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jueves, 31 de enero de 2019

Robin Wright habla por primera vez sobre Kevin Spacey: “No conocía al hombre”


La protagonista de 'House of Cards' compartió cinco temporadas de la serie con el actor, con quien asegura no haber mantenido ningún tipo de relación personal

Robin Wright en un momento del rodaje de 'House of Cards'.
Robin Wright en un momento del rodaje de 'House of Cards'.

Kevin Spacey se sincera: “Déjame que sea Frank”


El actor estadounidense publica un vídeo en el que interpreta a Frank Underwood, su antiguo personaje en ‘House of Cards’, el mismo día que un fiscal de Massachusetts le acusa de abusos a un joven

Kevin Spacey, en el vídeo publicado por él mismo y titulado 'Déjame ser Frank', en referencia a su personaje en 'House of Cards'.
El vídeo dura tres minutos y se titula "Déjame ser Frank". El actor Kevin Spacey, acusado de varios delitos de abuso sexual y apartado de su vida profesional por ello, interpreta a uno de sus personajes más conocidos, Frank Underwood, el que fuera presidente de Estados Unidos en la serie House of Cards. En una cocina, ataviado con un delantal navideño, realiza una de sus famosas confidencias en tono de reflexión, mirando a cámara, al más puro estilo Underwood, dejando que las frases con doble sentido hagan volar la imaginación del espectador. "Déjame que sea franco", podría también traducirse ese Let me be Frank.

"Puede que hayan intentado separarnos, pero lo que tenemos es demasiado fuerte, demasiado poderoso. Después de todo, hemos compartido todo. Te he contado mis secretos más oscuros, te he enseñado exactamente de lo que es capaz la gente. Te he agitado con mi sinceridad, pero sobre todo te he retado y hecho pensar", arranca Spacey, que a finales del pasado año cayó en desgracia cuando estaba en uno de los momentos más dulces de su carrera como actor. Fue otro intérprete, Anthony Rapp, quien declaró al portal estadounidense Buzzfeed que cuando tenía 14 años el actor ganador de dos oscars y estrella de la serie de Netflix House of Cards, Kevin Spacey (entonces de 26), abusó de él. En aquel entonces, Spacey declaró que era gay, según los titulares de entonces para tratar de ocultar los abusos sexuales. Sin embargo, poco después el actor fue apartado de House of Cards por Netflix y el director Ridley Scott también prescindió de sus servicios en la película Todo el dinero del mundo

El vídeo fue publicado por Spacey poco después de que The Boston Globe publicase que la fiscalía de Cape Cod (Massachusetts) acusa al actor de abusar sexualmente de un joven de 18 años de edad en un bar de Nantucket, una isla del Estado de Massachusetts, hace dos años. Este abuso lo destapó la madre del joven, una periodista de la televisión de Boston, en noviembre del año pasado. "Le compró una bebida tras otra y, cuando estuvo borracho, le agredió sexualmente", denunció en una rueda de prensa. De acuerdo con el escrito del fiscal de distrito Michael O'Keefe, Spacey deberá comparecer el próximo 7 de enero por cargos de asalto indecente y agresión contra un menor.

"Por supuesto algunos se lo creyeron todo. He estado esperando con el alma en vilo que lo confiese todo. Se mueren porque yo declare que todo lo dicho es verdad", dice el Underwood personaje sobre el Spacey actor en el vídeo hecho público por este. Y continúa: "¿No sería sencillo? Si fuera todo así de simple… Solo tú y yo sabemos que nunca es tan sencillo ni en la política ni en la vida. Pero tú no creerías lo peor sin pruebas, ¿verdad? Tú no te precipitarías a juzgar sin hechos, ¿verdad? ¿Lo hiciste? No, tú no. Tú eres más listo que todo eso", reta en el vídeo un Spacey que juega a ser Underwood mientras simula preparar algo en la cocina. El actor, acusado de ser un depredador en el plató de House of Cards y señalado también por abuso sexual durante los meses posteriores al primer escándalo por más de 30 personas, tanto en Estados Unidos como en Reino Unido, desafía escudándose en el personaje de House of Cards: "Puedo prometerte esto: si no pagué el precio por las cosas que ambos sabemos que hice, seguro que no pagaré el precio por las cosas que no hice. Por supuesto que van a decir que soy un irrespetuoso por no respetar las normas, pero nunca lo hice y te encantaba".

