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jueves, 26 de marzo de 2026

El sueño de cuatro años. Capítulo 1 de “Derrota o victoria”. Gratis el 27 y el 28 de marzo en Amazon



Los Juegos Olímpicos no son solo deporte. Son el teatro donde las naciones representan sus fantasías colectivas y los cuerpos se convierten en banderas, allí cada medalla cuenta una historia que trasciende el metal con que está fabricada. Cada cuatro años, el mundo detiene su respiración para observar cómo un puñado de atletas intenta justificar una década de entrenamientos con un momento de gloria que quizás nunca llegue.

Barcelona 1992 fue diferente. No porque los deportistas fueran más rápidos o fuertes que en Seúl 88 o que en Los Ángeles 84, sino porque la ciudad que los acogía necesitaba esos Juegos con una urgencia que iba mucho más allá del deporte. Cataluña llevaba sesenta años esperando su momento—sesenta años desde aquellos Juegos Populares de 1936 que la Guerra Civil abortó antes de que pudieran empezar—y ahora, en el verano del 92, Barcelona tenía finalmente la oportunidad de mostrarse al mundo sin los complejos heredados de cuatro décadas de dictadura.

Juan Antonio Samaranch lo sabía cuando pronunció aquel «À la ville de Barcelona» en Lausana seis años antes. No estaba simplemente designando una sede olímpica; estaba escribiendo el final de una historia de humillación nacional y el comienzo de otra donde España—y especialmente Cataluña—podría por fin mirarse en el espejo internacional sin vergüenza. Los Juegos Olímpicos serían la excusa perfecta para una transformación urbana, social y sexual que Barcelona llevaba años digiriendo en silencio.

Pero los Juegos también son crueles. Por cada atleta que sube al podio hay cien que vuelven a casa con la mochila llena de derrotas que tendrán que procesar durante el resto de sus vidas. Por cada historia de éxito que aparece en los periódicos hay mil tragedias silenciosas: el nadador que dedicó su infancia entera a un sueño que se evapora en una semifinal, la gimnasta cuyo cuerpo se rompe justo antes de la competición más importante, el jugador de cualquier deporte que descubre en el momento menos oportuno que el talento no siempre es suficiente.

Joan Carles Palaus podría ser uno de esos chicos. A los diecinueve años tenía el cuerpo perfecto para el waterpolo —hombros anchos, brazos largos, manos que parecían diseñadas para atrapar balones— pero también tenía algo más peligroso: talento natural suficiente para soñar con la gloria olímpica sin tener aún la madurez emocional para gestionar las derrotas que preceden a cualquier triunfo. Durante meses había vivido obsesionado con Barcelona 92, visualizándose en la piscina de Montjuïc con la camiseta de la selección española, imaginando el rugido de las gradas cuando marcara el gol decisivo que daría una medalla a España.

Pero entre el sueño y su realización hay un abismo que solo puede cruzarse nadando a través de fracasos que te enseñan más sobre ti mismo de lo que cualquier victoria podría enseñarte jamás. Y Joan Carles estaba a punto de descubrir que los Juegos Olímpicos no son el final de una historia de superación, sino el principio de algo mucho más complejo: la pregunta de qué haces con tu vida cuando descubres que quizás no eres tan especial como creías.

Carmela Gómez también lo descubriría. A los treinta y un años, después de cinco años escribiendo crónicas locales en La Voz de Galicia, había llegado a Barcelona con la misión de contar «el lado humano» de los Juegos, esas historias íntimas que los reporteros deportivos no contaban porque estaban demasiado ocupados cronometrando tiempos y calculando marcas. Pero lo que Carmela no sabía todavía era que la historia más humana de todas sería la suya propia: la de una periodista gallega que llegó a Barcelona buscando perfiles de deportistas y acabó descubriendo que la ciudad entera era el verdadero atleta olímpico, reinventándose a sí misma bajo las luces de los focos internacionales.

Los Juegos Olímpicos son importantes porque nos obligan a preguntarnos qué significa realmente ganar. ¿Es ganar subir al podio? ¿O es ganar sobrevivir al proceso de intentarlo? ¿Es ganar la medalla de oro o es ganar la capacidad de levantarte después de una derrota y volver a entrenar al día siguiente? ¿Es ganar ser el más rápido o es ganar entender por qué necesitabas tanto ser el más rápido? 

Barcelona 92 respondería a esas preguntas de formas que nadie esperaba. La ciudad ganaría mucho más que los Juegos: ganaría una nueva identidad, una transformación urbanística que la convertiría en algo que sus abuelos no habrían reconocido. España ganaría la confirmación de que ya no era el país atrasado de la dictadura —ese lugar gris y triste que todavía algunos recordaban con escalofríos— sino una democracia joven capaz de seducir al mundo, o al menos de convencerlo durante dos semanas de que había cosas peores que pasar el verano en el Mediterráneo viendo a gente en bañador competir por pedazos de metal.

