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jueves, 12 de enero de 2017

El amor que no podía ocultarse (humor sobre lo privado y lo público según E. Jardiel Poncela)



[Cuento - Texto completo.]
Enrique Jardiel Poncela

Durante tres horas largas hice todas aquellas operaciones que denotan la impaciencia en que se sumerge un alma: consulté el reloj, le di cuerda, volví a consultarlo, le di cuerda nuevamente, y, por fin, le salté la cuerda; sacudí unas motitas que aparecían en mi traje; sacudí otras del fieltro de mi sombrero; revisé dieciocho veces todos los papeles de mi cartera; tarareé quince cuplés y dos romanzas; leí tres periódicos sin enterarme de nada de lo que decían; medité; alejé las meditaciones; volví a meditar; rectifiqué las arrugas de mi pantalón; hice caricias a un perro, propiedad del parroquiano que estaba a la derecha; di vueltas al botoncito de la cuerda de mi reloj hasta darme cuenta de que se había roto antes y que no tendría inconveniente en dejarse dar vueltas un año entero.
¡Oh! Había una razón que justificaba todo aquello. Mi amada desconocida iba a llegar de un momento a otro. Nos adorábamos por carta desde la primavera anterior.
¡Excepcional Gelda! Su amor había colmado la copa de mis ensueños, como dicen los autores de libretos para zarzuelas. Sí. Estaba muy enamorado de Gelda. Sus cartas, llenas de una gracia tierna y elegante, habían sido el lugar geométrico de mis besos.
A fuerza de entenderme con ella sólo por correo había llegado a temer que nunca podría hablarla. Sabía por varios retratos que era hermosa y distinguida como la protagonista de un cuento. Pero en el Libro de Caja del Destino estaba escrito con letra redondilla que Gelda y yo nos veríamos al fin frente a frente; y su última carta, anunciando su llegada y dándome cita en aquel café moderno -donde era imprescindible aguantar a los cinco pelmazos de la orquesta- me había colocado en el Empíreo, primer sillón de la izquierda.
Un taxi se detuvo a la puerta del café. Ágilmente bajó de él Gelda. Entró, llegó junto a mí, me tendió sus dos manos a un tiempo con una sonrisa celestial y se dejó caer en el diván con un “chic” indiscutible.
Pidió no recuerdo qué cosa y me habló de nuestros amores epistolares, de lo feliz que pensaba ser ahora, de lo que me amaba…
-También yo te quiero con toda mi alma.
-¿Qué dices? -me preguntó.
-Que yo te quiero también con toda mi alma.
-¿Qué?
Vi la horrible verdad. Gelda era sorda.
-¿Qué? -me apremiaba.
-¡Que también yo te quiero con toda mi alma! -repetí gritando.
Y me arrepentí en seguida, porque diez parroquianos se volvieron para mirarme, evidentemente molestos.
-¿De verdad que me quieres? -preguntó ella con esa pesadez propia de los enamorados y de los agentes de seguros de vida-. ¡Júramelo!
-¡Lo juro!
-¿Qué?
-¡¡Lo juro!!
-Pero dime que juras que me quieres -insistió mimosamente.
-¡¡Juro que te quiero!! -vociferé.
Veinte parroquianos me miraron con odio.
-¡Qué idiota! -susurró uno de ellos-. Eso se llama amar de viva voz.
-Entonces -siguió mi amada, ajena a aquella tormenta-, ¿no te arrepientes de que haya venido a verte?
-¡De ninguna manera! -grité decidido a arrostrarlo todo, porque me pareció estúpido sacrificar mi amor a la opinión de unos señores que hablaban del Gobierno.
-¿Y… te gusto?
-¡¡Mucho!!
-En tus cartas decías que mis ojos parecían muy melancólicos. ¿Sigues creyéndolo así?
-¡¡Sí!! -grité valerosamente-. ¡¡Tus ojos son muy melancólicos!!
-¿Y mis pestañas?
-¡¡Tus pestañas, largas, rizadísimas!!
Todo el café nos miraba. Habían callado las conversaciones y la orquesta y sólo se me oía a mí. En las cristaleras empezaron a pararse los transeúntes.
-¿Mi amor te hace dichoso?
-¡¡Dichosísimo!!
-Y cuando puedas abrazarme…
-¡¡Cuando pueda abrazarte -chillé, como si estuviera pronunciando un discurso en una plaza de Toros- creeré que estrecho contra mi corazón todas las rosas de todos los rosales del mundo!!
No sé el tiempo que seguí afrontando los rigores de la opinión ajena. Sé que, al fin, se me acercó un guardia.
-Haga el favor de no escandalizar -dijo-. Le ruego a usted y a la señorita que se vayan del local.
-¿Qué ocurre? -indagó Gelda.
-¡¡Nos echan por escándalo!!
-¡Por escándalo! -habló estupefacta-. Pero si estábamos en un rinconcito del café, ocultando nuestro amor a todo el mundo y contándonos en voz baja nuestros secretos…
Le dije que sí para no meterme en explicaciones y nos fuimos.
Ahora vivimos en una “villa” perdida en el campo, pero cuando nos amamos, acuden siempre los campesinos de las cercanías preguntando si ocurre algo grave.
FIN

Escritor a tiempo completo


 Acabo de encontrar en un foro esta reflexión que suscribo sobre la dedicación a la literatura y me parece interesante compartirla. El enlace al foro es: http://forokd.com/showthread.php/8291-Escritor-a-tiempo-completo

Siempre que me han preguntado por el tema de ser escritor a tiempo completo he respondido lo mismo: no me interesa. Siempre me han mirado con desdén, como si en realidad yo lo deseara pero no fuera capaz de lograrlo y por eso me excusara diciendo que no me interesa. No se concibe en ciertos círculos que un escritor -así me considero, entre otras muchas cosas- no quiera serlo a tiempo completo. Que no quiera convertir su obra literaria en su trabajo.
Por supuesto lo extiendo al resto de inquietudes creativas que cultivo, como la ficción interactiva, los juegos de mesa o (recientemente) los videojuegos.

He intentado explicarlo de mil maneras diferentes, pero no he logrado hacer entender a mucha gente que ser escritor a tiempo completo no es atractivo. No es apasionante. No me interesa.

