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martes, 17 de abril de 2018

La conciencia



No me digas que ya lo sabías. No hay clemencia para los perdedores. La competencia es abrumadora. Hay un concurso de celebridades en un poblado gitano. Ya no crees en Dios, tampoco en la Virgen. Rezas al becerro de oro, lloras de rodillas y suplicas otro duples de rayas. No te olvido.
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Recuerdo un círculo mágico en tu vientre, la postura del misionero y tu padre protestando. No hay clemencia para los perdedores. La lista de caricias se marca a fuego en tu espalda. Somos los amos del planeta de mis versos. La aspiración de un poeta corrompido por las palabras que no son mías.

Los desnudos de Charlie Riina, la ex niña prodigio del ajedrez


Además de su pasión por el ajedrez, la canadiense acabó dejándolo para estudiar Criminología y Ciencias Forenses.

Además de su pasión por el ajedrez, Charlie Riina es criminóloga recibida en la Universidad de Toronto. También, es una mujer inquieta a la que le gusta aprender todo tipo de disciplinas artísticas. "Me encanta pintar, estoy aprendiendo fotografía y también trato de montar a caballo tanto como me sea posible. Y, por supuesto, siempre estoy dispuesta a jugar al ajedrez si alguien me lo pide", afirma.

Charlie se proclamó Miss Hawaiian Tropic en dos ocasiones y una como Miss Toronto. Sobre su faceta de modelo asegura que "sinceramente nunca pienso en mí misma como alguien sexy". ¡Qué equivocada estás!

Anna Ewa Krosinka era una niña prodigia del ajedrez que, tras rebautizarse como Charlie Riina, es una modelo de primer nivel... que no ha dudado en dar jaque mate a su timidez para desnudarse en más de una publicación.











viernes, 15 de marzo de 2013

Batalla de críticas: 'Spring Breakers', con Selena Gomez, Vanessa Hudgens y Ashley Benson

http://www.ecartelera.com/noticias/13193/batalla-criticas-spring-breakers-selena-gomez-vanessa-hudgens-ashley-benson/

A favor: "El Carpe Diem del siglo XXI"


Por Adrián Peña

"Bikinis and big booties, Yo, that's what life is about!" (Bikinis y grandes culos, eso es de lo que trata la vida!) es la frase que un irreconocible
James Franco vocifera ante una masa enfervorecida de jóvenes y que erróneamente puede llegar a ser utilizada como definición del último filme del polémico Harmony Korine. Digo erróneamente porque, el cineasta californiano, consigue ir más allá de esa estilizada imagen pulp de unas chicas guapas en bikini empuñando ametralladoras con luces de neón de fondo y convierte, a 'Spring Breakers', en una de las más fascinantes películas generacionales que el cine ha dado últimamente.
Un grupo de muchachas estudiantes, cansadas del hastío cotidiano que las envuelve, deciden ir a las famosas macrofiestas norteamericanas de 24 horas llamadas "Spring Break" que dan comienzo en los primeros días de primavera. Para ello, y como si de un juego se tratase, se atreven a atracar una cafetería para financiarse el viaje y, así, poder disfrutar de ese nirvana liberador en el que pretenden vivir de por vida.

Spring Breakers

Con este punto de partida, Korine realiza un visceral retrato de una generación que ha crecido devorando productos audiovisuales prefabricados, aquella que tiene a la MTV como una de las principales fuentes de cultura y a Britney Spears como uno de los principales ídolos y referentes a seguir. La película nos está hablando de unos jóvenes que viven y sienten en imágenes, unos jóvenes para los que "el paso entre el ver y el hacer es, a veces, muy pequeño" y aquí es donde radica lo más admirable del filme, ya que el cineasta californiano logra llegar a la esencia de esa generación a través de la frivolidad formal de la que ella misma se alimenta. Parte del festejo de lo pulp, de la celebración estética de lo soez y desdeñable y de la subversión de los iconos pop, de ahí la razón de contar con las "chicas Disney" como protagonistas, para ahondar en esa mirada deformada de la realidad y hacer aflorar un estilo de vida basado en la negación de cualquier principio moral, la distorsión de la conciencia y la irreflexión en la búsqueda de la diversión constante.

Estética vidioclipera a base de slow-motion, batería de imágenes frenéticas mezcladas con música electro y pop, surge dinamita de la unión entre el dubstep de Skrillex y los hits de Britney y Gucci Mane, montaje anárquico basado en la aliteración, constantes flasbacks y flashfowards, exaltación de lo irreverente a la caza de estampas icónicas, grandes dosis de perversión... La cinta se trata de un salvaje ejercicio de estilo que encuentra, en su caos visual, el perfecto asidero emocional y es que, la dirección de Korine, rehúye la narrativa clásica en busca de la captación de momentos vitales y eso es lo que hace que Spring Breakers se convierta en una película de sensaciones, casi una experiencia física. Como si la fisicidad de Cassavetes se fundiera con la metafísica de Malick, la puesta en escena trasciende más allá de la pantalla haciendo partícipe al espectador de ese desesperanzador nihilismo existencial y ese permanente Carpe Diem en el que parecen vivir las chicas protagonistas, de ahí que "Spring Break for ever, bitches" (Spring Break para siempre, zorras) se erija como leitmotiv del filme.

Así, Harmony Korine ha brindado a una sociedad asentada en el fandom, una obra extraordinaria a la que rendir culto instantáneo. Una explosión de colores plasmada en un grotesco lienzo generacional atestado de cuerpos semidesnudos bañados en luz fluorescente que ataca, a lo sensorial, con lo festivo y, como consecuencia de ello, se recuerda con la nostalgia propia de una brutal resaca post-party. Nota: 10

En contra: "El Harlem Shake de las chicas Disney"


Por Jesús Agudo
Harmony Korine se ha convertido en un adelantado a su tiempo. Sin quererlo ha realizado el primer largometraje rodado a la última moda de YouTube: el Harlem Shake. Mucho antes de que los vídeos de treinta segundos con gente bailando de forma frenética y aleatoria, a ser posible disfrazados, poblaran la Red, el director de 'Mister Lonely' fue capaz de grabar un largometraje entero siguiendo ese patrón. ¿Porque qué es 'Spring Breakers' sino un gigantesco Harlem Shake?

Spring Breakers

Hay cosas que no se le pueden negar al peculiar cineasta. Uno es que la fotografía, el color de neón de toda la cinta, y una poderosísima banda sonora, encabezada por el DJ Skrillex, demuestran que, en la dirección de videoclips es un fuera de serie. Tampoco se le puede negar que ha podido sacarle a James Franco uno de los papeles más conseguidos de su corta carrera, toda una sorpresa. 'Spring Breakers' puede ser considerada una delicia "indie" para muchos, tiene las características para ello. Como el montaje con diálogos repetitivos de momentos anteriores y posteriores a lo que estamos viendo, o la inclusión de pequeños "homenajes" a la cantante Britney Spears, a modo de nexo con la idea de "poesía pop" que envuelve toda la película.

Y, sin embargo, un servidor no pagaría por ver una película como la que presenta Harmony Korine. Gran parte de la película está formada por escenas con chicas jóvenes en topless, chicos embadurnándolas en alcohol, drogas por doquier y movimientos muy lentos y mareantes de cámara. Que para tres minutos de videoclip pueden servir, pero no para un largometraje. En los momentos de la historia es todo tan pausado y psicodélico que resulta hasta tedioso.

