tiene una gran habilidad para ser exquisitamente amable y decir cosas interesantes mientras ignora las preguntas que no le apetece responder. En general, uno quisiera llevarle a hablar del fondo que emerge en sus textos, y él prefiere responder sobre el oficio de escribirlos. Bien pensado, es parte del fondo: huir de lo trascendente y buscar siempre lo más plausible y pragmático para no abandonarse a lo mórbido o a lo oscuro. 
Sus libros parecen la traducción en forma de novela del pragmatismo norteamericano, de Emerson a Rorty.
Justamente ayer estaba dando clase sobre el texto El espíritu de la naturaleza de Emerson y me traje mi copia grande, gorda y hecha polvo de todos los ensayos y la correspondencia del autor, editada por Houghton Mifflin, porque quería mostrársela mis alumnos. Y les dije: «En algún momento de la vida, todo el mundo debería tener su propia Biblia. Y esta ha sido la mía durante cuarenta y cinco años». Los ensayos de Emerson han sido mi guía.
Lo cita muy a menudo.
Oh, sí, tanto como puedo. Da en el clavo en tantas cosas que yo no puedo más que… en fin; he leído a Rorty también, pero me parece mucho menos interesante que Emerson.
¿Por qué?
Es menos afortunado como escritor. Emerson es más claro, más franco y directo. Además, está dispuesto a invertir completamente su visión de las cosas, algo que adoro [ríe]. Cuando dice aquello de «la estúpida consistencia es el duende de las mentes pequeñas» está hablando de sí mismo.
Menos de cinco contradicciones es dogmatismo.
[Ríe] Exactamente. Es fanatismo.
[Llega el camarero. Ford pide dos huevos escalfados y tomate en rodajas, nada de carne o embutido, ni pan. Levanta la cabeza y ve los televisores del bar encendidos, donde aparece Donald Trump dando un discurso].
Siempre me interesa comprobar qué canales están puestos permanentemente en los bares. En el Princeton Club, el canal de negocios, por supuesto.
Aprovecho para preguntarle sobre Donald Trump. En El periodista deportivo hay un diálogo entre Frank Bascombe —el personaje de cuatro de sus libros más célebres— y su vecina Dee, una mujer jubilada, progresista, que acaba de leer una noticia en el New York Times sobre la típica intervención militar norteamericana en un país latinoamericano, que ella tilda de hipócrita. Y dice: «Deberíamos construir un muro a lo largo de toda la frontera mexicana y solucionar nuestros problemas, por ejemplo, con los afroamericanos».
No creo que sea un personaje progresista —quizá lo parezca ahora—. Es decir, escribí ese diálogo en 1984. Ni siquiera creo que el mundo girara en la misma dirección en ese momento. Lo que es seguro es que no intentaba que Dee encarnara una posición política identificable. Intentaba que ella hiciera lo que creo que la gente hace: intentaba hacerla hablar, simplemente. Trump es un buen ejemplo. Trump habla, sin más. Lo que sea que sale de su boca en cada momento es lo que parece que piensa, y cinco minutos más tarde dice algo distinto. Esto es más verdadero sobre los seres humanos que si su posición política es identificable. La gente abre su boca y salen palabras. Al escribir, puede que planees algunos puntos con los que otros se puedan identificar, pero, en general, la gente no está todo el rato intentando parecer cercana a una manera de pensar. Es solo caos.
Que Trump hable sin calcular, ¿le hace menos mentiroso?
A ver: es un mentiroso. No sé si puede ser más o menos mentiroso. Trump mira las cosas y dice lo contrario de lo que ve, a propósito [ríe]. Creo que eso es ser un mentiroso. Y él lo hace mucho.
Se le elogia por ser directo en lugar de políticamente correcto.
Son fanfarronadas sin sentido. No tiene sentido de las consecuencias, ni intención de tenerlo. Y se derivan consecuencias de lo que dice.
Se le atribuye la capacidad de predicar una verdad sobre América que ha sido silenciada.
Es una proyección nuestra; hacemos coincidir lo que dice con alguna especie de necesidad que tenemos de que esté haciendo algo así. Volvamos al ejemplo del muro en la frontera. Lo que se imagina es un puñado de mexicanos, guatemaltecos y hondureños chocando contra el muro. ¿Pero qué ocurre cuando toda esa gente vuelve a Honduras o Guatemala? No tiene ni idea. Es su problema. Como si no existieran. Además, Trump cree que cuando se estrellen contra el muro, se van a quedar con los brazos cruzados. Cree que no van a intentar pasar por debajo, o alrededor, o por encima del muro… o ponerle una bomba. No concibe nada. Su sentido de las consecuencias está vacío de toda examinación.
El argumento de Trump es que la inmigración, la deslocalización de empresas norteamericanas y la automatización de la industria provocan que los trabajadores no cualificados y sus comunidades estén sufriendo un retroceso económico y social.
Eso se lo han contado.
¿No cree que apela a ese electorado?
Él ve que una empresa de aires acondicionados se va, pongamos, a Taipéi, y deja a toda esa gente en Pensilvania y Siracusa sin trabajo. Tachán. Y eso es todo. Así que, si repatriamos la empresa, tendrán un trabajo. Pero ¿cuáles son las fuerzas que causan que la empresa se vaya? ¿Qué ocurre en Taipéi cuando la empresa se marcha? ¿Qué ocurre cuando la empresa vuelve y toda esa pobre gente de Siracusa se da cuenta de que la empresa se ha reducido para poder volver? Trump no ve nada de esto. Quinientos tipos pierden el trabajo, la empresa vuelve, doscientos cincuenta vuelven a tener trabajo y los otros doscientos cincuenta, no. Sinceramente, creo que es simplemente estúpido. Es estúpido, punto.
¿Atribuimos su éxito al caos?
No. Bueno, a no ser que creas que el nihilismo es un paso intermedio en nuestro camino hacia el caos [ríe]. Tradicionalmente, a los norteamericanos, como sabes bien, no les gusta el Gobierno. Nuestro Gobierno se fundó en el siglo XVIII sobre el principio: «el Gobierno es malo».
¿No lo es?
Es malo ahora. Pero no es malo en sí mismo. Cuando tienes una institución como la esclavitud corrompiendo trescientos años de vida en esta masa de tierra, algo debe hacerse para corregirlo. Y los estados individualmente no son lo suficientemente ricos para hacerlo. La mayoría de problemas que nos han llevado a este nihilismo, el nihilismo actual, tienen que ver con las consecuencias de la esclavitud y la creación de una clase subordinada. También con las consecuencias de la Gran Depresión, pero la mayoría del desaliento racial emana de la esclavitud. Sin la esclavitud, como dice Ta-Nehisi Coates, no tendríamos el gran país que tenemos, tendríamos otra cosa. Es un poco simplista, visto así, pero no del todo simplista.
Incluso en los debates abolicionistas antes de la guerra civil, en el norte había muchas voces que temían el efecto que el fin de la esclavitud tendría en la economía y en el mercado de trabajo.
Exacto. En el corazón de este gran país hay un cáncer que emite toda clase de radiaciones, y Trump es una de ellas. Aplaca a gente que básicamente son racistas y nihilistas con respecto al Gobierno. Asocian su desagrado del Gobierno con lo que el Gobierno intenta hacer por estos desamparados, lo ven injusto. No creo que haya tantos racistas y nihilistas como pensamos, en realidad, pero hay más de los que me gustaría.