Brian Keene ha escrito una entrada en su blog que lo resume a la perfección.
Si no os importa, voy a extraer y traducir algunos párrafos que, espero, os harán comprender de una vez por todas por qué soy tan feliz siendo un escritor indie.

Dice Keene:

“La única forma de que te paguen es producir”, algo que como autor indie me asusta, porque implica plazos a cumplir y compromisos profesionales que no quiero asumir.
“Cuando escribes para publicar, estás creando un producto para consumo público”, aterrador, dejamos de lado el arte y la inspiración para centrarnos en la producción de algo que se pueda vender.
“Escribir para vivir es un trabajo divertido, pero es un trabajo”, y yo no quiero convertir mi literatura en un trabajo.
“Soy uno de los escritores de horror más populares de mi generación y, de media, gano entre 30.000$-40.000$ al año”, y si esto no te asusta y no te hace pensar que es mejor tener -en España y con las condiciones de la literatura en España, hay que extrapolar- un trabajo y dedicarte a la literatura como arte, es que no has hecho bien las cuentas.
Habla luego de los seguros médicos y la jubilación del escritor en Estados Unidos, algo que -por ahora- vemos distinto en España pero es igualmente horrible.
“Escribir es un acto solitario, publicar es un acto público”, y esto también me da miedo, claro. Publicar como autor indie no tiene nada que ver con ese acto público que Keene menciona.
“Escribir es un acto solitario hecho para una existencia solitaria. Escribir es la razón por la que estoy solo”, y habla de sus matrimonios fracasados y de su vida familiar rota, y sé que no es lo que quiero.