La historia que se nos presenta, unas chicas que rompen las reglas para poder irse de vacaciones, donde siguen bebiendo del lado oscuro, más todavía cuando se cruzan con el rapero Alien (Franco). Si bien tampoco es que el argumento dé para mucho, hay que admitir que el final es bastante desconcertante, incluso da que pensar. Consigue alejarse de la línea previsible de una trama como ésta.

Las que no llegan a sorprender son las cuatro actrices principales:
Selena Gomez, Vanessa Hudgens, Ashley Benson y Rachel Korine. Mientras que la esposa del director cumple su cometido como personaje en el limbo, las otras tres mantienen su estatus de "chicas Disney" con personajes muy anclados y planos. Desde el primer fotograma sabemos que Hudgens y Benson son las "más traviesas" y que Gomez no va a dejar de ser la cándida amiga que se deja llevar, pero que está muy perdida en ese mundo. Ellas tres rompen el cuadro de pechos, poca ropa y alcohol de la película, porque, por mucho que protagonizan películas como ésta, para sus representantes sigue importando mucho lo que opinen los padres de sus fans.

Padres que, sobra decirlo, es mejor que no pongan un pie en la sala, si no quieren acabar encerrando a sus hijos en lo alto de la más alta torre. 'Spring Breakers' es la fiesta más decadente a la que podamos asistir en una sala, y si bien técnicamente se ha ganado un sitio entre los mejores, no deja de ser un larguísimo videoclip con poca ropa y menos chicha. A mi me costaría pagar por ver un Harlem Shake de hora y media. Nota: 4

martes, 11 de diciembre de 2012

Anäis Nin: Delta de Venus (El internado)


El internado

La historia ocurrió realmente en Brasil hace muchos años, lejos de las ciudades, donde prevalecían las costumbres dictadas por un estricto catolicismo. A los muchachos de buena familia se les enviaba a internados regidos por los jesuitas, quienes hacían perdurar los severos hábitos de la Edad Media. Los chicos dormían en camas de madera, se levantaban al amanecer, iban a misa sin haber desayunado, se confesaban todos los días, y eran vigilados y espiados constantemente. La atmósfera era austera e inhibidora. Los sacerdotes comían aparte y creaban en torno a sí mismos un aura de santidad en torno. Se mostraban parcos en gestos y palabras.
Entre ellos había un jesuita muy moreno, con algo de sangre india. Su rostro era el de un sátiro, con anchas orejas pegadas a la cabeza, ojos penetrantes, una boca de labios relajados que siempre babeaban, cabello espeso y olor animal. Bajo su larga sotana obscura, los muchachos habían advertido a menudo un bulto que los más jóvenes no podían explicar, y del que los mayores se reían a espaldas del interesado. Ese bulto aparecía inesperadamente, a cualquier hora, mientras leían en clase el Quijote o a Rabelais y, a veces, cuando miraba a los chicos, y en especial a uno, el único rubio de toda la escuela, cuyos ojos y cutis eran los de una muchacha.
Le gustaba llevarse a ese alumno consigo y mostrarle libros de su colección privada.
Contenían reproducciones de cerámica inca en la que, a menudo, se representaban hombres en pie apretados uno contra otro. El muchacho hacía preguntas que el anciano sacerdote solía contestar con evasivas. Otras veces, los grabados eran muy claros: un largo miembro surgía de un hombre y penetraba al otro por detrás.
En la confesión, el sacerdote importunaba a los chicos con sus preguntas. Cuanto más inocentes parecían ser, más de cerca les interrogaba en la obscuridad del reducido confesionario. Los penitentes, arrodillados, no podían ver al presbítero, sentado en el interior. Su voz, baja, les llegaba a través de una celosía:
—¿Has tenido alguna vez fantasías sensuales? ¿Has pensado en mujeres? ¿Has tratado de imaginar a una mujer desnuda? ¿Cómo te comportas por la noche en la cama? ¿Te has tocado? ¿Te has acariciado tú mismo? ¿Qué haces por la mañana cuando despiertas? ¿Estás en erección? ¿Has tratado de mirar a otros chicos mientras se visten? ¿O en el baño?
El chico que no sabía nada, pronto aprendía qué se esperaba de él, y esas preguntas le instruían. El que sabía, experimentaba placer confesando detalladamente sus emociones y sueños. Un muchacho soñaba todas las noches.
Ignoraba qué aspecto tendría una mujer, cómo estaba hecha, pero había visto a los indios hacer el amor a las vicuñas, que se parecían a delicados ciervos. Soñaba que hacía el amor con una vicuña y despertaba todas las mañanas húmedo. El anciano sacerdote estimulaba estas confesiones. Las escuchaba con una paciencia infinita e imponía extrañas penitencias. A un chico que se masturbaba continuamente le ordenó que fuera con él a la capilla cuando no hubiera nadie en ella, y que metiera el pene en agua bendita, a fin de purificarse. Esta ceremonia se desarrolló con gran secreto en plena noche.
Había un chico muy salvaje, con aspecto de príncipe moro, de rostro moreno, aspecto noble, porte regio y un hermoso cuerpo, tan delicado que nunca se le marcaban los huesos, suave y pulido como una estatua. Se rebelaba contra la costumbre de usar camisón para dormir. Estaba acostumbrado a dormir desnudo, y el camisón le desagradaba, le sofocaba. Así pues, todas las noches se lo ponía, como los demás, luego se lo quitaba en secreto, bajo las cobijas, y se dormía sin él.
Todas las noches, el anciano jesuita hacía sus rondas, vigilando que nadie visitara la cama de otro, se masturbara o hablara en la obscuridad a su vecino. Cuando llegaba a la cama del indisciplinado levantaba la ropa con cautela y miraba su cuerpo desnudo. Si el chico despertaba, le regañaba: «¡He venido a ver si estabas durmiendo otra vez sin camisa!» Si no despertaba, se contentaba con una mirada que recorría el joven cuerpo dormido.
Una vez, durante la clase de anatomía, hallándose el jesuita en la tarima del profesor y el muchacho con aspecto de chica sentado mirándole con fijeza, la prominencia bajo la sotana se manifestó claramente a todos.
—¿De cuántos huesos consta el cuerpo humano? —preguntó al chico rubio.
—De doscientos ocho —repuso mansamente el interrogado.
La voz de otro alumno llegó desde el fondo de la clase:
—¡Pero el padre Dobo tiene doscientos nueve!
Poco después de este incidente, los muchachos fueron a una excursión botánica. Se perdieron diez de ellos, entre los cuales se hallaba el delicado joven rubio. Se encontraron en el bosque, lejos de los profesores y del resto de la escuela. Se sentaron para descansar, y decidir qué hacer. Empezaron a comer bayas. Nadie supo cómo ocurrió, pero al cabo de un rato el rubio se hallaba tendido boca abajo en la hierba, desnudo. Los otros nueve pasaron por encima de él, tomándolo brutalmente, como si fuera una prostituta. Los más experimentados penetraron su ano para satisfacer su deseo, mientras que los menos expertos recurrían a la fricción entre las piernas del muchacho, cuyo cutis era tierno como el de una mujer.
Escupieron sobre sus manos y ensalivaron sus penes. El rubio chillaba, pataleaba y se lamentaba, pero lo agarraron entre todos y se sirvieron de él hasta quedar saciados.