Hay distintas clases de blancos en los Estados Unidos. Por ejemplo, los de las zonas rurales de los Apalaches. Desde que se instalaron en las peores tierras, ya eran los más desfavorecidos entre los blancos. Competían con los esclavos y tenían los salarios más bajos del país. A pesar del privilegio racial y de poder moverse libremente, siempre, hasta sus descendientes de hoy, han ido por detrás del resto del país.
Muchos de ellos no tenían ningún privilegio, aparte de ser blancos; son los que viven en el este de Tennessee, o en partes de Louisiana, por ejemplo.
Las tensiones raciales de hoy se pueden rastrear hasta la esclavitud también en el otro lado. Los votantes de Trump en estas zonas deprimidas vienen de la misma desventaja material.
Lo que Coates diría es que, a pesar de ser cierto, estos blancos nunca fueron propiedad de nadie, nunca fueron ganado. A pesar de ser pobres y perdedores, el color de su piel nunca los perjudicó.
Por complicar las cosas, volviendo a Emerson: ¿le encuentra sentido a la evolución sobre el abolicionismo de Emerson y su visión supremacista sobre los afroamericanos?
Nunca lo he pensado, no me importa su visión sobre las razas. Emerson vivía en 1855 en un pequeño enclave blanco en el norte de Massachusetts. Esta clase de mirada hacia el pasado para analizar las posiciones sobre la raza de gente que no vive nuestro tiempo tiene muy poco interés para mí. Solo tiene interés académico.
La posición de Emerson sobre los afroamericanos está tan caducada como su vida, de acuerdo. Pero lo que sí es interesante es que, cuando tenía veinte años, se aprecia en sus diarios que ya veía la esclavitud como algo malo, pero no hablaba de ello públicamente. Luego, en algún momento, a los treinta y pico, siente asco por no estar implicado en el movimiento antiesclavista, y se posiciona públicamente. Me pregunto si el cambio en la manera de comprometerse se debe a la presión del contexto o a una evolución personal.
Es una pregunta muy esencialista, esta que me haces.
Gracias. Viniendo de usted, no es un cumplido.
[Ríe] Ojalá pudiéramos saber cómo se produjo ese cambio. Pero cuando contabas su evolución estaba pensando en mí y en la ruta que yo seguí para llegar a un punto de vista mejor sobre el racismo, teniendo en cuenta que crecí en una sociedad tipo apartheid. Y me he dicho: como sea que llegaste ahí, gracias a Dios que llegaste ahí. Porque podría no haberme ocurrido.
Nació y creció en Mississippi.
Iba al colegio en el autobús escolar y cuando pasábamos por delante de las esquinas donde las criadas afroamericanas esperaban su autobús mis compañeros les gritaban epítetos racistas —teníamos dieciséis años—. No todo el mundo lo hacía, pero mucha gente lo hacía delante de mí. Y, si no lo hacías, se preguntaban por qué: «¿No te parece divertido?», decían.
Ha dicho alguna vez que escapó del sur literariamente, pero ¿también escapó de todo eso?
Sí. En el instituto tenía una clase que se llamaba Problemas en Democracia. Es un buen lugar, Mississippi, para tener una clase sobre problemas en democracia. Un día, un chaval judío se levantó y en medio del aula me llamó nigger lover (‘amante de negratas’). Y me dije, guau, tengo que pirarme de aquí. Para empezar, porque no entendía por qué lo había dicho, pero sabía que lo pensaba de verdad. Y si lo pensaba de verdad, me podían matar por ser un nigger lover. Así que tomé el tren y me fui a Michigan. Es una de las cosas que he vivido que me han dejado más quemado. Y ni siquiera por lo que podrías imaginar. No porque pensara: «¿Cómo te atreves a decirme algo así?». Ni tampoco porque me dijera: «Oh, sí, lo soy, estoy a favor de los negros». Lo que pensé fue: «No sé por qué me lo ha dicho». En el fondo, lo que me dije a mí mismo fue: «No sé quién soy, pero sé hacia dónde voy».
Desde ese momento, ha vivido por todo el país. Le he escuchado decir que la cultura norteamericana no es parroquial ni provinciana.
Lo digo en el sentido de que hay cosas comunes, como la lengua, la moneda, el Gobierno y un cierto sentido —cierto, solo— de historia compartida. Estas cosas comunes ayudan mucho cuando quieres irte de un lugar, como yo quise irme del sur. Pero sí hay provincias, sí hay sentimientos parroquiales por todo el país, pequeñas comunidades con sus horizontes propios. Mi mujer y yo hemos vivido en muchos sitios y hemos encontrado estas dos realidades, algo que hemos podido vivir, en parte, porque decidimos no tener hijos.
Me permito preguntarle el porqué de esa decisión.
Es sencillo: no me gustan los niños.
A mucha gente no le gustan los niños, excepto los suyos.
A mí me pasa igual [ríe]. Además, también queríamos desarrollar nuestras carreras profesionales sin ataduras, y en cierto momento no tener hijos fue la mejor manera de conseguirlo.
Tanto la idea de no tener hijos como la de moverse mucho están presentes en sus libros. Para empezar, el último: Entre ellos, los retratos de su padre y de su madre. Sus padres le tuvieron tarde, después de muchos años de viajar juntos en coche por el sur, por el trabajo de comercial de almidón de su padre.
Y por el gran amor que se tenían.
Un gran amor, y sin hijos hasta muy tarde. En el libro parece que usted se pregunta si cuando le tuvieron hubo un cierto paraíso que se perdió para ellos.
Bueno, nos lo pasamos bien juntos también.
En el libro se pregunta si que usted llegara a sus vidas fue una bendición.
Creo que siempre he pensado que fui una bendición, solo que fui una bendición disruptiva.
Todas las bendiciones lo son, de alguna manera.
[Ríe] ¡Por supuesto! Lo cambian todo. Pero ellos querían tener un hijo y, mucho antes de que yo llegara, habían asumido que no lo tendrían. Eran otros tiempos: la gente no entendía por qué las mujeres se quedaban o no se quedaban embarazadas. No había in vitro ni nada de eso. Así que asumieron que no habían sido bendecidos con hijos.
Eso de alguna manera los liberó, y dejaron atrás su vida anterior.
Sí, la dejaron atrás, pero nunca renunciaron a ella del todo.
Dice en Entre ellos que fue porque entendían que la familia es algo que uno cuida pase lo que pase, especialmente en el caso de su madre.
Sí, exacto. La relación de mi madre con mi abuela era complicada.
Su abuela era desagradable con ella.
Absolutamente. Era una señora vieja y desagradable.
Primero mete a su madre en un internado católico para quitársela de encima cuando se vuelve a casar, y luego la saca para ponerla a trabajar.
La esclavizaron cuando necesitaron dinero. No conozco todos los motivos, pero el dinero era claramente importante. El afecto era secundario. Mi abuela adoraba a su marido porque era muy guapo y brillante. Y lo adoraba hasta el punto de excluir a mi madre, que era solo catorce años más joven. Probablemente mi madre se dio a sí misma lo que nunca se le había dado.
Continuemos con los hijos. En la novela Canadá, Dell, después de todas las huidas y descalabros, se casa, tiene un matrimonio estable, fiel y largo. Pero sin hijos. Dell no viaja, se establece, pero, después del fracaso de sus padres, decide no tener hijos, como si buscara una cierta paz de espíritu, al fin siendo el único amo de su vida.
Intento agregar en mi obra todas esas fuerzas biográficas, aunque a veces sin éxito. Hay cosas que sabes y que no puedes dejar de saber, y se filtran en decisiones artísticas, aunque sea sin intención. Si me pregunto por qué Dell no tiene hijos, la respuesta es porque Richard el novelista no quería escribir sobre un niño, de la misma manera que Richard el novelista no quiere tener un hijo.
También en Canadá, los padres de Dell se mudan mucho a causa del trabajo del padre, que es militar y va de base en base.
Sí. Además, mi suegro era piloto de las Fuerzas Aéreas y mi mujer, Cristina, cree que el padre de Dell es un retrato del suyo —no le hace mucha gracia—.
La relación de los padres de Dell es de algún modo la opuesta a la de sus padres. En la de sus padres hay un amor que se percibe todo el rato, mientras que en Canadá el amor parece ausente.
¿Dices que no hay amor entre ellos?
Sí.
Creo que calculamos y calibramos el amor de manera distinta. Y tengo en cuenta el hecho de que se casaron cuando ella se quedó embarazada. Y, si las cosas hubieran durado algo más, ella le hubiera dejado. Sin embargo, hay amor entre ellos, por eso hacen lo que hacen.
Dicho de otro modo: en los raros momentos en que Dell nota que hay cierta armonía familiar, que se quieren y se gustan —cuando roban el banco, por ejemplo—, siempre los describe como rarezas, excepciones a la norma que es la degradación de su relación, del significado mismo del amor. Me parece lo opuesto a lo que usted describe de sus padres.
Yo no lo llamaría opuesto. Diferente sí. Es una vía alternativa. La ficción, para mí, es esto: una permutación sobre lo dado. ¿Qué ocurriría si lo que conozco fuera distinto? Si sacas una estrella de una constelación, ¿qué tendrás? En mis padres vi un tipo de amor, y en los padres de Dell escribí otro, a pesar de las similitudes, como la época, el contexto económico o la necesidad de moverse arriba y abajo.
El amor, o los amores, es un tema constante en sus novelas.
Sí, es de lo que va Pecados sin cuento [un libro de historias breves], de las maneras en que nos fallamos los unos a los otros cuando nos amamos. Esto me interesa. O, al menos, me interesaba. Ahora ya no me interesa.
Es difícil tener una vida larga en la que escribes siempre sobre lo que te interesa. Gastas los temas.
¿Ha gastado el amor como tema?
Bien, uno agota todas las cosas sobre las que escribe. Todo sobre lo que habla Pecados sin cuento lo he agotado. Mi interés sobre el mercado inmobiliario [en las novelas de Frank Bascombe] se ha agotado. Las historias que ocurren en Great Falls, gastadas. Montana, gastada. Estoy pensando en escribir una novela que sé que va a situarse en Nueva Jersey, pero sé que no va a girar alrededor de vender propiedades inmobiliarias, como ha hecho Frank Bascombe en las últimas novelas. Simplemente no puedo, no tengo nada más que decir, no sé nada más.
A no ser que aprenda algo nuevo.
Tendré que aprender algo. Tuve que aprender muchas cosas para lo que escribí sobre vender casas. Sabía ya mucho, pero tuve que aprender más.
¿Por qué escogió el mundo inmobiliario?
Era algo completamente diferente. Necesitaba darle a Frank otra profesión, porque ya había gastado el periodismo deportivo. Para mí es muy importante que los personajes sean capaces de ganarse la vida. Es parte de lo que los hace plausibles. Es lo que los hace creíbles ante los lectores, que saben cómo ellos se ganan la vida.
Mi padre, por ejemplo, conocía a mucha gente, pero lo que sabía de ellos era a qué se dedicaban. Nadie decía nada más sobre los demás. «Sí, tal trabaja para tal». Así que necesito establecer mi sentido de la plausibilidad a través de la profesión. Cuando terminé con El periodista deportivo tenía que darle a Frank otra vocación. Miré a mi alrededor y pensé: ¿De qué sé algo? ¿Qué he hecho en mi vida? No soy abogado. No soy marine. En ese momento daba clases en Princeton…
Le acompaño en el sentimiento.
[Ríe]… y no quería escribir sobre un profesor universitario. Así que me dije, bien, sé un montón sobre el mundo inmobiliario; he pasado mucho tiempo en coches de agentes inmobiliarios yendo arriba y abajo visitando casas, veamos cómo sale. Y funcionó notablemente bien, porque se convirtió en una especie de ojo de cerradura desde el que ver la economía, desde el que ver el espíritu nacional, desde el que ver un vocabulario que podía desplegar. Y me permitió darles a los personajes cosas que hacer y sitios adonde ir. Cuando escribes una novela tienes que darle a la gente algo que hacer, sitios adonde ir. Sobre este dilema, ahora que escribo otra novela de Frank Bascombe, no estoy muy seguro de en qué le voy a ocupar el tiempo [Saca una libreta pequeña del bolsillo interior de la americana, tiene una X hecha de cinta adhesiva que ocupa toda la cubierta frontal]. Tengo que ponerle X a las libretas para encontrarlas cuando me despierto en medio de la noche y necesito apuntar algo para que no se me escape…
¿Brilla en la oscuridad?
No, pero es visible. Bien, tengo aquí escrito que Frank podría ser un operador del 911, el número de emergencias [me lo muestra], porque el otro día escuché a alguien comentar lo mal que lo había hecho una operadora del 911. Era una mujer, que no supo enviar a la policía a tiempo para ayudar a un pobre niño que se había quedado atrapado en un coche y murió allí. Luego leí una noticia sobre qué tipo de formación se exige para ser operador del 911 y pensé: «Frank podría hacerlo».
¿A su avanzada edad?
Bueno, es un año más joven que yo. Supongo que eso debe ser una edad avanzada, pero, sí, creo que podría hacerlo. Además, en el corazón de todas las historias hay algo que es inverosímil que todo el mecanismo del libro intenta hacer verosímil, y es lo que le da al libro su torsión.
Un operador del 911 es la versión práctica del teléfono de la esperanza. «Necesito una ambulancia, no un consejo».
¡Exacto! No estás intentando convencer a alguien de que no se tire de un precipicio, solo intentas que la policía o los bomberos lleguen a tiempo.
Tráeme a los bomberos, no filosofemos sobre el fuego.
No necesito que seas mi psiquiatra. Es gracioso que lo digas, porque cuando contemplaba la posibilidad de darle a Frank ese trabajo —no sé cuán en serio lo contemplo todavía— pensaba que sería justamente sobre esa tensión. Querría a Frank intentando dar consejos y, claro, el trabajo no va de eso.
Frank es muy analítico. En cambio, en Entre ellos usted presenta a sus padres como dos personas que aceptaban lo que les venía sin darle muchas vueltas.
Quizás, quizás.
Frank lo intenta, con cierto pragmatismo, cuando pierde a su hijo mayor en El periodista deportivo, o cuando se divorcia. Pero lo hace de manera muy introspectiva, al contrario que sus padres.
Sí, intenta negociar con su caída.

