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domingo, 10 de mayo de 2020

Fragmento de Sexus (Henry Miller)

Entonces confesó algo que era –bien lo sabía yo- una puñetera mentira, pero aun así, interesante. Una de esas “deformaciones” o “trasposiciones” propias de los sueños. Sí, cosa bastante curiosa, las otras chicas, verdad, sintieron lástima de ella… lástima de haberla metido en aquél fregado. Sabían que no estaba acostumbrada a acostarse con todo quisqui. Así, que pararon el coche y cambiaron de asiento para que se sentara delante, con el tipo peludo, que hasta entonces había parecido decente y tranquilo. Ellas se sentaron detrás en las rodillas de aquellos hombres, con las faldas alzadas, mirando hacia delante y, mientras fumaban sus cigarrillos y reían y bebían, les dejaba ponerse las botas.
“¿Y qué hizo el otro tipo, mientras sucedía eso?”, me sentí obligado a preguntar al final.
“No hizo nada”, dijo. “Le dejé que me cogiera la mano y le hablé lo más rápido que pude para quitárselo de la cabeza.”
“Venga, hombre”, dije, “déjate de cuentos. A ver, ¿qué hizo? ¡Cuenta!¡Cuenta!”
Bueno, el caso es que le tuvo cogida la mano mucho tiempo, lo creáis o no. Además, ¿qué podía hacer? ¿Es que no iba conduciendo el coche?
“¿Quieres decir que en ningún momento se le ocurrió parar el coche?”
Claro que sí. Lo intentó varias veces, pero ella lo convenció para que no lo hiciese… Ése era el rollo. Estaba pensando desesperadamente cómo pasar a la verdad.
“¿Y al cabo de un rato?”, dije, para allanar el terreno.
“Pues, de repente, me soltó la mano…” Hizo una pausa.
“¡ 

