Los Juegos Olímpicos no son solo deporte. Son el teatro donde las naciones representan sus fantasías colectivas y los cuerpos se convierten en banderas, allí cada medalla cuenta una historia que trasciende el metal con que está fabricada. Cada cuatro años, el mundo detiene su respiración para observar cómo un puñado de atletas intenta justificar una década de entrenamientos con un momento de gloria que quizás nunca llegue.
Barcelona 1992 fue diferente. No porque los deportistas fueran más rápidos o fuertes que en Seúl 88 o que en Los Ángeles 84, sino porque la ciudad que los acogía necesitaba esos Juegos con una urgencia que iba mucho más allá del deporte. Cataluña llevaba sesenta años esperando su momento—sesenta años desde aquellos Juegos Populares de 1936 que la Guerra Civil abortó antes de que pudieran empezar—y ahora, en el verano del 92, Barcelona tenía finalmente la oportunidad de mostrarse al mundo sin los complejos heredados de cuatro décadas de dictadura.
Juan Antonio Samaranch lo sabía cuando pronunció aquel «À la ville de Barcelona» en Lausana seis años antes. No estaba simplemente designando una sede olímpica; estaba escribiendo el final de una historia de humillación nacional y el comienzo de otra donde España—y especialmente Cataluña—podría por fin mirarse en el espejo internacional sin vergüenza. Los Juegos Olímpicos serían la excusa perfecta para una transformación urbana, social y sexual que Barcelona llevaba años digiriendo en silencio.
Pero los Juegos también son crueles. Por cada atleta que sube al podio hay cien que vuelven a casa con la mochila llena de derrotas que tendrán que procesar durante el resto de sus vidas. Por cada historia de éxito que aparece en los periódicos hay mil tragedias silenciosas: el nadador que dedicó su infancia entera a un sueño que se evapora en una semifinal, la gimnasta cuyo cuerpo se rompe justo antes de la competición más importante, el jugador de cualquier deporte que descubre en el momento menos oportuno que el talento no siempre es suficiente.
Joan Carles Palaus podría ser uno de esos chicos. A los diecinueve años tenía el cuerpo perfecto para el waterpolo —hombros anchos, brazos largos, manos que parecían diseñadas para atrapar balones— pero también tenía algo más peligroso: talento natural suficiente para soñar con la gloria olímpica sin tener aún la madurez emocional para gestionar las derrotas que preceden a cualquier triunfo. Durante meses había vivido obsesionado con Barcelona 92, visualizándose en la piscina de Montjuïc con la camiseta de la selección española, imaginando el rugido de las gradas cuando marcara el gol decisivo que daría una medalla a España.
Pero entre el sueño y su realización hay un abismo que solo puede cruzarse nadando a través de fracasos que te enseñan más sobre ti mismo de lo que cualquier victoria podría enseñarte jamás. Y Joan Carles estaba a punto de descubrir que los Juegos Olímpicos no son el final de una historia de superación, sino el principio de algo mucho más complejo: la pregunta de qué haces con tu vida cuando descubres que quizás no eres tan especial como creías.
Carmela Gómez también lo descubriría. A los treinta y un años, después de cinco años escribiendo crónicas locales en La Voz de Galicia, había llegado a Barcelona con la misión de contar «el lado humano» de los Juegos, esas historias íntimas que los reporteros deportivos no contaban porque estaban demasiado ocupados cronometrando tiempos y calculando marcas. Pero lo que Carmela no sabía todavía era que la historia más humana de todas sería la suya propia: la de una periodista gallega que llegó a Barcelona buscando perfiles de deportistas y acabó descubriendo que la ciudad entera era el verdadero atleta olímpico, reinventándose a sí misma bajo las luces de los focos internacionales.
Los Juegos Olímpicos son importantes porque nos obligan a preguntarnos qué significa realmente ganar. ¿Es ganar subir al podio? ¿O es ganar sobrevivir al proceso de intentarlo? ¿Es ganar la medalla de oro o es ganar la capacidad de levantarte después de una derrota y volver a entrenar al día siguiente? ¿Es ganar ser el más rápido o es ganar entender por qué necesitabas tanto ser el más rápido?
Barcelona 92 respondería a esas preguntas de formas que nadie esperaba. La ciudad ganaría mucho más que los Juegos: ganaría una nueva identidad, una transformación urbanística que la convertiría en algo que sus abuelos no habrían reconocido. España ganaría la confirmación de que ya no era el país atrasado de la dictadura —ese lugar gris y triste que todavía algunos recordaban con escalofríos— sino una democracia joven capaz de seducir al mundo, o al menos de convencerlo durante dos semanas de que había cosas peores que pasar el verano en el Mediterráneo viendo a gente en bañador competir por pedazos de metal.
Y Joan Carles Palaus —ese chico de diecinueve años que nadaba como si el agua fuera su idioma natural y el aire una lengua extranjera que apenas chapurreaba— descubriría que a veces hay que perderlo todo para entender qué es lo que realmente importa, una lección que suena muy bonita en teoría, pero que en la práctica duele como una patada en los testículos.
Porque los Juegos Olímpicos no tratan solo de ganar, aunque eso es lo que todo el mundo dice que importa y lo que aparece en los titulares y lo que hace que los políticos se saquen fotos con los medallistas como si ellos hubieran tenido algo que ver con el asunto. No, los Juegos Olímpicos tratan sobre atreverse a intentarlo sabiendo que probablemente fracasarás, que las estadísticas están en tu contra, que hay ciento noventa y dos países compitiendo y solo tres personas van a subir a ese podio, lo cual deja a un montón de gente muy preparada y frustrada fuera mientras se pregunta por qué diablos decidió dedicar su juventud a algo tan absurdo.
Tratan sobre convertir tu cuerpo en un instrumento de precisión durante años, solo para un momento de gloria que quizás nunca llegue, que probablemente no llegue si somos honestos con las probabilidades, pero que persigues de todas formas porque la alternativa es aceptar que eres normal y mediocre como el resto de la humanidad, y eso es algo que a los diecinueve años resulta absolutamente inaceptable.
Tratan sobre apostar tu vida entera a un sueño que estadísticamente tiene más posibilidades de romperte que de cumplirse —las rodillas destruidas, los hombros hechos polvo, los años de estudios perdidos, las relaciones que nunca tuviste porque estabas demasiado ocupado— todo por la posibilidad microscópica de que un día alguien te cuelgue un pedazo de metal del cuello y toques el himno nacional mientras tu madre llora en las gradas y los periodistas toman fotos que aparecerán en el periódico del día siguiente envolviendo pescado.
Y aun con las probabilidades en contra y el sentido común gritándote que hay formas más sensatas de pasar la juventud; aun con todo esto, cada cuatro años miles de atletas entrenan hasta el agotamiento, hasta vomitar el desayuno en el límite del esfuerzo, hasta quedarse dormidos en el autobús de vuelta a casa porque el cuerpo ya no da más, todo por la posibilidad microscópica de subir a un podio mientras suena un himno nacional que les recordará que, por un momento glorioso y fugaz que se acabará antes de que te des cuenta, fueron lo que siempre soñaron ser: los mejores del mundo en algo que probablemente nadie más quería hacer de todas formas.
Barcelona esperaba. La ciudad se estaba transformando a marchas forzadas, con obras por todas partes, con el alcalde asegurando que todo estaría listo a tiempo, aunque nadie le creyera del todo, con la Villa Olímpica levantándose donde antes solo había fábricas abandonadas y el recuerdo de una ciudad industrial que ya nadie quería recordar.
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