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lunes, 21 de diciembre de 2020

Gestión de la incertidumbre

 


Dile a la rabia que te come que ya no estoy,
díselo como si no lo quisieses decir,
lentamente, como si el segundo durase un minuto,
como si un minuto durase un siglo,
como si no existiese el tiempo
y jamás hubiésemos estado aquí.

Dile que los sentidos no sienten,
qué la Luna desertó de mis mareas,
del calendario de un camionero,
del efluvio de un cristal
de una bohemia corrompida.
¿Quién llama a la puerta?

Reniego de todas las medidas,
te retengo y no me sostengo,
la rosa mordió a la margarita
que no para de temblar.
Lo siento, la señora no está,
venga en otro momento.

Quizás no haya otros quizás,
quizás…

 

jueves, 17 de diciembre de 2020

MUERTE Y ORFANDAD (Verónica). @EdAtlantis


 

Verónica era una chica de color, si aceptamos la definición que aceptan por aquí; en definitiva, descendía de esa raza de personas traídas de África con la misión de servir; a pesar de este designio divino, algunos de los miembros de esa vieja y, a la vez, ignorante estirpe, no soportaban emparentarse con un sicario. Nunca habían manifestado en público su posición con respecto a sus padrinos, sin duda por el miedo que los consumía, del mismo modo que lo hacía la ausencia total de oportunidades en la patria que los adoptó, aunque esa adopción fuera a la fuerza. A pesar de su ignorancia, sabían lo que no convenía hacer, del mismo modo que un perro sabe el sitio donde le dan comida, también el lugar donde solo recibe palos. Miguel Ezequiel sabía que los culpables habían sido ellos, los que le habían metido en la cabeza todas las ideas sobre el honor y la honestidad. Un negro no tiene más honor u honestidad que el que dicta el cuerpo, quien no lo crea así debe escapar de ellos, pues acabarán por comer los ojos a los seres que los protegen. Incluso así, hay algunos que, ante un rayo de luz, se creen los amos del mundo, esa idea nadie se la iba a quitar del pensamiento.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Muerte y orfandad @EdAtlantis (en el orfanato)

 

    Con humildad, les perdono magnánimo en mi trono de soledad, rey de un desierto como la playa urbana a la cual vamos en verano. Debería haber tenido más optimismo, hoy la bronca fue tremenda, por eso voy a hacer un esfuerzo de la misma forma que incita mi tutor a menudo. Este presunto protector no conoce, en realidad, lo que preocupa a su negrito tímido e insolente. En cambio, el aspirante a macaco ve a primera vista de qué pie cojea su maduro profesor: un oficio para el cual no tenía vocación, una mujer que ha engordado o se ha vuelto vinagre como el vino viejo, un colegio de niños que no son normales. Además de todo eso, podría señalar una religión que no da respuestas, una gente que percibe tu inferioridad, una incapacidad para lograr disimular la inseguridad; en definitiva, una vida que no es vida, pero a la que tienes que defender cuando hablas con el negrito huérfano.

    Sí, Elías, no creo que te percates, incluso así te comprendo; puedo asegurar que deberías ser tú el sujeto pensante, el amargado que escribe unas líneas para pasar el rato, para olvidar o encontrar una solución. En cambio, es tu desconocido alumno quien lo hace, el niño inocente que parece tener problemas con la trigonometría, todavía más con la Historia con mayúscula; sí, esa historia insípida que enseña Delia, la joven recién salida de la universidad a la cual prestas buenos ojos. La realidad es como un libro que espera su lectura, mi tutor hace tiempo que lo dejó olvidado, lo hizo de la misma forma que otros olvidan el bolso; pero lo que nunca olvidan es a los hijos.

jueves, 26 de noviembre de 2020

Muerte y orfandad @EdAtlantis (un deseo)

  

    Todo tendría solución si nos hubieran acogido; este es nuestro único sueño en nuestra pesadilla de no tener padres; además, aquí dentro, hay hechos que abusan de nuestra inocencia; de ninguna otra forma se pueden calificar la empanada de pieles de pollo que nos cocina doña Gumersinda, también merecen señalarse los coscorrones, por no hablar del castigo que surge al no disfrutar de demasiadas salidas a la calle y tener tan poco tiempo de vida lúdica.