Comienzo de Moby Dick. Perfección en estado puro




 Resultado de imagen de moby dick
Llamadme Ismael. Hace unos años —no importa cuánto hace exactamente—, teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo, y nada en particular que me interesara en tierra, pensé que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte acuática del mundo. Es un modo que tengo de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo poniendo una boca triste; cada vez que en mi alma hay un noviembre húmedo y lloviznoso; cada vez que me encuentro parándome sin querer ante las tiendas de ataúdes; y, especialmente, cada vez que la hipocondría me domina de tal modo que hace falta un recio principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación a derribar metódicamente el sombrero a los transeúntes, entonces, entiendo que es más que hora de hacerme a la mar tan pronto como pueda. Es mi sustitutivo de la pistola y la bala. Con floreo filosófico, Catón se arroja sobre su espada; yo, calladamente, me meto en el barco. No hay nada sorprendente en esto. Aunque no lo sepan, casi todos los hombres, en una o en otra ocasión, abrigan sentimientos muy parecidos a los míos respecto al océano.
Ahí tenéis la ciudad insular de los Manhattos, ceñida en torno por los muelles como las islas indias por los arrecifes de coral: el comercio la rodea con su resaca. A derecha y a izquierda, las calles os llevan al agua. Su extremo inferior es la Batería, donde esa noble mole es bañada por olas y refrescada por brisas que pocas horas antes no habían llegado a avistar tierra. Mirad allí las turbas de contempladores del agua.
Pasead en torno a la ciudad en las primeras horas de una soñadora tarde de día sabático. Id desde Corlears Hook a Coenties Slip, y desde allí, hacia el norte, por Whitehall. ¿Qué veis? Apostados como silenciosos centinelas alrededor de toda la ciudad, hay millares y millares de seres mortales absortos en ensueños oceánicos. Unos apoyados contra las empalizadas; otros sentados en las cabezas de los atracaderos; otros mirando por encima de las amuradas de barcos arribados de la China; algunos, en lo alto de los aparejos, como esforzándose por obtener una visión aún mejor hacia la mar. Pero ésos son todos ellos hombres de tierra; los días de entre semana, encerrados entre tablas y yeso, atados a los mostradores, clavados a los bancos, sujetos a los escritorios. Entonces ¿cómo es eso? ¿Dónde están los campos verdes? ¿Qué hacen éstos aquí?
Resultado de imagen de moby dickPero ¡mirad! Ahí vienen más multitudes, andando derechas al agua, y al parecer dispuestas a zambullirse. ¡Qué extraño! Nada les satisface sino el límite más extremo de la tierra firme; no les basta vagabundear al umbroso socaire de aquellos tinglados. No. Deben acercarse al agua tanto como les sea posible sin caerse dentro. Y ahí se quedan: millas seguidas de ellos, leguas. De tierra adentro todos, llegan de avenidas y callejas, de calles y paseos; del norte, este, sur y oeste. Pero ahí se unen todos. Decidme, ¿les atrae hacia aquí el poder magnético de las agujas de las brújulas de todos estos barcos?
Una vez más. Digamos que estáis en el campo; en alguna alta tierra con lagos. Tomad casi cualquier sendero que os plazca, y apuesto diez contra uno a que os lleva por un valle abajo, y os deja junto a un remanso de la corriente. Hay magia en ello. Que el más distraído de los hombres esté sumergido en sus más profundos ensueños: poned de pie a ese hombre, haced que mueva las piernas, e infaliblemente os llevará al agua, si hay agua en toda la región. En caso de que alguna vez tengáis sed en el gran desierto americano, probad este experimento, si vuestra caravana está provista por casualidad de un cultivador de la metafísica. Sí, como todos saben, la meditación y el agua están emparejadas para siempre.
Pero aquí hay un artista. Desea pintaros el trozo de paisaje más soñador, más sombrío, más callado, más encantador de todo el valle del Saco. ¿Cuál es el principal elemento que emplea? Ahí están sus árboles cada cual con su tronco hueco, como si hubiera dentro un ermitaño y un crucifijo; ahí duerme su pradera, y allí duermen sus ganados; y de aquella casita se eleva un humo soñoliento. Hundiéndose en lejanos bosques, serpentean un revuelto sendero, hasta alcanzar estribaciones sobrepuestas de montañas que se bañan en el azul que las envuelve. Pero aunque la imagen se presente en tal arrobo, y aunque ese pino deje caer sus suspiros como hojas sobre esa cabeza de pastor, todo sería vano, sin embargo, si los ojos del pastor no estuvieran fijos en la mágica corriente que tiene delante. Id a visitar las praderas en junio, cuando, a lo largo de veintenas y veintenas de millas, andáis vadeando hasta la rodilla entre tigridias: ¿cuál es el único encanto que falta? El agua, ¡no hay allí una gota de agua! Si el Niágara no fuera más que una catarata de arena ¿recorreríais vuestras mil millas para verlo? ¿Por qué el pobre poeta de Tennessee, al recibir inesperadamente un par de puñados de plata, deliberó si comprarse un abrigo, que le hacía mucha falta, o invertir el dinero en una excursión a pie hasta la playa de Rockaway? ¿Por qué casi todos los muchachos sanos y robustos, con alma sana y robusta, se vuelven locos un día u otro por ir al mar? ¿Por qué, en vuestra primera travesía como pasajeros, sentisteis también un estremecimiento místico cuando os dijeron que, en unión de vuestro barco, ya no estabais a la vista de tierra? ¿Por qué los antiguos persas consideraban sagrado el mar? ¿Por qué los griegos le dieron una divinidad aparte, un hermano del propio Júpiter? Cierto que todo esto no carece de significado. Y aún más profundo es el significado de aquella historia de Narciso, que, por no poder aferrar la dulce imagen atormentadora que veía en la fuente, se sumergió en ella y se ahogó. Pero esa misma imagen la vemos nosotros mismos en todos los ríos y océanos. Es la imagen del inaferrable fantasma de la vida; y ésa es la clave de todo ello.
Ahora, cuando digo que tengo costumbre de hacerme a la mar cada vez que empiezo a tener los ojos nebulosos y que empiezo a darme demasiada cuenta de mis pulmones, no quiero que se infiera que me hago jamás a la mar como pasajero. Pues para ir como pasajero, por fuerza se ha de tener bolsa, y una bolsa no es más que un trapo si no se lleva algo dentro. Además, los pasajeros se marean, se ponen pendencieros, no duermen por las noches, y en general, no lo pasan muy bien: no, nunca voy como pasajero; ni, aunque estoy bastante hecho al agua salada, tampoco me hago jamás a la mar como comodoro, como capitán ni como cocinero. Cedo la gloria y distinción de tales cargos a aquellos a quienes les gusten. Por mi parte, abomino de todas las honorables y respetables fatigas, pruebas y tribulaciones de cualquier especie. Todo lo que sé hacer es cuidarme de mí mismo, sin cuidarme de barcos, barcas, bergantines, goletas, y todo lo demás. Y en cuanto a ir de cocinero —aunque confieso que hay en ello considerable gloria, porque un cocinero es a bordo una especie de oficial—, no sé por qué, sin embargo, nunca se me ha antojado asar pollos, por más que, una vez asados, juiciosamente untados de manteca, y legalmente salados y empimentados, no haya nadie que hable de un pollo asado con más respeto, por no decir con más reverencia, que yo. A causa de las manías idólatras de los antiguos egipcios por el ibis a la parrilla y por el hipopótamo asado, se pueden ver las momias de esas criaturas en sus grandes hornos, que eran las pirámides.
Resultado de imagen de moby dickNo: cuando me hago a la mar, voy como simple marinero, delante del mástil, al fondo del castillo de proa, o allá arriba en el mastelero de juanete. Cierto es que me dan muchas órdenes y me hacen saltar de verga en verga como un saltamontes en un prado de mayo. Y al principio, este tipo de cosas es bastante desagradable. Le toca a uno en su sentido del honor, especialmente si uno procede de una familia establecida desde antiguo en el país, los Van Rensselaer, los Randolph o los Hardicanute. Y más aún si antes mismo de meter la mano en el cubo del alquitrán, ha estado uno hecho un señor como maestro rural, dando miedo a los muchachos más grandullones. La transición es dura, os lo aseguro, de maestro de escuela a marinero, y se requiere una recia infusión de Séneca y de los estoicos para hacerle a uno capaz de sonreír y aguantarlo. Pero hasta eso se pasa con el tiempo.
¿Qué ocurre, si algún viejo tacaño de capitán me manda traer la escoba y barrer la cubierta? ¿A cuánto asciende esta indignidad, quiero decir, pesada en las balanzas del Nuevo Testamento? ¿Creéis que el arcángel Gabriel me va a tener en menos porque obedezca con prontitud y respeto a aquel viejo tacaño en ese caso particular? ¿Quién no es esclavo? Decídmelo. Bueno, entonces, por más que el viejo capitán me dé órdenes; por más que me den porrazos y puñetazos, tengo la satisfacción de saber que todo está muy bien; que todos los demás, de un modo o de otro, reciben algo parecido, esto es, desde un punto de vista físico o metafísico; y así el porrazo universal pasa de uno a otro, y todos los hombres deberían restregarse la espalda unos a otros, y quedar contentos.
Además, yo siempre me hago a la mar como marinero porque se empeñan en pagarme por la molestia, mientras, que yo sepa, jamás pagan un solo penique a los pasajeros. Al contrario, los propios pasajeros tienen que pagar. Y entre pagar y que le paguen a uno, hay la mayor diferencia de este mundo. El acto de pagar es quizá la aflicción más incómoda que nos legaron aquellos dos ladrones del frutal. Pero que le paguen a uno, ¿qué se puede comprar con esto? Es realmente maravillosa la cortés premura con que un hombre recibe dinero, si se considera que creemos en serio que el dinero es la raíz de todos los males terrenales, y que de ningún modo puede entrar en el Cielo un hombre adinerado. ¡Ah, qué alegremente nos entregamos a la perdición!
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Finalmente, siempre me hago a la mar como marinero a causa del sano ejercicio y del aire puro que hay en la cubierta del castillo de proa. Pues como, en este mundo, los vientos de proa son mucho más dominantes que los vientos de popa (es decir, si no se viola jamás la máxima pitagórica), así, casi siempre el comodoro en el alcázar recibe su atmósfera de segunda mano, procedente de los marineros del castillo de proa. Él cree que es el primero que respiraría, pero no es así. De modo muy parecido, la comunidad conduce a sus jefes en muchas otras cosas, mientras que sus jefes lo sospechan muy poco. Pero por qué ocurrió que, después de haber olido la mar muchas veces como marino mercante, ahora se me metiera en la cabeza ir en una expedición ballenera, eso lo puede contestar mejor que nadie el invisible oficial de policía de los Hados que tiene constante vigilancia sobre mí, y me rastrea secretamente, y me influye de algún modo inexplicable. Y no cabe duda de que el marcharme en ese viaje ballenero formaba parte del programa general de la Providencia que estaba trazado hacía mucho tiempo.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Placer del hambriento

La luz que ciega levanta mi alma en el callejón de los milagros. Veo lo obtuso, lo magro, y aun así reviento. Tendré salvación, no lo sé ni lo intento. Vendrán otros a levantar la bandera caída. Qué mi placer les sirva de escarmiento.