"A pesar de todas las tonterías, la animosidad, los titulares, la impugnación sin juicio... A pesar de todo, a pesar de mi propia muerte (en referencia a la eliminación física de Frank Underwood en la serie de Netflix), me siento sorprendentemente bien. Y mi confianza crece cada día en que muy pronto sabrás toda la verdad…", insinúa Spacey. El actor concluye en el vídeo (que en pocas horas tras su publicación ya contaba con más de tres millones de visualizaciones): "Si algo hemos aprendido estos años es que en la vida y en el arte nada debe descartarse. ¿Nunca me viste morir, verdad? Las conclusiones pueden ser tan engañosas. ¿Me echas de menos?"

jueves, 23 de noviembre de 2017

En defensa de Danny Rand

http://www.jotdown.es/2017/10/en-defensa-de-danny-rand/

Publicado por
Imagen: Netflix.
Este artículo contiene SPOILERS de Iron Fist, Jessica Jones, Los Defensores, Ana y los siete y Luke Cage.
—I’m the Immortal Iron Fist
—Come again?
—Sworn protector of K’un-Lun.
—What, are you on lithium…?
Danny Rand cae mal. Es algo que le pasa usted, le pasa a los críticos y probablemente también le ocurriría a Gil Kane, uno de los creadores del personaje original de Marvel. El otro, Roy Thomas, básicamente se encoge de hombros y entona un qué hay de lo mío, dejando que el fuego se alimente por sí solo.
Esa tirria hacia el actual Iron Fist parece algo perfectamente sensato. De las tres adaptaciones de los superhéroes de Marvel (Daredevil, Jessica Jones y Luke Cage) la suya ha sido la propuesta más floja y más —dolorosamente— convencional. El batacazo aún resuena en las oficinas de Netflix, donde se carraspea al mencionar ese 17% de Rotten Tomatoes. En respuesta, el gabinete de crisis le dijo a Scott Buck que cerrara la puerta al salir y puso el nombre de Raven Metzner en la silla de showrunner. Contexto: al primero se le conoce por Dexter y A dos metros bajo tierra, al segundo por Elektra (sí, la de Jennifer Garner, casi tan mala como la de su ex) Sleepy Hollow y Heroes Reborn (las series). Aun así, nos instan a esperar a 2019 para concluir si ha sido una buena o mala idea.
Como sabrán, este Iron Fist vino de nalgas. En cuanto se anunció que el actor Finn Jones sería su encarnación televisiva, las antorchas empezaron a arder. Marvel y Netflix sufrieron el primer chaparrón antes de rodar ni una sola escena. Danny Rand era blanco, como en los cómics. Pero no estamos en 1974, cuando que un blanco encarne los valores de lucha orientales era algo raramente cuestionable. Cuarenta años después, con Hollywood bajo el microscopio de la diversidad, la decisión de respetar las viñetas desencadenó una de las pocas polémicas a las que los estudios no sacan rentabilidad: racismo, white washing… y en general, oportunidad perdida. La guinda fue Jones, intentando apagar el fuego con lanzallamas en Twitter, y embarullando aún más el asunto con una rabieta sonrojante para luego salir por patas.
En cualquier caso, cuando este verano se estrenó Los Defensores, los puñales estaban en alto con el rubio Rand. ¿Y qué ha ocurrido? Pues que en la esperadísima alianza de superhéroes, Iron Fist ha sido básicamente todos los problemas a la vez. No es un asunto menor cuando la mayoría de la serie orbita en torno a su trama. 
Nosotros, por pura inmolación y falta de faena, intentaremos analizarle en otro sentido, en contra de las decenas de críticas de gente que creen que son los únicos en percatarse de que Iron Fist es el peor de los Defensores. 