“Y después volvió a cogerla y se la colocó sobre la pierna. Llevaba la bragueta abierta y tenía el aparato tieso… y estremeciéndose. Era un aparato enorme. Me entró un susto tremendo, pero no me dejaba retirar la mano. Tuve que hacerle una paja. Después paró el coche e intentó arrojarme fuera. Le rogué que no lo hiciese. “Sigue conduciendo despacio”, dije, “Haré lo que quieras… después. Estoy asustada”. Se limpió con un pañuelo y reanudó la marcha. Entonces empezó a decir las guarrerías más soeces…”
“¿Como por ejemplo?¿Qué dijo exactamente?¿Lo recuerdas?”
“Oh, no quiero hablar de eso… era repugnante.”
“Después de lo que me has contado, no veo por qué vacilas por unas palabras”, dije, “¿Qué diferencia hay? Igual podrías…”
“Muy bien, si lo deseas… “Eres la clase de tía a la que me gusta follar”, dijo. “Hace mucho tiempo que tengo ganas de joderte. Me gusta la forma de tu culo. Me gustan tus tetas. No eres virgen: ¿a qué vienen tantos remilgos? Como si no te hubieran jodido más que una gallina… como si no tuvieses un coño que te llega hasta los ojos” …y cosas así.”
“Me estás poniendo cachondo”, dije. “Vamos, cuéntamelo todo”
Ahora veía que le encantaba desembuchar. Ya no era necesario disimular por más tiempo: estábamos disfrutando los dos.
Al parecer, los hombres del asiento trasero querían cambiar de pareja, cosa que la asustó de verdad. “Lo único que podía hacer era fingir que quería que me jodiese el otro primero. Éste quería parar al instante y salir del coche. “Conduce despacio”, lo engatusé, “luego podrás hacer lo que quieras conmigo… no quiero tenerlos a todos encima a la vez”. Le cogí la picha y empecé a darle masajes. Al cabo de un intante estaba tiesa… más incluso que antes. ¡La Virgen! Te lo aseguro, Val, nunca había tocado una herramienta como aquélla. Debía de ser un animal. Me obligó a cogerle los huevos también: eran pesados y estaban hinchados. Se la meneé deprisa, con la esperanza de hacerlo correrse enseguida…”
“Oye”, le interrumpí, excitado con lo de la gran polla de caballo, “hablemos claro. Debías de morirte de ganas de follar, con aquél aparato en la mano…”
“Espera”, dijo, con los ojos brillantes. Ya estaba tan mojada como una gansa, con los masajes que le había estado dando…
“No me hagas correrme ahora”, suplicó, “o no podré acabar la historia. ¡La Virgen! Nunca pensé que querrías oír todo esto”. Cerró las piernas bajo mi mano, para no excitarse demasiado. “Oye, bésame…” y me metió la lengua hasta la garganta. “Ay, Señor, ¡ojalá pudiéramos follar ahora! Esto es una tortura. Tienes que curarte eso pronto… me voy a volver loca…”
“No te distraigas… ¿Qué más ocurrió? ¿Qué hizo él?”
“Me cogió por la nuca y me metió la cabeza a la fuerza en su entrepierna. “Voy a conducir despacio como has dicho”, susurró, “quiero que me la chupes. Después de eso, estaré listo para echarte un polvo como Dios manda”. Era tan enorme, que creí que iba a asfixiarme. Sentí ganas de morderlo. De verdad, Val, nunca había visto una cosa igual. Me obligó a hacerle de todo. “Ya sabes lo que quiero”, dijo, “Usa la lengua. No es la primera vez que te metes una picha en la boca”. Al final, empezó a moverse hacia arriba y hacia abajo, a meterla y sacarla. Me tuvo todo el tiempo cogida de la nuca. Estaba a punto de volverme loca. Entonces se corrió… ¡pufff! ¡Qué asco! Creí que no acabaría nunca de correrse. Aparté la cabeza rápidamente y me echó un chorro a la cara… como un toro.”
Para entonces estaba a punto de correrme yo también. La picha me bailaba como una vela mojada. “Con purgaciones o sin ellas, esta noche follo”, pensé para mis adentros.
Después de una pausa, reanudó el relato. Que si la hizo acurrucarse en el rincón del coche con las piernas levantadas y le anduvo hurgando por dentro, mientras conducía con una mano y el coche iba haciendo eses por la carretera, que si le hizo abrirse el coño con las dos manos y después lo enfocó con la linterna, que si le metió el cigarrillo y la obligó a intentar chupar con el coño. Que si uno de ellos intentó ponerse de pie y meterle la picha en la boca, pero que estaba demasiado borracho para lograrlo. Y las chicas… entonces ya en pelotas y cantando canciones verdes, sin saber adónde se dirigía ni qué vendría después.
“No”, dijo, “tenía demasiado miedo para sentirme apasionada. Eran capaces de cualquier cosa. Eran unos matones. En lo único que podía pensar era en cómo escapar. Estaba aterrada y lo único que él seguía diciendo era: “Ya verás, preciosa… te voy a joder hasta las entrañas. ¿Qué edad tienes? Ya verás…”. Y entonces se la cogía y la blandía como una porra. “Cuando te meta esto dentro de ese chochito tan mono que tienes, vas a sentir algo. Voy a hacer que te salga por la boca. ¿Cuántas veces crees que puedo hacerlo? ¡Adivina!”. Tuve que responderle “¿Dos…tres veces?”. “Supongo que nunca te han echado un polvo de verdad. ¡Tócala!”. Y me hizo cogerla otra vez, mientras se movía hacia delante y hacia atrás. Estaba viscosa y resbaladiza… debió de estar corriéndose todo el tiempo. “¿Qué tal sienta, amiga? Puedo alargarla dos o tres centímetros más, cuando te barrene ese agujero tuyo con ella. Por cierto, ¿qué tal, si te la metiera por el otro agujero? Mira, cuando acabe contigo, no vas a poder ni pensar en follar en un mes”. Así es como hablaba…”
“¡Por el amor de Dios, no te detengas ahora!”, dije. “¿Qué más?”


