El autobús la dejó en la curva donde el camino se rinde ante el valle, y Elena supo aquel jueves a mediados de septiembre del año 1952 que su nuevo destino guardaría todos los silencios que ella traía dentro.
Bajó con la maleta de cartón y el bolso de mano que pesaba más por los libros que por la ropa. El conductor la miró como se mira a quien ha elegido mal, pero no dijo nada. El motor tosió humo negro y el autobús se alejó dejando una estela de gasóleo y promesas incumplidas.
El aire olía a tierra mojada y a algo más antiguo que la lluvia. A su espalda, las montañas cerraban el horizonte con dientes de piedra caliza. Delante, el valle se abría como una mano que hubiera olvidado cómo cerrarse: bancales de almendros que trepaban por las laderas, un río que brillaba entre chopos desnudos, y allá abajo, agrupadas en torno a la plaza, las casas de Valdealmenar con sus tejados de pizarra y sus secretos de cal.
Un perro apareció de ninguna parte. Flaco, color de barro seco, con una oreja levantada y la otra vencida por alguna pelea antigua. Se le acercó sin urgencia, la olisqueó con método —primero los zapatos, luego la maleta, finalmente la mano que Elena le tendió—, al final decidió que merecía escolta.
—Así que tú sí me das la bienvenida —dijo Elena, y su propia voz le sonó extraña en aquel silencio que no era silencio, sino una conversación constante entre el viento y las ramas peladas.
Caminaron juntos, mujer y perro, por el camino de tierra que se convertía en empedrado al entrar en el pueblo. Las primeras casas los recibieron con postigos cerrados y macetas vacías. Una gallina cruzó sin mirarlos. Detrás de una ventana, una cortina se movió y volvió a quedar quieta, como si tampoco aquello hubiera pasado.
La plaza Mayor se abría de repente, un espacio demasiado grande para el puñado de edificios que la rodeaban: el ayuntamiento con su balcón de hierro forjado, la iglesia de piedra oscura, el casino con mesas de mármol visibles tras los cristales sucios, y la tienda de ultramarinos donde un letrero prometía «Herminia Rivas - Comestibles y Géneros».
En el centro de la plaza, sobre un pedestal bajo, el busto de algún prócer olvidado miraba hacia el valle con expresión de reproche perpetuo.
—¡Señorita Campos! —La voz llegó desde el ayuntamiento, demasiado alta para la distancia—. ¡Bienvenida a Valdealmenar!
El hombre que bajaba los escalones tenía esa clase de presencia que ocupa más espacio del que le corresponde por tamaño. Sesenta y pocos años, pelo engominado con raya matemática, traje oscuro que había conocido días mejores, y una sonrisa que enseñaba demasiados dientes.
—Don Evaristo Lanzas, alcalde. —Le tendió la mano sin esperar a que Elena dejara la maleta—. La estábamos esperando. Aunque, claro, el autobús siempre llega cuando le da la gana. Como todo en este pueblo. —Rio de su propia gracia—. Pero ya verá, ya verá cómo aquí se vive bien. Tranquilo. Sin complicaciones.
Elena estrechó la mano que le ofrecía. Era blanda y húmeda, como un pez que hubiera pasado demasiado tiempo fuera del agua.
—Gracias, señor alcalde. Vengo con ganas de trabajar.
—Eso está bien, eso está muy bien. Aquí lo que necesitamos es orden. Disciplina. Que los niños aprendan las cuatro reglas y el catecismo, ¿no es cierto? Nada de modernidades que luego solo traen problemas.
Otra voz intervino, desde más cerca de lo que Elena había calculado:
—Los problemas suelen venir solos, don Evaristo. Sin necesidad de modernidades.
Elena se volvió. El hombre que había hablado estaba apoyado contra la pared del casino, un cigarrillo entre los dedos, y esa manera de mirar que no pregunta porque ya sabe las respuestas. Treinta y tantos años, quizá cuarenta. Alto, con hombros anchos bajo una camisa de franela remangada a pesar del frío. Manos grandes, curtidas. El pelo oscuro peinado hacia atrás sin producto, solo agua y costumbre. Y unos ojos que, en la luz incierta de la tarde, podían ser grises o verdes o del color exacto de la duda.
—Este es Martín Sanjuán —dijo el alcalde con un matiz en la voz que podía ser orgullo o advertencia—. Encargado de la cooperativa. Mi brazo derecho, podríamos decir.
Martín dio una última calada al cigarrillo y lo apagó contra la pared con precisión económica.
—Señorita —dijo, tocándose la frente en un saludo que no llegaba a ser cortés ni descortés, simplemente neutro.
—Señor Sanjuán —respondió Elena, y no supo por qué le pareció importante sostenerle la mirada.
—Bueno, bueno —intervino el alcalde, rompiendo algo que había empezado a tensarse en el aire—. Martín, ayuda a la señorita con la maleta. Yo la acompaño a la escuela. Está todo preparado. Modesto, sí, pero limpio. Ya verá.
—Puedo llevar mi maleta —dijo Elena.
—Tonterías. Aquí ayudamos. ¿Verdad, Martín?
Martín ya había cogido la maleta con una mano, como si no pesara nada, y echaba a andar hacia la calle que salía de la plaza por el lado norte. Elena lo siguió, con el alcalde a su lado lanzando un discurso sobre las bondades del pueblo, la generosidad de sus gentes, la importancia de mantener «lo nuestro».
La escuela estaba a cinco minutos andando, pasado el puente de piedra que cruzaba el río. Era un edificio bajo, de una sola planta, con dos ventanas grandes a cada lado de la puerta y un tejadillo que rezumaba humedad. El escudo nacional sobre el dintel había perdido algunos azulejos.