3 frases reflexivas: La Navidad

Comete el niño, qué no queda nada, ha aparecido la policía, corre mientras puedas. En los medios han puesto fin a la resurrección de los muertos, los viejos ríen su suerte. Si quieres ser feliz no leas esto, pero quizás ya es demasiado tarde.

Haiku de un fuego

Enterradas entre el barro
las cenizas encienden insensatas
el ahora tu brillo en sus ojos simple Sol.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Novela negra para Navidad: 15 recomendaciones esenciales

'Thrillers', reediciones, grandes series, nuestros héroes preferidos y alguna grata sorpresa en una variada selección de lo mejor del año

Getty
La Navidad es una excusa tan buena como cualquier otra para regalar libros. A la espera de un 2017 que empezará fuerte (Dennis Lehane, John Connolly o Bnejamin Black regresan en los primeros meses del año), vamos con un repaso a algunas de las mejores opciones negrocriminales para regalar. Va el mismo aviso de siempre: estos consejos y sugerencias son personales e intransferibles. No está ni de lejos todo lo que hay. Está lo que, desde mi modesto punto de vista, puedo recomendar con pasión: aquello que me he leído y me ha gustado.
Reediciones de clásicos, policías malencarados, maravillas con sangre en los estantes, un par de obras que me han dejado de piedra y thrillers de los buenos son algunas de las elecciones de este año. Pasen, lean y disfruten.

Reediciones que nunca están de más

La piedra lunar, Wilkie Collins (Navona). Esta novela es tantas cosas que uno no sabe por dónde empezar. Uno de los libros fundacionales del género, una proeza narrativa a varias voces, a todos los estilos. Una boutade del opiómano Collins, un libro que todavía es venerado y copiado. La versión que ha sacado Navona, en su colección de Ineludibles, cuenta con la excelente traducción de José Luis Piquero y una edición de lujo: buen papel, bonita encuadernación. Hablaremos más sobre esta joya.
La selección cumple con tres requisitos esenciales: son libros que he leído; hay un poco de todo y están en las librerías
El caso del asesinato de Benson, S.S Van Dine (Reino de Cordelia). Estamos ante una reedición más que justificada de un clasicazo: no solo recupera a un personaje tan irritante como atractivo, un tipo brillante, pedante y eficaz a partes iguales, un Sherlock Holmes en millonario, sino que además, gracias al trabajo de la editorial y de la traductora María Robledano, tenemos por fin una versión íntegra, con toda la gracia y todas las alusiones culturales que hasta ahora se habían sustraído de la edición en español.
La Dalia Negra, James Ellroy (Literatura Random House, traducción de Albert Solé). Entré de adolescente en el universo de este loco de las letras norteamericanas gracias a su interpretación del caso real de la tortura y muerte de Elisabeth Short, una excusa como otra cualquiera para desplegar su maestría y hundir las raíces de su narrativa en los efectos que para siempre ha dejado en él la muerte de su madre. Una novela que vuelves a leer ahora y sorprende todavía más por su fuerza y lo bien que envejece. Una excelente idea la de recuperarla en las librerías. Si no han leído al perro rabioso de las letras estadounidenses pueden empezar por este. Si lo han leído, pueden hacer como yo y volver a chutárselo.
Pueden leer también esta entrevista con Ellroy si quieren saber más sobre el personaje.
Caza al asesino, Jean- Patrick Manchette (Angrama, traducción de Joaquín Jordá). Les voy a dejar aquí con la acertada visión que Carlos Zanón nos regala en el prólogo de esta edición: “Fue un éxito de público y crítica; incluso los adversarios de Manchette la apreciaron. A priori esta novela es, en hechuras y reparto de papeles prototípicos, el traje más clásico del vestuario de Manchette. Pero con los buenos escritores nada es lo que parece ni tan sencillo como se pueda asemejar. El guiso argumental bebe aquí tanto del western crepuscular como de la novela del siglo XIX y principios del XX. Del primero toma la balada del pistolero que vuelve a casa (...) Pero nadie quiere al ser humano bajo la bestia feroz, sino que ésta se inmole o sea condenada”. No se puede decir mucho más. Déjense llevar por la voz del verdadero renovador del género negro en la década de los setenta del siglo pasado, por un escritor valiente y distinto, con todo lo que eso significa cuando se dice de verdad.
Nemesis, Jo Nesbo (Roja y Negra, traducción de Carmen Montes y Ada Bersten). El cuarto caso de Harry Hole llega ahora a las librerías de mano del sello de Penguin Random House, que está teniendo el detalle de publicarlas en orden. El inicio incluye una de las mejores narraciones sobre atracos a bancos que he tenido la suerte de disfrutar. El resto es la primera gran historia de Hole, la novela en la que su verdadero carácter eclosiona. ¿No han leído ninguna? Pueden empezar por esta y seguir adelante, no se van a arrepentir.
Les dejo un post, OJO, con spoilers, sobre mi devoción por el personaje.

Una joya que merece un capítulo aparte

Sangre en los estantes, Paco Camarasa (Destino). Un libro necesario, un diccionario personal, un anecdotario brutal sobre las últimas cuatro décadas del género negro, una apuesta extraña y lúcida, un artefacto a veces excesivo, único. Con inteligencia y humor, el que fuera libero de Negra y Criminal y factótum de la novela negra en España repasa la historia de la ficción criminal. Echarán en falta cosas y les sobrarán otras, pero les aseguro que leerán muchas historias que no sabían y saldrán de la lectura de este compendio imprescindible siendo un poco más sabios.