Y Joan Carles Palaus —ese chico de diecinueve años que nadaba como si el agua fuera su idioma natural y el aire una lengua extranjera que apenas chapurreaba— descubriría que a veces hay que perderlo todo para entender qué es lo que realmente importa, una lección que suena muy bonita en teoría, pero que en la práctica duele como una patada en los testículos.

Porque los Juegos Olímpicos no tratan solo de ganar, aunque eso es lo que todo el mundo dice que importa y lo que aparece en los titulares y lo que hace que los políticos se saquen fotos con los medallistas como si ellos hubieran tenido algo que ver con el asunto. No, los Juegos Olímpicos tratan sobre atreverse a intentarlo sabiendo que probablemente fracasarás, que las estadísticas están en tu contra, que hay ciento noventa y dos países compitiendo y solo tres personas van a subir a ese podio, lo cual deja a un montón de gente muy preparada y frustrada fuera mientras se pregunta por qué diablos decidió dedicar su juventud a algo tan absurdo.

Tratan sobre convertir tu cuerpo en un instrumento de precisión durante años, solo para un momento de gloria que quizás nunca llegue, que probablemente no llegue si somos honestos con las probabilidades, pero que persigues de todas formas porque la alternativa es aceptar que eres normal y mediocre como el resto de la humanidad, y eso es algo que a los diecinueve años resulta absolutamente inaceptable.

Tratan sobre apostar tu vida entera a un sueño que estadísticamente tiene más posibilidades de romperte que de cumplirse —las rodillas destruidas, los hombros hechos polvo, los años de estudios perdidos, las relaciones que nunca tuviste porque estabas demasiado ocupado— todo por la posibilidad microscópica de que un día alguien te cuelgue un pedazo de metal del cuello y toques el himno nacional mientras tu madre llora en las gradas y los periodistas toman fotos que aparecerán en el periódico del día siguiente envolviendo pescado.

Y aun con las probabilidades en contra y el sentido común gritándote que hay formas más sensatas de pasar la juventud; aun con todo esto, cada cuatro años miles de atletas entrenan hasta el agotamiento, hasta vomitar el desayuno en el límite del esfuerzo, hasta quedarse dormidos en el autobús de vuelta a casa porque el cuerpo ya no da más, todo por la posibilidad microscópica de subir a un podio mientras suena un himno nacional que les recordará que, por un momento glorioso y fugaz que se acabará antes de que te des cuenta, fueron lo que siempre soñaron ser: los mejores del mundo en algo que probablemente nadie más quería hacer de todas formas.

Barcelona esperaba. La ciudad se estaba transformando a marchas forzadas, con obras por todas partes, con el alcalde asegurando que todo estaría listo a tiempo, aunque nadie le creyera del todo, con la Villa Olímpica levantándose donde antes solo había fábricas abandonadas y el recuerdo de una ciudad industrial que ya nadie quería recordar.


DERROTA O VICTORIA Gratis el 27 y 28 de marzo en: https://amzn.eu/d/06q06FRg


lunes, 16 de febrero de 2026

Serie creada por IA: El Expediente 47

Comparto enlace al primer capítulo de la serie creada con IA “El Expediente 47”. Basada en la novela del mismo título, está compuesta por episodios cortos de 2-5 minutos. Espero que os guste. El enlace de YouTube es:

https://youtu.be/mFlv5Xjcj5g?si=fEEzDrKny8Frejxd






jueves, 5 de febrero de 2026

Extracto de EL EXPEDIENTE 47 (GRATIS EL 6 Y 7 DE FEBRERO EN AMAZON)

 



CAPÍTULO 1

La carta

La lluvia golpeaba los cristales del apartamento con la insistencia de un recuerdo que se niega a morir. Ricardo Varela contemplaba las gotas deslizarse por el vidrio sucio, trazando caminos arbitrarios que se bifurcaban y volvían a encontrarse. Fumaba su tercer cigarrillo de la tarde —o quizá el cuarto, había perdido la cuenta— mientras el humo se enroscaba perezoso hacia el techo manchado de humedad.

Setenta y ocho años. Veintitrés retirado. Y todavía sentía el peso de la placa en el bolsillo interior del abrigo, aunque hacía más de dos décadas que no la llevaba.

El apartamento olía a tabaco frío y a soledad enquistada. Las cajas de archivos se apilaban contra las paredes, eran testigos mudos de una carrera que terminó demasiado pronto, o demasiado tarde, dependiendo de cómo se mirara. Ricardo ya no estaba seguro de nada. La certeza era un lujo que había dejado de permitirse el día que encontraron el cuerpo de Sergio Mena flotando en el Nervión, con los bolsillos llenos de piedras y los ojos abiertos mirando hacia un cielo que ya no podía ver.

El timbre sonó dos veces. Breve, impaciente.

Ricardo aplastó el cigarrillo en el cenicero desbordante y se levantó con la lentitud de quien sabe que nada urgente puede esperarle ya. Su rodilla izquierda protestó por la vieja herida de servicio que los médicos dijeron que mejoraría con el tiempo y que resultó ser una mentira bien intencionada.