En parte es una contradicción, porque, a pesar de que intenta vivir como si nada fuera muy trascendente, en realidad analiza con gran precisión psicológica hasta el más pequeño detalle como si fuera esencial. Es como si Frank intentara seguir los pasos que usted vio en sus padres —el aceptar lo que viene sin más—, pero se le hace más difícil, quizás porque la época es distinta, o la educación es distinta, o lo son sus oportunidades.
Quizás es verdad, pero mis padres no eran personajes de ficción. Eran carne, huesos. Frank es una persona interesante que está hecha de lenguaje. Lo que me dices no es impreciso, pero Frank es solo una versión de un tipo de verosimilitud que escogí para él. Lo que dices es solo una faceta del mosaico que Frank es. No es que nosotros no seamos un mosaico también, porque todos los somos —hablamos distintos lenguajes, con distintas voces, dependiendo de con quién hablamos—, pero nunca pretendí que Frank fuera real.
En un prólogo que escribió para una edición especial de las tres primeras novelas de Frank Bascombe, cita usted la frase de Robert Frost que dice que escribir puede que sea el último acto de la infancia.
Sí, y por eso, dice Frost, puede que lo practiquemos de una manera algo irresponsable.
Pero luego, en el mismo prólogo, dice que escribió El periodista deportivo, la primera de esa tríada de novelas, en un momento de pánico sostenido.
Sí, sí, era un último intento de ser escritor, después de no haber conseguido expresarme del todo, ni haber tenido éxito con los libros anteriores.
Luego, al escribir la segunda, El Día de la Independencia, al principio no la planeó como una novela de Frank Bascombe, porque temía escribir la misma novela una y otra vez. Pero la voz de Frank reemergió en sus notas. Y dice en el prólogo que lo aceptó porque tener una voz plausible e inteligente es un regalo de los dioses demasiado preciado como para rechazarlo.
Correcto, así es.
¿Es una voz difícil de sacarse de encima, la de Frank Bascombe?
Yo no diría que se me hace difícil, porque, una vez pude persuadirme de que Frank era el personaje, entonces ya nunca quise quitármelo de encima. Quería conservarlo. Y es cierto que a lo largo de estos libros existe una voz unitaria que es capaz de decir cosas muy distintas. Sin embargo, a pesar de que no les presto mucha atención, hay gente que me ha señalado que los libros suenan distinto uno de otro, que el inglés es distinto, mientras que para mí suenan igual. En Acción de Gracias, me dicen, las frases son más largas y complejas que en El periodista deportivo. El periodista deportivo es un libro muy limpio en cuanto a la estructura de las frases. Y siempre ansío repetir ese orden, pero parece que no soy capaz de conseguirlo.
Le he leído que siempre va a la búsqueda de un lenguaje más simple, más directo.
Sí, más franco y claro, más hablado. Me encantaría encontrarlo para mi nuevo libro, que se llama Be Mine. Es sobre Paul, el hijo de Frank, muriendo de esclerosis lateral amiotrófica.
Buen spoiler.
Sí. Lo siento. Me da igual. Pero lo anunciaría en el primer párrafo del libro, así que no es un spoiler en realidad.
También lo hace en Canadá, anuncia el robo del banco en la primera frase de la novela. Y luego la muerte de los esbirros de Detroit mucho antes de que ocurra.
Bien, lo anuncié en la primera frase, pero leíste el libro hasta el final, ¿no es así? Pues por eso lo hice. También es porque cuando revelas una parte tan importante del argumento en la primera frase es como si lanzaras el guante al suelo, frente a ti, y tuvieras que batirte contigo mismo. A los aspirantes a escritor siempre les digo: cuidado con tener una primera frase muy buena, porque luego tienes que continuar con una segunda y una tercera frase que tienen que superarla de algún modo. Pero en el caso de Canadá me dije, voy a lanzarme ese guante y a ver qué soy capaz de hacer. Si no te sale bien, siempre puedes borrarlo.
Me da risa cuando lo leo, es como si jugara con el lector.
Me alegra que lo encuentres gracioso porque también a mí me hace gracia. Espero haber aprendido algo escribiendo ese libro porque nunca antes había construido una trama. Pensé, Jesús, esto es muy divertido, puedes escribir una trama cuando quieras. Poner cosas, revelarlas, quitarlas.
Vuelvo al libro sobre sus padres como punto de fuga. Su padre murió cuando usted acababa de cumplir dieciséis años.
Cuatro días después.
Hay muchos personajes en sus libros de esa edad.
Sí, muchos.
Paul en El Día de la Independencia, en los cuentos «El comunista» y «El optimista», Dell en Canadá.
Quizás si mi padre no hubiera muerto en ese momento también vería esa edad como un punto de inflexión en una vida, como una frontera entre la adolescencia y la edad adulta. Es un momento dramático por definición. Las cosas cambian, el cuerpo cambia, la manera como diseccionas la información o entiendes las cosas. Todo se junta de manera dramática.
Sí, pero también en los casos de Dell en Canadá, o Paul en El Día de la Independencia, o «El comunista», los padres están ausentes, que es una idea, la de la ausencia, central en la biografía sobre su padre.
Sí, en parte escribí esas historias por ese motivo. A veces especulaba sobre si al escribir esas historias no estaba intentando llenar un trozo de vida que no había vivido. Y, a pesar de que no es incorrecto decirlo, no es la fórmula con la que uno escribe narrativas. Puede ser una razón para hacer algo, pero no la única. Con todo, me sorprendería que no jugara un papel. Durante gran parte de mi vida he pensado que la muerte de mi padre me liberó; es como una idea ambigua según la cual mi padre tenía que morir para que yo me liberara. Me sorprendería que esto no hubiera alimentado todo tipo de cosas en mi imaginación.
No recuerdo si lo llegué a poner en el retrato de mi padre, pero lo tengo apuntado en alguna libreta: nunca es un mal momento para que muera tu padre. Esta idea toca una tecla en tu interior, ¿no crees? En tu corazón no quieres que toque esa tecla, pero lo hace. Y, de hecho, no creo que sea verdad. A veces escribir va de cosas que no crees que sean verdad, pero las dices igualmente, a ver qué causan. Para ver qué dices a continuación. Para ver si a lo mejor hay un ápice de verdad en algún lado.
Los padres de los libros que he mencionado tienen ideas muy distintas de lo que es un buen padre. Su padre era un hombre que se veía a sí mismo como un buen proveedor, leal, y…
Y que me quería. Muy convencional excepto por una característica central: no estaba allí.
La ausencia es algo que preocupa a Frank Bascombe con respecto a sus hijos.
Sí, es verdad, pero seguramente le preocupa a cualquier padre divorciado.
Frank se preocupa por su ausencia de una manera más introspectiva y ansiosa que lo que usted cuenta del suyo.
Estoy seguro de que mi padre también se preocupaba, pero nunca se preocupó de manera audible delante de mí. Como has dicho antes, mis padres no mostraban sus ansiedades delante de mí, a no ser que les hirviera algo por dentro tan intensamente que fuera imposible no verlo.

