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domingo, 28 de diciembre de 2025

De “El laberinto de los afectos”

Sofía se puso de pie, con el papel temblando en sus manos. Leyó con voz apenas audible:

Querido Mateo:

Tenías veinte años y yo dieciocho. Me dijiste que yo era lo único real en tu vida. Me lo creí. Dejé la universidad para seguirte a Barcelona. Dejé a mi familia. Dejé todo. Y cuando me dejaste, no supe quién era sin ti. Tardé diez años en aprender mi nombre otra vez. Y aún hoy, cuando alguien me mira como me mirabas tú, siento que vuelvo a caer. Siempre caigo. Siempre.

Sofía

Cuando terminó, estaba llorando. Clara le acercó la caja de pañuelos, pero fue Adrián quien se levantó y le puso una mano en el hombro.

—Está bien —le dijo con voz suave—. Ya pasó.

Sofía asintió, pero siguió llorando.

Nuria miraba al suelo, incómoda. Teresa tenía los ojos húmedos. Leo observaba a Sofía con una expresión indescifrable.

—Gracias, Sofía —dijo Clara—. Lo que has compartido es muy importante. El patrón que describes —esa caída— es algo que vamos a explorar juntos.

Sofía se sentó de nuevo, abrazándose las rodillas.

La sesión continuó. Teresa leyó su carta con voz temblorosa, hablando de un amor adolescente que se convirtió en matrimonio y luego en jaula. Adrián habló de Elena, su esposa muerta, con una contención que partía el corazón. Nuria se negó a leer, pero admitió haber escrito algo. Clara no insistió.

Cuando terminaron, eran casi las dos de la tarde. Clara les pidió que dejaran las cartas en la caja de madera.

—Las guardaré aquí. Al final de la semana, cada uno decidirá qué hacer con ellas: quemarlas, llevárselas, dejarlas aquí. Pero de momento, esta caja es un espacio seguro.

Uno a uno fueron depositando sus cartas. Clara las recogió con cuidado, sin leerlas. Cuando todos salieron a comer, ella se quedó sola en la sala.

Abrió la caja. Las cartas estaban dobladas, anónimas. Menos una.

Una carta escrita en un papel distinto, más grueso, con letra temblorosa que parecía antigua. Clara la abrió.

Clara:

Nunca debiste volver.

El corazón se le detuvo. Miró alrededor. La sala estaba vacía. Volvió a leer la frase.

Nunca debiste volver.

¿Volver? ¿Volver adónde? Nunca había estado en Villa Bruma.

O eso creía.


“El laberinto de los afectos” disponible en papel y en formato ebook-kindle en https://amzn.eu/d/1D9V3rN






domingo, 7 de diciembre de 2025

El Blog de José Torres Criado: FRANKENSTEIN. UNA BUENA ADAPTACIÓN QUE PIERDE ALGO...

El Blog de José Torres Criado: FRANKENSTEIN. UNA BUENA ADAPTACIÓN QUE PIERDE ALGO...: FRANKENSTEIN de Guillermo del Toro - 2025 - ("Frankenstein") Al analizar casi cualquier adaptación de "Frankenstein" (y ...


“EL EXPEDIENTE 47” (extracto)




Ricardo tuvo que apartar la vista de la pantalla. Las lágrimas nublaban su visión, ardían en sus ojos secos por la falta de sueño.

«No fue tu culpa.»

Pero se sentía culpable. De no recordar. De haber seguido viviendo mientras Sergio moría guardando secretos que lo habían destruido.

Secó las lágrimas con el dorso de la mano y abrió el segundo archivo.

Era una lista. Veintitrés nombres. Todos con iniciales en lugar de nombres completos, pero algunos eran identificables por los cargos que Sergio había anotado al lado:

J.L. - Alto cargo policial M.R. - Juez Audiencia Nacional C.V. - Empresario sector construcción F.G. - Político, CCAA

Y así hasta veintitrés.

Ricardo reconoció algunas de las iniciales. Gente que había visto en los periódicos a lo largo de los años. Gente que ocupaba posiciones de poder.

Gente intocable.

El tercer archivo era un audio. Duración: tres minutos cuarenta segundos.

Ricardo pulsó reproducir.

Al principio solo había estática. Luego, la voz de Sergio. Tensa, hablando rápido, como si temiera no tener tiempo de terminar:

«14 de marzo. 23:47 horas. Grabación personal. He recibido confirmación del testigo. Se llama Emilio Vázquez. Ex guardia de seguridad de la Fundación Santa Lucía. Nombre falso para la finca de Sierra Mágina.»