Cojeando levemente, cruzó el pasillo estrecho. A través de la mirilla solo distinguió la espalda de alguien que ya se alejaba escaleras abajo. Para cuando giró el picaporte y asomó la cabeza, el hueco de la escalera estaba vacío. Solo quedaba el eco de unos pasos apresurados resonando en los pisos inferiores y el olor acre a fritanga que subía desde el piso de la señora Aguirre.

En el felpudo había un sobre. Manila. Sin remitente. Sin sello. Sin nombre.

Ricardo lo recogió con la precaución instintiva de quien ha visto demasiadas veces lo que puede esconderse en un simple papel. Lo sopesó entre las manos. Ligero. Una sola hoja, quizá dos.

Volvió al interior y cerró la puerta con el pie. El cerrojo giró con un chasquido metálico que sonó demasiado fuerte en el silencio del apartamento.

Se acercó a la ventana, buscando la luz grisácea de la tarde, y rasgó el sobre con el dedo índice. Dentro había una única hoja, escrita a máquina. No, rectificó al examinarla más de cerca. Impresa en ordenador, con una tipografía común. Times New Roman. Doce puntos. Anónima hasta la médula.

El mensaje era corto:

El caso 47 no terminó.

Nada más. Ni firma. Ni explicación. Ni amenaza explícita.

Ricardo leyó las cinco palabras tres veces, pretendía que alguna relectura pudiera revelar un significado distinto. Pero las letras permanecieron tercas en su simpleza.

El caso 47.

Dejó la carta sobre la mesa del salón y se quedó mirándola. Su mente repasaba los casos, rebobinaba años y nombres y rostros. Había trabajado cientos de expedientes en sus treinta y cinco años de servicio. Homicidios, desapariciones, robos, extorsiones. Había conocido lo peor del ser humano en todas sus variantes grises.

Pero el caso 47...

Nada. Un vacío absoluto.

Se acercó a las cajas apiladas contra la pared del fondo. Estaban organizadas por décadas, aunque el sistema de clasificación se había vuelto caótico con los años. Abrió la primera: años ochenta. Fotocopias amarillentas, informes mecanografiados, fotografías en blanco y negro de escenas del crimen que había preferido olvidar.

No había ningún caso 47.

Pasó a la siguiente caja. Años noventa. La década en que todo había empezado a torcerse, aunque entonces no lo supiera. Buscó entre carpetas desgastadas, entre post-its descoloridos y anotaciones marginales escritas con su propia letra de entonces, más firme, más confiada.

Nada.

La tercera caja. La cuarta. La quinta.

El caso 47 no existía.

Ricardo se enderezó, sintiendo cómo la espalda le crujía en protesta. La lluvia había arreciado y ahora tamboriléaba con furia contra los cristales, intentaba decirle algo que él no era capaz de escuchar.

Volvió a la mesa y cogió la carta. La giró, la examinó a contraluz, buscando marcas de agua, imperfecciones, cualquier cosa que pudiera darle una pista sobre su origen. Pero el papel era común, el tipo de resma que podía comprarse en cualquier papelería.

El caso 47 no terminó.

¿Por qué esa numeración? Los expedientes de la comisaría seguían un sistema alfanumérico basado en el año y el orden de apertura. Nunca números simples. Nunca tan... desnudo.

A menos que...

Un pensamiento empezó a abrirse paso en su mente, tímido al principio, luego más insistente. Los casos no oficiales. Las operaciones paralelas. Aquellas investigaciones que se llevaban al margen de los cauces regulares, con órdenes que llegaban desde arriba, desde despachos sin ventanas donde se tomaban decisiones que nunca constaban en actas.

Había participado en algunas. Todos lo habían hecho, en la época en que la línea entre lo legal y lo necesario se difuminaba con demasiada facilidad. Operaciones antiterroristas. Infiltraciones. Seguimientos no autorizados. Cosas que, vistas desde la distancia, desde el otro lado del retiro y de demasiadas noches en vela, le hacían cuestionarse quién había sido realmente el hombre que llevaba esa placa.

Sergio había estado en muchas de esas operaciones con él.

El nombre de su antiguo compañero resonó en su cabeza con la familiaridad de una canción olvidada que de pronto vuelve. Sergio Mena. El hombre que le había enseñado todo lo que sabía sobre investigación policial. El hombre que había muerto en circunstancias que nunca quedaron del todo claras, a pesar del veredicto oficial de suicidio.

Ricardo se acercó al mueble donde guardaba sus cuadernos de notas personales. No los informes oficiales —esos habían quedado en comisaría, archivados o destruidos, daba igual— sino los cuadernos donde anotaba sus propias reflexiones, conexiones, sospechas que no entraban en los cauces oficiales.

Había doce cuadernos, de tapa negra, de espiral metálica. Los había numerado él mismo, con rotulador blanco. Cogió el último, el que correspondía a sus últimos años de servicio, y empezó a hojearlo.