    Incluso así, lo peor para mí forma parte de otra característica propia pero ajena. Todo lo malo queda reducido a una tara, a una desfachatez del destino culpable. Mi verdadero pecado queda reducido a la tez que insulta, a mi moreno permanente, al luto por unos parientes que no he conocido, unos progenitores que me regalaron el presente de la ausencia de claridad. Por eso, el tiempo pasa y, sin embargo, siempre estaré fuera de sitio. Estoy seguro de que mi ascendencia procede de otro continente, de otro contenido, argamasa y ladrillo. Las conversaciones tornan la alegría en amargura, al igual que el vino que no me dejan tomar acaba convirtiéndose en vinagre. Cuáles hubieran sido las razones para mi castigo, las desconozco; de la misma forma, ignoro el rumbo de los caminos que conducen a esta cárcel que es mi hogar.

sábado, 14 de noviembre de 2020

Muerte y orfandad de Juan Carlos Pazos @EdAtlantis (El alma de la ciudad)

 El alma de la ciudad estimulaba la tristeza ante un invitado tan sobresaliente, los árboles de la calle principal regalaban sus sombras y, aunque iba con la calefacción a la máxima temperatura, no se despojó de su desaliñada gabardina; prenda algo agravada, todo sea dicho, en su pobreza de años desgastados en otro cuerpo, en uno que no correspondía cuando se repartieron los agravios de la mala fortuna.

La diferencia entre un hijo de puta y un cabrón es que el primero nace y el segundo se hace. Había puesto su resguardo a la altura de su fama. A algunas de las personas que frecuentaba no les gustaban aquellos aires. Al afirmar esto, el autor aborda la liquidación de una empresa en construcción, lo hace con ciertos significados ridículos, los significados de la muerte a cualquier precio, en este macabro juego todas las cartas están marcadas.

viernes, 13 de noviembre de 2020

Comienzo de la novela negra "Muerte y orfandad"

El emisario

S

i quisiera desempeñar el papel de protector, habría recurrido a alguien como Gisela; para eso todavía tengo mucho tiempo. Ahora lo que necesito es una pasión desbordada, al borde del delirio y un poco dramática en la parte más débil. Al final, saldré triunfante, también con una nueva experiencia en el tira y afloja de las relaciones sentimentales. Ella se habrá quedado con el desengaño y con el sabor agridulce de probar la fuerza de la juventud; además, qué duda cabe, tendrá el fraude del sexo. Al fin y al cabo, a eso se reducen las grandes historias: a estar en la cumbre y con el tiempo acabar en lo más abajo que un ser humano pueda llegar.

    Mientras hago elucubraciones sobre mi éxito, otros padecen. Los niños juegan protegidos por los soportales, hoy toca improvisar guerras con sus petardos, les tengo simpatía, a la vez no soporto sus ruidos sorpresa. Con tanta nube, la ciudad parece tan lúgubre como sus habitantes. La nota de colorido es puesta de nuevo por los barrenderos al trabajar, con sus impermeables amarillos, debajo de la persistente lluvia. Vuelvo a casa caminando por la destacable ciudad vieja, entre la claridad de las piedras entrañables que susurran más que rezan peleas históricas. ¿Cuántas puñaladas? ¿Cuántas inocencias ultrajadas en cuerpo o en espíritu? Hoy en día, esta zona es transitada por un ambiente estudiantil que gasta el dinero en noches de juerga; un dinero que reciben de sus padres, luego sus hijos lo aprovechan para emborrachar el cuerpo y agotar la inocencia en noches agotadoras sin final previsto; de esta forma, buscan destinos ignorados por los abusos impuestos sobre uno mismo.