Pobre niño rico
 
Quizás porque era el verso suelto, le dejaron para el final. Iron Fist llegó a la plataforma de streamimg cuando el carácter de los superhéroes de Netflix parecía claramente articulado. Incluso con sus singularidades y personalidad diferenciadas, Jessica Jones, Daredevil y Luke Cage habitaban el mismo universo: eran producciones predominantemente oscuras, meditabundas, salpicadas de conflictos sociales y con chicha traumática. Peleas de pasillo, todas. Ellos eran seres antiheroicos con mucha falta de psicoanalista, cara de no querer estar ahí y a los que nadie puede afirmar haber visto sonreír.

Imagen: Netflix.

Y de repente nos sueltan a Danny Rand, que es como un rayo de sol, el muchacho. Aparece de la nada en un Manhattan por primera vez iluminado, al son de una musiquilla bailonga y con pintas de hipster, surfero, indigente y representante español de Eurovisión. ¿Quién ha puesto este optimismo en mi copa? se pregunta uno ante los primeros compases de la serie. ¡Yo he venido aquí a ver caras largas!
No descubrimos la pólvora al decir que Danny fue concebido para ser el alivio optimista de sus futuros compañeros. Sus creadores pensaron que era necesario equilibrar la desesperanza casi ontológica con un aliento de irreflexiva ingenuidad. La decisión fue arriesgada pero la ejecución fue incuestionablemente cobarde o conservadora. Durante el primer tercio la serie despedaza el mandamiento del show, don’t tell y nos explica, con negrita y subrayado, que Danny Rand es un niño-hombre, alguien con una extraordinaria habilidad para dislocar miembros pero con la madurez emocional de una patata. Y por si quedaban dudas, nos lo vuelve a repetir, en un bucle bastante molesto. Mientras tanto, se ralentiza la narración de su backstory, el componente sobrenatural de sus poderes, sin duda el reto más grande que afrontaba la serie: contarnos su origen. Porque la cuestión que hermana a todos estos superhéroes no son sus habilidades sobrehumanas, ni su concepción de la justicia y el crimen. Es su vulnerabilidad. Y la explicación está en sus respectivos y traumáticos pasados.
El de Danny es, por decirlo de alguna manera, el más marciano. La serie nos está pidiendo que creamos que Rand es un niño que perdió a sus padres volando en jet privado sobre el Tíbet, para ser rescatado y educado por unos monjes karatekas místicos. Sin enterarse muy bien, entró en un proceso de selección de concentración de chi y ganó. Ganó matando a un dragón a pecho descubierto, recuerden. Salió de ese mundo —que existe en otra dimensión alternativa y se alinea con la Tierra cada quince años— para tras indecibles transbordos llegar a Nueva York sin directrices precisas sobre el calzado en la gran ciudad. Cuando quiso reclamar sus millones, sus amigos de la infancia (con problemas muy de los hijos del rey Lear) le metieron en un psiquiátrico y tiraron la llave. Y descubrió, por cierto, que de «accidente aéreo» nada de nada; y de «empresa puntera y familiar» ni rastro: multinacional mala, mala. Nos dejamos sin mencionar a Harold Meachum y a esa organización letal cuyos objetivos [inmortalidad, sorprendente] tardaremos tres entregas en desvelar.

Imagen: Netflix.