La única salida

Pienso que he tomado la decisión equivocada al contar todas estas mentiras. El del sexo libre es otro y yo nunca he estado contigo a través de cualquier película que no sea la inventiva. La transacción corresponde a un egoísmo con ganas de revancha desde esta celda en la que habito. Hubo muchos intentos pero no tuve valor para ser uno de los elegidos. ¿Por qué hago rimas en la prosa? ¿Por qué invento en mi muermo? Es algo que en verdad no entiendo. La única salida es la de incendios, necesito una socorrista que  resuelva mi coma, mi coma ortográfica naturalmente.
A continuación hubieran debido venir los insultos pero me los ahorro para una futura inversión. Camaleónicamente insultante, acuerdo lo que no llega y dimito detrás del escándalo del ministro, del ministro de la Iglesia Católica naturalmente. Estoy harto de tantas palabras acabadas en mente, no tengo pensamiento, me rijo sólo por el instinto hasta que alguien se da cuenta del rumbo perdido al cual me encamino.
Os necesito, mis queridas putas de seis de la tarde. Después del café y las cartas, dichoso de mi mismo, rey de un mundo que no existe, tierno.
La señorita Remedios me sugiere una nueva postura, la ha visto en una película, parece increíble que aún aprenda cosas.
Casi lo olvido, tengo que darte una cosa, abre la boca y prepárate para la golosina, deja que la abra, llevo mucho tiempo guardando, es un valioso regalo. Ella exhibe una hermosa sonrisa de triunfo, mira lo que hay dentro. Ella no existe más que en mis sueños de niño reprimido.
El optimismo acampa a sus anchas, necesita un descanso. Por eso me pongo a ver la televisión, para buscar algo que me ponga.
Estaba a punto para un orgasmo, pero necesito estímulos, algo que me frustre de forma lenta, sin prisas por darme un destino. Estimado señor, estamos complacidos en que se haya hecho socio preferente, dispone de todas nuestras chicas para lo que usted disponga, le enviaremos promociones para que se entretenga, no cabe duda que ha usted empezado con buen pie.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Textos que dicen un título


Hay textos que dicen un título y hay títulos que dicen un texto. La noche avanza sin compasión cuando llega a mi mente el emblema. No me iré con ella, aunque sea lo que más he amado, quizás a causa del odio que se ha desbordado en las suspicacias de lo no deseado. La herida ha dejado cicatriz y todo el mundo necesita a alguien; la noche avanza sin compasión cuando llega  a mi mente el emblema.
Mal número es el trece si lo pronuncia su boca pintada, su bandera manchada de sangre que ahora rueda por el mundo. Lleva la calma a la deriva, somos gallegos y no entendemos el por qué interrogante de nuestro odio lleno de tierra y mar en tempestad, ella en su barca sin rumbo fijo, yo en una tierra que sólo es otro nombre sin sentido, otra cadena a las necesidades compasivas.
Nos perdemos en la crisis general, para nosotros simple chascarrillo pues tenemos trabajo fijo y la Administración paga bien. No eludimos lo obvio y todo lo que cuento es una excusa para despertar compasión, en general soy tan egoísta y narcisista que Rimbaud se asustaría, en general abuso de la falsedad para convenceros que merezco el precio que habéis pagado por el libro, sólo por momentos me convenzo a mi mismo de que es cierto.
Buscamos la belleza manchada, cantando por la gran avenida mientras lloramos nuestras penas de niños mimados. Sonríe y tiembla la superioridad general, la experiencia que maquilla el resultado para decir un ya basta de tanta tontería; no, no soy Rimbaud.
Siempre habrá quedado la belleza manchada, siempre llorará la niña bonita de la famosa canción. A la luz de la Luna un monje es golpeado por unos borrachos, luego prenden fuego a tu coche y la herida no se cura. Entre todo esto quedará la gente defraudada a causa de la temática de la obra, el sexo sin amor, que tarda en entrar. Por eso voy a hacer una alabanza de tus dotes de ministra y las mías de publicista.
Mi amada (simple eufemismo que oculta una gran admiración) tiene  el don de la sociabilidad además de grandes dotes de mando. Cuida su imagen mejor que nadie y sabe que hacer en cada momento, en una fiesta sabe bailar, en una Iglesia sabe callar y otorgar las oportunas oraciones. Ha sufrido y disfrutado de todo tipo de experiencias, sabe fumar pero se cuida, percibe los terremotos con un minuto de antelación y espanta a los traidores. Todo se le puede pedir y todo ha de dársele, con estos mimbres el éxito está garantizado y la gente habrá acudida en masa a las urnas. Yo mismo la votaría si no me atacasen enfermedades cada vez que concertamos una cita.
Cabalguemos sobre el torso de Atlas impertérrito, caigamos a sus pies rendidos. Vagamos perdidos por los valles de la muerte, perdidos y asustados, niños de un cuento sin final concreto, yo aquí desde un lado, los otros allá, lejos. La grima de las chicharras, el croar de una rana que fue renacuajo sin agua, lucha de ancas vacías de carne, sangre.
Las serpientes dormidas, el lobo en su cueva, lobeznos mamando, nosotros en nuestros pisos, todo parece falso. Deberíamos detallar la campaña electoral, establecer una serie de eventos que queden en la memoria para siempre; si es cierto que hay algo para siempre, lo desconozco.
Nos reuniremos para los mítines, cenaremos en los restaurantes de los simpatizantes, viviremos en el paraíso del protocolo. En realidad, a mí también me atrae la política, sino ¿por qué crees que he escrito estos ensayos? Soy un oportunista ávido de sucesos, te necesito como a ella. Nos perderemos en las palabras vacías, en nuestra feliz nadería para así corrompernos y follar sin complejos.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Anäis Nin: Delta de Venus (Linda)