Cracks de distinto orden

Rey de Picas, Joyce Carol Oates (Alfagurara, traducción de José Luis López). Entre los escritores fuera de serie de EE UU esta dama neoyorquina destaca por su pericia a la hora de usar cuantas voces y géneros desee. En este caso se pone en la piel de un escritor de éxito, no tanto como le gustaría, con un lado oscuro que va ganando terreno. Un ejercicio de estilo entretenido y brillante; una pequeña muestra del reverso oscuro de la creación; una sátira sobre el mundo literario.
En Elemental publicamos esto hace unos días sobre el libro.
Redención, John Hart (Pàmies, traducción de Cristina Alegría). Lo más seguro es que estén entre los miles de fans del género que no han disfrutado de la literatura de este escritor estadounidense, el único que ha ganado dos veces seguidas el Edgar de novela negra, un poderoso constructor de historias, un caminante del lado oscuro de la vida. Pueden leer esta o No hay cuervos, de la que ya hablamos por aquí. Pueden dejarse llevar por su prosa, por sus historias tristes, por sus policías hechos polvo, por los niños, siempre los niños, que aparecen en sus novelas maltratados por un mundo que no terminan de comprender.
No he contado mucho sobre la historia. Les dejo aquí más para los que quieran seguir.
Sangre helada, Ian MacGuire (Roca, traducción de Santiago del Rey). La confianza en mi criterio se revaloriza cuando leo un libro, apuesto por él, la gente alucina, algunos se dejan llevar, otros ponen cara de “ya está Galindo con sus exageraciones” y de repente está entre los diez mejores libros de 2016 elegidos por The New York Times. Situada en un ballenero en el inicio del declive de esta industria, La sangre helada es un retrato vívido, crudo y brutal sobre un viaje a la nada, sobre la ambición y la miseria del ser humano. Violenta, tensa y con momentos que recuerdan al mejor Cormac McCarthy, la novela gira en torno a dos personajes (un médico sin nada que perder y un psicópata inhumano) y un ambiente claustrofóbico . Violencia, emoción y complejidad para mi libro del año.
Exagerado o no, aquí está lo que escribimos en Elemental (antes que The New York Times, jejeje) opiniones del autor incluidas.

Órdenes sagradas, perros salvajes, samuráis y estepas

No puedo escribir un post de estos sin hablar de algunos de mis policías preferidos, qué le vamos a hacer. En las librerías pueden encontrar los últimos libros de tres de ellos. Añado una de las grandes sorpresas del año para completar el cuadro.
Órdenes sagradas, Benjamin Black (Alfaguara, traducción de Nuria Barrios). La sexta entrega de la serie del patólogo forense Quirke, uno de mis personajes preferidos, para algunas cosas el predilecto con diferencia. El ritmo elegante y pausado de siempre, los personajes complejos marca de la casa y una prosa excelente para una novela que se lee sola y que deja mal sabor, como la vida. La investigación llega a Quirke, además, a enfrentarse a los peores momentos de su infancia. Si no han leído a Black, empiecen por el principio, merece la pena. Si lo han leído y no han llegado a esta, no sé a qué esperan.
El paso de Banville- Black por Segovia en septiembre estuvo lleno de clase y distinción. Les dejo la entrevista con los dos y con el personaje que los encarna por si quieren seguir leyendo.
Perros salvajes, Ian Rankin (RBA). Es tremendo que alguien que lleva 30 años con un personaje a cuestas no se canse, y los lectores tampoco. Es verdad que la serie de John Rebus tuvo sus momentos álgidos y alguna recaída, pero en esta novela, que ganó el X Premio RBA de Novela Negra, Rebus, uno de esos personajes sin los que algunos chalados como quien esto escribe no entenderíamos la novela negra contemporánea, vuelve por sus fueros. Para incondicionales y para aquellos que no han leído todas pero sí varias de la serie.
Nunca vuelvas atrás, Lee Child (RBA, traducción de V. M. García de Isusi). Jack Reacher es un fantasma, un tipo solitario, un samurai vagabundo, un crack. En sus historias hay de todo (mamporros, politiqueo, mala leche, algo de amor, a veces) y nunca decepciona. En esta ocasión vuelve al cuartel general de su antigua unidad en el Ejército de los EE UU, lo más parecido a una casa para esta alma errante. Y, como siempre, se va a meter en buenos líos. Un libro divertidísimo escrito por un señor que tiene en su mano el dominio de las herramientas necesarias para que esto funcione.
Les dejo aquí una entrevista con el autor.
Yeruldegger, muertos en la estepa, Ian Manook, (Salamandra, traducción de José Manuel Fajardo). ¿Un libro escrito por un francés sobre crímenes en Mongolia? Lo que cautiva de Yeruldegger no es el exotismo de la propuesta, del que el autor huye, sino todo lo demás: la belleza y la miseria de ese país; la brutalidad de Ulan Bator; la complejidad de los personajes; el hecho de que consigan darle otra vuelta a la figura del policía atormentado; el ritmo; el relato de la violencia. Todo en Yeruldegger empuja al lector, lo envuelve, le deja satisfecho.
Uno de los libros del año del que añado aquí una crítica y una entrevista algo peculiar con el autor y su compatriota Emmanuel Grand, del que ya hablaremos.

Dos rarezas, dos apuestas sociales y radicales

Hay dos libros publicados este año y que por distintas razones me han dejado una huella marcada por el desasosiego. Son distintos, son novela negra en los márgenes, pero no quiero dejar de recomendarlos.
Madrid: frontera, David Llorente (Alrevés). Tardé en leer Te quiero porque me das de comer (Alrevés) y siempre me voy a arrepentir de haber llegado con retraso a ese radical y turbio relato sobre la violencia y el ser humano, sobre la vida, la muerte y las esperanzas. Por eso quizás me eché encima de Madrid: frontera en cuanto salió para constatar que es una nueva apuesta de un autor al que no le basta con quedarse en las líneas establecidas para el género. Una distopía social, una pesadilla con trasfondo criminal, un Madrid destrozado, futurista, próximo, quizás este Madrid con un poco de exageración. Todo un hallazgo.
Les dejo, que este año hemos entrevistado mucho, mi charla con el autor. Sus opiniones, como verán, son muchísimo mejor que mis preguntas.
La escena, Clarence Cooper Jr. (Sajalín, traducción de Guido Sénder). Algún día hablaremos de la excelente labor de los locos que llevan esta editorial para acercarnos lo mejor de toda una corriente narrativa a la que no se ha prestado la atención suficiente. No me refiero solo a Edward Bunker, al que ya hemos rendido pleitesía aquí, sino a toda una pléyade de autores excelentes, duros, que miran a la sociedad estadounidense desde la basura de las aceras. En este caso se trata de una novela escrita por un joven afroamericano en la década de los sesenta, un libro terrible sobre la adicción a la heroína, maleantes sin oficio, policías corruptos y otros seres, atados todos a La escena, un lugar en cualquier lugar de una ciudad sin nombre. Una novela de extraña relevancia y vigor más de 50 años después de su publicación.
Podríamos seguir un buen rato, querido lector. Pero si ha llegado hasta aquí creo que es más que suficiente. Sé que me dejo mucho, pero lo que pongo lo hago con el corazón y con las pestañas chamuscadas.