Ruido de papeles.

«Vázquez dice que vio cosas. Niños entrando. No los mismos niños saliendo. Personal médico. Equipamiento que no encajaba con un centro de acogida. Dice que hay archivos. Que los guardó como seguro de vida.»

Una pausa. Una respiración profunda.

«Mañana nos encontramos. Lugar neutral. Si consigo esos archivos, podré... podré terminar esto. Podré limpiar mi nombre. Podré ayudar a Ricardo a recordar sin ponerlo en peligro.»

Otra pausa. Más larga.

«Y si no vuelvo de esa reunión... si están escuchando esto porque encontraron mi cuerpo en el río o en cualquier otro sitio... que sepan que no me voy solo. Dejé copias. Dejé un rastro. Y alguien, tarde o temprano, seguirá ese rastro hasta el final.»

«El caso 47 no terminó. Nunca terminará hasta que se sepa la verdad.»

La grabación se cortó.


“EL EXPEDIENTE 47”. A la venta en https://a. co/d/cejm5hA

Una salida. De “El libro verde (versión autorizada)”



Deberíamos intentarlo; deberíamos reducir nuestras horas de sueño y dedicarlas a la labor masturbadora de leer revistas del corazón. Quizá así llegaríamos a comprender el mundo y su idiosincrasia; tal vez, guiados por esta búsqueda insensata, lograríamos descubrir lo que realmente preocupa a la gente aparte de tener sexo, dinero, y otra vez sexo después de conseguir dinero, aunque nunca antes. Así podríamos entender la causa de nuestras acciones más extrañas, que parecen provenir de lo más hondo del ser, pero, en el fondo, nacen de exhibirse e imitar a todos esos payasos fuera del sentido del humor. Con lo fácil que resulta dar con la gente adecuada y, aun así, caemos en la red embaucadora de los famosos, en sus dotes de equilibristas y su perversión.


Lo curioso es que, cuando accedemos a sus vidas, lo hacemos hojeando esas grandes enciclopedias del pensamiento contemporáneo y prodigando tal osadía como si fueran papel para la basura, aunque nunca como fieles termómetros de la sociedad y, sobre todo, de nuestros comportamientos. Pensaréis que no es cierto que las acciones de los famosos determinen nuestros actos, pues, al fin y al cabo, los que aparecen ahí no tienen nada que ver con nosotros; sin embargo, la realidad se esconde traviesa: nos interesan más que nuestros propios parientes y amigos.


Tanto interés no puede caer en saco roto; ellos nos dominan, y debéis creerme para intentar vencerlos. La salida está en comprender que, cuando leemos que la novia del torero se va a operar o que el cantante ingresó en una clínica de desintoxicación, esas dos simples noticias influyen en nuestro deseo de pasear el perro después de trabajar o en si nos parece bien que suba el precio de la leche (y eso que somos grandes productores, pero dejemos ese detalle).


Puede resultaros excesiva mi hipótesis, por eso os pido que razonéis —y nada mejor que hacerlo con sus armas—. Vayamos, pues, a la librería y agotemos todos esos documentos sociales. Hagámoslo, no porque muestren a miembros de la Corona en momentos íntimos censurables que encarecen la revista, sino para evitar especulaciones fatuas y usar nuestra prensa rosa para salvarnos.


Os parecerá una tarea inmensa, intentar salvarnos, pero tengo un plan: memorizar todos los datos, estudiarlos como si fueran temarios de una oposición, para interiorizar la vida de toda esa gente de bien. Una vez dentro, ya no podrán salir; nuestros huesos serán los barrotes de su cárcel, podremos manejarlos a nuestro antojo. Lograremos, así, que la novia del torero cambie de sexo y que el cantante se meta a monje. Pero, sobre todo, conseguiremos pasear el perro o comprar la leche sin remordimientos.


Así que ya sabéis: id todos al quiosco para empezar la revolución. Que no os tomen por tontos; se acabó ser monigotes en manos de los que mandan y gobiernan (que no son los mismos, aunque lo parezcan). De ahora en adelante, moveremos nosotros el mundo, y lo haremos mediante la ardua labor de atiborrarnos de ciertos bodrios para llegar a ser los jefes de quienes los generan. No penséis que estoy loco ni que lo estáis vosotros: otros pensadores tuvieron ideas más descabelladas, y hoy son héroes, algunos incluso dioses.


“El libro verde (versión autorizada)”. A la venta en https://amzn.eu/d/7QcJaIV