La serie nos pide todo eso… y resulta que nos lo creemos, a pesar de los porquesíes del guion. ¿Se debe a que es un género, al fin y al cabo, basado en saltarse con pértiga la credibilidad? No. Se debe a que, nos guste o no, el personaje lo hace verosímil con todos sus tropiezos e incongruencias. Danny es sólido como idiota frustrante. En plata: resulta irritante porque a ratos sí y a ratos no. A veces le dan ganas a uno de arrojarse al vacío viéndole fabricar estrategias memas o picando cebos tan EVIDENTES que abochornan. Otras lo acunaríamos como a un iluso peluche tatuado, con tal de proteger esa inocencia tan cristalina. Es errático, poco coherente y su mayor afluente lumínico está en el puño, no en la cabeza. Así que sus planes brillantes, lo que se dice brillantes, no son.
Pero es que Danny —al menos, por ahora— tiene que exasperar. Esa es su personalidad. Ha de resultar voluble, iluso, desorientado, a medio hacer. Él quería encarnar el relato del hombre blanco de bondad suprema, talento innato y heroicidad ungida. En lugar de eso, traiciona a sus maestros, decepciona a su amigo, le engaña la única persona en quien confía y toda la gente de su pasado resulta ser bastante hija de puta. Y encima una china meticona le hace juegos mentales para atolondrarle aún más, como si no tuviera ya suficiente jaleo en la azotea.
Hay un elefante en la habitación, no crea que no lo hemos visto. ¿Por qué cae tan mal Danny Rand? ¿Qué tiene que le hace tan despreciable? Amén de su atolondramiento y esa pose como de tener el lóbulo frontal dañado o estar en una serie de The CW.
Dinero.
Lo habrán notado: Danny Rand tiene muchos billetes. Y los tiene sin hacer absolutamente nada para conseguirlos. Algo que, a priori, no tendría por qué obstaculizar nuestras simpatías. Tony Stark amasa una fortuna similar, Bruce Wayne tampoco anda descalzo y Emma Frost que posiblemente duerma en un lecho de doblones de oro.
Pero ninguno habita una atmósfera donde el dinero (o más bien la falta de él) y las facturas sean un asunto a tener en cuenta. Cuando conocemos a Iron Fist ya nos hemos empapado durante sesenta y cinco horas de la brutal desigualdad del Harlem de Luke Cage; hemos asistido a un desahucio de Matt Murdock, abogado de pleitos pobres; y contemplado cómo Jessica Jones invertía en whisky barato todo el montante con el que podría haber apañado su puerta de entrada. ¿Y quiénes eran los villanos? Los acaudalados Wilson Fisk, Cottonmouth, Mariah Dillard y Killgrave. Nos siguen, ¿no?
A veces los espectadores somos así. Capaces de perdonar un privilegio «inmerecido» si, a cambio, se castiga un poquito a su poseedor (un drama familiar retorcido, un defecto físico abracadabrante) y además nos deleita con un carisma arrollador. A Danny Rand le han provisto de lo primero, pero no posee una pizca de lo segundo. Así es cómo se produce la paradójica circunstancia de que pasemos por alto las fascistadas de Stark (son «excentricidades de millonario», porque «mira que es guasón») pero nos resulte indignante que Rand le compre el bloque entero de edificios a Colleen porque eso es condescendencia, patriarcado y ostentación ante una minoría.

Imagen Netflix.