lunes, 19 de diciembre de 2016

El Sacrificio/ Andrei Tarkovsky



por Guillermo Samperio

http://www.literatura.bellasartes.gob.mx/index.php?option=com_content&view=article&id=1765:el-sacrificio-andrei-tarkovsky&catid=184:samperinas 


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Sacrificio narra, en principio, la historia de Alexander, un hombre al parecer agnóstico pero lo acompañan otras ideas. Es escritor, crítico de arte, ex actor; vive aislado con su hijo de unos 6 años. Se presume que cohabita con su esposa, una hija de unos 20 años y una sirvienta. Además, hay otra sirvienta de entrada por salida de nombre María. Habitan una agradable casa de madera de una isla sueca cercana al mar. El día del cumpleaños de Alexander, éste se encuentra plantando un árbol con su hijo enfermo de la garganta, lo cual no le permite  hablar; la fecha es 18 de junio de 1985. Lo visita un amigo suyo, Otto, cartero y recolector de historias extrañas (hasta el momento lleva 284 reunidas), un tanto del “más allá”. Mientras la familia se reúne para celebrarlo (la esposa, al parecer la hija y un médico que llega con ellas), Alexander está afligido por la pérdida de espiritualidad que asola al mundo contemporáneo (estamos hablando de 1985, fecha de la película, aunque la idea y buena parte del guión lo tuvo Tarkovsky quizá unos diez años antes).

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Los temores del protagonista demuestran estar fundados cuando, durante el día, llega la noticia por la televisión de un imperioso conflicto nuclear a nivel mundial, lo cual implicaría un desastre global. A partir de ese momento, Alexander está dispuesto a sacrificarse por toda la humanidad. Promete a Dios que abandonará sus bienes y renunciará a su propio hijo si concede otra oportunidad al mundo. El final definitivo e irreversible está cerca. Su peculiar amigo el cartero acaba convenciéndolo de que una de sus criadas (María) es una mujer con poderes extraordinarios y que tiene la potencia mágica de salvar el momento mediante la unión carnal con ella.

Vale decir que el día se oscurece de forma parcial, alguien, algún presidente, o una autoridad mundial, anuncia por la televisión que la catástrofe es irreversible. La noticia afecta a cada uno de forma distita: la esposa de Alexander se pone histérica y el médico (seguro amante de ella; en una escena d se los ve besándose) le aplica una inyección en el brazo, lo mismo que hace con la hija, pero ésta se encuentra tranquila, pero acepta la inyección (hay entre el doctor y ella una forma de complicidad semejante entre éste y la madre), semejando, de forma simbólica, ser la doble de su madre.
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La destrucción de la Tierra horroriza a Alexander. Ante el inminente fin de todo, parece perdido, no hay forma racional de detener lo que la razón y las ciencias provocaron. Él recurre a la oración e implora; en forma doliente reza “El padre nuestro” y otorga  en sacrificio a su familia y a su adorado hijo (aquí nos remite, de alguna manera al sacrificio de Abraham); pero no es suficiente y tiene que ofrendar su formación lógica-intelectual y creer en algo mucho menos sofisticado, básico y tradicional.

La unión con María (sus cuerpos flotan mientras hacen el amor) salvará a la humanidad. Después de esto, Alexander quema su casa con el fin de cumplir su ofrecimiento y renuncia a su hijo como prometió (“padre, ¿por qué me has abandonado?”), a pesar de su gran amor por él. María va corriendo detrás de una pequeña ambulancia blanca con cruces rojas a los lados; lleva a Alexander cautivo por un médico y sus enfermeros. 

El sacrificio es una película sobre la ausencia de espiritualidad en el mundo y el predominio tiránico de las ciencias y la tecnología.

En la cinta, los personajes deambulan como conciencias extraviadas y obsesivas. Lo notamos al ver que no hay planos cercanos a ellos, sino sólo en crisis, en un disturbio. La cámara se sitúa a distancia, las expresiones de ellos son lo que menos importa, es el momento lo que nos mantiene atentos para percibir el transcurso del filme y su desenlace. El rodaje de la película ocurre en la casa y su entorno cercano. Por ello, hay momentos semejantes a una excelente representación teatral, nada rígida, sino con la plasticidad fílmica necesaria.

El suceso del árbol seco que florece, con el cual Tarkovsky inicia la película (los japoneses lo llaman ikebana) es muy importante porque nos remite a la humanidad sin espíritu, que sólo florecerá cuando sus individuos con fe y profundo misticismo cambien. Y ellos, en rigor, serán los que permuten la dirección que lleva la humanidad hasta nuestros días. En sí las religiones establecidas, como el catolicismo, el judaísmo o el protestantismo, entre no pocas, forman parte del sistema destructivo de la Tierra; son cómplices de la concentración de capital y de las construcciones monstruosas, de las que incluso los árabes, el Islam, son cómplices (piénsese sólo en Dubay).

El componente esencial del largometraje es, sin duda alguna, la Espiritualidad en lo fundamental de dos manifestaciones religiosas: una de oriente y otra de occidente. La antigua tradición religiosa japonesa junto con tal vez un cristianismo primitivo predominan, aunque hay instantes que podrían calificarse de mágicos (el momento en que Alexander hace el amor con María y la cama levita cerca de un metro).