En las memorias sobre sus padres, hay un momento en que dice que siempre tuvo conciencia de ser el tercero, que usted no era el centro de sus vidas, sin que eso quitara nada al amor que le tenían.
Quizás ellos no hubieran estado de acuerdo conmigo en esto, pero yo sí estoy de acuerdo conmigo [ríe]. En algún lugar de las memorias digo que una de las cosas que quería hacer al escribir sobre mis padres era encontrar una virtud, articular una virtud. Y creo que esa es una de las virtudes que he sido capaz de articular, que ellos me tenían por el tercero en su largo matrimonio, y yo pensaba: «Qué bien». Qué bien que eso sea verdad. Y qué bien que yo lo supiera y pensara qué bien.
En el retrato de su padre, ¿hay un intento por recuperar una vida que usted vivió poco y así retenerla?
Creo que es cierto. Escribí particularmente sobre mi padre, tanto tiempo después, porque quería acercármelo, para tenerlo de una manera que nunca pude, organizado y palpable.
Uno nunca termina el luto por los padres.
No. Penelope Fitzgerald dijo: «La experiencia no nos es dada para que la superemos».
Si su padre es la ausencia, su madre es la presencia a lo largo de buena parte de su vida.
Sí, gran parte. Hasta mis treinta y siete años.
En el caso de su padre el ejercicio literario consiste en acercárselo, porque es alguien ausente; en el caso de su madre quizás el ejercicio es el opuesto: delimitar su propio espacio al margen de su presencia.
Interesante. Nunca lo había pensado. Era una presencia muy importante. Escribí su parte en 1984 o 1985, apenas tres o cuatro años después de su muerte. Hubiera dicho, aunque sin mucha convicción, que escribí sobre ella porque la echaba mucho de menos. Pero no es incoherente con lo que dices. Quizás para dibujar un círculo alrededor de los límites de la tristeza o el duelo que de otro modo no podría dominar.
Coincide justo con el momento en que usted empieza a escribir El periodista deportivo, que es libro que lanza su carrera. Es el momento en que, como usted dice, todos sus «protocolos» de escritura cambiaron.
Sí, todos mis hábitos cambiaron. Tenían que cambiar. No estaba llegando a ningún lado. Cuando Updike murió, Adam Gopnik escribió una pieza maravillosa en la New Yorker sobre él. Y dijo que una de las grandes cualidades de Updike era que conseguía expresarse completamente. Y me di cuenta de que, en las dos novelas que había escrito, no estaba expresándome del todo. Los novelistas jóvenes a veces pueden trabajar una parte de su experiencia, pero no toda su experiencia. Yo sabía que había cosas que podía hacer, cosas que me importaban y que amaba en los libros de otros, que no estaba llevando a la página —y que era capaz de hacerlo—. Así que tuve que diseñar protocolos, procedimientos, hábitos que me permitieran llevar a la página todo lo disponible.
En el libro The Ends of Realism, el crítico Ian McGuire sostiene que también hay un cambio filosófico y estilístico entre sus dos primeros libros y la etapa que empieza con El periodista deportivo.
He oído hablar de ese libro. Conocí a McGuire, es un buen tipo.
En lo que se refiere al estilo, sostiene que los dos primeros son más parecidos a Raymond Carver.
Oh, no. No lo son. Es totalmente incorrecto. Ni siquiera conocía a Carver en ese momento: no lo había leído. Esta es la razón por la que gente como yo no debe leer libros como ese. Me saldría vapor de las orejas.
McGuire argumenta que a partir de El periodista deportivo encuentra una voz que le permite decir más cosas, expresarlas, en lugar de mostrarlas.
Mi segundo libro es bastante contenido. Si tiene alguna influencia es más bien Graham Greene. Estaba intentando escapar del sur. Y el primer libro es todo sureño, es Flannery O’Connor, si es que tenemos que pensar en influencias.
No es necesario.
Estas influencias me parece bien mencionarlas porque son reales, pero Ray [Carver] no, porque no lo es. La primera palabra de Ray que leí fue en mi habitación de hotel de Dallas, el día después de conocerle. Era 1977 y ya había escrito mis primeros dos libros.
En cualquier caso, a partir de El periodista deportivo hay más esperanza, aunque se mantenga ese aceptar las cosas como vienen, en la línea de Emerson. No va hacia lo oscuro. Incluso Frank Bascombe, cuando reflexiona sobre sus libros de juventud, rechaza la tendencia de ir siempre hacia lo mórbido, hacia los rincones oscuros, cuando la vida debería ser más esperanzada.
Es correcto. Ahí era Richard tirando de la voz de Richard. Cuando escribía esos dos primeros libros, me dirigía a la oscuridad porque sí, porque en aquel momento, para mí, gravedad era equivalente a oscuridad. Lo importante era siempre oscuro, era la muerte. Y me dije: ¡despierta! Es cuando empecé a leer a Emerson.
Esa esperanza de fondo que atraviesa sus novelas a partir de El periodista deportivo, aunque es una esperanza nada trascendental, es lo que Ian McGuire llama realismo pragmático. Y lo atribuye, en parte, al intento de sobreponerse al duelo por la muerte de su madre. Es cierto que la novela se abre y se cierra con el duelo.
No hay duda de que estaba pasando el duelo. Pero, además, mi mujer me dijo: «¿Por qué no escribes un libro sobre alguien que es feliz, en lugar de estos libros oscuros, enrevesados y sexualmente atormentados que has estado escribiendo?». Y pensé que era una buena idea. Pero ¿cómo se hace algo así? Se me ocurrió que podría hablar de un tipo que intenta sobreponerse a la pena y al dolor. Alguien que intenta salir del luto. Si has vivido una pérdida trágica, ¿cómo te recuperas? Si escribo que se le ha muerto un hijo pequeño, ¿cómo lo haría para que saliera adelante? Quizás, me dije, puedo partir de cómo me siento yo, porque apenas hace cuatro meses que murió mi madre.
Hay en esa evolución un equilibrio pragmático. Por un lado, un rechazo a afirmar lo trascendente.
Sí, no hay nada trascendental, pero eso no significa que las cosas no importen.
En el prólogo de las tres primeras novelas de Frank Bascombe dice que usted escribe para mostrar que la vida puede importar más de lo que uno esperaría.
Sí, porque la vida se convierte en el tema de esos libros. Si la vida puede ser el tema, entonces al menos puedes leerlo y pensar: «Ah, puedo afirmar la vida».
Al mismo tiempo, Frank Bascombe falla en su intento de afirmar. Porque las contingencias de la vida le pasan por encima: accidentes, divorcios, la muerte.
Sí.
Parece que sea imposible ser autosuficiente.
Tener el control, sí.
Y, a pesar de todo, siempre hay un buen humor de fondo, nunca es desesperado, hay aceptación, esperanza.
Hay una frase de Henry James que explica esto. Como debes saber, al final de su vida, James reescribió todas sus novelas, las reeditó, las volvió a publicar y escribió una introducción para cada una. Y en la de What Maisie Knew, dice: «Ningún tema es tan humano como los que reflejan, de la confusión de la vida, la relación entre dicha y carga, entre las cosas que ayudan y las cosas que duelen». Cuando lo leí pensé: lo entiendo. Como las dos caras de la máscara del teatro, una amenazante, la otra sonriente; eso es todo, es la naturaleza de la vida. Y si no comprendes esas dos caras, te estás perdiendo algo. En la fatalidad más terrible hay humor. Y ni siquiera es un humor irónico. No hay discrepancia entre lo que es y lo que parece. Es, tal como se muestra, gracioso.
Frank Bascombe y su exmujer Ann discuten por teléfono sobre esto en El Día de la Independencia. Ella le acusa de no distinguir entre ser y parecer. Luego, en persona, tienen una conversación que no es exactamente sobre la verdad, pero…
Es sobre la verdad.
Él la tilda de factualista de Michigan.
Factualista glacial, sí.
Frank le dice que ella inventa cosas en su cabeza que solo la llevan a enfadarse cuando esas invenciones no le dan lo que ella espera. Y lo remata con un: «La única verdad es que te amo». ¿Es esa la única verdad?
¿Qué más quieres? Es el tema que atraviesa mi vida: Te quiero.
¿Y no hay otra verdad?
Existe toda la verdad de las cosas que uno hace, pero son tan conflictivas que a veces te pueden hacer creer que no te quería, o que no te puedo querer, o que el amor no existe. Yo voy a insistir siempre en que sí existe. Cuando digo que sé mucho sobre el amor, es esto lo que sé: que perdura. Es lo que perdura. De todas las cosas que he visto pasar en mis casi setenta y cinco años de vida, el amor es lo único que perdura.
https://www.jotdown.es/2018/10/richard-ford-de-todas-las-cosas-que-he-visto-pasar-en-mis-casi-setenta-y-cinco-anos-de-vida-el-amor-es-lo-unico-que-perdura/

In memoriam: Stan Lee


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Stan Lee. Fotografía: Ringo Chiu / Cordon.
Solo hacía falta una frase, una sola, para que los duros de la paga pasaran de tus manos a las del quiosquero. «Stan Lee presenta». Tenían un poder magnético, voraz. Debajo de ellas podía estar silueteado Spider-Man, Los Cuatro Fantásticos o Hulk, daba igual. Dentro había viñetas. Y onomatopeyas campanudas. Villanos con iniciales gemelas. Superhéroes con problemas tontísimos y poderes de verdad. Al principio no teníamos ni idea de la cara que tenía el tal Stanli, pero si él lo presentaba una cosa estaba clara: se venía con nosotros a casa.

Murió ayer, pero seguía en nuestra casa. En nuestra habitación, más bien. Donde sea que nos tumbáramos a hundir nariz entre páginas coloreadas, hasta que alguien más alto que nosotros farfullara: «¡Pero qué aprendes con eso!». Algunos respondían, los más dábamos un portazo brusco que nos devolviera a Queens o a Brooklyn. Esperaban que aprendiéramos pero nos desvivíamos por divertirnos. 

Él, el chico judío enamorado de Shakespeare, nació en Manhattan. Durante mucho tiempo esperó de sí mismo algo muy concreto: escribir la gran novela americana. Un sueño muy grande en una casa muy pequeña. Fantaseaba con verse en letras serias coronando portadas: Stanley Martin Lieber, escritor. Conservó viva la fantasía junto a su nombre real. Acudía de tanto en tanto a alimentarlas. Mientras, casi por azar, empezó a crear fantasías para otros. Un día, Jack Kirby y Joe Simon le prestaron a su Capitán, y el chico judío se inventó una historia para el héroe y un pseudónimo para sí: nacía Stan Lee. 

Sin embargo, a la guerra se fue como Mr. Lieber, destinado al Cuerpo de Comunicaciones para reparar postes de telégrafos. Hizo lo que pudo, pero era cuestión de tiempo que Lee tomara el control. Por eso le transfirieron a otra unidad, con menesteres menos prosaicos como crear eslóganes, guiones, y manuales militares. Y alguna caricatura. Su expediente lo atestigua: fue oficialmente un «dramaturgo» de la guerra, uno de los únicos nueve que tuvieron las fuerzas armadas estadounidenses. 

Nada bueno le esperaba a su regreso de la contienda. Stanley compartió el mismo futuro de incertidumbre que los superhéroes: ¿cuál sería su papel? ¿Qué eran todos ellos sin guerra? Sin la Segunda Guerra Mundial para enfocar su heroísmo se habían vuelto carcasas vacías. Ni la Antorcha Humana, Batman ni el Capitán Marvel levantaban cabeza. Superman se tambaleaba en su pedestal. La llamada Edad de Oro de los cómics había muerto, y ni las capas ni los superpoderes eran ya capaces de seducir a quienes antes hicieron volar. 

Stan Lee, que ya no era un chico, quiso tirar la toalla. Convertido en guionista de plantilla de Timely Comics (futura Marvel) sufría cada cancelación de Capitán América como la muerte de un hijo. Tras probar con el wéstern, con los detectives… estaba exhausto. Quizás era hora de trabajar en las fantasías propias, de cederle el turno a Stan Lieber y su novela aplazada. Se concedió un último intento, porque una mujer con la que no se suponía que tenía que acabar casándose le insistió. «Haz lo que siempre has querido hacer, sea lo que sea», fueron sus palabras. 

No fue la gran novela americana, fue mucho mejor. Una familia, el cuarteto en bronca constante, sin identidades secretas ni ciudades ficticias. Eran superhéroes, pero otros superhéroes distintos, revitalizados. Fantásticos. No solo tenían poder, tenían personalidad, humanos defectos. Se medían el lomo enfundados de azul: había llegado la hora de las tortas. Lo demás es historia contada, que contaremos de nuevo ahora que se ha ido, porque para eso están las gestas. En un lustro, Lee —en triunvirato con Kirby y Steve Ditko nos proporcionaron un mundo entero que habitar. Spider-Man, Iron Man, El Doctor Extraño, Nick Furia… Un lugar en el que lo innato era luchar contra la maldad, donde sabías que en algún rincón estaba la esperanza. El Universo Marvel se creó en cinco años, pero perdurará otros mil. Como mínimo. 

