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miércoles, 5 de agosto de 2026

El Bautizo (capítulo 3 de “El secreto de Carlos V”)


La familia arrastraba un catálogo de traiciones: María de Borgoña muerta al caer del caballo, Maximiliano preso en la misma ciudad donde debía reinar, Felipe retenido como garantía viviente de obediencia. Todo parecía tejerse en un patrón siniestro, como si Gante ejecutara una voluntad mayor, la de un lugar que ponía a prueba a quienes osaban llamarse sus señores.

En ese caldo de desconfianza nació Carlos. El bautizo en San Bavón fue un acto de desafío: fijar en lo sagrado lo que en lo político se movía. Pero incluso allí, bajo los cirios y las voces del coro, flotaba una nota inquietante. Cada bendición era también una advertencia.

Y luego está Juana. Su madre empezaba a mostrar los primeros signos de lo que los cronistas llamarían locura. Aunque quizá no fuera locura, sino una percepción distinta: un acceso a dimensiones que los demás no podían —o no querían— comprender. Los Reyes Católicos la miraban con una mezcla de angustia y desconcierto, sin decidir si tenían delante a una enferma o a una visionaria.

Así creció Carlos: entre la devoción solemne de Bruselas y las intrigas flamencas, entre la ambición de su abuelo Maximiliano y los desvaríos de su madre, entre la astucia calculada de Isabel y Fernando y la impaciencia de su padre. Todo a su alrededor tiraba en direcciones opuestas. De esa tensión imposible emergía el niño.

Pero la sorpresa más honda la suscita la propia lógica de los acontecimientos. ¿Cómo, de una familia acosada por la inestabilidad, la sospecha de locura y el peso de las traiciones, surgiría el emperador que dominaría medio mundo? ¿Acaso la Historia jugaba con dados cargados, ocultando en cada giro un designio que nadie supo descifrar?

En 1505, todavía niño, Carlos presenció en Bruselas las exequias de Isabel la Católica. Aquella mujer a la que nunca conoció alteraba el curso de su vida desde más allá de la tumba. La misa de Josquin des Prés, el desfile de estandartes proclamando títulos interminables: todo el aparato parecía dirigido tanto a los presentes como a una fuerza invisible. La corte entera se empeñaba en convencer al propio destino. En aquella ceremonia se jugaba algo más que un relevo dinástico, y el niño, sin acabar de entenderlo, comprendió por primera vez que su familia no era como las demás. Aquellos títulos gritados a los cuatro vientos, aquellos adultos inclinándose ante sus padres, lo fascinaban y lo desconcertaban a la vez. Entre el orgullo y la extrañeza, Carlos empezaba a intuir que estaba destinado a algo extraordinario, aunque aún no supiera qué forma tendría lo extraordinario.

Poco después llegó un momento más memorable todavía: el encuentro con su abuelo Maximiliano, emperador del Sacro Imperio. Durante más de un mes, el anciano permaneció en los Países Bajos, y Carlos asistió con ojos asombrados a los torneos que presidió en el gran salón de palacio y en el parque de Bruselas. En uno de ellos participó su propio padre junto a tres cortesanos, todos de rojo y amarillo a la manera española, mientras las lanzas se quebraban y los caballos caracoleaban ante la multitud rugiente. Carlos, encogido en su asiento, no sabía si aquello era un juego magnífico o una danza peligrosa. La frontera entre espectáculo y amenaza se le antojaba borrosa. Y le sobrecogía la sospecha de que el poder se movía, siempre, exactamente en esa frontera.

Hubo más que ceremonias en la vida del pequeño príncipe. Felipe había traído de España una colección de animales exóticos: cuatro camellos, dos pelícanos, un avestruz, además de algunas gallinas de Guinea, que se sumaban a los leones y osos de los jardines de Gante y Bruselas.

El niño se divertía azuzando a los leones con un palo.

Los criados se reían. Carlos no sabía si celebraban su valentía o la inconsciencia que les helaba la sangre.

En sus aposentos se batía contra las figuras bordadas de los tapices, imaginando batallas que lo envolvían tanto que a veces dudaba de quién había empezado la lucha: si él, o las figuras que en su fervor parecían moverse. Los caballitos de juguete de Maximiliano, el carrito de ponis en el que arrastraba a sus hermanas: símbolos de mando en miniatura, ensayos de un destino del que no podía apartarse. Y en medio de esos juegos, una sensación lo perseguía: que los jardines del palacio lo observaban más de lo que él los observaba a ellos.

Los cortesanos también lo miraban, con esa mezcla de afecto y cálculo. Adriano de Utrecht, su futuro preceptor, anotaba cada gesto en un cuaderno de tapas de cuero: «El niño muestra una determinación inquebrantable. Cuando pierde, su rostro se ensombrece, pero nunca llora». Carlos se sentía escrutado como el objeto de un experimento secreto. No sabía nombrarlo, pero intuía que su vida pertenecía a otros. Esa sombra se le incrustó en el alma a modo de presentimiento.

El juego que más lo delataba era el de los ejércitos: organizaba a sus pajes en cristianos y turcos. Siempre mandaba a los cristianos. Siempre vencía.

Aquellos primeros recuerdos —las exequias de Isabel, los torneos de Maximiliano, los animales exóticos, los tapices en movimiento, los ejércitos de pajes— se le grabaron con la fuerza de lo maravilloso y lo extraño. Pero por debajo de todos persistía una sensación que nada pudo erradicar: la certeza de saberse actor de un guion escrito mucho antes de que él pudiera leerlo.

Quién lo había escrito era otra cuestión.


El secreto de Carlos V (Spanish Edition)

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