Pues, paró el coche, junto a un campo. Se habían acabado las contemplaciones. Las chicas estaban intentando vestirse, pero los tipos las sacaron desnudas. Estaban gritando. Una de ellas se ganó un guantazo en la mandíbula para que fuese aprendiendo y cayó como un tronco junto a la carretera. La otra se puso a apretar las manos, como si estuviese rezando, pero no podía emitir sonido alguno, de tan paralizada estaba por el miedo.
“Esperé a que abriera su puerta”, dijo Mona. “Entonces salí de un brinco y eché a correr por el campo. Se me salieron los zapatos. Me corté los pies con los espesos rastrojos. Corrí como una loca y él tras de mí. Me alcanzó y me arrancó el vestido: lo desgarró de un tirón. Después le vi alzar la mano y al momento siguiente vi las estrellas. Tenía agujas en la espalda y veía agujas en el cielo. Él estaba encima de mí cabalgándome como un animal. Me hacía un daño terrible. Quería gritar, pero sabía que lo único que haría sería volver a pegarme. Me quedé tumbada y rígida de miedo y lo dejé magullarme. Me mordió por todo el cuerpo –los labios y las orejas, el cuello, los hombros, los pechos- y no dejó de moverse ni por un instante: no paraba de follar, como un animal enloquecido. Pensé que me había roto todo por dentro. Cuando se retiró, creí que había acabado. Me eché a llorar. “Calla”, dijo, “o te doy una patada en la mandíbula”. Sentía la espalda como si hubiera estado rodando entre cristales. Él se quedó tumbado boca arriba y me dijo que se la chupase. Todavía la tenía grande y viscosa. Creo que debía de tener una erección perpetua. Tuve que obedecer. “Usa la lengua”, dijo, “¡Lámela!”. Se quedó tumbado respirando pesadamente, con los ojos en blanco y la boca completamente abierta. Después me puso encima de él, haciéndome saltar como si fuera una pluma, girándome y retorciéndome como si estuviese hecha de goma. “Así está mejor, ¿eh?”, dijo. “Ahora dale tú, ¡zorra!”, y me sostuvo ligeramente de la cintura con las dos manos, mientras yo follaba con todas mis fuerzas. Te lo juro, Val, no me quedaba una pizca de sentimiento… excepto un dolor abrasador, como si me hubieran metido por el cuerpo una espada al rojo vivo. “Ya está bien”, dijo. “Ahora ponte a cuatro patas… y levanta bien el culo”. Entonces me lo hizo todo… la sacaba de un sitio y la metía en el otro. Me tenía con la cabeza enterrada en el suelo, en pleno lodo, y me obligó a cogerle los cojones con las dos manos. “¡Apriétalos!”, dijo, “pero no demasiado fuerte, ¡o te parto la boca!”. El lodo me estaba entrando en los ojos… apestaba horriblemente. De repente, sentí que apretaba con todas sus fuerzas… estaba corriendose otra vez… era caliente y espesa. Yo ya no podía resistir un momento más. Me desplomé de cara contra el suelo y sentí derramárseme la lefa por la espalda. Le oí decir: “¡Maldita sea tu estampa!”, y después debió de golpearme otra vez, porque no recuerdo nada hasta que me desperté tiritando de frío y me vi cubierta de cortes y magulladuras. El suelo estaba mojado y yo estaba sola…”


En aquél punto la historia siguió una dirección y despues otra y otra. Con mi afán por seguir sus divagaciones, casi me olvidé del sentido de la historias, que era el de que ella había contraído una enfermedad. Al principio no se había dado cuenta de lo que era, porque se había manifestado como un grave acceso de hemorroides. La causa había sido haber permanecido tumbada en el suelo mojado, afirmó. Al menos, esa había sido la opinión del médico. Después vino lo otro… pero había ido al médico a tiempo y la había curado.

jueves, 31 de enero de 2019

Robin Wright habla por primera vez sobre Kevin Spacey: “No conocía al hombre”


La protagonista de 'House of Cards' compartió cinco temporadas de la serie con el actor, con quien asegura no haber mantenido ningún tipo de relación personal

Robin Wright en un momento del rodaje de 'House of Cards'.
Robin Wright en un momento del rodaje de 'House of Cards'.

Kevin Spacey se sincera: “Déjame que sea Frank”


El actor estadounidense publica un vídeo en el que interpreta a Frank Underwood, su antiguo personaje en ‘House of Cards’, el mismo día que un fiscal de Massachusetts le acusa de abusos a un joven

Kevin Spacey, en el vídeo publicado por él mismo y titulado 'Déjame ser Frank', en referencia a su personaje en 'House of Cards'.
El vídeo dura tres minutos y se titula "Déjame ser Frank". El actor Kevin Spacey, acusado de varios delitos de abuso sexual y apartado de su vida profesional por ello, interpreta a uno de sus personajes más conocidos, Frank Underwood, el que fuera presidente de Estados Unidos en la serie House of Cards. En una cocina, ataviado con un delantal navideño, realiza una de sus famosas confidencias en tono de reflexión, mirando a cámara, al más puro estilo Underwood, dejando que las frases con doble sentido hagan volar la imaginación del espectador. "Déjame que sea franco", podría también traducirse ese Let me be Frank.