Martín abrió la puerta —que cedió con un quejido de madera hinchada— y dejó la maleta dentro, en el pequeño vestíbulo que olía a cerrado y a tiza vieja.
—Gracias —dijo Elena.
Él asintió, se dio la vuelta y se fue sin añadir palabra. Elena lo vio alejarse con esa forma de andar que tienen los hombres que han trabajado desde niños: paso largo, ritmo constante, economía de movimientos.
—No le haga mucho caso a Martín —dijo el alcalde, bajando la voz como quien comparte un secreto sin importancia—. Es buen trabajador, muy leal, pero... ya sabe. Gente del campo. Un poco brutos. Sin malicia, eso sí.
Elena no dijo nada. Entró en la escuela.
La sala única tenía bancos de madera dispuestos en filas frente a una tarima con una mesa y una silla que cojeaba. En la pared del fondo, una pizarra negra con el marco astillado. Al lado, clavado con chinchetas oxidadas, un mapa de España que mostraba provincias que ya no existían con esos nombres. Sobre la pizarra, un crucifijo con su cristo dolorido. En la esquina derecha, una estufa de leña apagada. Las paredes, encaladas, guardaban la sombra rectangular de láminas que alguien había descolgado.
Elena dejó el bolso sobre la mesa y respiró hondo. Olía a niños ausentes y a inviernos acumulados. Pero también olía a posibilidad.
—¿Qué le parece? —preguntó el alcalde desde la puerta, sin atreverse a entrar del todo, la escuela era un territorio ajeno incluso para él.
—Me parece que hay mucho trabajo por hacer —dijo Elena.
—Ah, bueno, sí. Claro. Pero nada urgente, ¿eh? Los niños vienen, se sientan, usted les enseña, y todos contentos. Sin complicaciones.
Elena se volvió hacia él.
—¿Cuántos alumnos hay?
—Pues... veintiocho. Más o menos. Depende. Ya sabe, en época de cosecha a veces...
—Veintiocho niños de cuántas edades.
—De seis a catorce. Los mayores solo vienen en invierno. En verano hay mucho que hacer en el campo.
Elena sacó del bolso el cuaderno azul donde anotaba todo lo que no debía olvidar. Lo abrió, escribió: «Veintiocho alumnos. 6-14 años. Absentismo estacional.»
—Bien —dijo—. Empiezo el próximo lunes. Necesito el registro de matrícula, la lista de libros disponibles, y saber si hay presupuesto para material.
El alcalde parpadeó.
—Bueno, eso... ya hablaremos. Lo importante es que descanse. La casa donde se aloja está al otro lado del puente, la tercera a la derecha. Doña Perfecta, la dueña. Buena mujer. Viuda. Le tiene preparada la habitación. Cena a las nueve. No llegue tarde, que se enfada.
Y se fue, dejando la puerta abierta.
Elena se quedó sola en la escuela. Se acercó a la ventana. Desde allí se veía el almendral en la ladera sur, aún sin flor, pero con esa promesa temblorosa en cada rama. Más abajo, el río. Y al otro lado del puente, caminando con un bulto al hombro, Martín Sanjuán que se detenía un momento, se volvía —quizá para mirar hacia la escuela, quizá solo para calcular el peso del cielo— y luego seguía su camino.
Elena abrió el bolso de nuevo y sacó el libro que llevaba escondido entre la ropa interior y las medias. Platero y yo. Prohibido en las aulas, pero no en su cabeza ni en sus manos. Lo dejó sobre la mesa, junto al cuaderno azul.
Fuera, el perro ladró una vez, era su nuevo protector y no pensaba irse hasta que ella estuviera segura.
Desde algún lugar del pueblo llegó el sonido de un reloj dando las cinco, cada campanada con ese retraso infinitesimal que tienen los relojes muy viejos o cansados.
Elena sonrió.
—De acuerdo —dijo en voz alta, a la escuela, al valle, al tiempo que empezaba—. De acuerdo.
Salió, cerró la puerta, cruzó el puente. El perro la siguió hasta la casa de Doña Perfecta y luego, cumplida su misión, desapareció entre las sombras que ya empezaban a crecer desde los rincones del pueblo.
Fue solo al llegar a la esquina de la tercera casa cuando Elena vio, tirado en el suelo junto a la pared, un libro envuelto en arpillera. Se agachó. Lo recogió. La arpillera estaba húmeda pero el libro dentro seguía seco. Lo abrió con cuidado.
La busca, de Pío Baroja. Primera edición. En la primera página, con letra apretada y tinta desvaída: Propiedad de M.S.
Elena levantó la vista. Al otro lado del puente, Martín Sanjuán caminaba hacia la cooperativa con las manos en los bolsillos y ese paso que no tenía prisa porque conocía de memoria cada piedra del camino.
Ella guardó el libro bajo el brazo, luego llamó a la puerta de Doña Perfecta, cuando la mujer le abrió con su delantal almidonado y su gesto de desconfianza amable, Elena supo que aquel primer día había terminado exactamente donde debía: en el umbral de una pregunta sin respuesta todavía.
¿Qué clase de hombre lee a Baroja en secreto y lo envuelve en arpillera como si fuera contrabando? ¿Y qué clase de hombre lo deja caer —sin querer o adrede— para que una maestra recién llegada puede encontrarlo?
El valle no respondió. Pero los almendros, allá arriba, temblaron con el primer aliento de una brisa que olía a cambio.
“Flor de almendro” disponible en amzn.eu/d/0fzVZc13
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