Su propia letra le devolvía la mirada desde las páginas, apresurada a veces, meticulosa otras. Nombres tachados. Flechas que conectaban fechas. Dibujos esquemáticos de escenas del crimen. Y entre todo ello en la última página, escondido en una esquina inferior derecha, un número escrito con lápiz, casi imperceptible:

47

Ricardo sintió que el suelo se movía ligeramente bajo sus pies. Acercó el cuaderno a la luz. El número estaba ahí, sin duda, pero no recordaba haberlo escrito. No recordaba qué significaba. A su alrededor, en la misma página, había notas sobre otros casos, otros nombres, pero ese número flotaba aislado, sin conexión aparente con nada.

¿Cómo era posible que hubiera olvidado algo así?

Dejó el cuaderno sobre la mesa, junto a la carta anónima, y ambos papeles se miraron en silencio, guardando secretos que él mismo había enterrado sin saberlo.

La noche había caído sin que Ricardo se diera cuenta. Las farolas de la calle proyectaban un resplandor anaranjado sobre el suelo del apartamento, creando sombras alargadas que se retorcían en las paredes. Encendió la lámpara de pie y se sirvió un whisky. Solo dos dedos. O tres. Ya qué más daba.

Se hundió en el sillón de orejas que había sido de su padre y cerró los ojos.

Y entonces llegó el recuerdo.

No. No era exactamente un recuerdo. Era más bien un fragmento, una esquirla de algo más grande que se había roto hace mucho tiempo. Una voz. La voz de Sergio, inconfundible, con ese deje áspero de fumador empedernido.

«No abras ese archivo, Ricardo. Por lo que más quieras, no lo abras.»

¿Cuándo había dicho eso? ¿Dónde? Ricardo forzó la memoria, intentando atrapar el contexto, pero era como intentar sujetar agua con las manos. La voz estaba ahí, clara y nítida, pero todo lo demás se desvanecía en una bruma densa.

Abrió los ojos de golpe, con el corazón latiéndole más rápido de lo que debería. El whisky temblaba en su mano.

La lámpara parpadeó una vez, dos veces, y luego se estabilizó.

En el silencio del apartamento, solo se oía la lluvia y, muy a lo lejos, el ulular de una sirena perdiéndose en la noche.

Ricardo miró la carta sobre la mesa. Luego el cuaderno con ese número inexplicable. Y supo, con la certeza que solo da la experiencia de toda una vida persiguiendo verdades a medias, que algo muy malo había sucedido hace mucho tiempo.

Algo que alguien se había encargado de hacer desaparecer.

Algo que ahora, por alguna razón, quería volver.

Se levantó, ignorando el dolor de la rodilla, y cogió su abrigo del perchero. Los guantes de cuero estaban en el bolsillo, donde siempre los guardaba. Se los puso con movimientos lentos, casi rituales.

No sabía exactamente qué iba a hacer. No sabía si debía hacer algo. Pero después de veintitrés años de silencio forzoso, de tardes muertas contemplando la lluvia, de noches pobladas de fantasmas que no pedían permiso para visitarle, alguien le había lanzado un anzuelo.

Y él, el viejo sabueso que creía haber olvidado cómo seguir un rastro, sentía de nuevo el tirón familiar de la caza.

Se acercó a la ventana y miró hacia la calle mojada. Un coche negro estaba aparcado al otro lado, con los faros apagados. Podía ser casualidad. Probablemente lo era.

Pero Ricardo Varela había dejado de creer en las casualidades el mismo día que sacaron el cuerpo de Sergio Mena del río.

Cogió su móvil —un modelo antiguo, de los que solo servían para llamar— y marcó un número que tenía guardado en la memoria, pero que no había usado en años.

Sonó cinco veces antes de que alguien descolgara.

—¿Diga? —La voz al otro lado sonaba cautelosa, sabía que ninguna llamada a esas horas traía buenas noticias.

—Soy Varela —dijo Ricardo—. Necesito que me consigas una cosa.

Hubo una pausa. Luego un suspiro.

—Creía que estabas retirado.

—Y lo estoy. Pero necesito acceder a los archivos antiguos. Los de casos especiales. Los que no aparecen en el registro oficial.

—Ricardo... —la voz sonaba ahora casi suplicante—. Sabes que eso no es posible. Ya no. Las cosas han cambiado.

—Lo sé. Pero hazme este último favor.

Otro silencio. Más largo esta vez.

—¿Qué estás buscando?

Ricardo miró la carta sobre la mesa.

—El caso 47.

La respiración al otro lado del teléfono cambió. Se volvió más superficial.

—No sé de qué me hablas.

—Sí lo sabes. Todos lo sabíais.

—Ricardo, escucha. Deja eso. Sea lo que sea, déjalo estar.

—No puedo.

—Entonces no puedo ayudarte. Lo siento.

Y colgó.