"Puede que hayan intentado separarnos, pero lo que tenemos es demasiado fuerte, demasiado poderoso. Después de todo, hemos compartido todo. Te he contado mis secretos más oscuros, te he enseñado exactamente de lo que es capaz la gente. Te he agitado con mi sinceridad, pero sobre todo te he retado y hecho pensar", arranca Spacey, que a finales del pasado año cayó en desgracia cuando estaba en uno de los momentos más dulces de su carrera como actor. Fue otro intérprete, Anthony Rapp, quien declaró al portal estadounidense Buzzfeed que cuando tenía 14 años el actor ganador de dos oscars y estrella de la serie de Netflix House of Cards, Kevin Spacey (entonces de 26), abusó de él. En aquel entonces, Spacey declaró que era gay, según los titulares de entonces para tratar de ocultar los abusos sexuales. Sin embargo, poco después el actor fue apartado de House of Cards por Netflix y el director Ridley Scott también prescindió de sus servicios en la película Todo el dinero del mundo

El vídeo fue publicado por Spacey poco después de que The Boston Globe publicase que la fiscalía de Cape Cod (Massachusetts) acusa al actor de abusar sexualmente de un joven de 18 años de edad en un bar de Nantucket, una isla del Estado de Massachusetts, hace dos años. Este abuso lo destapó la madre del joven, una periodista de la televisión de Boston, en noviembre del año pasado. "Le compró una bebida tras otra y, cuando estuvo borracho, le agredió sexualmente", denunció en una rueda de prensa. De acuerdo con el escrito del fiscal de distrito Michael O'Keefe, Spacey deberá comparecer el próximo 7 de enero por cargos de asalto indecente y agresión contra un menor.

"Por supuesto algunos se lo creyeron todo. He estado esperando con el alma en vilo que lo confiese todo. Se mueren porque yo declare que todo lo dicho es verdad", dice el Underwood personaje sobre el Spacey actor en el vídeo hecho público por este. Y continúa: "¿No sería sencillo? Si fuera todo así de simple… Solo tú y yo sabemos que nunca es tan sencillo ni en la política ni en la vida. Pero tú no creerías lo peor sin pruebas, ¿verdad? Tú no te precipitarías a juzgar sin hechos, ¿verdad? ¿Lo hiciste? No, tú no. Tú eres más listo que todo eso", reta en el vídeo un Spacey que juega a ser Underwood mientras simula preparar algo en la cocina. El actor, acusado de ser un depredador en el plató de House of Cards y señalado también por abuso sexual durante los meses posteriores al primer escándalo por más de 30 personas, tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, desafía escudándose en el personaje de House of Cards: "Puedo prometerte esto: si no pagué el precio por las cosas que ambos sabemos que hice, seguro que no pagaré el precio por las cosas que no hice. Por supuesto que van a decir que soy un irrespetuoso por no respetar las normas, pero nunca lo hice y te encantaba".

"A pesar de todas las tonterías, la animosidad, los titulares, la impugnación sin juicio... A pesar de todo, a pesar de mi propia muerte (en referencia a la eliminación física de Frank Underwood en la serie de Netflix), me siento sorprendentemente bien. Y mi confianza crece cada día en que muy pronto sabrás toda la verdad…", insinúa Spacey. El actor concluye en el vídeo (que en pocas horas tras su publicación ya contaba con más de tres millones de visualizaciones): "Si algo hemos aprendido estos años es que en la vida y en el arte nada debe descartarse. ¿Nunca me viste morir, verdad? Las conclusiones pueden ser tan engañosas. ¿Me echas de menos?"

martes, 17 de abril de 2018

La conciencia



No me digas que ya lo sabías. No hay clemencia para los perdedores. La competencia es abrumadora. Hay un concurso de celebridades en un poblado gitano. Ya no crees en Dios, tampoco en la Virgen. Rezas al becerro de oro, lloras de rodillas y suplicas otro duples de rayas. No te olvido.
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Recuerdo un círculo mágico en tu vientre, la postura del misionero y tu padre protestando. No hay clemencia para los perdedores. La lista de caricias se marca a fuego en tu espalda. Somos los amos del planeta de mis versos. La aspiración de un poeta corrompido por las palabras que no son mías.

Chiste sexo

La imagen puede contener: texto

martes, 22 de noviembre de 2016

El hedonismo según Alber Camus


EL EXTRANJERO, . CAMUS, ALBERT - ALIANZA EDITORIAL - Foto 1:

Trabajé mucho toda la semana. Raimundo vino y me dijo que había enviado la carta. Fui dos veces al cine con Manuel, que nunca comprende lo que sucede en la pantalla. Siempre hay que darle explicaciones. Ayer era sábado, y María vino, como habíamos convenido. La deseé mucho porque tenía un lindo vestido a rayas rojas y blancas, y sandalias de cuero. Se adivinaban sus senos firmes, y el tostado del sol le daba un rostro de flor. Tomamos un autobús y fuimos a algunos kilómetros de Argel a una playa encerrada entre rocas y rodeada de cañaverales del lado de la ribera. El sol de las cuatro no calentaba demasiado, pero el agua estaba tibia, con pequeñas olas alargadas y perezosas. María me enseñó un juego. Al nadar había que beber en la cresta de las olas, conservar en la boca toda la espuma, y ponerse en seguida de espaldas para proyectarla hacia el cielo. Se formaba entonces un encaje espumoso que se desvanecía en el aire o caía como lluvia tibia sobre la cara. Pero al cabo sentí la boca quemada por la amargura de la sal. María se me acercó entonces y se estrechó contra mí en el agua. Puso su boca contra la mía. Su lengua refrescaba mis labios y rodamos entre las olas durante un momento.
Cuando nos vestimos nuevamente en la playa, María me miraba con ojos brillantes. La besé. A partir de ese momento no hablamos más. La estreché contra mí y nos apresuramos a buscar un autobús, regresar, ir a casa y arrojarnos sobre la cama. Había dejado la ventana abierta y era agradable sentir derramarse la noche de verano sobre nuestros cuerpos morenos.

jueves, 16 de abril de 2015

Elena (Anais Nin: Delta de Venus)

Sus caricias poseían una extraña cualidad. Unas veces eran suaves y evanescentes, otras, fieras, como las caricias que Elena había esperado cuando sus ojos se fijaron en ella; caricias de animal salvaje. Había algo de animal en sus manos, que recorrían todos los rincones de su cuerpo, y que tomaron su sexo y su cabello a la vez, como si quisieran arrancárselos, como si cogieran tierra y hierba al mismo tiempo.
Cuando cerraba los ojos sentía que él tenía muchas manos que la tocaban por todas partes, muchas bocas tan suaves que apenas la rozaban, dientes agudos como los de un lobo que se hundían en sus partes más carnosas. El, desnudo, yacía cuan largo era sobre ella, que gozaba al sentir su peso, al verse aplastada bajo su cuerpo.
Deseaba que quedara soldado a su cuerpo, desde la boca hasta los pies. La recorrieron estremecimientos. El murmuraba de vez en cuando, pidiéndole que levantara las piernas como Elena nunca lo había hecho, hasta que las rodillas tocaron su barbilla. Le susurró que se volviera, y recorrió su espalda con las manos.
Descansó dentro de ella, luego se echó de espaldas y aguardó.
Elena, incorporándose, se apartó con el cabello despeinado y los ojos con expresión drogada, y lo vio, como a través de una neblina, tendido boca arriba. Se encogió hacia los pies de la cama, hasta que alcanzó con la boca su miembro y empezó a besarlo. El suspiró. El pene acusaba suavemente cada beso. La miraba. Puso la mano sobre su cabeza y la presionó hacia abajo para que la boca cayera sobre su miembro. Dejó la mano donde estaba mientras ella se movía arriba y abajo, hasta que la dejó caer; con un suspiro de insufrible placer, la dejó sobre el vientre y permaneció inmóvil, con los ojos cerrados, saboreando su gozo.
Ella no podía mirarlo como él la miraba, pues sus ojos estaban empañados por la violencia de sus sensaciones. Cuando lo miraba, se sintió de nuevo impelida, como por una fuerza magnética, a tocar su carne, con la boca o con las manos o con todo el cuerpo. Se restregó contra él con lujuria animal, disfrutando de la fricción. Luego, se dejó caer sobre el costado y permaneció tendida, tocando la boca de su amante como si la estuviera moldeando una y otra vez, como un ciego que pretende descubrir la forma de la boca, los ojos y la nariz, averiguar cómo es el tacto de su piel, la longitud y textura del cabello y la disposición de éste tras las orejas. Los dedos de Elena eran ligeros mientras se entregaba a esa operación, hasta que, de pronto, la asaltó el frenesí y presionó profundamente la carne hasta hacerle daño, como si quisiera asegurarse violentamente de la realidad de aquel hombre.
Tales eran las sensaciones externas de aquellos cuerpos que se descubrían el uno al otro. De tanto tocarse, quedaron como drogados. Sus gestos eran lentos y ejecutados como en sueños. Tenían las manos pesadas. Sus bocas no se cerraban.
¡Cómo manaba de Elena la miel! Su compañero bañó en ella sus dedos y luego su sexo. Después la movió de tal modo que la hizo yacer sobre él, con las piernas sobre las suyas, y cuando la tomaba, pudo verse a sí mismo penetrándola, y ella a su vez pudo verlo a él. Contemplaban el ondular de sus cuerpos juntos, buscando el clímax. El la esperaba, atento a sus movimientos.
Como ella no aceleraba su ritmo, la cambió de postura, haciéndola yacer boca arriba. Se tendió sobre ella para poder tomarla con más fuerza, tocando el fondo de su sexo, tocando las carnosas paredes una y otra vez, y entonces ella experimentó la sensación de que en sus entrañas despertaban nuevas células, nuevos dedos, nuevas bocas que respondían a la penetración del hombre y se conjuntaban en el movimiento rítmico; que aquella succión iba siendo cada vez más placentera, como si la fricción hubiera levantado nuevos estratos de gozo. Se movía más aprisa para alcanzar el clímax, y cuando él se dio cuenta aceleró sus movimientos incitándole a alcanzar un orgasmo conjunto, con palabras, con las caricias de sus manos y, por último, soldando la boca con la suya para que las lenguas se movieran al mismo ritmo que la vagina y el pene; el placer recorría a Elena de la boca al sexo, en corrientes cruzadas en ascenso, hasta que lanzó un grito, a medias sollozo y carcajada, de la alegría que desbordó su cuerpo.