Los 284 acontecimientos extraordinarios que colecciona Otto, el Cartero (como en la foto que una señora se hizo y a la que, al entregársela el fotógrafo, ella se da cuenta de que aparece a su lado su hijo muerto veinte años antes en la guerra). De esta forma vemos que el Cartero, el que trae “la buena nueva”, funciona entre enviado y arcángel, descubridor de sucesos fuera de la lógica mundano-científica. Alexander sacrifica su formación lógica-intelectual inducido por Otto, quien lo induce a Alexander a hacer el Amor con María, aludiendo a que ella es bruja benigna y que con su unión salvarán al mundo (no tiene caso hablar del obvio simbolismo del nombre “María”). Este momento es sublime y se muestra una escena muy hermosa: los cuerpos flotan, haciendo una alianza intelectual, religiosa y pagana. Esta unidad conducirá a una humanidad genuina, única como anhela Alexander con el fin de poder salvarla. Aquí nos remite al nacimiento de Jesús en el nuevo surgimiento (véase citas bíblicas Juan 18:38, Mateo 6:9-13). 

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El silencio: en la cinta percibimos un silencio prolongado en la mayoría de las escenas. El principal silencio se presenta en la mudez provisional del hijo, debido a una operación de garganta. Alexander, en cambio, está condenado a las palabras y por tanto a la angustia. Fue actor y, en esa profesión, al ser los otros sentía que cada vez más no era él; era los otros y se alejaba cada vez más de sí mismo, especie de locura, quizás; ahora es crítico de arte y habla de forma extensa con el niño. Esto lo vemos claro en las constantes pláticas-monólogos de Alexander con el pequeño. El padre se mete tan de lleno en su pensar, externando “que el desastre del  mundo es inminente y que el hombre ha perdido su espiritualidad en pos del raciocinio y la ‘civilización”.  Incluso, de momento se sienta contra un árbol, sigue hablando sin darse cuenta de que su hijo ya se distanció de él. En el momento en que se da cuenta de ello, lo empieza a buscar y, al no encontrarlo, se desmaya y aparece la primera escena onírica de El sacrificio. En ella vemos dos escaleras de piedra, una a cada lado de la pantalla y, bajo ellas hacia el centro, el piso blanco con trapos y objetos sucios y revueltos de manera desordenada entre la humedad. Esta escena aparecerá más adelante invadida de personas que se mueven de modo errático, chocando unas con otras. La primera alude a la ausencia; la segunda a un posible caos debido a que se está hablando ya de una guerra definitiva en el mundo.

Un cierto pensar existencialista ciega a Alexander ante el silencio de su hijo, quien es el único que, en rigor, lo escucha. Vale decir que aunque los familiares de Alexander, el médico y una de las sirvientas, tienen una relación entre ellos e incluso conversan, Tarkovsky trabaja las escenas con cierta intención de que el silencio predomine en los personajes, dando la sensación de que las relaciones entre ellos son demasiado procaces. La sutil música japonesa que aparece en el filme  refuerza la sensación de oquedad . Aquí vale la pena mencionar la música de Bach, la cual contrasta con la melodía de Oriente e incluso es utilizada por el director de El sacrificio en momentos relativamente cotidianos.  La combinación de música, diálogos y silencio ésta muy bien equilibrada. Los silencios cobran importancia ante las escenas de importante dramatismo (la escena en que el protagonista se escapa en la bicicleta facilitada por Otto, en la que llega a media noche a casa de María, cuando él y María levitan en la cama de ésta). 
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El tiempo: El tiempo no se define con nitidez en la cinta; las tomas son largas, atemporales. Todo sucede, en la práctica, en 24 horas. Mas la semi- lentitud de la película parece alargar su temporalidad.  Hay planos fijos, los personajes utilizan monólogos extensos, combinados en ocasiones con silencios importantes, el color en la fotografía (extraordinario) hace uso de tonos apagados, texturas muy marcadas y claroscuros. Escenas importantes transcurren en el exterior: las escenas del árbol sin raíces en el día o las de la familia en la semi-oscuridad de la tarde, además de la fuga del protagonista hacia la casa de María durante la noche clara. Cada toma casi hipnotiza y hace que separemos el sueño, el momento que vemos y lo real. Pero la fotografía es la única que nos da el tiempo transcurrido en las escenas de El sacrificio. La profundidad del campo captada por los movimientos suaves de la cámara nos provoca un estado de contemplación ajena al tiempo, pero a la vez un vacío, algo de depresión. Y el tiempo se detiene hasta el momento del sacrificio. Como el nuevo amanecer, la cinta toma un color claro, normal. 


Simbolismo: Desde el inicio de la película encontramos varios símbolos: uno de ellos aparece en el comienzo y en varias escenas del largometraje: es el cuadro de “La adoración de los Reyes Magos” de Leonardo da Vinci. Durante los créditos, se mantiene la figura de un niño de pie cuyo rostro es horrendo-cadavérico; cuando están terminando los créditos sube la cámara y al fin vemos al “niño” bello, lo cual crea serio contraste entre ambos pequeños (luego aparecerá el hijo de Alexander, en quien su padre tiene puestas las expectativas de un nuevo mundo, una nueva humanidad). El simbolismo podría apuntar a que de la “maldad” de los judíos y, por tanto, de los romanos, advendrá una época de serenidad para los humanos. Además, en torno de la adoración del niño dios, se está generando una batalla a caballo, en la que la cámara no se detiene, sino que sólo la registra. Sin embargo, casi terminando los créditos de inicio aparece la fronda de un árbol en realidad hermoso, además del cielo límpido y de inmediato se ve a Alexander al lado de su hijo pequeño plantando un árbol que no tiene raíces. El padre le dice al niño que si durante más 7 años se riega a diario tal árbol en una hora exacta, éste echará raíces y vivirá, lo cual implica una disciplina del espíritu, del amor por la naturaleza, el respeto y la trascendencia de sí mismo, fusionándose el espíritu del hombre con el del árbol, y por tanto con el de la naturaleza.

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En el inicio, el proceso anterior parece una locura, pero al final sabemos que dándole respeto, amor y disciplina a la naturaleza, la humanidad sobreviviría largo tiempo. Pero resulta obvio que Tarkosky nos está trasmitiendo la idea de que para sobrevivir resultaría bueno seguir la disciplina japonesa y, por lo tanto, el mundo no habría quedado en manos de políticos siniestros, religiosos fulleros y científicos arrogantes.