Linda

Linda estaba de pie frente al espejo, examinándose críticamente a plena luz del día.
Pasados los treinta, empezaba a preocuparle la edad, a pesar de que nada en ella traicionaba la menor merma de su belleza. Era delgada, de apariencia juvenil. Podía engañar a cualquiera, salvo a sí misma. A sus propios ojos, su carne iba perdiendo algo de su firmeza, algo de aquella suavidad marmórea que tan a menudo admirara en el espejo.
No por eso era menos amada. Incluso lo era más que nunca, pues ahora atraía a todos los jóvenes, que sienten que es realmente de una mujer así de quien se aprenden los secretos en materia de amor y que no experimentan atracción por las muchachas de su edad, las cuales están atrasadas, son inocentes e inexpertas y aún se preocupan por sus familias.
El marido de Linda, un hombre apuesto de cuarenta años, la amó durante mucho tiempo con el fervor de un amante. Cerró los ojos ante sus jóvenes admiradores, pues creía que ella no los tomaba en serio y que su interés se debía a su infantilismo y a la necesidad de verter sus sentimientos protectores sobre personas que estaban empezando a vivir. El mismo tenía fama de seductor de mujeres de todas clases y personalidades.
Linda recordaba que en su noche de bodas André había sido un amante adorable, que había rendido culto a cada parte de su cuerpo por separado, como si fuera una obra de arte, tocándola y maravillándose, haciendo comentarios, conforme iba acariciando, acerca de sus orejas, pies, cuello, pelo, nariz, mejillas y muslos. Sus palabras y su voz, así como su tacto, abrieron la carne de Linda como una flor al calor y a la luz.
La adiestró para que se convirtiera en un instrumento sexual perfecto; para que vibrara a todo tipo de caricias. Una vez, le enseñó a dejar adormecido el resto de su cuerpo y a concentrar todas sus sensaciones eróticas en la boca. Era entonces como una mujer medio drogada, yaciendo con el cuerpo tranquilo y lánguido, y su boca y sus labios se convertían en otro órgano sexual.
André tenía una especial pasión por la boca. En la calle miraba las bocas de las mujeres. Para él, la boca era indicativa del sexo. La tensión de un labio y su finura no auguraban nada rico o voluptuoso. Una boca plena prometía un sexo abierto y generoso. Una boca húmeda le atormentaba. Era capaz de seguir por la calle a una boca húmeda que se abriera, una boca dispuesta a besar, hasta que podía poseer a la mujer en cuestión y reafirmar su creencia en los reveladores poderes de la boca.
La boca de Linda le sedujo desde el principio. Tenía una expresión perversa y como dolorida. Había algo en la manera de moverla, un despliegue apasionado de los labios, que prometía una persona capaz de asestar latigazos entre los seres más queridos, como una tempestad. La primera vez que vio a Linda, quedó prendado de ella por su boca y se sintió como si ya estuviera haciéndole el amor. Y así sucedió en su noche de bodas. A él le obsesionaba aquella boca. Sobre ella se arrojó y la besó hasta que ardió, hasta que la lengua quedó extenuada y los labios hinchados.
A continuación, cuando hubo excitado plenamente la boca de Linda, la poseyó, poniéndose a horcajadas sobre ella, oprimiendo sus senos con sus fuertes caderas.
Nunca la trató como a una esposa. La cortejaba continuamente, ofreciéndole regalos, flores y placeres nuevos. La llevaba a comer a los cabinets particuliers de París y a los grandes restaurantes, donde todos los camareros creían que era su querida.
Elegía la comida y los vinos más excitantes para Linda y la embriagaba con sus palabras acariciadoras. Le hacía el amor a la boca. La obligaba a decirle que le deseaba. Entonces preguntaba:
—¿Y cómo me deseas? ¿Qué parte de ti quieres darme esta noche?
A veces, ella contestaba:
—Mi boca te desea. Quiero sentirte en mi boca, muy dentro de mi boca.
En otras ocasiones respondía: —Siento humedad entre las piernas. Así es como hablaban con las mesas de los restaurantes de por medio, en los pequeños comedores privados creados especialmente para los amantes. ¡Cuan discretos se mostraban los camareros, que sabían cuándo no debían volver! De un lugar invisible llegaba la música, y había un diván. Una vez servida la comida, André presionaba las rodillas de Linda entre las suyas, le robaba unos besos y la tomaba en el diván, vestida, como los amantes que no tienen tiempo de desnudarse.
La acompañaba a la ópera y a los teatros famosos por sus obscuros palcos, y le hacía el amor mientras contemplaban el espectáculo. Le hacía el amor también en los taxis y en una barcaza anclada frente a Notre-Dame que alquilaba cabinas para los amantes. En todas partes salvo en casa, en la cama conyugal. La llevaba en coche a pueblecitos apartados y se alojaba con ella en románticas posadas. O alquilaba una habitación en alguno de los prostíbulos de lujo que él había conocido.
Entonces la trataba como a una ramera: la obligaba a someterse a sus caprichos, le pedía que lo flagelara y que se pusiera a cuatro patas, y que en lugar de besarlo le pasara la lengua por todo el cuerpo, como si fuera un animal.
Estas prácticas despertaron tanto la sensualidad de Linda que llegó a sentir inquietud. Le asustaba pensar en el día en que André cesara de ser suficiente para ella. Le constaba que su propia sensualidad era vigorosa. La de su marido era el canto de cisne de un hombre que se había desgastado en una vida de excesos y que ahora le ofrecía la flor de su existencia.
Una vez André tuvo que dejarla durante diez días a causa de un viaje. Linda quedó inquieta y enfebrecida. Un amigo de André la telefoneó: era el pintor de moda en París, el favorito de todas las mujeres.
—¿Te aburres, Linda? ¿Accederías a unirte a nosotros para una reunión muy especial? ¿Tienes una máscara?
Linda sabía exactamente lo que quería decir. A menudo ella y André se habían reído de las fiestas de Jacques en el Bois. Era su forma favorita de entretenimiento: en una noche de verano, reunir a personas de la alta sociedad provistas de máscaras, dirigirse en coches al Bois con botellas de champaña, hallar un claro en la parte boscosa y correrse una juerga.
Se sintió tentada. Nunca había participado en una de aquellas diversiones, pues André no lo quiso. Le había dicho, bromeando, que el asunto de las máscaras podía confundirlo y que no deseaba hacerle el amor a una mujer que no fuera la suya.
Linda aceptó, pues, la invitación. Se puso uno de sus vestidos de noche; uno pesado, de raso, que se ajustaba a su cuerpo como un guante. No llevaba ropa interior ni joyas que pudieran identificarla. Cambió de peinado: de uno estilo paje que enmarcaba en redondo su cara, a otro estilo Pompadour, que revelaba la forma de su rostro y de su cuello. Luego se puso un negro antifaz, y sujetó la goma a su cabello para mayor seguridad.
En el último minuto decidió cambiar el color de su cabello, por lo que se lo lavó y lo tiñó de color azul-negro, en lugar de su rubio claro habitual. Acto seguido, volvió a peinarse; se vio tan cambiada que llegó a asustarse.