No es exageración, ni hipérbole. Con la marcha de Stan Lee fallece, quizás, el último creador de mitologías de nuestra era. Con todos los claroscuros que su vida y su carrera llevan a rastras. Ahora que la muerte impone desempolvar todos los títulos acumulados («Hacedor de Mundos», demiurgo, «Stan The Man») no hay motivo para no celebrar también el asesinato de Stanley Martin Lieber. Porque gracias a que un chico judío aplazó su fantasía tuvimos un refugio para las nuestras. Porque en lugar de aprender escogió divertir. 

Pocas veces un refugio albergó tantas plazas, tanta gente. Tan diferente. Quien se veía atribulado como Peter o los que se sentían despeñar como Harry Osborn. Da igual si provienes de la época en la que Stan Lee no tenía rostro y los tebeos eran baratos, o si creciste con él convertido ya en una figura de merchandising global. Si le recuerdas posando en pelota picada con anillo en el meñique, sin canas; o si apareció en tu vida con pantalón de jubilado y gafas de ahumado setentero. Cuando en la penumbra de una sala de cine su figura aparece unos segundos, todos esos entusiasmos forman parte del mismo aplauso. 

Todos esos son los que se divirtieron aunque les reprocharan que no aprendían nada. Con blockbusters o con viñetas. Todos los que sabíamos que esta muerte la íbamos a llorar. Un ejército de agradecidos a los que Lee impartió, sin querer, una lección fundamental: que divertirse lo es todo. Que el entretenimiento, por sí mismo, es ya un aprendizaje. ¿En qué consiste, si no, el sense of wonder?

Cada vez que se muere un héroe nos sentimos un poco más viejos, un poco más solos. La infancia se va disipando poco a poco por el cristal de detrás, hasta volverse minúscula. Cuando el que se muere no es un héroe, sino el padre de ellos, el vacío es extraño, inconcluso. Como si faltara un pedazo de narración: «Stan Lee presenta: Farewell». 

Nos duró casi un siglo y ha sabido a poco, qué cosas. Se va sin ver en la pantalla una adaptación cinematográfica a la altura de sus Cuatro Fantásticos, sin llorar la marcha del Capi. Dejando un almacén de gemas preciosas en su Stan’s Soapbox, habiendo cultivado el noble arte del segundo desayuno, como los hobbits. Habiéndose divertido como un cabrón, acuñando frases eternas. Stan Lee, constructor de refugios. Se va, en definitiva, como lo que quiso ser: un cameo en nuestras vidas. Le estaremos despidiendo un tiempo, porque tardará en extinguirse. 

Mensaje a Tierra 616: Stan, tenemos una deuda enorme contigo. Ven a cobrártela si tienes huevos, Excelsior!

PD: Saluda al tío Ben.
Stan Lee, 2017. Fotografía: Cordon.
https://www.jotdown.es/2018/11/in-memoriam-stan-lee/

Svetozar Gligoric “La leyenda”


Svetozar Gligoric (Belgrado, Yugoeslavia, 2 de febrero de 1923 - Belgrado, Serbia, 14 de agosto de 2012) era llamado en su país “La leyenda”, en reconocimiento a uno de los mejores ajedrecistas del mundo y la máxima figura de Yugoeslavia, una de las potencias ajedrecísticas del siglo XX.
Además, fue muy talentoso en otras disciplinas como la literatura y la música.
Nació en una familia pobre, su padre murió cuando él tenía 9 años. “No recuerdo mi niñez con gran placer, si bien tenía salud, juventud y era optimista”, señaló en una entrevista a New in Chess en 1989. Aprendió a jugar recién a los 11 años, pero ya a los 16 años, en 1938, se convirtió en maestro, lo que entonces era precoz. El estallido de la Segunda Guerra Mundial hizo que su carrera ajedrecística se interrumpiera.
En 1943, Gligoric se unió a los partisanos y peleó en el frente para resistir a la invasión nazi. Se le concedieron dos medallas por su bravura, y al final de la guerra obtuvo el grado de capitán.
La guerra influyó en su carácter. Al ver la fragilidad de todo –la vida humana incluida–, señaló: “Tal vez fuera modesto antes de la guerra, pero tras la guerra fui muy modesto, y así lo fui por el resto de mi vida”.
Durante la guerra vio destrucción y miseria durante años. En su primer viaje a Suecia, en 1948, para jugar el Interzonal de Saltsjobaden, viajó en tren, y fue testigo de una Europa destruida. Pero al pasar la frontera vio “casas intactas, con flores en las ventanas, hermosamente pintadas, y todo en colores vívidos”. Allí “empecé a gritar de alegría. Porque… no podía creerlo; había estado viendo ruinas y muertos por tantos años, que no creía que eso todavía existiese”.
Cuando estaba jugando su primer campeonato nacional, en 1947, le ofrecieron trabajar como columnista del diario Borba (“Lucha”, en serbocroata), que era el del Comité Central, escribió sobre muchos temas. Estaba orgulloso de su nuevo trabajo, que también incluía acudir a las fábricas a dar discursos explicando los sucesos de actualidad, supervisar la impresión del diario, etc., hasta que la dirección decidió que dejara esos trabajos y se dedicara solo al ajedrez.
En 1954, también empezó a escribir para el semanario NIN, y luego trabajó en Radio Belgrado.
“Todavía no entiendo cómo logré mis mejores resultados en ese período”, dijo Gligoric, ya que el trabajo periodístico era intenso. El premio Nobel de Literatura de 1961, Ivo Andric, alabó el estilo de escritura de Gligoric.
Atribuyó sus progresos a que el pico más alto de rendimiento ajedrecístico estaba entre los 30 y los 37 o 38 años.
Consideró que sus mejores resultados vinieron tras la Olimpiada de Moscú 1956, donde tuvo una actuación que él llamó mediocre (+6-3=7 en el primer tablero). Pero “tuve esa extraña sensación de que estaba rindiendo solo con parte de mi fuerza”. Tras la olimpiada jugó el Memorial Alekhine en Moscú, salió 4º, “lo que entonces era un lugar muy destacado”, tras Botvinnik, Smyslov y Taimanov, superando a Keres, Bronstein, Najdorf, etc. Luego jugó en Leningrado el tradicional match URSS vs. Yugoeslavia, donde se enfrentó a 8 GM soviéticos. “Eso fue maravilloso”. Hizo 6 puntos sobre 8, sumó más puntos que el resto de su equipo junto, con victorias sobre Petrosian, Korchnoi, Furman, Kholmov y Tolush, y derrota con Geller y dos tablas. En 1957 terminó 1º en Dallas, empatado con Reshevsky, y en la olimpiada de Múnich 1958 logró la medalla de oro en el primer tablero. Ese mismo año fue elegido Mejor Deportista Yugoeslavo. Bronstein opinó que Gligoric era entonces el tercer jugador del mundo (tras Botvinnik y Smyslov).
Si bien continuó activo jugando torneos hasta bien entrados los sesenta años, ya tras el Torneo de Candidatos de Zúrich 1953 vio que sus chances de ser campeón del mundo no eran realistas, aunque siguió jugando torneos interzonales y de Candidatos.
Creía que el no depender del ajedrez para vivir le impidió rendir al máximo.
Hizo grandes contribuciones a la teoría de aperturas, entre otras, a la teoría de la India del Rey (fue uno de los creadores de la “variante Mar del Plata”), la Ruy López y la Defensa Nimzoindia, aunque en esa entrevista a New in Chess dijo que no trabajaba en las aperturas. Era capaz de captar la esencia de la posición tras analizarlas cinco minutos. Así, descubrió ideas brillantes como la de esa India del Rey con que Najdorf (tras haber caído ante Gligoric en Mar del Plata), derrotó a Taimanov en Zúrich 1953.
“Solo gente con un enorme talento es capaz de llegar tan lejos con esta actitud”, comentó Jan Timman.
Publicó más de 20 libros. “Yo juego contra las piezas” es su libro autobiográfico, en tanto que su libro sobre el match Spassky-Fischer de 1972, publicado en seis idiomas, vendió 400.000 copias. Durante años fue columnista habitual de las revistas Chess Review y Chess Life (también en la española Jaque), con su magnífica columna “La partida del mes”.
La lista de sus victorias es inmensa. Fue campeón yugoeslavo 12 veces, tres empatado; participó en 15 Olimpiadas, 13 como primer tablero, desde Dubrovnik 1950 a Lucerna 1982, donde Yugoeslavia ganó una medalla de oro (en Dubrovnik), seis de plata y 5 de bronce.
Cuando tenía ya más de 80 años empezó a componer música, y en 2011 hasta publicó un álbum, llamado “Cómo sobreviví al siglo XX”, con 12 composiciones de jazz, baladas y rap. La muerte lo sorprendió antes de que pudiera publicar su segundo álbum.
Gligoric fue árbitro del primer match Karpov vs. Kasparov de Moscú 1984, que duró cinco meses.
Contó que para pasar el tiempo había pedido un departamento que tuviese un piano; solo un año antes había aprendido a tocarlo, con 60 años, y sin profesor. “No soy un gran pianista, pero me divierto y mejoro constantemente”, dijo.
En ocasión de su 50º cumpleaños, recibió el “Símbolo de oro del pueblo de Belgrado”, y en 1975 recibió el ANNOJ, una especie de Nobel yugoeslavo, por sus méritos en la ciencia y las artes, y en 2001 fue elegido como “El ajedrecista yugoeslavo del siglo XX”.
En 2009 fue entrevistado durante su visita al Grand Prix de Jermuk, y cuando le preguntaron qué consideraba lo esencial en la vida, respondió: “Las cosas más importantes son el amor y la creatividad. La armonía entre un hombre y una mujer, como en la música, como en la vida”.
Veamos un ejemplo de su maestría.
Svetozar Gligoric – Lubomir Kavalek
Defensa Indobenoni [A77], Olimpiada Skopie, 10.1972
1.d4 Cf6 2.c4 c5 3.d5 e6 4.Cc3 exd5 5.cxd5 d6 6.e4 g6 7.Cf3 Ag7 8.Ae2 0–0 9.0–0 Te8 10.Cd2 Cbd7 11.a4 [11.Dc2 Ch5 12.Axh5 gxh5 13.Cc4 Ce5 14.Ce3 Dh4 15.Ad2 Cg4 16.Cxg4 hxg4 17.Af4 Df6 fue el curso de la 3ª partida del match Spassky - Fischer jugado poco antes, donde las negras lograron buen juego.] 11...Ce5 12.Dc2 Ch5 [Influenciado por la partida de Reikiavik citada. 12...g5 asegurando e caballo de e5, fue jugado en Gligoric - Fischer, Palma de Mallorca 1970.] 13.Axh5 gxh5 14.Cd1! [“Los dos caballos tendrán buen control del tablero si ocupan las vitales casillas c4 y f5. Por tanto, como las negras redujeron la presión en la columna e, el pasivo Cc3 es el indicado para transferirse a la casilla e3... En Fischer Spassky ese rol fue asignado al caballo equivocado. Tras esta jugada es posible introducir la torre a través de la tercera línea” fue el clarificador comentario de Gligoric.] 14...Dh4 [14...b6 15.Ta3 Aa6 es lo crítico, comentó Timman, una partida modélica fue Petrosian-Rashkovsky, Moscú 1976, donde “Petro” realizó uno de sus típicos sacrificios de calidad y ganó con brillantez tras 16.Th3, pero posteriormente, con la irrupción de las incrédulas computadoras, esa evaluación no estuvo clara, tras 16...h4! 17.Ce3 Ad3! 18.Dd1 Axf1] 15.Ce3 Cg4 16.Cxg4 hxg4 17.Cc4 Df6 [Jugando como Fischer, pero el caballo está en c4 y no en c3, como señaló Gligoric.] 18.Ad2! [Para eliminar el fuerte alfil de g7.] 18...Dg6 19.Ac3 Axc3 20.bxc3 b6 [Para neutralizar el fuerte Cc4. 20...Dxe4 21.Dxe4 Txe4 22.Cxd6 seguido de Te1 es ventajoso para las blancas.] 21.Tfe1 Aa6 22.Cd2 Te5?! 23.f4! [La mayoría central blanca se pone en marcha.] 23...gxf3 24.Cxf3 Th5 [Evitando Ch4–f5, pero de un modo artificial.] 25.Df2 Df6 26.Te3 Te8 27.Tae1 Df4
28.e5! [Al realizar esta ruptura temática en buenas condiciones todas las piezas blancas cobran vida.] 28…dxe5 29.Te4 Df6 30.Dg3+ Rh8 31.Cxe5 [Amenazando 32.Cxf7+.] 31...Tg8 32.Tg4 Txg4 33.Cxg4 Dg6 34.c4! [Amenaza 35.Dc3+ Rg8 36.Cf6+. “Las negras podrían abandonar. Su torre está mal situada y su alfil está fuera de juego” (Gligoric)] 34...Tf5 35.Ch6 Tf6 [O bien 35...Dxg3 36.Te8+ Rg7 37.Cxf5+] 36.Te8+ Rg7 37.Tg8+ Rxh6 38.Dh4+
1–0
PROBLEMA Nº 475
Solución del Problema Nº 474
Blancas: Rb1, Df2, Tc2, Th1, Ad3, Cc3, a3, b4, c4, d5, f3, g2, h2 (13)
Negras: Rg7, Df4, Ta8, Th8, Cb7, Cd7, a5, b6, d6, e5, f7, g6, h4 (13)
Juegan las Negras
El Campeonato de Europa de Clubes se jugó en Rodas, Grecia, del 20 al 26 de octubre, se jugó por sistema suizo a 7 rondas, con 6 titulares por equipo en el torneo absoluto y 4 en la competencia femenina.
En el torneo femenino el máximo favorito Cercle d’Echecs de Monte-Carlo ganó sus siete matches, estuvo compuesto por la campeona mundial Hou Yifan, y Humpy Koneru, Anna Muzychuk, Pia Cramling y Almira Skripchenko.
En el torneo absoluto hubo sorpresas, venció el equipo preclasificado nº 5, G-Team Novy Bor, de Chequia, liderado por David Navara, y bien secundado por Wojtaszek, Laznicka, Sasikiran, Hracek, Bartel y Cvek, con 13 puntos (6 victorias y un empate).El segundo lugar fue para el 2 del ranking inicial, el ruso Malachite (Grischuk, Karjakin, Morozevich, Shirov, Malakhov, Riazantsev, Motylev y Bologan) con 12 puntos (+5 = 2), mientras que el máximo favorito, SOCAR de Azerbaiyán, con 7 de sus 8 integrantes con más de 2.700 de Elo (Caruana, Radjabov, Topalov, Kamsky, Mamedyarov, Wang Hao, Giri y Safarli), terminó tercero por mejor desempate con 11 puntos (+5=1–1)
El triunfo del equipo checo se fundamentó en su empate en la 4ª ronda ante el Malachite y la victoria en la penúltima ronda ante el SOCAR, con triunfos clave en los tres primeros tableros, de Navara sobre Caruana, Wojtaszek sobre Topalov y Laznicka sobre Kamsky, en los tres tableros había alrededor de 70 puntos de diferencia en favor de los derrotados.
En la posición del problema las negras sacan provecho del error de las blancas, 46.Cc3? infiltrándose decisivamente en el ala dama.
46...axb4! 47.axb4 Ta3 48.Rb2 Tha8 49.Td2 [A 49.Dd2 seguiría la misma réplica. ¿Cuál es?] 49...Cbc5! [Kavalek comentó en The Huffington Post: “Un demoledor sacrificio de pieza, que permite a las negras atacar a las piezas blancas en la tercera línea y crear amenazas de mate”. Es similar 49...Cdc5!] 50.bxc5 Cxc5 51.Ae4 [51.Tb1 no logra dar escape al rey tras 51...Cxd3+ 52.Txd3 Dxc4 53.Rc2 Ta2+ 54.Tb2 Txb2+ 55.Rxb2 Dxd3] 51...Tb3+ 52.Rc2 Taa3! No hay defensa, a 53.Cb1 (o 53.Cd1 Cxe4 54.fxe4 Dxe4+ y mate.) gana 53...Ta2+ 54.Rc1 Cxe4 55.fxe4 Dxe4 56.Tc2 Ta1 0–1
Topalov, V (2.771) - Wojtaszek, R (2.698), Rodas (6), 25.10.2013