viernes, 14 de marzo de 2014

Real men don´t buy girls

-An estimated one million children are forced to work in the global sex industry every year.

-The global sex slavery market generates a $39 billion profit annually.

-Selling young girls is more profitable than trafficking drugs or weapons.

Celebrities are taking part in Real Men Don't Buy Girls campaign.

Be part in this campaign too and spread awareness !

miércoles, 15 de enero de 2014

Ocho escenarios sexuales para mantener la chispa

No hace falta ser infiel para acostarse con alguien que no sea tu pareja. Solo hace falta ser otra persona por una noche a través de un juego de rol, y así acceder a un mundo de fantasías, sin salir de casa.

En cualquier juego sexual hay que recordar que es imprescindible tener deseo y consentimiento mutuos. Y, sobre todo, en los juegos de rol, es muy importante saber distinguir entre la realidad y la fantasía. Por ejemplo, en la vida real sería totalmente inaceptable si un médico o una doctora te manoseara para tratar un dolor de cabeza, sin embargo dentro de un escenario de un juego de rol, estas cosas son esperadas y ansiadas.

Para el juego de rol es necesario tener confianza con la pareja y mucho sentido del humor. Interpretar un papel puede darte la libertad para hacer o decir cosas que no harías o dirías habitualmente. Además, es una manera ideal para romper con la monotonía y mantener la chispa en una relación larga.
Venus O'Hara por Lourdes Ribas
Venus O'Hara por Lourdes Ribas.

Aquí os propongo algunos de mis escenarios favoritos:
1. Entrevista de trabajo
Primero hay que decidir quién va a entrevistar a quien, así como el puesto de trabajo en cuestión, las habilidades y la experiencia que buscas. Prepara preguntas típicas acerca de la experiencia profesional, lo que puede aportar a la empresa y, quizás, algunas preguntas personales que estarían prohibidísimas en una verdadera entrevista de trabajo. El candidato tiene que estar dispuesto a hacer 'cualquier cosa' para conseguir el trabajo.
Necesitarás: un curriculum, anuncio de trabajo, ropa de ejecutivo/a.


2. Escort/ gigoló y cliente

Este es un juego de rol ideal para realizar tus fantasías más salvajes. Hay que pensar en los servicios y tarifas. Ya que es solo un juego, recomiendo precios muy simbólicos (con monedas).
Necesitarás: dinero, una lista de deseos sexuales, ropa provocadora.


3. Policía – criminal

En este escenario, el/la policía tiene que arrestar a el/la criminal. Primero hay que decidir cuál es el crimen y quién será el culpable y el inocente. Personalmente. me encanta el escenario de agente de seguridad en el aeropuerto que, al abrir la maleta, se encuentra una colección de juguetes y / o pornografía. 
Hay que interrogar, cachear, hurgar con guantes de látex... pero si el/la policía es corrupto/a, quizás el/la criminal puede pensar en algún soborno...
Necesitarás: esposas, una gorra de policía, una maleta, juguetes eróticos, guantes de látex y una consciencia de culpabilidad.


4. Informático

Imagina que se te ha estropeado el ordenar y durante la reparación, el técnico de repente descubre tu colección de pornografía y fotos íntimas, y empieza a excitarse... Antes de este juego, es imprescindible esconder todas las cosas que tu pareja no debería ver, para que el juego no se convierta en una discusión.
Necesitarás: un ordenador y fotos íntimas.