Ricardo se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de llamada cortada. Luego lo dejó sobre la mesa, junto a la carta y el cuaderno.

La lluvia seguía cayendo. El coche negro seguía aparcado en la calle. Y en algún lugar de su memoria rota, Sergio Mena seguía susurrándole advertencias que llegaban demasiado tarde.

«No abras ese archivo.»

Pero ya era tarde para no abrirlo. Porque el archivo, fuera lo que fuera, se había abierto solo.

Y Ricardo Varela, detective retirado, alcohólico funcional, habitante de un apartamento lleno de fantasmas y expedientes muertos, sabía que no podría volver a cerrarlo hasta llegar al final.

Aunque ese final lo destruyera.

Gratis el 6 y 7 en: https://a.co/d/cejm5hA

Extracto de EL LABERINTO DE LOS AFECTOS (GRATIS EL 6 Y 7 DE FEBRERO EN AMAZON).





Capítulo 1

La casa y la anfitriona

La carretera terminaba donde empezaba el acantilado, Clara Vidal supo desde el primer momento que aquel era un lugar diseñado para contener secretos. Villa Bruma se alzaba contra el cielo plomizo del Cantábrico: tres plantas de piedra oscura, ventanales con marcos de madera pintada de blanco y un jardín salvaje que descendía en terrazas hasta los riscos. Al fondo, el mar. Siempre el mar, respirando con una paciencia antigua.

La niebla llegó antes que Clara.

No era una niebla normal: parecía tener dirección, avanzaba hacia ella con una voluntad propia. Cuando el coche tomó el último recodo y Villa Bruma emergió recortada contra el cielo, la casa no apareció, sino que se reveló, lentamente, la construcción había estado allí desde antes de cualquier mapa, más allá de cualquier recuerdo.

Detuvo el motor. El silencio fue tan súbito que dolía en los oídos.

No había coches. Ni luces. Ni el menor indicio de vida.

Solo la sensación —absurda, insistente— de que la casa había estado esperándola.

Cinco horas desde Madrid, cinco horas huyendo de su propia sombra. Y ahora, frente a aquella inmovilidad pétrea, Clara sintió que el tiempo no avanzaba, sino que se curvaba sobre sí mismo.

Sacudió la cabeza. Profesional. Era una profesional. Siete días, cinco pacientes, un trabajo. Pero al abrir la puerta del coche, el viento la golpeó con un olor húmedo y denso, a mar, a madera vieja, a tierra removida. El estómago se le contrajo: era un olor que no recordaba… pero le resultaba insoportablemente familiar.

La puerta principal se alzaba al final del sendero, oscura y cerrada, con una aldaba en forma de mano que parecía esperar la suya.

Antes de llamar, la puerta se abrió sola.

La mujer que apareció en el umbral tenía el cabello blanco y unos ojos azulados.

—Doctora Vidal —dijo, sin sorpresa.

Clara tragó saliva.

—Sí. Soy Clara. —Le tendió la mano—. ¿Señora Losada?

—Inés, por favor. —El apretón fue breve, seco—. Bienvenida a Villa Bruma. Entre antes de que la niebla cambie de idea.

Dentro, el aire tenía otro peso.

El vestíbulo olía a cera, a leña, a polvo contenido. Las paredes desnudas devolvían un eco leve, casi un suspiro. Un espejo ovalado reflejaba la escena con un leve retraso: cuando Clara movió la cabeza, su reflejo pareció tardar una fracción de segundo en imitarla.

—Algunos dicen que las casas viejas tienen memoria —comentó Inés mientras echaba el pestillo—. Pero no todos entienden lo que eso significa.

Clara sonrió, sin saber por qué la frase le había provocado un escalofrío.

—¿Los demás huéspedes han llegado?

—Mañana. Usted quiso venir antes. A veces es bueno llegar antes que los demás. Otras… no tanto. —Inés inició la subida por la escalera—. Venga, le enseñaré su habitación.

Subieron por la escalera en silencio. El sonido de los peldaños era irregular: cada crujido parecía una respiración. En el rellano, un ventanal dejaba ver el jardín sumergido en la niebla. Entre las sombras verdes se intuía una forma circular: el laberinto. Clara lo observó un instante.

—¿Vive usted aquí sola? —preguntó, solo por llenar el silencio.

—Sola no —respondió Inés sin volverse—. Con la casa.

Clara frunció el ceño.

La habitación era luminosa, casi en exceso. Todo parecía ordenado, sin rastro humano reciente. En el escritorio había una llave de hierro y un jarrón con ramas de brezo.

—No se adentre demasiado en el laberinto cuando oscurezca —dijo Inés antes de irse—. Hay caminos que no saben volver.

Clara rio suavemente, aunque algo en la voz de la mujer la había dejado sin aire.

Cuando la puerta se cerró, el silencio se estiró hasta hacerse tangible.