Alrededor de ochenta personas habían sido invitadas a reunirse en el gran taller del pintor de moda. Estaba tenuemente iluminado a fin de preservar mejor la identidad de los huéspedes. Cuando estuvieron todos reunidos, se repartieron entre los automóviles que aguardaban. Los conductores sabían adonde tenían que ir. En lo más espeso del bosque existía un hermoso claro cubierto de musgo. Allí se sentaron, después de haber despedido a los chóferes, y empezaron a beber champaña. En los atestados automóviles habían empezado ya muchas caricias. Las máscaras daban a la gente una libertad que convertía a los más refinados en animales hambrientos. Las manos corrían bajo los suntuosos trajes de noche para tocar lo que deseaban; las rodillas se enlazaban y las respiraciones se aceleraban.
A Linda la persiguieron dos hombres. El primero de ellos hizo cuanto pudo para excitarla besándole boca y senos, mientras que el otro, con más éxito, acariciaba sus piernas bajo su largo vestido, hasta que ella reveló con un estremecimiento que estaba ardiente. Entonces quiso llevarla a la obscuridad.
El primer hombre protestó, pero estaba demasiado borracho para competir. Linda fue arrancada del grupo y llevada a donde los árboles proyectaban sombras obscuras; allí se dejaron caer sobre el musgo. En las proximidades se escuchaban gritos de resistencia, gruñidos y el alarido de una mujer que pedía:
—¡Házmelo, házmelo, no puedo esperar más, házmelo, házmelo!
La orgía estaba en su apogeo. Las mujeres se acariciaban entre sí. Dos hombres se dedicaban a excitar a una hasta el frenesí y luego se paraban en seco para disfrutar mirándola con su vestido descompuesto, un tirante desgarrado, un pecho al descubierto, mientras trataba de satisfacerse a sí misma apretándose de forma obscena contra los hombres, restregándose, suplicando y levantándose el vestido.
Linda estaba estupefacta ante la bestialidad de su agresor. Ella, que sólo había conocido las voluptuosas caricias de su marido, se hallaba ahora presa de algo infinitamente más poderoso, de un deseo tan violento que parecía devorador.
Las manos de aquel hombre se le agarraban como garfios, levantaban su sexo para acercarlo a su miembro, y no tomaban en consideración si le rompían los huesos al hacerlo. Utilizaba coups de belier, de tal modo que en verdad era como si la penetrara un cuerno, como si recibiera una cornada que no la hiriese, pero que la hiciera desear desquitarse con idéntica furia. Después que él se hubo satisfecho con un salvajismo y una violencia que la dejó aturdida, murmuró:
—Ahora quiero satisfacerte a ti, y completamente, ¿me oyes? Como nunca lo conseguiste.
Esgrimió su miembro erecto como un primitivo símbolo de madera y se lo tendió para que lo utilizara como quisiera.
La incitó a que le hiciera objeto de su más violento apetito. Ella a duras penas era consciente de estar mordiendo la carne de su compañero.
—Anda, anda —le musitó al oído—. Os conozco a las mujeres, y nunca realmente tomáis a un hombre como os gustaría hacerlo.
Desde alguna profundidad de su cuerpo que nunca había conocido, brotó una fiebre salvaje que no se agotaba, que no tenía bastante con la boca, ni con la lengua ni con el pene; una fiebre que no se contentaba con un orgasmo. Sintió que los dientes de él se hundían en su hombro, y que los suyos se hundían en el cuello de él, y en ese momento Linda cayó hacia hacia adelante y perdió el conocimiento.
Cuando despertó, yacía sobre una cama de hierro en una sórdida habitación. Un hombre estaba dormido junto a ella, que se encontraba desnuda, al igual que él, a medio cubrir por la sábana. Reconoció el cuerpo que la estrujara la noche anterior en el Bois. Era el cuerpo de un atleta, corpulento, moreno, musculoso. La cabeza era hermosa, fuerte, con el pelo revuelto. Mientras le miraba admirativamente, él abrió los ojos y sonrió.
—No podía dejarte con los demás, pues nunca más te hubiera vuelto a ver.
—¿Cómo me trajiste aquí?
—Te robé.
—¿Dónde estamos?
—En un hotel muy pobre, donde yo vivo.
—Entonces, tú no eres...
—No soy amigo de los otros, si es eso lo que quieres decir. Soy un simple obrero.
Una noche, regresando en bicicleta de mi trabajo, vi una de vuestras partouzes. Me desnudé y me sumé a la fiesta. Las mujeres parecían disfrutar conmigo. No me descubrieron. Una vez hube hecho el amor con ellas, me deslicé fuera de allí. La noche anterior volví a pasar y oí voces. Te encontré cuando te besaba aquel hombre y te arrastré a otro lugar. Ahora te he traído aquí. Esto quizá sea un problema para ti, pero no podía dejarte. Tú eres una verdadera mujer; las otras son débiles comparadas contigo. Estás hecha de fuego.
—Tengo que irme.
—Pero quiero que me prometas que volverás.
El hombre se sentó y la miró. Su belleza física le confería una grandeza que hacía vibrar a Linda ante su proximidad. El empezó a besarla y la hizo languidecer de nuevo. Ella colocó su mano sobre su miembro erecto. Los goces de la noche anterior todavía recorrían su cuerpo. Le permitió que la hiciera suya de nuevo, casi como para asegurarla de que no había soñado. No, aquel hombre que podía hacer que el miembro ardiera a través de todo su cuerpo y que la besaba como si fuera la última vez era un hombre real.
Así que Linda volvió a verle. Era el lugar donde se sentía más viva. Pero al cabo de un año lo perdió. Se enamoró de otra mujer y se casó con ella. Linda se había acostumbrado tanto a él, que ahora cualquier otro hombre le parecía demasiado delicado, refinado, pálido, débil. De los hombres que conoció, ninguno tenía la fuerza salvaje y el fervor de su amante perdido. Lo buscó una y otra vez por todos los bares, por todos los lugares perdidos de París. Tuvo encuentros con boxeadores, artistas de circo y atletas. Con cada uno de ellos trataba de encontrar los mismos abrazos, pero nadie conseguía excitarla.
Cuando Linda perdió al obrero porque deseaba tener mujer propia, una mujer para ir a su hogar, una mujer que lo cuidara, se confió a su peluquero. El peluquero parisiense desempeña un papel vital en la vida de una francesa. No sólo la peina, y en este punto ella se muestra particularmente fastidiosa, sino que es un árbitro de la moda. Es su mejor crítico y confesor en materias amorosas. Las dos horas que lleva lavar, marcar y secar es tiempo más que suficiente para las confidencias. La intimidad del pequeño gabinete protege los secretos.
Cuando Linda llegó a París, procedente de una pequeña ciudad del sur de Francia, donde había nacido y en la que su marido la encontró, sólo tenía veinte años. Iba mal vestida y era huraña e inocente. Tenía un cabello espeso que no sabía cómo arreglar. No usaba maquillaje. Bajando por la rue Saint-Honoré, admirando los escaparates, se hizo plenamente consciente de sus deficiencias y de lo que significaba el famoso chic parisiense, esa preocupación fastidiosa por el detalle que convierte a toda mujer en una obra de arte. El propósito del chic era realzar los atributos físicos femeninos, y había sido creado en amplia medida por la inteligencia de los modistas. Lo que ningún otro país había sido capaz de imitar era la cualidad erótica de la ropa francesa, el arte de dejar que el cuerpo exprese todos sus encantos a través del vestido.
En Francia conocen el valor erótico del pesado raso negro, que confiere reflejos a un cuerpo desnudo y húmedo. Saben cómo delinear los contornos del pecho, cómo hacer que los pliegues del vestido sigan los movimientos del cuerpo. Conocen el misterio de los velos, del calado sobre la piel, de la ropa interior provocativa y de un vestido de osado escote.