«El dinero no me define» balbucea Danny ante Luke Cage, para el asenso de básicamente nadie. Ambos mantienen el tipo de conversación puesta ahí para que nos demos cuenta de la razón que tenemos y lo equivocados que estamos; todo a la vez. En realidad, funciona más como un bofetón de realidad para Rand, que es incapaz de entender que en el mundo actual el verdadero privilegio consiste en poder ser fiel a tus principios porque el dinero solo es un problema cuando no lo tienes. Que, lamentablemente, la coherencia moral es un lujo que nos permitimos cuando está pagado el alquiler, el ADSL y las comidas del día. Y eso a veces, conlleva trabajar para despreciables, rebajarse, o simplemente, mirar para otro lado para no sentirnos cómplices. Así de triste: el bien y el mal no son compartimentos estancos. Danny cree que siempre hay elección. Y nosotros querríamos asentir.
«Crees que te has ganado tu fuerza, pero tuviste poder desde que naciste. Ante de los dragones. Antes del chi. Tienes la capacidad de cambiar el mundo sin hacer daño a nadie», le suelta.
Y en el silencio de Danny empieza, muy discretamente, a construirse otro héroe mínimo.
Defensores, aquí unos asuntos
Cuando la alianza de superhéroes se produce, Iron Fist es distinto. No nos lo dice él, nos lo dicen los guiones que imprimen en el personaje un elemento de autoconciencia brutal. Sus compañeros se chotean de la misticidad del muchacho, de su ingenuidad, de la parodia del karateka-millonario-salvador que trata constantemente de reivindicar su plaza sin caer en el bucle de Igor.
A golpes de ternura, Iron Fist empieza a resultarnos menos indiferente. Mientras el resto son reacios a unir fuerzas, el actúa como el coach motivacional que enarbola los valores del trabajo en equipo. Come más que nadie, es diana de todas las mofas y cuando toca batirse el cobre no lucha como alguien que se denominaba a sí mismo «el elegido». Danny deja de ser (y de sentirse) especial y se vuelca en tratar de conferir unidad a un grupo deslavazado. Muta en un idiota divertido. «Eres el Puño de Hierro más tonto de todos», le dicen. Y él pone cara de estar en otra serie.
Es un perrete excitado ante… bueno, ante cualquier cosa. Feliz, simplemente, de estar. Su único registro emocional es el entusiasmo. «¿Puedo sentarme aquí? ¡Oh! ¡Oh! ¡Qué bien! Mira, ¡Comida! Ah, no, es mi vómito. ¡Da igual, está delicioso! ¡Gracias! ¿Jugamos? ¿Jugamos? Oh, mira, una pelusa, ¡Qué bien, una pelusa!», es más o menos su diálogo interno. El resto, le observan con recelo y cejas elevadas, resabiados, desconfiados, displicentes. Juzgándole con la mirada de «¿qué hace ese idiota dándole la patita a todo el mundo? Qué bochorno. Ah, perfecto, ahora se pone a lamer una caca, por favor, ¡Basta!» Exacto: Jessica, Luke y Matt son gatos.
Aunque eso tampoco es del todo cierto. Porque uno de los apartados más disfrutables es el bromance entre Cage y Rand y esa dinámica fraternal que se establece entre ellos. Luke se contagia de algo de la ilusión espídica de Rand, y él, de algo —poco— de la prudencia de Cage. Eso altera imperceptiblemente las fuerzas defensoras: ya no son tres contra uno. Ahora son la cínica y el amargado contra el optimista y el sensato.

Imagen: Netflix.