Clara se quedó sola en la habitación, con la maleta aún en la mano y una sensación extraña anidándose en algún lugar entre el estómago y el pecho. Se acercó a la ventana. El jardín se extendía abajo, con setos recortados formando pasillos y encrucijadas. Al fondo, la línea del acantilado y el vacío del mar.

El resto del día transcurrió envuelto en una extraña atemporalidad. Los objetos tenían algo de escenario detenido. Había venido aquí para dirigir un retiro terapéutico, nada más. Repasó los perfiles de los participantes. Cinco personas. Cinco historias de amor roto.

domingo, 28 de diciembre de 2025

De “El laberinto de los afectos”

Sofía se puso de pie, con el papel temblando en sus manos. Leyó con voz apenas audible:

Querido Mateo:

Tenías veinte años y yo dieciocho. Me dijiste que yo era lo único real en tu vida. Me lo creí. Dejé la universidad para seguirte a Barcelona. Dejé a mi familia. Dejé todo. Y cuando me dejaste, no supe quién era sin ti. Tardé diez años en aprender mi nombre otra vez. Y aún hoy, cuando alguien me mira como me mirabas tú, siento que vuelvo a caer. Siempre caigo. Siempre.

Sofía

Cuando terminó, estaba llorando. Clara le acercó la caja de pañuelos, pero fue Adrián quien se levantó y le puso una mano en el hombro.

—Está bien —le dijo con voz suave—. Ya pasó.

Sofía asintió, pero siguió llorando.

Nuria miraba al suelo, incómoda. Teresa tenía los ojos húmedos. Leo observaba a Sofía con una expresión indescifrable.

—Gracias, Sofía —dijo Clara—. Lo que has compartido es muy importante. El patrón que describes —esa caída— es algo que vamos a explorar juntos.

Sofía se sentó de nuevo, abrazándose las rodillas.

La sesión continuó. Teresa leyó su carta con voz temblorosa, hablando de un amor adolescente que se convirtió en matrimonio y luego en jaula. Adrián habló de Elena, su esposa muerta, con una contención que partía el corazón. Nuria se negó a leer, pero admitió haber escrito algo. Clara no insistió.

Cuando terminaron, eran casi las dos de la tarde. Clara les pidió que dejaran las cartas en la caja de madera.

—Las guardaré aquí. Al final de la semana, cada uno decidirá qué hacer con ellas: quemarlas, llevárselas, dejarlas aquí. Pero de momento, esta caja es un espacio seguro.

Uno a uno fueron depositando sus cartas. Clara las recogió con cuidado, sin leerlas. Cuando todos salieron a comer, ella se quedó sola en la sala.

Abrió la caja. Las cartas estaban dobladas, anónimas. Menos una.

Una carta escrita en un papel distinto, más grueso, con letra temblorosa que parecía antigua. Clara la abrió.

Clara:

Nunca debiste volver.

El corazón se le detuvo. Miró alrededor. La sala estaba vacía. Volvió a leer la frase.

Nunca debiste volver.

¿Volver? ¿Volver adónde? Nunca había estado en Villa Bruma.

O eso creía.


“El laberinto de los afectos” disponible en papel y en formato ebook-kindle en https://amzn.eu/d/1D9V3rN






domingo, 7 de diciembre de 2025

El Blog de José Torres Criado: FRANKENSTEIN. UNA BUENA ADAPTACIÓN QUE PIERDE ALGO...

El Blog de José Torres Criado: FRANKENSTEIN. UNA BUENA ADAPTACIÓN QUE PIERDE ALGO...: FRANKENSTEIN de Guillermo del Toro - 2025 - ("Frankenstein") Al analizar casi cualquier adaptación de "Frankenstein" (y ...


“EL EXPEDIENTE 47” (extracto)




Ricardo tuvo que apartar la vista de la pantalla. Las lágrimas nublaban su visión, ardían en sus ojos secos por la falta de sueño.

«No fue tu culpa.»

Pero se sentía culpable. De no recordar. De haber seguido viviendo mientras Sergio moría guardando secretos que lo habían destruido.

Secó las lágrimas con el dorso de la mano y abrió el segundo archivo.

Era una lista. Veintitrés nombres. Todos con iniciales en lugar de nombres completos, pero algunos eran identificables por los cargos que Sergio había anotado al lado:

J.L. - Alto cargo policial M.R. - Juez Audiencia Nacional C.V. - Empresario sector construcción F.G. - Político, CCAA

Y así hasta veintitrés.

Ricardo reconoció algunas de las iniciales. Gente que había visto en los periódicos a lo largo de los años. Gente que ocupaba posiciones de poder.

Gente intocable.

El tercer archivo era un audio. Duración: tres minutos cuarenta segundos.

Ricardo pulsó reproducir.

Al principio solo había estática. Luego, la voz de Sergio. Tensa, hablando rápido, como si temiera no tener tiempo de terminar:

«14 de marzo. 23:47 horas. Grabación personal. He recibido confirmación del testigo. Se llama Emilio Vázquez. Ex guardia de seguridad de la Fundación Santa Lucía. Nombre falso para la finca de Sierra Mágina.»