El contorno de un zapato y la suavidad de un guante otorgan a la mujer parisiense una elegancia y una audacia que superan con mucho la seducción de otras. Siglos de coquetería han producido una especie de perfección que se manifiesta no sólo en las mujeres ricas, sino incluso en las más modestas empleadas. Y el peluquero es el sacerdote de este culto a la perfección. El tutela a las mujeres que llegan de provincias, refina a las vulgares, hace resplandecer a las pálidas y a todas les confiere nuevas personalidades.
Linda tuvo la fortuna de caer en manos de Michel, cuyo salón se hallaba cerca de los Campos Elíseos. Michel era un hombre de cuarenta años, delgado, elegante y más bien afeminado. Hablaba con suavidad, poseía hermosas maneras de salón, le besaba la mano como un aristócrata, y mantenía su bigote puntiagudo y reluciente.
Su conversación era brillante y vivaz. Era un filósofo y un creador de mujeres.
Cuando Linda llegó, irguió la cabeza como un pintor que estuviera a punto de comenzar una obra de arte.
Al cabo de pocos meses, Linda era un producto pulido. Además, Michel se convirtió en su confesor y preceptor. No siempre había sido peluquero de mujeres ricas, pero no se sentía inclinado a contar que empezó en un barrio muy pobre donde su padre fue también peluquero. Allí, el cabello femenino estaba estropeado por el hambre, los jabones baratos, la falta de cuidados y el trato brusco.
—Seco como el de una peluca —decía—. Demasiado perfume barato. Había una chica joven a la que nunca he olvidado. Trabajaba para una modista. Tenía pasión por el perfume, pero no podía procurárselo. Yo solía reservarle el final de los frascos de agua de toilette. Siempre que aplicaba un perfume a una mujer, miraba que quedase un poco en el frasco. Y cuando Gisele venía, me gustaba ponérsela entre los pechos. Le gustaba tanto, que no se daba cuenta de lo mucho que yo gozaba. Le cogía el cuello del vestido entre el índice y el pulgar, tiraba de él un poco y dejaba caer el perfume lanzando una mirada a sus jóvenes senos. Después se movía voluptuosamente y cerraba los ojos para aspirar el perfume y regocijarse con él. En ocasiones exclamaba: «¡Oh, Michel, me has mojado demasiado esta vez!»
«Una vez ya no pude resistir más. Dejé caer las gotas de perfume por su cuello y, cuando apartó su cabeza y cerró los ojos, mi mano se deslizó directamente hacia sus senos. Bueno, pues Gisele no volvió nunca más.
Pero eso fue sólo el comienzo de mi carrera como perfumista de mujeres. Empecé a tomarme en serio el trabajo. Tenía perfume en un atomizador y me gustaba rociar con él los pechos de mis clientes. Nunca se negaban a ello. Luego, aprendí a cepillarlas un poco una vez estaban servidas. Es una tarea muy agradable esa de quitarle el polvo al abrigo de una mujer bien formada.
Cierta clase de pelo de mujer me ponía en un estado que no puedo describirle, pues tal vez la ofendería. Pero hay mujeres cuyo cabello huele de manera tan íntima, como a almizcle, que a un hombre le hace... Bueno; no siempre puedo controlarme.
Usted sabe lo indefensas que están las mujeres cuando se sientan para lavarse el cabello o para teñírselo o para hacerse la permanente.»
Michel echaba un vistazo a una cliente y decía:
—Usted podría fácilmente sacarse quince mil francos al mes.
Lo cual significaba un piso en los Campos Elíseos, un coche, finas ropas y un amigo dispuesto a ser generoso. O bien que podía convertirse en una mujer de primera categoría, en la amante de un senador o del escritor o el actor del momento.
Cuando ayudaba a una mujer a alcanzar la posición a que tenía derecho a aspirar, mantenía el secreto. Nunca hablaba de la vida de nadie, si no era con muchos rodeos. Conocía a una mujer casada desde hacía diez años con el presidente de una gran compañía americana, la cual conservaba aún su carnet de prostituta y era conocida de la policía y de los hospitales adonde las furcias acuden a pasar sus reconocimientos semanales. No estaba acostumbrada aún a su nueva posición, y a veces olvidaba que llevaba dinero en el bolsillo para dar propinas a los hombres que la servían en los trasatlánticos durante sus travesías del océano. En lugar de la propina, les alargaba una tarjetita con su dirección.
Fue Michel quien aconsejó a Linda no mostrarse nunca celosa, y la exhortó a que recordara que hay más mujeres que hombres en el mundo, y especialmente en Francia. También le dijo que una mujer debe ser generosa con su marido, y que pensara en cuántas eran abandonadas sin saber qué era el amor. Se lo advirtió con mucha seriedad. El consideraba los celos como una especie de miseria. Las únicas mujeres verdaderamente generosas eran las prostitutas y las actrices que no rehuían sus cuerpos. Desde su punto de vista, el tipo más tacaño de mujer lo daba la americana buscadora de oro, que sabía cómo extraer dinero de los hombres sin darse ella misma, lo cual era considerado por Michel como signo de mal carácter.
Pensaba que toda mujer, en un momento u otro, debe ser una ramera. Consideraba que todas las féminas, en lo más hondo de su ser, deseaban ser putas una vez en su vida y que eso era bueno para ellas. Era la mejor manera de conservar la sensación de ser una hembra.
Cuando Linda perdió al obrero, consideró natural consultar a Michel. Este le aconsejó que se dedicara a la prostitución. Según él, ese camino le brindaría la satisfacción de demostrarse a sí misma que era deseable, dejando a un lado por completo el asunto del amor, y que podría encontrar a un hombre que la tratara con la necesaria violencia. En su propio mundo era demasiado venerada y adorada, y se había desvalorizado en exceso para conocer su auténtico valor como mujer y para ser tratada con la brutalidad que le gustaba.
Linda se percató de que lo mejor sería descubrir si se estaba haciendo mayor, si estaba perdiendo su poder y sus encantos. Así que tomó nota de la dirección que Michel le dio, se metió en un taxi y se apeó en un lugar de la Avenue du Bois, frente a una casa particular con una grandiosa apariencia recoleta y aristocrática. Allí fue recibida sin preguntas.
—De bonne famille?
Eso era todo cuanto deseaban averiguar. Aquélla era una casa especializada en mujeres de bonne famille. La encargada se apresuró a telefonear a un cliente:
—Tenemos una recién llegada, una mujer del más exquisito refinamiento.
Linda fue conducida a un espacioso boudoir con muebles de marfil y tapices de brocado. Se había quitado el sombrero y el velo y permanecía en pie frente al amplio espejo enmarcado en oro, arreglándose el cabello, cuando la puerta se abrió.
El hombre que entró era casi grotesco en apariencia. Bajo y grueso, tenía una cabeza enorme para su cuerpo y facciones de niño que hubiera crecido demasiado aprisa, excesivamente suaves, borrosas y tiernas para su edad y su corpulencia.
Avanzó rápidamente en dirección a ella y le besó la mano, ceremonioso.
—¡Querida, qué maravilloso que haya sido capaz de escaparse de su hogar y de su marido!
Linda estuvo a punto de protestar, cuando se dio cuenta del deseo que el hombre tenía de aparentar. De inmediato se incorporó al papel, pero temblaba en su interior al pensar que tendría que ceder ante aquel hombre. Sus ojos se volvían ya hacia la puerta, y se preguntó si podría escapar. El captó su mirada y dijo muy de prisa:
—No tiene usted por qué asustarse. Lo que le digo no es para atemorizarla. Le estoy agradecido por arriesgar su reputación reuniéndose conmigo aquí, por abandonar a su marido por mí. Yo pregunto muy poco, y su presencia me hace muy feliz. Nunca he visto una mujer más hermosa y aristocrática que usted. Me agradan su perfume, su vestido y su gusto en materia de joyas. Permítame que vea sus pies. ¡Qué hermosos zapatos! ¡Qué elegantes, y qué delicado tobillo el suyo! ¡Ah, no es muy frecuente que una mujer tan hermosa venga a verme! Yo no he tenido suerte con las mujeres.
Ahora le pareció a Linda que su interlocutor iba cobrando un aspecto más y más infantil. Todo en él era propio de un niño: la torpeza de sus gestos y la suavidad de sus manos. Cuando encendió un cigarrillo y se puso a fumar, tuvo la sensación de que debía ser el primero, por la impericia con que lo sostuvo y la curiosidad con que observó el humo.
—No puedo quedarme mucho tiempo —dijo Linda, impulsada por la necesidad de escapar.
Aquello no era, en absoluto, lo que ella había esperado.
—No la retendré mucho. ¿Me permite usted que vea su pañuelo? Le ofreció un delicado y perfumado pañuelo. El lo olió con expresión de extremado placer. Luego dijo:
—No tengo intención de poseerla como usted espera que lo haga. A mí no me interesa tomarla como los otros hombres. Todo lo que le pido es que se pase usted este pañuelo por la entrepierna y me lo dé. Eso es todo.
Comprendió que eso sería mucho más fácil que lo que había temido. Lo hizo de buena gana. El la miró mientras se inclinaba, se subía la falda, deshacía los cordones de sus pantalones y se pasaba el pañuelo lentamente entre las piernas. El hombre se inclinó entonces y colocó su mano sobre el pañuelo, simplemente para aumentar la presión y para que ella se lo pasara de nuevo.
El desconocido temblaba de pies a cabeza y sus ojos estaban dilatados. Linda se dio cuenta de que se hallaba en estado de gran excitación. Cuando tomó el pañuelo, lo miró como si fuera una mujer o una preciosa joya.
Estaba demasiado absorto para hablar. Caminó hacia la cama, extendió el pañuelo sobre la colcha y se lanzó sobre él al tiempo que se desabrochaba los pantalones.
Apretó y se restregó. Al cabo de un momento, se sentó en la cama, se envolvió el miembro con el pañuelo y continuó su movimiento hasta lograr el orgasmo que le hizo gritar de placer. Había olvidado por completo a Linda y se hallaba en un estado de éxtasis. El pañuelo estaba mojado por la eyaculación. El hombre se echó hacia atrás, jadeando.
Linda le dejó. Mientras avanzaba por el vestíbulo de la casa, se encontró con la mujer que la había recibido, la cual manifestó su sorpresa de que quisiera marcharse tan pronto.
—Le he proporcionado uno de nuestros más refinados clientes —explicó—, una criatura inofensiva.
Después de este episodio, Linda se sentó un domingo por la mañana en el Bois para presenciar el desfile de modelos de primavera. Estaba embebiéndose de los colores, la elegancia y los perfumes, cuando percibió un perfume especial cerca de ella.
Volvió la cabeza. A su derecha se sentaba un hombre apuesto de unos cuarenta años, vestido con elegancia, con su lustroso cabello negro peinado hacia atrás cuidadosamente. ¿Era de su cabello de donde procedía aquel perfume? Recordaba a Linda su viaje a Fez y la gran belleza de los árabes. Aquello le produjo un efecto poderoso. Miró al hombre, que se volvió y le dirigió una sonrisa; una brillante y blanca sonrisa de grandes y fuertes dientes, con dos de ellos de leche, más pequeños y retorcidos, lo que le confería un aspecto pícaro.
—Utiliza usted un perfume que yo olí en Fez —le dijo Linda.
—Es cierto. Estuve en Fez y lo compré en el zoco. Siento pasión por los perfumes, pero desde que encontré éste, no he vuelto a usar otro.
—Huele a madera preciosa. Los hombres deberían oler a madera preciosa. Siempre he soñado con ir a un país de Sudamérica donde haya selvas de maderas preciosas que exhalen maravillosos aromas. Una vez me enamoré del pachulí, un perfume muy antiguo. La gente hace tiempo que no lo usa. Procedía de la India. Los chales de nuestras abuelas siempre estaban saturados de pachulí. También me gusta pasear por los muelles y oler las especias almacenadas en los tinglados. ¿Usted lo hace?
—En efecto. A veces sigo a mujeres sólo por su perfume, por su olor.
—Yo quería quedarme en Fez y casarme con un árabe.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque una vez me enamoré de un árabe. Le visité varias veces. Era el hombre más hermoso que había visto nunca. Tenía el cutis obscuro, enormes ojos de azabache, y una expresión tan emocionada, que me arrebataba. Su voz era como un trueno; sus maneras, suaves. Siempre que hablaba con alguien, aunque fuera en la calle, permanecía sosteniéndole tiernamente ambas manos, como si deseara tocar a todos los seres humanos con idéntica suavidad y cariño. Yo estaba seducida por completo, pero...
—¿Qué sucedió?
—Un día extremadamente caluroso, nos sentamos a beber té a la menta en su jardín, y se despojó del turbante. Su cabeza estaba completamente afeitada. Es la tradición de los árabes, y parece que todos la respetan. Eso bastó para apagar mi pasión.
El desconocido se echó a reír.
Con perfecta sincronización, se levantaron y empezaron a caminar juntos. Linda estaba tan afectada por el perfume que se desprendía del cabello de aquel hombre como si se hubiera bebido un vaso de vino. Sentía que le temblaban las piernas y tenía la cabeza como sumida en la neblina. El desconocido observó la turgencia de sus senos como si contemplara el mar romper a sus pies. En el límite del Bois, él se detuvo.
—Yo vivo ahí mismo —dijo, señalando con su bastón un piso con muchos balcones—.
¿Aceptaría usted subir y tomarse un aperitivo conmigo en la terraza?
Linda aceptó. Le pareció que se sofocaría si se veía privada del perfume que la encantaba.
Se sentaron en la terraza y bebieron tranquilamente. Linda se inclinó, lánguida, hacia atrás. El desconocido continuaba observando su busto, hasta que cerró los ojos.
Ninguno de los dos hizo movimiento alguno; ambos habían caído en un sueño.
El fue el primero en moverse. Mientras la besaba, Linda se sintió transportada de nuevo a Fez, al jardín del árabe de alta estatura. Recordaba las sensaciones que experimentó aquel día: el deseo de ser envuelta en la blanca capa del árabe; el deseo de su potente voz y de sus ojos ardientes. La sonrisa del desconocido era brillante, como la del árabe. El desconocido era el árabe, el árabe de espeso cabello negro, perfumado como la ciudad de Fez. Dos hombres le estaban haciendo el amor. Mantuvo los ojos cerrados. El árabe la estaba desvistiendo. El árabe la estaba tocando con sus manos fogosas. Oleadas de perfume dilataron su cuerpo, lo abrieron, lo prepararon para la entrega. Sus nervios estaban dispuestos a alcanzar el clímax, tensos y prestos a responder.
Entreabrió los ojos y vio los deslumbrantes dientes a punto de morder su carne. Y entonces el sexo de aquel hombre la tocó y la penetró. Estaba como cargado de electricidad, y a cada sacudida enviaba corriente a través de su cuerpo.
Le separó las piernas como si quisiera rompérselas. El cabello del desconocido cayó sobre el rostro de Linda. Al olerlo, sintió que se consumía y le pidió que acelerara sus embestidas para poder experimentar juntos el orgasmo. En el momento en que éste se produjo, él lanzó un rugido de tigre; un tremendo grito de alegría, éxtasis y goce furioso como ella jamás oyera. Así imaginó que gritaría el árabe, como un animal de la selva que ruge de placer, satisfecho con su. Presa. Abrió los ojos. Su rostro estaba cubierto por el negro cabello de su compañero, que ella tomó en su boca.