Los Defensores quizá no consiga que Danny nos caiga mejor, pero al menos rebaja la sensación de estorbo. Reconocemos que en el desenlace de la serie su proceder difícilmente podría ser más tarugo (tu puño es lo único que puede abrir la «puerta misteriosa» y te pones a luchar con el enemigo PRECISAMENTE a dos milímetros de ese muro, porque no entraña ningún riesgo obvio. ¿En serio?) pero Rand no es el único problema de la serie. Quizá el más evidente, pero no el único.
Vamos a decirlo claro: la trama «villana» hace aguas por todas partes. El misticismo de K’un-Lun aburre a las ovejas, el plan supermisterioso resulta ser un supermegacliché (la vida eterna) fotocopiado, al que ni siquiera se han preocupado de pasarle un pañito de interés, los esqueletos de dragones parecían corchopán y … quizá lo más desolador: los villanos no están a la altura.
Sí, también va por Sigourney Weaver, disculpen la herejía. La leyenda cinematográfica operó como un jugosísimo reclamo, y el papel de Alexandra ciertamente prometía. Pero el resultado ha sido agridulce. Por cada escena que nos hacía levitar de gozo (Sigourney dando patadas voladoras) nos colaban otra para la que nos faltaban tragaderas. «¿Cómo podemos escenificar, sin decirlo directamente, que esta señora tiene un porrón de años?», se cuestionaban los guionistas. Pues sentando a la diva en un restaurante y comentándole al camarero, como quien no quiere la cosa: «Dígale a su mujer que lo hace aún mejor de cómo lo hacían en Constantinopla». Y lo dice sin ser broma ni nada. En plan, «uy, qué descuidada, que hablo como la señora nacida en el imperio bizantino que soy. Tengo que vigilar más mis coartadas». Ejemp, ejemp, cof, cof. Afortunadamente ella salva los muebles del personaje, y no porque a Sigourney Weaver le siente bien el papel. Es que a los papeles le sientan bien Sigourney Weaver.
Tampoco el resto de «La Mano» acaba de encarrilarse. Madame Artritis Gao (¿por qué tiene los brazos tan separados del cuerpo?) y los demás integrantes parecen dibujados con desgana, como con piloto automático. El conflicto y rivalidad que mantienen no estimula ni convence, y lo de Elektra da para otra discusión. Hasta tal punto llega el despropósito que la excelencia de los malvados hay que concedérsela a los ejecutivos ninja del edificio de La Mano. Tienen vasos de Starbucks con su nombre, llevan traje y corbata y miran un PowerPoint con cifras. Literalmente quince segundos después se ponen a romper nucas. Bra-vo.
Una de las críticas clásicas al universo de Marvel es que sus producciones funcionan más como anticipos de la siguiente que como pedazos autónomos de entretenimiento. Es cierto en el caso de Iron Fist, cuya serie individual no está a la altura de las de sus compañeros. Pero es falso en cuanto a su personaje, al que Los Defensores logran enderezar y marcar un objetivo más claro —que los lectores de Born Again ya conocen—.
Nadie nos pide que sea nuestro personaje favorito (porque Jessica Jones se eleva por encima de la serie todo el rato, clarísimamente). Tampoco que le riamos las gracias, o que roguemos para que Colleen Wing le preste algo de gancho. Iron Fist, como todos los seres humanos, solo quería sentirse aceptado. Algo muy difícil cuando rebotas constantemente en el cinismo y la dureza de los demás, que ya tienen suficientes problemas. Del primer mundo, de acuerdo. Pero Danny tiene problemas de otro mundo. Y eso le convierte en el niño distinto. El típico al que le brillaba el puño en el último rincón del patio.
En cualquier caso, tiene poco sentido preguntarse si Los Defensores es mejor o no que la suma de sus partes (que no, no lo es). Amén de sus muchos defectos, nos ha regalado una dinámica de equipo construida con emoción y humor. Unas secuencias de lucha de tal exuberancia que el universo entero parecía hacer clic, donde la borracha, el revientanucas, el santurrón y el crío podían, por qué no, salvar Nueva York.
Así que baste con la perspectiva de poder volver a verles comiendo dim sum después de mantener el mundo en pie. Danny Rand incluido, para que nos pueda hacer sentir el bien como si de verdad existiera.

Imagen: Netflix.

domingo, 9 de octubre de 2016

Por qué 'Westworld' tiene el cartel de ser la sucesora de 'Juego de Tronos'

http://www.publico.es/culturas/westworld-cartel-sucesora-juego-tronos.html


HBO estrenó el pasado domingo su nuevo drama, co-creado por Jonathan Nolan y del que todo el mundo habla como la esperanza de la cadena para rellenar el vacío que dejará un día no muy lejano ‘Juego de tronos’. De momento, se presenta con un gran reparto y mezclando elementos del western y la ciencia ficción.

'Westworld' es la nueva apuesta de la HBO por la ciencia ficción en un entorno western.
MADRID.- No sin cierto retraso, pero por fin se ha estrenado Westworld. Al menos en Estados Unidos, donde HBO lanzó el pasado domingo la que todo el mundo coincide en señalar como la gran esperanza de la cadena para encontrar un buque insignia ante el inminente desenlace de Juego de tronos. De ahí que muchos, cuando hablan de la serie creada por Jonathan Nolan y Lisa Joy, la señalen como la ‘sucesora de’.