5. Jefe y secretaria

Un escenario clásico consiste en dejar caer bolígrafos al suelo e inclinarse para buscarlos, lamer sobres, dictar textos eróticos...y equivocarse.
Necesitarás: ropa de oficina, gafas, sobres, papel y bolígrafos.

6. Sexólogo/a-paciente

Una posibilidad sería imaginar que nunca has tenido un orgasmo y buscar ayuda a un/a sexólogo/a.
En lugar de explicarlo con diagramas, el sexólogo prueba varias técnicas manuales y orales, además de juguetes eróticos para ver cuál es más eficaz.

Necesitarás: juguetes eróticos y lubricante.
Venus O'Hara por Sebas Romero
Venus O'Hara, por Sebas Romero.

7. Entrenador personal

Este es un juego de rol ideal para quemar las calorías después de las fiestas. Una vez que hayas decidido quien va a ser el entrenador, se trata de hacer ejercicios y estiramientos provocadores y ¡sudar mucho! Se puede hacer en ropa deportiva o quizás... desnudos. Sin duda es una manera sexy y divertida de ponerse en forma.
Necesitarás: toallas, esterilla de yoga, ropa deportiva (o no).

8. Doctor(a)-paciente

Entre las posibles escenas se puede representar un examen general mientras el paciente explica sus síntomas. Puede ser un simple dolor de cabeza, o algo con los genitales (excitación, por ejemplo). Por supuesto, hay que hacer un chequeo completo para poder hacer un diagnóstico correcto. Después se puede ofrecer una 'curación milagrosa'.
Necesitarás: una bata blanca, guantes de látex, termómetro.

Y a ti, ¿te gustan los juegos de rol?