Sus cuerpos estaban fundidos en uno. Las bragas de Linda habían sido bajadas con tal prisa, que se habían deslizado en toda la longitud de sus piernas y las tenía ahora alrededor de los tobillos. El, por su parte, había introducido de alguna manera su pie por una de las perneras de las bragas. Se miraron las piernas, atadas por aquel trocito de gasa negra, y se echaron a reír.
Linda volvió muchas veces al apartamento. Su deseo empezaba mucho antes de cada encuentro, mientras se vestía para él. A todas las horas del día su perfume surgía de alguna misteriosa fuente y la obsesionaba. A veces, cuando estaba a punto de cruzar la calle, recordaba su aroma de manera tan vivida, que el torbellino que sentía entre sus piernas la obligaba a quedarse allí de pie, indefensa, dilatada.
Algo de aquel perfume se pegaba a su cuerpo y la turbaba por la noche, cuando dormía sola. Nunca se había excitado con tanta facilidad. Siempre había necesitado tiempo y caricias, pero para el árabe, como le llamaba para sus adentros, parecía como si siempre estuviera eróticamente preparada, hasta el punto de que se excitaba mucho antes de que él la tocara. Por otra parte, temía alcanzar el orgasmo al primer contacto del dedo de aquel hombre en su sexo.
Sucedió una vez. Llegó al apartamento húmeda y temblorosa. Los labios de su sexo estaban tan tiesos como si hubieran sido acariciados. Tenía los pezones endurecidos y todo su cuerpo palpitaba. Cuando la besó, él sintió el torbellino de Linda y deslizó su mano directamente a su sexo. La sensación fue tan aguda, que ella tuvo un orgasmo.
Otro día, alrededor de dos meses después de que comenzara su liaison, fue hacia él y, cuando la tomó en sus. Brazos, ella no sintió deseo. Él no parecía el mismo.
Mientras permanecía en pie frente a ella, Linda observó fríamente su elegancia y, al mismo tiempo, su aspecto de normalidad. Su apariencia era la de un francés elegante, como los que podían verse paseando Campos Elíseos abajo, en las noches de estreno o en las carreras.
Pero ¿qué había cambiado en sus ojos? ¿Por qué no sentía la gran embriaguez que solía inspirarle su presencia? Ahora había algo muy común en él que le convertía en otro hombre. ¡Qué distinto del árabe! Su sonrisa parecía menos brillante, su voz más apagada. De pronto, ella cayó en sus brazos y trató de oler su cabello.
—¡Tu perfume, no llevas tu perfume! —gritó.
—Se me acabó —dijo el árabe-francés— y no puedo conseguir más. Pero ¿por qué te has trastornado así?
Linda trató de recuperar los sentimientos que él le inspiraba, pero sintió su cuerpo frío. Fingió. Cerró los ojos y empezó a imaginar. Estaba de nuevo en Fez, sentada en un jardín; junto a ella estaba el árabe, sentado en un diván bajo y blando. El había recostado la cabeza de Linda en el diván y la besaba mientras la fuentecilla cantaba en sus oídos y el perfume familiar quemaba en un pebetero a su lado. Pero no. La fantasía se rompió. Allí no había pebetero. El lugar olía a piso francés. El hombre que se hallaba junto a ella era un extraño. Estaba desprovisto de la magia que le hacía deseable. Linda nunca volvió a verlo.
Aunque Linda no había saboreado la aventura del pañuelo, al cabo de unos pocos meses de no moverse de la esfera que le era propia volvió a sentirse inquieta.
La obsesionaban los recuerdos, las historias que había oído y la sensación de que en todas partes, a su alrededor, hombres y mujeres disfrutaban del placer sensual.
Temía que ahora que había dejado de gozar con su marido su cuerpo empezara a marchitarse.
Recordaba haber sido excitada sexualmente por un incidente que le ocurrió a una edad muy temprana. Su madre le compró unas bragas que le quedaban demasiado pequeñas y le apretaban la entrepierna. Le irritaron la piel, y por la noche, al dormirse, se arañó. Mientras descansaba, el arañazo se suavizó y Linda se dio cuenta de que le producía una sensación placentera. Continuó acariciando su piel y encontró que sus dedos se acercaban a cierto sitio, en el centro, donde el placer aumentaba. Bajo sus dedos, halló una parte que parecía endurecerse con su tacto, y allí descubrió una sensibilidad aún mayor.
Pocos días más tarde la llevaron a confesarse. El sacerdote se sentó en su banco y ella tuvo que arrodillarse a sus pies. Era un dominico y llevaba un largo cordón con una borla que le caía al lado derecho. Al inclinarse Linda hacia las rodillas del confesor, sintió la borla contra ella. El sacerdote tenía una voz recia y cálida que la envolvía, y se inclinó a su vez para hablarle. Cuando la niña hubo concluido con los pecados ordinarios —ira, mentiras, etcétera—, hizo una pausa. Al observar su duda, él empezó a susurrarle en un tono mucho más bajo: —¿Has tenido alguna vez sueños impuros?
—¿Qué sueños, padre?
La pesada borla que ella notaba justamente en el lugar sensible, entre las piernas, le producía los mismos efectos que las caricias de sus propios dedos la noche anterior.
Trató de acercarse más. Quería oír la voz del sacerdote, cálida y sugestiva, preguntándole sobre los sueños impuros.
—¿Has tenido alguna vez sueños en los que te besaban o en los que tú besabas a alguien?
—No, padre.
Ahora sintió que la borla le afectaba infinitamente más que los dedos, porque de una u otra manera misteriosa, formaba parte de la cálida voz del sacerdote y de las palabras que pronunciaba, como «besar». Se apretó contra él más fuerte y le miró.
El sintió que la niña tenía algo de que confesarse y preguntó:
—¿Alguna vez te acaricias tú misma?
—Acariciarme yo misma, ¿cómo?
El sacerdote estaba a punto de desechar la pregunta, pensando que su intuición le había conducido a error, pero la expresión del rostro de la penitente confirmó su dudas.
—¿Te has tocado alguna vez con las manos?
En ese momento Linda deseaba enormemente poder efectuar un movimiento de fricción y alcanzar de nuevo aquel placer extremo y abrumador que descubriera pocas noches antes. Pero temía que el sacerdote se diera cuenta, la rechazara y perdiera por completo aquella sensación. Estaba decidida a mantener su atención, y empezó a decir:
—Es verdad, padre, tengo algo terrible que confesar. Me arañé yo misma una noche, luego me acaricié y...
—¡Niña, niña —la reconvino el sacerdote—, debes dejar eso inmediatamente! Es un acto impuro y arruinará tu vida.
—¿Por qué es impuro? —preguntó Linda presionando contra la borla.
Su excitación iba en aumento. El sacerdote se inclinó tanto sobre ella que sus labios casi le tocaron la frente. Ella estaba mareada.
—Esas caricias sólo te las puede prodigar tu marido. Si abusas de ellas, te debilitarás y nadie te amará. ¿Cuántas veces lo has hecho?
—Tres noches, padre. También he tenido sueños.
—¿Qué clase de sueños?
—He soñado que alguien me tocaba allí.
Cada palabra que pronunciaba acrecentaba su excitación y, fingiendo culpa y vergüenza, se arrojó contra las rodillas del sacerdote y bajó la cabeza como si estuviera llorando; en realidad, lo que ocurría era que el contacto con la borla le había producido un orgasmo y estaba temblando. El sacerdote, creyendo que se sentía culpable y avergonzada, la tomó en sus brazos, la levantó de su posición arrodillada y la consoló.