    En otra época, las luces de Navidad enredaban un contexto que luchaba por ser y no era; incluso así, se puede afirmar que de aquella todavía había muchos elementos apacibles. Eso no resulta raro, el egoísta egocéntrico del más alto ego recorrió esta calle de piedras tanto físicas como espirituales, entre las rocas busqué una gema, una esmeralda o quizás una veta de oro; a pesar de golpear con fuerza todas estas paredes, solo encontré silencio y desdicha. La calle y la lluvia son las mismas, no el espectador, le han afectado el tiempo empleado en la búsqueda y el cansancio de la entrega. En el caso que ahora procedo a narrar ocurre algo parecido, él tampoco podía escapar de las circunstancias.




miércoles, 15 de julio de 2020

La tierra prometida

Es innegable que la descripción de la tierra de la leche y la miel parece indescifrable en lo imposible, hasta aprender que llega el día.

Todos los demás le mentían, y es increíble que a nadie le importe, además de ser aceptado así, como algo que cae del cielo no siendo rebotado hacia arriba.

La farsa escalada en la tierra llegaba a la selva perdida, cuando sólo tocabas mi corazón, a sonar en la muerte sin garganta el húmedo llanto de tu lluvia.

Aun así, ¿por qué estamos aquí? Debemos continuar en la oscuridad de esta isla que se desplaza en el caos, buscando una afirmación indecisa; o quizás aprendamos algo al lamer el suelo, buscando difuntos de oscuras sabanas que piensan cansados la palidez de los huesos en la suerte, por los cementerios solitarios.

Bancarrota de esquemas tropicales, esbeltez del día inacabado, entonces podría tolerar tus dientes en tu risa, boca, que templo en mi saliva, agua para los obispos de la orden, misa, perdida en el marasmo escaso de la inexistente humanidad pérdida.

Todo lo llevabas dentro, en el paraíso, y los demonios te rascan la piel, para que corras indecisa, suerte que nunca tuve y que ahora aprieta mi cuello, minuto antes suicida saliendo del fango tenebroso.
Doy el beso de los condenados, mala memoria de viejo en la cartera hecha escombros.

La función comunicativa aprieta las voces, y negábamos la belleza hundiendo el panorama de los nombres, pues la tentación maltrecha y perdida era la quiebra que quita el aire.

En los polos de atracción antagónicos estallaban, una y otra vez, los espacios suficientes de un petardo, pólvora seca en mi garganta que ahora saboreo gozando la aspereza tierna fiera de los que queman su destino, en la brisa libre sonando.