http://www.abc.com.py/edicion-impresa/deportes/svetozar-gligoric-la-leyenda-638479.html

Vivir más requiere gimnasia mental


Un nuevo espacio en Madrid ofrece ajedrez y otros entrenamientos cerebrales para niños y adultos


España será el país con mayor esperanza de vida (86 años, en lugar de los 83 actuales) en 2040, según un reciente estudio de la Universidad de Washington (Seattle, EE UU). Esa perspectiva genera en los ciudadanos una gran demanda de actividad mental para retrasar el envejecimiento cerebral y el temible alzhéimer. Varios estudios y experiencias indican que el ajedrez es el mejor gimnasio mental. En ese contexto nace Liceum en el centro de Madrid, con el objetivo de extenderse por toda España.

“Incorporar el ejercicio mental, el que sea, a la rutina cotidiana es muy necesario a cualquier edad, una de las mejores inversiones para mejorar nuestra calidad de vida y perspectivas de futuro”, explica Pedro López, director de Liceum, inaugurado hace dos meses en el centro de Madrid (calle Doctor Esquerdo) con pedagogos, neuropsicólogos y otros especialistas, que además de ajedrez y otros juegos (go, backgammon, Córtex, Mastermind, Ubongo, etc.) ofrecen teatro, academia de memoria, cine, cómic, novela gráfica, taller de inteligencias múltiples, matemáticas y escritura recreativas, yoga, gimnasia de mantenimiento… Todo dirigido a niños y adultos, a cualquier hora de la mañana o de la tarde, de lunes a domingo.
Vista de la sala principal de Liceum, en Madrid. ampliar foto
Vista de la sala principal de Liceum, en Madrid.
Esas palabras de López están respaldadas por varios estudios científicos, como el de Wilson (revista Neurology, 2007), que establecía una relación inversa entre actividad mental y riesgo de alzhéimer. Sus conclusiones se han visto reforzadas en los 11 años siguientes por múltiples investigaciones y experiencias, aunque con un matiz importante: no se debe afirmar, de momento, que nada prevenga el alzhéimer (que puede estar subyacente, aunque los síntomas no se aprecien desde el exterior), pero sí que la actividad mental frecuente puede retrasar durante muchos años el envejecimiento cerebral en general y esa terrible enfermedad en particular. El concepto básico es la reserva cognitiva, una especie de depósito cerebral: cuanto más lleno esté, más protegidos estamos.

También hay argumentos científicos y numerosas experiencias para sostener que el ajedrez es la mejor de las numerosas variantes de gimnasia mental. El estudio más convincente —duró 21 años (1980-2001) e implicó a 469 personas mayores— es el del equipo del neurólogo Joe Verghese (New England Journal of Medicine, 2003), quien el año pasado habló con EL PAÍS para resaltar la importancia del caso de un finlandés de 94 años con alzhéimer que seguía jugando al ajedrez. La conclusión del estudio de Verghese es muy llamativa: quienes jugaron al ajedrez durante esos 21 años fueron el grupo que más aumentó su reserva cognitiva (a una edad en la que lo normal es perderla), seguidos de los jugadores de bridge y de quienes se dedicaron a bailar (que requiere una gran coordinación entre el cerebro y el resto del cuerpo). En una entrevista posterior con el Washington Post, Verghese auguró: “Pronto, los médicos nos recomendarán una partida de ajedrez y un crucigrama cada día, ejercicio físico moderado y una dieta equilibrada”.
Juan Codina, de 95 años, el pasado agosto durante el torneo de Alcubierre (Huesca); detrás, el alcalde, Álvaro Amador, y la gran maestra Anna Muzychuk. ampliar foto
Juan Codina, de 95 años, el pasado agosto durante el torneo de Alcubierre (Huesca); detrás, el alcalde, Álvaro Amador, y la gran maestra Anna Muzychuk.

Ese estudio y otros, como el caso de un ajedrecista británico publicado en Neurocase, motivaron a los creadores de Liceum para que el ajedrez sea su buque insignia; y, de hecho, “la actividad con más socios inscritos hasta ahora, seguida del teatro y la academia de memoria”. Su director añade otros argumentos para tal elección: “La constatación de los beneficios del ajedrez fue el germen de este proyecto, basado en el desarrollo y el cuidado de las capacidades cognitivas, porque es el ejemplo perfecto del tipo de actividad que ofrecemos: saludable para el cerebro a la par que lúdica y apasionante. No tiene límite de edad, aporta beneficios diferentes en cada etapa de la vida y contribuye a crear un entono muy valioso de socialización intergeneracional; abuelos, padres y nietos pueden compartirlo en igualdad de condiciones. Es la actividad total”.