La música resulta muy importante a lo largo del filme: escuchamos "ErbarmedichmeinGott" de Johann Sebastian Bach, “Señor ten piedad de mí”, la cual en el contexto resulta medio horrenda, aunque no es lo mejor de Bach y con seguridad Tarkosky la eligió en este sentido. Ésta se liga al nacimiento del cristianismo (el cual, en sus últimos momentos no deseaba Jesús) y al principio de una nueva era. También oímos a Watazumido-Shuso con su flauta de bambú japonesa, la verdadera espiritualidad que, con su constancia, hace surgir las  creencias que emergen de la tenacidad y la rectitud, ligadas al árbol seco que llega a echar raíces. Además, un canto tradicional sueco vinculado con la autenticidad de la tradición popular.

Se cita a Nietsche de quien se puede deducir que el silencio de Jesús es la retirada de los ideales que estaban promoviendo él y los apóstoles, en especial Pablo. Resulta creíble que Jesús haya hablado con Pablo (no con los romanos ni los judíos cuando fue juzgado) para que se cancelara el movimiento apostólico con el fin de que Roma siguiera dominando y pudiera someter y por lo tanto acabar con los judíos. Resulta obvio que la ambición de Pablo lo dominó y junto con los demás auto-nombrados apóstoles crean el nuevo testamento, que en rigor es un plan de guerra contra Roma a tal grado que hoy en día la basílica de San Pedro está en territorio romano. Pablo creo el nombre de Cristo, su resucitación y que hasta voló, como los personajes de García Márquez, es decir una serie de fábulas que seguimos sufriendo hoy en día. La guerra que propone Tarkosky y que va a ser exorcizada por la juntura de la sirvienta (bruja romano-sueca) con Alexander quien renuncia a todo poder en la Tierra, a lo que se negó Pablo, logra la salvación del mundo y todo regresa al orden que se había perdido con la supuesta guerra. Digo supuesta porque en El Sacrificio priva la ambigüedad: no sabemos si los sueños que atribuimos a Alexander sean sueños del niño que se encuentra dormido y, por los tanto, los sueña y los hace realidad y quienes los experimentan son los adultos.

Tras haber repasado, de alguna manera, los símbolos de la película, vale la pena referirse a los personajes: María, Alexander, su hijo mudo, el cartero, Víctor, la esposa y su hija  El nombre de María, la unión de ella y Alexander, el silencio ,el orar y el creer que con su fe salva a la humanidad.

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En la escena de la quema de su casa, Alexander se ha puesto una especie de kimono negro con el símbolo del yin y el yan a la espalda dentro de círculo que corresponde, y con ello borra todo pasado con el fin de que la familia tenga o tome una determinación de su vida junto con Víctor, el cínico doctor de la familia, pero no de Alexander, quien en su aparente locura también sacrifica a su hijo, quien simboliza el estado más natural cercano de él y del nuevo mundo. Ese fuego purificador en el que convierte la casa que inmola Alexander al final del filme, arde al mismo tiempo toda su vida anterior, pero poco importa, pues el mundo vuelve a caminar y se ha salvado gracias a un solo hombre, que ahora, en consecuencia, debe cumplir la promesa hecha a Dios y a la antigua religión japonesa que funda la resurrección del árbol sin raíces y renuncia a todo, incluso a su hijo.

El niño, acurrucado en el árbol seco (que rechaza a la humanidad marchita con fe sin fe), mientras él representa el nuevo humanismo; con el acto de fe de regar el árbol seco recupera la voz y las palabras de su progenitor salen de su boca infantil: “Y primero fue el verbo ¿por qué papá?” La emoción emana y es en este momento en que  la cámara capta todos los símbolos y nos muestra los momentos únicos de la película: la copa del árbol, el agua, la humanidad y la naturaleza. El metraje empieza y acaba en un mismo espacio; junto al lago la cámara se desplaza hacia los lados y vemos lo terrenal, mientras en un segundo plano vemos lo espiritual: el árbol que renace y se eleva.

El niño se convierte en adulto al asumir el papel del monje mencionado por su padre, invirtiendo los papeles en el que el niño se vuelve adulto. Por lo tanto el niño es el padre de su padre vuelto niño.

La locura  aparente de Alexander concluye con el sentir de que gracias a su sacrificio el mundo tendrá espiritualidad y la esperanza de ver otro amanecer. 

El sacrificio es una obra maestra (de las pocas del siglo XX) que nos permite explorar la espiritualidad del alma. Es un momento alucinado, entre la vigilia y el sueño y, sobre todo, que nada parece real. Cada personaje juega un papel importantísimo para comprender “el sacrificio”. Cada personaje tiene un rol importante de interpretación: hay desolación, añoranza y deseos de un cambio en cada uno; en la familia de Alexander y el médico su salvación es irse a Australia a partir de un aparente pesimismo del doctor.

FICHA
Año de producción: 1986
País: Francia, Reino Unido, Suecia
Rodada en Gotland, Suecia
Dirección: Andrei Tarkovsky
Intérpretes: Erland Josephson, Susan Fleetwood, Allan Edwall, GuòrúnGísladóttir, Sven Wollter, Valérie Mairesse, Filippa Franzén
Guión: Andrei Tarkovsky
Fotografía: Sven Nykvist
Duración: 149 min.


Ganó cuatro premios en el Festival de Cannes, algo que nunca había sucedido: el Gran Premio del Jurado, el Premio del Jurado Ecuménico, el premio FIPRESCI y un premio especial a la contribución artística para Sven Nykvist.

Suecia: Premio Escarabajo de Oro a la Mejor Película del Año (1986).

Valladolid: Espiga de Oro (ex aequo), junto a un premio especial a Sven Nykvist por la mejor fotografía, XXXI Semana de Cine de Valladollid (1986).

Sacrificio es el único guión que Tarkovski escribió sin la colaboración de otro coguionista. El descubrimiento de cierta fe es el tema principal de la película. Fue su última película. Muere a la edad de  54 años de cáncer pulmonar el 29 de diciembre de 1986, en París, el mismo año en  que terminó la película.