Covid-19. Ley de Estado o ley de mercado

En estos últimos dos meses y medio todo ha cambiado, el coronavirus venía a atacarnos como si fuese el protagonista de una película de gran presupuesto o de un best seller terroríficamente diseñado para consumo liviano, todos hablamos mal del Covid-19, él solo busca reproducirse, perpetuar su material genético, por mala fortuna su instinto de supervivencia darwiniano nos iba a crear una situación que casi podemos denominar de guerra. Aunque la situación creada es excepcional, las reglas del juego en la sociedad humana no han cambiado, son las mismas que ha habido desde que existen los sistemas políticos y económicos, desde que el hombre se organizó como tribu y empezó a relacionarse para tener más posibilidades de sobrevivir con el objetivo de progresar en su labor también de reproducirse y perpetuar sus genes.
 Hemos visto que el trueque no fue anterior al dinero, sino que el hombre es un ser de compensaciones abstractas, cuando tratamos con los demás el cálculo también está ahí, hoy por ti mañana por mí; nos conocemos y no olvidamos; el trueque solo funcionó ocasionalmente y con extraños, somos más inteligentes de lo que parecemos, aunque también estamos atados a un mercado necesario para nuestro sustento.
He aquí que, incluso en una situación dramática como es una pandemia global, el sistema económico de la oferta y la demanda funciona a rajatabla. La escasez determina el precio incluso cuando se demandan artículos que pueden salvar vidas, hablamos de las mascarillas, los respiradores y otros artículos sanitarios. Ante la gran demanda que hubo y hay por esos productos, los precios subieron exponencialmente, en casi ningún lado se encontraban. Quizás no había mascarillas o tal vez se ocultaban para que aumentasen los precios y obtener más beneficios. El sistema económico es un proceso institucionalizado. Por fortuna, el sistema se adapta; con rapidez múltiples empresas se pusieron a fabricar los necesarios productos de protección para obtener beneficios, por altruismo, por status o por todo a la vez; alguna como Inditex aprovechó su logística y en un acto desinteresado las trajo gratuitamente de donde más había, de China, precisamente el primer lugar donde se propagó el virus y que, ironías de la vida, ha sido el principal productor y vendedor de estos productos, con el consiguiente beneficio económico.. Por otra parte, el Estado también intervino al fijar un precio máximo y evitar así la especulación.
No hay duda de que el abastecimiento de productos de primera necesidad es ante todo un acto político, es público, orientado a una meta (que haya el menor número de muertes posibles) y exige un poder diferenciado al hacer una labor de control sobre el mercado, lo cual afecta a muchos individuos dentro de los gobernados. Es también un acto de coerción que criticarían los partidarios del libre mercado, aunque cualquier medida siempre tendrá un rival pero también sus apoyos. La legitimidad la dan las urnas, aunque a veces no se haga lo que los votantes esperaban, ocurren entonces procesos de conflicto que podemos ver estos días con las caceroladas o las manifestaciones que no reconocen la legitimidad de la autoridad; puede que no estemos de acuerdo con ellas, forman sin embargo parte de la conducta política, más aún de un país democrático; tales actos constituyen otra forma de control, como también lo es la división de poderes en ejecutivo, judicial y legislativo; también la división territorial de poder que conlleva el diferenciar ámbitos local, provincial, regional y estatal. Precisamente una de las críticas al estado de alarma es la concentración del poder ejecutivo en un mando único a cargo del presidente y su consejo de ministros.
Algunos dicen que el daño producido por el confinamiento excederá enormemente cualquier beneficio en cuanto a la economía se refiere, en otros países ha habido gobiernos que han pasado completamente de cualquier medida contra el Covid-19; se centran ellos en la enorme penuria económica que puede llegar a causar, alegan que es preferible morir por el virus que no por hambre. En efecto, la privación de actividad puede conducir rápidamente a una nueva crisis; según ellos, el parón económico producirá un daño permanente e irreparable, lo cual es cierto aunque quizás sea incluso peor para la economía el miedo y la muerte continua.  Consideran ellos que es un error el retrasar la vuelta a la normalidad, alegan que se perderán empleos que según ellos no se recuperarán hasta dentro de bastante tiempo, acusan al gobierno de pretender crear una sociedad empobrecida. He aquí cómo en este debate social surge un nuevo mercado en cuya balanza está por un lado las posibles muertes humanas y por otro la pérdida de empleos, con ello el aumento de la pobreza. Surge así una negociación política que se puede asimilar a una negociación también de mercado, de ofertas y contraofertas para prorrogar el estado de alarma, de concesiones donde se ven involucradas vidas, también intereses económicos.