Ruido de papeles.

«Vázquez dice que vio cosas. Niños entrando. No los mismos niños saliendo. Personal médico. Equipamiento que no encajaba con un centro de acogida. Dice que hay archivos. Que los guardó como seguro de vida.»

Una pausa. Una respiración profunda.

«Mañana nos encontramos. Lugar neutral. Si consigo esos archivos, podré... podré terminar esto. Podré limpiar mi nombre. Podré ayudar a Ricardo a recordar sin ponerlo en peligro.»

Otra pausa. Más larga.

«Y si no vuelvo de esa reunión... si están escuchando esto porque encontraron mi cuerpo en el río o en cualquier otro sitio... que sepan que no me voy solo. Dejé copias. Dejé un rastro. Y alguien, tarde o temprano, seguirá ese rastro hasta el final.»

«El caso 47 no terminó. Nunca terminará hasta que se sepa la verdad.»

La grabación se cortó.


“EL EXPEDIENTE 47”. A la venta en https://a. co/d/cejm5hA

Una salida. De “El libro verde (versión autorizada)”



Deberíamos intentarlo; deberíamos reducir nuestras horas de sueño y dedicarlas a la labor masturbadora de leer revistas del corazón. Quizá así llegaríamos a comprender el mundo y su idiosincrasia; tal vez, guiados por esta búsqueda insensata, lograríamos descubrir lo que realmente preocupa a la gente aparte de tener sexo, dinero, y otra vez sexo después de conseguir dinero, aunque nunca antes. Así podríamos entender la causa de nuestras acciones más extrañas, que parecen provenir de lo más hondo del ser, pero, en el fondo, nacen de exhibirse e imitar a todos esos payasos fuera del sentido del humor. Con lo fácil que resulta dar con la gente adecuada y, aun así, caemos en la red embaucadora de los famosos, en sus dotes de equilibristas y su perversión.


Lo curioso es que, cuando accedemos a sus vidas, lo hacemos hojeando esas grandes enciclopedias del pensamiento contemporáneo y prodigando tal osadía como si fueran papel para la basura, aunque nunca como fieles termómetros de la sociedad y, sobre todo, de nuestros comportamientos. Pensaréis que no es cierto que las acciones de los famosos determinen nuestros actos, pues, al fin y al cabo, los que aparecen ahí no tienen nada que ver con nosotros; sin embargo, la realidad se esconde traviesa: nos interesan más que nuestros propios parientes y amigos.


Tanto interés no puede caer en saco roto; ellos nos dominan, y debéis creerme para intentar vencerlos. La salida está en comprender que, cuando leemos que la novia del torero se va a operar o que el cantante ingresó en una clínica de desintoxicación, esas dos simples noticias influyen en nuestro deseo de pasear el perro después de trabajar o en si nos parece bien que suba el precio de la leche (y eso que somos grandes productores, pero dejemos ese detalle).


Puede resultaros excesiva mi hipótesis, por eso os pido que razonéis —y nada mejor que hacerlo con sus armas—. Vayamos, pues, a la librería y agotemos todos esos documentos sociales. Hagámoslo, no porque muestren a miembros de la Corona en momentos íntimos censurables que encarecen la revista, sino para evitar especulaciones fatuas y usar nuestra prensa rosa para salvarnos.


Os parecerá una tarea inmensa, intentar salvarnos, pero tengo un plan: memorizar todos los datos, estudiarlos como si fueran temarios de una oposición, para interiorizar la vida de toda esa gente de bien. Una vez dentro, ya no podrán salir; nuestros huesos serán los barrotes de su cárcel, podremos manejarlos a nuestro antojo. Lograremos, así, que la novia del torero cambie de sexo y que el cantante se meta a monje. Pero, sobre todo, conseguiremos pasear el perro o comprar la leche sin remordimientos.


Así que ya sabéis: id todos al quiosco para empezar la revolución. Que no os tomen por tontos; se acabó ser monigotes en manos de los que mandan y gobiernan (que no son los mismos, aunque lo parezcan). De ahora en adelante, moveremos nosotros el mundo, y lo haremos mediante la ardua labor de atiborrarnos de ciertos bodrios para llegar a ser los jefes de quienes los generan. No penséis que estoy loco ni que lo estáis vosotros: otros pensadores tuvieron ideas más descabelladas, y hoy son héroes, algunos incluso dioses.


“El libro verde (versión autorizada)”. A la venta en https://amzn.eu/d/7QcJaIV

lunes, 17 de noviembre de 2025

La casa y la anfitriona. De "El laberinto de los afectos". Gratis el 18 de noviembre.