jueves, 25 de abril de 2013

Mujercitas: Los groupies más salvajes del rock

Un pequeño recuento de la vida de las groupies más famosas del rock.
Breviario: Mujercitas
Hubo un tiempo que fue hermoso. Las compañías discográficas no acompañaban a los músicos a todas partes y las estrellas se mezclaban con la gente común en los bares y las disco. Una adolescente que estaba creciendo con el rock’n’roll podía fácilmente abandonar la primera fila de un show, dejar atrás sus gritos histéricos y entrar al backstage para caer en los brazos de Jimmy Page, Mick Jagger, David Bowie, Iggy Pop. Esas chicas eran fans, pero eran groupies. Musas, compañeras, muchas veces utilizadas y descartadas, otras respetadas y amadas. Eran tiempos además donde lo más temible después del sexo ocasional era una enfermedad que se solucionaba con antibióticos o un embarazo no deseado. Especies en extinción, las groupies fueron parte del rock, contribuyeron a su leyenda. Algunas documentaron los años de sexo y drogas y otras tuvieron destinos trágicos. Pero la mayoría cumplió ese sueño inaccesible para muchas de las fans de los Backstreet Boys u otras estrellas corporativas, que sólo gritan en la puerta del hotel o montan carpas a la vuelta del estadio. Conocieron a los hombres tras el escenario. Y a muchas de ellas hasta les dedicaron una
canción.
Cynthia Plaster Caster
Conquistas: integrantes de Jimi Hendrix Experience y Paul Revere & The Raiders.
La artista. Cynthia no se llevó a la cama a músicos famosos, pero de todos consiguió su pene. Cuando estaba estudiando arte en la Universidad de Illinois, los profesores le encomendaron obtener un molde de “algo duro”. Cynthia, que además de estudiante era groupie, decidió hacer moldes con yeso de erecciones varias. Sus actividades fueron financiadas por el socio de Frank Zappa, Herb Cohen. El hombre de negocios no era tonto y Cynthia perdió durante años sus esculturas, porque Cohen se las hurtó, consciente del incremento de su valor con el paso del tiempo. Recientemente Cynthia le ganó un juicio y se reunió con sus creaciones, que son exhibidas en museos de todo el mundo. Los penes en yeso incluyen el de Jimi Hendrix (notable), los de los MC5, Lovin’ Spoonful y hasta Jello Biafra. Cynthia sólo somete al yeso a los artistas que admira y jamás accedió a un pedido oficial. Ahora que ha vuelto al ruedo decidió comenzar a documentar pechos de rockeras indies, como Suzi Gardner de las punkies L7.
Inmortalizada en: Groupies (1970), Hendrix (2000), un documental sobre el guitarrista donde puede vérsela a punto de aplicarle el molde a Jimi, Plaster Caster: A Cockumentary Film (2001) de Jessica Villines, el film que describe su arte, y la canción de Kiss “Plaster Caster”.
Cyrinda Foxe
Conquistas: Steven Tyler, David Johansen, David Bowie, Angela Bowie, Joe Perry.
Cyrinda logró dos matrimonios con estrellas de rock: el primero (menos de un año) con David Johansen (New York Dolls) y más tarde con Steven Tyler de Aerosmith, con quien tuvo a su hija, Mia (Johansen y Tyler tenían el mismo manager y una cosa lleva a la otra). Establecida en Nueva York, era parte del under de Max Kansas City y se codeaba con Andy Warhol y todo el plantel de la Factory. Cuando estaba rodando un film con Warhol (Bad), quedó embarazada de David Bowie pero decidió no tener al bebé. Su matrimonio con Steven Tyler fue un desastre que incluyó golpes, drogas y otras debacles. Cyrinda se encargó de contar todo en su libro Dream On, pero no pudo publicar fotos de Steven desnudo porque su ex marido le inició un juicio en 1999. Un año después, Cyrinda estaba vendiendo estas fotos igual, por internet. Pero el negocio no funcionó. En el 2001 Cyrinda tuvo un ataque cerebral que la dejó semiparalizada. Lo último que se sabe de ella es que es homeless y que ni siquiera su hija la está ayudando.
Inmortalizada en: el film de Andy Warhol Bad, el video de David Bowie “Jean Genie” y Dream On, el libro que narra sus desventuras con Steven Tyler.
Jenny Fabian
Conquistas: Syd Barret, Andy Summers, Rich Grech y Charlie Whitney.
La gran groupie de la psicodelia inglesa, que cuenta con el dudoso honor de haber enamorado al siempre confuso Syd Barret. Famosa en el underground psicodélico londinense, escribió sus memorias, Groupie, en simultáneo con sus noches de ácido y sexo, y hasta les informaba a sus conquistas que serían parte de un libro. Nunca le creyeron. Los grupos y músicos aparecen con seudónimos de todas maneras, pero es fácil reconocerlos. Feminista, afirma que “si no eran encantadores, no se las chupaba”. Después de que el libro se editó en 1969, “hubo un montón de dinero, libertad, me la pasaba tirada todo el día tomando ácido, fumando, escuchando buena música, haciendo entrevistas, conociendo gente. Me había convertido en una persona famosa. Lo hice todo”. Hoy Jenny vive en la campiña británica, está casada y con hijos, y a veces va a Londres a dar conferencias sobre su libro cada vez que lanzan una de sus constantes reediciones.
Inmortalizada en sus dos libros, Groupie (1969) y A Chemical Romance (1996).
Pamela Des Barres
Conquistas: Jimmy Page, Mick Jagger, Keith Moon, Jim Morrison, Chris Hillman (The Byrds), Don Johnson, Dennis Hopper, Terence Trent D’Arby, Dave Navarro, Doug Fieger (The Knack), Michael Des Barres y muchos más (menos famosos).
La más respetable. Comenzó como fan histérica y gritona de Los Beatles y Elvis, pero claro, en esa época todavía se podía acceder con relativa facilidad a músicos menos “famosos”, y cuando se mudó de adolescente a Hollywood rápidamente se graduó como groupie y conoció (y se acostó) a Jim Morrison
y Mick Jagger, más algunos miembros de The Jimi Hendrix Experience y Steppenwolf. Su primer gran romance fue Jimmy Page de Led Zeppelin (que la abandonó por una groupie más joven, Lori Maddox, 14 años). Tras su paso por las gto de Zappa, Pamela se enamoró de Don Johnson, pero en lo que parece un karma en la vida de la groupie clásica, el entonces desconocido actor también la abandonó por una adolescente: Melanie Griffith. Con el advenimiento de las groupies más jóvenes en la primera mitad de los setenta (a las que Pamela despreciaba y consideraba que no eran amantes de la música ni musas, sino meras atorrantas), su estrella decayó, pero todavía se las arregló para llevar a la cama al ahora muerto Keith Moon de The Who. Poco después conoció al hombre que la llevó al altar: Michael Des Barres, estrella menor, cantante de los olvidados Silverhead. Todos sus intentos de triunfar como actriz fueron fallidos y después de posar desnuda para Playboy decidió escribir sus memorias, I’m With the Band: el libro fue un best seller y fue llevado al cine, con Susan Sarandon en el papel de Pamela. Hoy sigue escribiendo y se la ve en los clubes de Los Ángeles de la mano de músicos veinte años más jóvenes que ella.

Inmortalizada en: Groupies, un oscuro film de 1970 y sus libros I’m With the Band, Take Another Little Piece of My Heart: a Groupie Grows Up y Rock Bottom: Dark Moments in Music Babylon.