Hay que maximizar la ganancia, también minimizar las pérdidas y, por ejemplo, si no abrimos las fronteras a posibles infectados, uno de los sectores del país más próspero e importante, el turismo, se va a ir a pique. Aquí se ve que las relaciones entre algunos de los grandes empresarios (también sus afines) y sus empleados son claramente impersonales, tal vez en muchos más casos de los que hubiera debido, el dominio económico se aleja del trato social personalizado, al final resulta cierto el refrán de “ojos que no ven, corazón que no siente”; muchos añoramos las empresas que eran como familias y que cada vez escasean más. Al final, todo se reduce al intercambio de cantidades de muertes por cantidades de dinero, aunque parezca cruel debemos acostumbrarnos a que dicho trueque sea posible, los dos conceptos se reducen ambos a meros números de una estadística que no atiende a relaciones de tipo social. Todos participamos en el gran circo del intercambio, unos dominando, otros alienados y, en este caso, cada uno en su casa a esperar el momento en que la balanza se incline para su lado. Unos queriendo libertad para morir, otros reclamando más ayudas para poder sobrevivir, atendiendo también a la libertad, aunque más al seguir vivos y que esa supervivencia sea digna.
Es curioso el hecho de que hemos pasado de presenciar guerras en directo por televisión (la primera fue la primera Guerra del Golfo) a ver toda una pandemia también por televisión, más aún por internet, en esto hay que destacar el enorme papel (en muchas ocasiones desafortunado) que han ejercido las redes sociales, no por ellas en sí mismas, sino por el uso que han hecho de ellas algunos que se consideran ciudadanos respetables, pero que más se puede esperar de una sociedad adicta a la telebasura. Cada día nos despertábamos, en realidad todavía lo hacemos (todavía no estamos a salvo) y lo primero que hacíamos era mirar en el móvil la cantidad de muertes e infectados, comparábamos los datos para ver quién iba ganando y quién perdiendo en el marcador de muertes, casi como si fuese una competición deportiva y quisiéramos ser los mejores para así vencer a nuestro común enemigo, también al vecino que lo hacía peor que nosotros. Luego, casi al instante, empezábamos a recibir mensajes con todo tipo de información sobre el llamado “bicho”, muchas de ellas falsos. Las conocemos con el nombre de bulos y fueron (también son y serán) fabricadas con el propósito de que la opinión girase hacia uno de los bandos, de que ganase nuestro equipo para organizar una fiesta; aunque nos duela, estos también son actos políticos, de los de peor clase, todo hay que decirlo; aunque en este tipo de situaciones la verdad duela aún más que en la anterior normalidad.
Mención especial merece la influencia de la epidemia en la estructura familiar. Aparte de la muerte de familiares cercanos sin que haya sido posible el contacto presencial con ellos, incluido el posterior duelo, hay que hablar de familias cuyo hábitat ha sido modificado considerablemente con los problemas que ello conlleva. A quién más afecta esos problemas es a los más débiles y desfavorecidos, a las mujeres que sufren violencia machista y están condenadas a vivir veinticuatro horas con sus maltratadores, a los niños que están en esos hogares conflictivos o que simplemente han sido segregados de uno de sus progenitores que tenían su custodia compartida.
Los problemas han sido mayores en las familias extensas, en aquellas en que miembros adicionales a la familia nuclear comparten vivienda para sufragar gastos, de coincidir un par de horas al día han pasado a estar juntos todo el tiempo, en esa situación es fácil que los conflictos soterrados salgan a la luz. Lo mismo sucede en familias reestructuradas donde sobre todo los hijos se ven obligados a prescindir de su padre o madre biológico, lo cual puede descomponer la relación con el padrastro o madrastra, una relación que muchas veces es difícil porque está ahí la sombra de los genes condicionando incluso el calificativo con el que se nombran a esos padres y madres postizos.
Por último, ya que hablamos de familias y desfavorecidos, quiero comentar la gran tragedia que ha habido con la gente mayor, quizás los que más duramente ha atacado el coronavirus. Principalmente a los que estaban viviendo en centros residenciales, con la espada de Damocles que conllevaba la cantidad de muertes en gente de su edad y con el oprobio que supone el carecer de contacto físico con los seres más queridos; unos seres queridos que también se ven impedidos al estar lejos de sus padres y abuelos debido al covid y al distanciamiento muchas veces ocasionado por las condiciones laborales.
Y es que la estructura laboral ha cambiado mucho si partimos de la vida agrícola y pasamos a trabajos realizados en otros sectores más avanzados. La movilidad que exige el nuevo mercado laboral ha ocasionado que las familias estén divididas temporalmente; por desgracia el confinamiento ha prolongado en exceso esa temporalidad. Eso afecta tanto a los que se trasladaron como a los que se quedaron. En este mundo globalizado, donde tenemos capacidad de enterarnos sobre lo que ocurre en el otro extremo del planeta al instante, quizás nos estemos perdiendo lo fundamental, esto es el trato cotidiano con nuestros seres más cercanos y queridos. El coronavirus ha aumentado esta pérdida, en muchos casos convirtiéndola en toda una tragedia.