El número de ajedrecistas conocidos que han sufrido alzhéimer es bajísimo en todo el mundo, si se compara con el del resto de la población. Y son muchos los jugadores de gran longevidad deportiva, o que llegan a edades muy avanzadas con una agilidad mental asombrosa. Por citar dos ejemplos muy extremos, el autor de esta crónica ha hablado en los últimos meses con el aficionado oscense Juan Codina Escudero, de 95 años, y el gran maestro ruso Yuri Áverbaj, de 96: además de seguir jugando bien, ambos muestran una lucidez y memoria (tanto sobre hechos muy recientes como muy antiguos) que producen envidia en personas mucho más jóvenes.

El pasado jueves, Ana Pilar Rodríguez, directora de la Asociación de Familiares de Alzhéimer del Bierzo (comarca de León), dio una conferencia en la Universidad de Salamanca donde explicó la utilización del ajedrez como herramienta terapéutica desde hace cuatro años. Su conclusión provisional, tras comparar a seis personas con quienes se utiliza el ajedrez y otras seis sin contacto alguno con ese juego, es que el deterioro mental del primer grupo es la mitad de rápido que el del segundo. Dado el bajísimo número de la muestra, no tiene un valor científico sólido, pero sí es un indicio más; uno de muchos que señalan el ajedrez como un magnífico gimnasio mental.

Magnus Carlsen: "Caruana es el peor oponente posible"


Magnus Carlsen concedió una interesante entrevista al podcast noruego Sjakksnakk donde dejó algunas opiniones más que interesantes y que hemos podido conocer gracias a la traducción en Twitter del periodista noruego Tarjei J. Svensen.
Magnus Carlsen en el reciente campeonato de Europa de clubs. |Foto: Niki Riga
El campeón del mundo comenzó hablando del abierto de Dubai de 2004 donde consiguió su última norma y por tanto el título de Gran Maestro: 
Llegó antes de lo que esperaba. En el otoño de 2003 estaba sobre 2450 y pensaba en las normas, pero no estaba realmente cerca. Pero en la primavera demostré mi progreso. En el último torneo, en Dubai, estaba en la zona. Me sentía invencible aunque no pensaba que podía ganar a los 2600 pero no veía como ellos me podían ganar. Fue una buena época con pocas cosas de las que preocuparte y ¡coraje juvenil!

Magnus Carlsen en el abierto de Dubai de 2004. |Foto: Rabih Moghrabi/Agence France-Presse
¿Qué siente un niño prodigio tras hacerse Gran Maestro a los 13 años? Magnus respondió con sinceridad:
El siguiente año no tenía el sentimiento de que tuviera algo que ganar pero estaba disgustado porque no tenía actuaciones de súper Gran Maestro. Quizá eran unas expectativas poco realistas pero es difícil ser estable cuando eres joven.
Magnus confesó no haberse sentido nunca cómodo con la popularidad que alcanzó desde joven aunque fue algo que mejoró con el paso del tiempo.
En los viejos tiempos, los entusiastas del ajedrez se conocían unos a otros. Si no le conocías, era que no seguían el ajedrez. Pero es genial ver que este ya no es el caso y el nivel de seguimiento ahora es impresionante.
Carlsen habló muy bien sobre su compatriota y campeón del mundo juvenil, Aryan Tari de 19 años.
El que esté ya con más de 2600 es brillante. Tiene bastantes años para alcanzar el siguiente nivel pero ahí es donde debe desarrollarse. Muy pocos son capaces de abrirse paso como adolescentes. Va a tener mucha experiencia. Es muy bueno aguantando contra jugadores de 2700 pero el reto ahora es lograr ganar las suficientes partidas para subir de nivel. Para ellos tienes que ser más duro, creer en ti mismo y tener algunas experiencias positivas. 
El prodigio noruego Aryan Tari. |Foto: Niki Riga, Facebook campeonato de Europa de clubs
Sobre el ajedrez rápido
Creo que tiene que ver con el estilo de juego. Caruana es muy concreto y en rápidas y blitz no tienes tiempo para calcular si te basas en puro cálculo. Es mejor jugar más simple y por intuición. Algunos jugadores chinos sufren un poco con esto porque se basan demasiado en el cálculo. Mira Karjakin: Mucha experiencia, estilo de juego sólido, buena técnica. Perfecto para blitz. Él también ha alcanzado mucho en clásico pero sus resultados son aún mejores en blitz que en clásico. Creo que las rápidas son las más difíciles porque son un híbrido. Si has jugado solo mucho blitz jugarás demasiado rápido y superficial en rápidas. En rápidas piensas demasiado al principio, especialmente si juegas con incremento. 
Carlsen dijo que necesitaba mejorar en rápidas pero piensa que es complicado y más cuando no está jugando últimamente torneos de rápidas.
Es mucho más difícil que en blitz y clásico. En los últimos campeonatos del mundo de rápidas sufrí mucho y es algo que quiero mejorar. Los resultados han estado bien pero con muchos altos y bajos.
Sobre el posible relevo generacional
Aún estoy esperando por los jóvenes. Caruana tiene dos años menos que yo, So tres menos y Giri 4 menos. Todos llevan ya un tiempo ahí. Será emocionante enfrentarse a los jóvenes, nacidos alrededor del 2000 porque realmente son otra generación pero de momento no han llegado a ser parte de la élite. Creo que Wei Yi dará un paso adelante y llegará a ser parte del top 10 pero llevará unos pocos años más de lo que la gente esperaba. 
Sobre el equipo estadounidense y el esperado cambio de bandera del cubano Leinier Domínguez, Carlsen se mojó diciendo que "Estados Unidos lo está haciendo brillantemente comprando jugadores".
Sabemos que Domínguez ya trabajó con Caruana antes del Candidatos y diría que también durante la Olimpiada. Pero no es demasiado, no es un secreto que Nakamura y Caruana no son exactamente los mejores amigos.
Preguntado sobre el ambiente en la élite comentó que Aronian, Vachier-Lagrave y Nepomiachtchi son los jugadores con los que más queda. "Karjakin también es muy simpático, hay muchos de ellos".
Para ser honesto hay poca gente que me disguste. De hecho nadie. Es una pena pero obviamente las cosas son diferentes en el tablero. Aronian es una de esa personas con las que me siento muy bien pero hay algunas veces durante la partida ¡que quiero golpearle! Sobre todo cuando estoy en una mala posición, comienzan a molestarme cosas pequeñas. (Cuando tiene una buena posición) Aronian tiene un aura arrogante ¡es muy bueno en eso! (risas)
Magnus comentó que es importante para él no estar relajado durante los torneos porque puede perder el "punch" necesario para ganar una partida.
No puedes pensar mucho sobre el resultado, tienes que intentar pasártelo bien mientras al mismo tiempo estás concentrado. 
Sobre su forma física, Carlsen comentó que durante los torneos tiene que hacer ejercicio o siente que su cuerpo va a apagarse completamente. 
Durante los torneos ves que los jugadores se toman la forma física cada vez más en serio. Ahora puedes ver a Caruana hacer 20 dominadas en el Tufteparken en Stavanger (durante el Norway Chess), a Nakamura corriendo por el Stokkavannet y a Vachier-Lagrave haciendo 10 kilómetros en la cinta. Los jugadores son más conscientes de la importancia de la forma física que hace unos pocos años y es algo bueno porque son más profesionales lo que lleva a una mejor calidad.
Fútbol o baloncesto ¡pero siempre activo! |Imágenes: Tv2
Sobre el match del 2016 con Karjakin
En las dos primeras partidas no ocurrió nada. En la tercera tuve oportunidades de ganar y en la cuarta incluso más. Fue una combinación de su buena defensa y de pérdida de concentración por mi parte en los momentos más importantes lo que es un escándalo tras tanta preparación.
Afirmó no estar preocupado por el resultado de las cuatro primeras partidas porque pensaba que le estaba superando. Entonces llegaron algunas "aburridas tablas" que le llevaron a perder la energía. "Te desgasta mentalmente porque no consigues jugar nada de ajedrez". 
Así que Karjakin tuvo éxito a la hora de "matar el match" con las tablas. Sobre la octava partida, que Carlsen perdió, afirmó que había perdido el sentido del peligro y...
 Fui demasiado lejos y de repente me di cuenta que estaba perdido. Me quedé helado. No estaba mentalmente preparado para perder esa partida porque no había tenido problemas en ninguna partida, solo habían sido tablas sencillas o yo le había estado presionando.Tras la octava partida estaba muy abajo y empecé a pensar en la posibilidad de perder el título: ¿cómo iba a aparecer en un torneo sin el título de campeón mundial? El sentimiento que Karjakin sería el campeón mundial. Casi no sabía como iba a poder vivir con eso.
Carlsen ganó la décima partida e igualar el match "Si no la hubiera ganado probablemente no lo hubiera logrado".
Tras la décima partida ya no estaba preocupado porque estaba de vuelta al match y podía jugar sólido con negras. Entablé fácilmente la undécima y entonces le dije a mis chicos que la duodécima (se ríe) no iba a ser una partida. Le dije a Peter que no gastara tiempo en la preparación porque iba a ser un empate rápido buscando los desempates. Pensaba que los desempates serían divertidos y había pasado el bache y empezaba a mirar hacia adelante. De repente Karjakin tenía algo que perder. Creo que fue al match sin creerse realmente que ganaría pero al menos que daría lo máximo.
Tras empatar el match, Carlsen sintió que era mucho más difícil para Karjakin adaptarse a la nueva situación mientras que él había "resucitado". 
Sobre el match contra Caruana
Él es tranquilo, sencillo , un chico simpático. Su estilo de juego es muy concreto. Calcula muy muy bien y profundo. Está bien preparado ¡y le encanta el centro! Caruana sacrifica peones con frecuencia, da a su rival peones pasados, acepta ataques contra su rey para controlar el centro... En términos de comprensión ajedrecística este diría que es la principal diferencia, valora mucho el centro.