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La carretera terminaba donde empezaba el acantilado, Clara Vidal supo desde el primer momento que aquel era un lugar diseñado para contener secretos. Villa Bruma se alzaba contra el cielo plomizo del Cantábrico: tres plantas de piedra oscura, ventanales con marcos de madera pintada de blanco y un jardín salvaje que descendía en terrazas hasta los riscos. Al fondo, el mar. Siempre el mar, respirando con una paciencia antigua. La niebla llegó antes que Clara. No era una niebla normal: parecía tener dirección, avanzaba hacia ella con una voluntad propia. Cuando el coche tomó el último recodo y Villa Bruma emergió recortada contra el cielo, la casa no apareció, sino que se reveló, lentamente, la construcción había estado allí desde antes de cualquier mapa, más allá de cualquier recuerdo. Detuvo el motor. El silencio fue tan súbito que dolía en los oídos. No había coches. Ni luces. Ni el menor indicio de vida. Solo la sensación —absurda, insistente— de que la casa había estado esperándola. Cinco horas desde Madrid, cinco horas huyendo de su propia sombra. Y ahora, frente a aquella inmovilidad pétrea, Clara sintió que el tiempo no avanzaba, sino que se curvaba sobre sí mismo. Sacudió la cabeza. Profesional. Era una profesional. Siete días, cinco pacientes, un trabajo. Pero al abrir la puerta del coche, el viento la golpeó con un olor húmedo y denso, a mar, a madera vieja, a tierra removida. El estómago se le contrajo: era un olor que no recordaba… pero le resultaba insoportablemente familiar. La puerta principal se alzaba al final del sendero, oscura y cerrada, con una aldaba en forma de mano que parecía esperar la suya. Antes de llamar, la puerta se abrió sola. La mujer que apareció en el umbral tenía el cabello blanco y unos ojos azulados. —Doctora Vidal —dijo, sin sorpresa. Clara tragó saliva. —Sí. Soy Clara. —Le tendió la mano—. ¿Señora Losada? —Inés, por favor. —El apretón fue breve, seco—. Bienvenida a Villa Bruma. Entre antes de que la niebla cambie de idea. Dentro, el aire tenía otro peso. El vestíbulo olía a cera, a leña, a polvo contenido. Las paredes desnudas devolvían un eco leve, casi un suspiro. Un espejo ovalado reflejaba la escena con un leve retraso: cuando Clara movió la cabeza, su reflejo pareció tardar una fracción de segundo en imitarla. —Algunos dicen que las casas viejas tienen memoria —comentó Inés mientras echaba el pestillo—. Pero no todos entienden lo que eso significa. Clara sonrió, sin saber por qué la frase le había provocado un escalofrío. —¿Los demás huéspedes han llegado? —Mañana. Usted quiso venir antes. A veces es bueno llegar antes que los demás. Otras… no tanto. —Inés inició la subida por la escalera—. Venga, le enseñaré su habitación. Subieron por la escalera en silencio. El sonido de los peldaños era irregular: cada crujido parecía una respiración. En el rellano, un ventanal dejaba ver el jardín sumergido en la niebla. Entre las sombras verdes se intuía una forma circular: el laberinto. Clara lo observó un instante. —¿Vive usted aquí sola? —preguntó, solo por llenar el silencio. —Sola no —respondió Inés sin volverse—. Con la casa. Clara frunció el ceño. La habitación era luminosa, casi en exceso. Todo parecía ordenado, sin rastro humano reciente. En el escritorio había una llave de hierro y un jarrón con ramas de brezo. —No se adentre demasiado en el laberinto cuando oscurezca —dijo Inés antes de irse—. Hay caminos que no saben volver. Clara rio suavemente, aunque algo en la voz de la mujer la había dejado sin aire. Cuando la puerta se cerró, el silencio se estiró hasta hacerse tangible. Clara se quedó sola en la habitación, con la maleta aún en la mano y una sensación extraña anidándose en algún lugar entre el estómago y el pecho. Se acercó a la ventana. El jardín se extendía abajo, con setos recortados formando pasillos y encrucijadas. Al fondo, la línea del acantilado y el vacío del mar. El resto del día transcurrió envuelto en una extraña atemporalidad. Los objetos tenían algo de escenario detenido. Había venido aquí para dirigir un retiro terapéutico, nada más. Repasó los perfiles de los participantes. Cinco personas. Cinco historias de amor roto. Sofía Martín, 32 años. Escritora. Relaciones dependientes. Miedo al abandono. Busca validación constante. Adrián Vega, 40 años. Médico internista. Viudo reciente. Culpa. Incapacidad para seguir adelante. Teresa López, 60 años. Profesora jubilada. Matrimonio vacío. Deseo reprimido. Busca «sentir algo otra vez». Leo Ferrer, 28 años. Escultor. Narcisismo. Relaciones superficiales. Dice que viene «a estudiar las emociones ajenas». Nuria Gómez, 45 años. Empresaria. Escepticismo. Coraza emocional. Acude «obligada» por su expareja. Clara escribió unas notas para la sesión inaugural, pero las palabras no fluían como de costumbre. La casa parecía imponerse sobre su concentración, llenando los silencios con su propia presencia. Al cabo de un rato cerró el cuaderno y decidió explorar.