Mis últimas experiencias han sido buenas. Ha pasado mucho desde que sentí que podía perder contra él. Pero será un poco más difícil en el encuentro por el título mundial. Lo ha hecho bien recientemente aunque no contra mí. Yo no lo he hecho tan bien últimamente pero bien contra él. ¿Quién sabe? Pero estaré más en forma que en recientemente.
Le preguntaron si prefería a Caruana antes que a otro oponente... Magnus es tajante.
Caruana es el peor oponente posible. Es el número dos y contra el que es más difícil jugar. No es el más difícil de ganar porque toma riesgos, pero con Aronian, él es uno de los que he sentido que me ha superado más veces.
Karjakin sugirió que Caruana no es un defensor tan fuerte como él pero Carlsen incidió en que "él se va a defender mucho mejor en el campeonato del mundo que en el pasado". Magnus piensa que Karjakin se defiende muy bien cuando no hay contrajuego mientras Kramnik y Aronian no. El campeón mundial espera "defenderse bien cuando sea necesario, aunque no he tenido esa experiencia en los últimos años"
Le he ganado algunas partidas con defensa activa cuando me ha presionado, logrando contrajuego y ganando.
Sobre jugar en Londres
Hay ventajas y desventajas. Es más fácil para los aficionados. Es genial que está a solo unas horas de Oslo y ¡no será difícil convencer a la familia para que hagan un viaje rápido a Londres! Pero en noviembre será oscura y en una ciudad ruidosa. No será fácil encontrar la calma así que será un reto para los jugadores.
Carlsen afirmó estar muy contento con el trabajo de su equipo para el encuentro con Karjakin y cree que no será muy diferente ahora pero se centrará más en mejorar su medio juego.
Mi jugador favorito es Alexander Alekhine. Jugaba un tipo de ajedrez moderno que era fantástico, una combinación entre una comprensión maravillosa, adelantada a su tiempo y una comprensión dinámica en la que era especialmente bueno, alcanzando ventajas posicionales jugando de forma agresiva.
¡Carlsen anima a todos los aficionados a ver las partidas de Alekhine y Capablanca del match de 1927!
Si lo recomienda Magnus, habrá que hacer unos vídeos sobre Alekhine y su match contra Capablanca...
Agradecer a Tarjei J. Svensen su gran trabajo para traducir esta entrevista del noruego al inglés ¡sin él no podríamos haberla publicado en español tan rápido!

https://chess24.com/es/informate/noticias/entrevista-a-magnus-carlsen-2018

lunes, 14 de mayo de 2018

50 aniversario Mayo del 68

La Revolución de Mayo del 68 no fue neoliberal: era marxista, radical y libertaria

“Las autoridades han hecho todo lo posible para separar la dimensión cultural de la política de esa revolución, y así hacerla inofensiva", explica François Cusset, profesor de la Universidad de Nanterre, "era un movimiento anarquista-libertario".


Estudiantes y trabajadores durante una de las manifestaciones de mayo del 68. / AFP





“No seáis como corderos”. “Está prohibido prohibirse la comodidad de una berlina”. “Liberaos. Dejad el volante”. La compañía francesa de trasporte privado Chauffeur Privé ha inspirado su última campaña publicitaria en la Revolución del Mayo del 68 en Francia. No es ninguna novedad esta reapropiación por una empresa privada de algunos de los lemas de esa revuelta libertaria, que tuvo lugar hace cincuenta años. A principios de la década de los ochenta, el economista liberal Michel Albert ya presumía de que “debajo de los adoquines, había la empresa”, en lugar de “la playa” y otra forma de vida más feliz con la que soñaban los soixante-huitards.
“Prohibido prohibir”. “Disfrutemos sin obstáculos”. “Como más hago la revolución, más me apetece hacer el amor”. Los eslóganes más conocidos del Mayo del 68 evocan un movimiento hedonista, que quería romper con las normas demasiado estrictas y las costumbres demasiado conservadoras de las sociedades de la postguerra. Una movilización liberal-libertaria que supuestamente habría facilitado el auge del individualismo, el capitalismo desregulado y la globalización financiera.


“Tenemos que olvidar el Mayo del 68”, ha asegurado en reiteradas ocasiones el ecologista Daniel Cohn Bendit, quien considera que la mayoría de las reivindicaciones de esa revuelta, sobre todo la liberación sexual y de las costumbres, ya han sido satisfechas. De hecho, Cohn Bendit es visto como uno de los ejemplos más célebres del giro conservador de los soixante-huitards. Tras haber sido uno de los portavoces más carismáticos del Mayo del 68, Cohn Bendit reivindicó el carácter liberal-libertario de esa revuelta para justificar su afiliación a un ecologismo reformista y moderado. Y ahora es un ferviente adepto del presidente francés, Emmanuel Macron.

Todavía más radical resultó la conversión ideológica de Denis Kessler, otro célebre militante francés del Mayo del 68. Este joven maoísta abrazó una década más tarde el neoliberalismo y terminó siendo elegido como vicepresidente del Medef, la patronal francesa. Casi cuarenta años después de la revuelta, Kessler defendía en 2007 que hacía falta “desmantelar metódicamente el programa del Consejo nacional de la Resistencia”, fundamento del avanzado modelo social francés. En la lista de soixante-huitards convertidos al neoliberalismo, que es bastante larga, también ocupan un lugar destacado los nouveaux philosophes, como André Glucksmann, Alain Finkielkraut o Bernard-Henri Levy. 

¿Una revolución liberal-libertaria?

 

La tesis de que el Mayo del 68 facilitó la ola neoliberal ya fue defendida en Francia por el heterodoxo intelectual Régis Debray en 1978. De vuelta al país galo tras su paso por la Revolución Cubana al lado del Che Guevara, Debray, que no participó en la revuelta francesa, denunciaba entonces que “Mayo del 68 había sido la cuna de la nueva sociedad burguesa” y que “había satisfecho los deseos del capital, dispuesto a violar sus tabúes”. Una idea también defendida por otros actores de la izquierda francesa como el ensayista homosexual Guy Hocquenghem que en su Carta abierta a aquellos que han pasado de Mao a Rotary, denunciaba de forma satírica a aquellos izquierdistas del Mayo del 68 que traicionaron sus ideales por oportunismo.

“La idea de que el Mayo del 68 favoreció el neoliberalismo fue construyéndose a partir de finales de la década de los setenta. Pero esta no se corresponde con la realidad, puesto que fue una revuelta emancipatoria”, explica en declaraciones a Público François Gèze, antiguo director de la editorial progresista La Découverte. “Todos aquellos soixante-huitards que luego se erigieron en defensores del neoliberalismo fueron una minoría, que se correspondía con los militantes más dogmáticos de los grupúsculos leninistas o maoístas. Pasaron de un dogma a otro”.

Gèze tenía veinte años en 1968 y participó en la revuelta como un estudiante en un instituto en Toulouse, donde hicieron huelga, lo ocuparon y los estudiantes se hicieron cargo del establecimiento a través de la autogestión. “Todo el mundo hablaba con todo el mundo. Habían desaparecido las barreras de clase y la verticalidad en la sociedad. Fue un momento de una gran generosidad”, recuerda Gèze, quien considera que el espíritu de esa revuelta tenía poco que ver con el individualismo neoliberal.
“No es cierto que la Revolución del 68 favoreciera la ola neoliberal. En realidad, lo que sucedió es que el nuevo capitalismo del espíritu emprendedor y de Silicon Valley se reapropió de los logros culturales de esa revuelta, como la revolución sexual y la exaltación de la juventud y de la creatividad”, explica a este diario el historiador de las ideas François Cusset, autor del libro Contre-discours de Mai (Contra-discursos de Mayo). Este profesor de la Universidad de Nanterre, donde se originó la revuelta de 1968, considera que “las autoridades han hecho todo lo posible para separar la dimensión cultural de la política de esa revolución, y así hacerla inofensiva. Pero en realidad no se trató de un movimiento liberal-libertario, sino anarquista-libertario”. 

Una mujer se manifiesta por los estudiantes y trabajadores en mayo del 68. / AFP

La mayor movilización social del siglo XX en Francia

 

Según el politólogo Boris Gobille, la etiqueta de que el Mayo del 68 fue un movimiento liberal-liberario “es fruto de las reinterpretaciones que algunos de los actores más conocidos de la revuelta, como Cohn-Bendit o Serge July, antiguo director de Libération (diario fundado bajo el espíritu revolucionario), hicieron en función de sus trayectorias personales”. “Esta visión daba a entender que el Mayo del 68 sólo fue una revolución de las costumbres y a favor de la liberación sexual, pero ignoraba el gran impacto que tuvo entonces la movilización social más importante en la historia del siglo XX en Francia”, añade Gobille, quien ha publicado recientemente la obra Mai 68 par celles et ceux qui l’ont vécu (Mayo del 68 para aquellas y aquellos que lo vivieron) que recoge más de 300 testimonios de soixante-huitards anónimos.

Difíciles de englobar en una sola etiqueta, los hechos del 68 francés empezaron el 3 de mayo con la evacuación policial de los estudiantes que ocupaban la universidad de Nanterre, en el norte de París. Desde entonces, se fueron sucediendo las manifestaciones de los universitarios, las confrontaciones violentas en las calles de París con las fuerzas del orden y la construcción de barricadas en el Barrio Latino de París, que rememoraban la Comuna de 1871. La movilización de los estudiantes convergió rápidamente con la de los obreros y los campesinos. Esto desembocó el 13 de mayo en la mayor huelga general de la historia de Francia: siete millones de personas participaron en ella.

Las ocupaciones en las fábricas, los secuestros de patrones industriales y las confrontaciones entre revolucionarios y los militantes gaullistas de los Comités de defensa de la república (CDR), partidarios del gobierno del general De Gaulle, se fueron repitiendo hasta finales de junio. Los jóvenes revolucionarios sufrieron una contundente derrota con la holgada mayoría absoluta que el gaullismo logró en las elecciones legislativas convocadas de manera anticipada el 23 y 30 de junio. Sin embargo, ya consiguieron entonces significativos avances sociales, como un incremento del salario mínimo del 37%.
“El Mayo del 68 supuso una revolución integral provocada por el desborde que comportó la movilización masiva de estudiantes, obreros y campesinos. Se trata de la última de las revoluciones marxistas en las que se cuestionaba el poder establecido, aunque los revolucionarios de entonces tampoco mostraron un gran interés para asaltar el Elíseo”, explica Cusset, quien considera que “las revueltas de finales de los sesenta representaron el final de los treinta años de avances progresistas y sociales después de la derrota del fascismo en la Segunda Guerra Mundial”.

En la obra 1968. Des grands soirs en petits mains (1968. Grandes noches en pequeñas manos) —una de los libros más destacados publicados en Francia durante este cincuenta aniversario—, la historiadora Ludivine Bantigny describe el motor del Mayo del 68 en uno de sus eslóganes a menudo olvidados: “Todo es política”. “Hacer de la política una cosa compartida, el bien común de todas y todos, aquello en que cada uno puede expresarse y debatir. Durante esas semanas de primavera, se reanudó con la democracia de lo cotidiano, como se hacía en la Grecia antigua, pero liberados de la esclavitud, la muleta trágica de la Atenas clásica”.En definitiva, la revolución del Mayo del 68 resultó sinónima de radicalidad democrática, nada que ver con el individualismo y el dejar la política en manos de profesionales, como propugna el neoliberalismo.