En realidad a la serie de Benioff y Weiss aún le quedan dos temporadas para tocar a su fin –y siempre existe la posibilidad de un spin off del que muchos hablan y nadie descarta–, pero la cuestión es que parece que existe cierta prisa y nerviosismo por encontrar una ficción que sea capaz de llenar el hueco de Juego de tronos en cuanto a resultados de audiencia y relevancia se refiere. Y la designada ha sido Westworld, una ficción de diez episodios de una hora de duración basada en la película homónima de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton.

La idea original de HBO era lanzar la serie producida por J.J. Abrams a finales de 2015. Los problemas con la producción y un parón para revisar guiones hicieron que se retrasase. ¿Ha merecido la pena? Pues según la crítica estadounidense, depende. Mientras en España habrá que esperar al desembarco de la cadena en nuestro país –aún sin fecha oficial–, en Estados Unidos la crítica se encuentra dividida. En The Hollywood Reporter, hablan de que “Westworld, como serie, es una gran idea como mucha más mitología que la descubierta en un puñado de capítulos –lo cual es positivo–. Es mejor ser difícil que ligera y decepcionantemente resuelta. El reto en Westworld es hace valer la inversión”. Por su parte, en Variety le echan en cara que tras los cuatro primeros capítulos “quedas profundamente confuso sobre qué quiere ser y qué quiere decir. Las panorámicas de Westworld son vastas, pero su imaginación es restringida”. Mientras que en The Guardian mencionan que se retrata “un mundo complejo y visionario, que no tiene prisas en su historia. Al igual que los robots que vemos en pantalla, sus piezas están meticulosamente puestas".
En lo que todos parecen estar de acuerdo es la complejidad de la historia y en el potencial del reparto, encabezado por Anthony Hopkins y Ed Harris y que también cuenta con James Mardsen, Rachel Wood y Thandie Newton, quienes han recibido críticas positivas por su trabajo. En cuanto a lo que cuenta, la acción se centra en un parque temático, Westworld, en el que los protagonistas se dividen en ‘guest’ y ‘host’. Los primeros son los turistas que pagan religiosamente los 40.000 dólares por día que cuesta la entrada a esta recreación del Oeste americano. Los segundos son los actores del parque, robots con inteligencia artificial incorporada y un exterior tan conseguido que pueden pasar por humanos.
Westworld (2016) HBO
Un parque temático del Oeste con robotsThe tech of Westworld : HBO's new blockbuster is heavy on the tech
 Es una gran producción, no transcurre en el mundo real aunque se pueden encontrar mucho paralelismos entre ese Oeste prefabricado y la realidad. Una vez en el parque existen ciertas tramas que se entretejen y en las que los visitantes participan según sus deseos, ya sean estos sexuales, violentos, fetichistas o, simplemente, sentirse como un vaquero en el salvaje oeste. La filosofía es algo similar a la de “lo que pasa en Las Vegas se queda en Las Vegas”, como señalaba Jonathan Nolan en una entrevista en The Hollywood Reporter. La misma en la que se defendía, en cierta manera, de las críticas por el contenido violento y sexual de la serie. “No queremos presentar la serie como moralizante o didáctica. No intentamos decirte qué divierte y qué no. Claramente, nosotros nos hemos divertido haciendo la serie y rodando las escenas de acción igual que nos divertimos viendo otras series violentas en televisión”.

Desde luego, parece que, efectivamente, Westworld ha llegado para suceder a Juego de tronos. Es una gran producción, no transcurre en el mundo real aunque se pueden encontrar mucho paralelismos entre ese Oeste prefabricado y la realidad, ha sido criticada por sus escenas violentas y de sexo, se basa en una historia previamente contada (novelas una y película la otra), tiene un reparto muy nutrido, un universo propio y la audiencia está con ellas. Porque al final lo que importa es que la gente la vea. Ser el mejor estreno en HBO desde True Detective (2014) con 3,3 millones de espectadores si se cuentan todas las opciones de visionado de la cadena es una buena señal. Ahora sólo queda esperar que los datos ser repitan la próxima semana y ver cómo evolucionan. Eso y que se pueda ver en España.

lunes, 10 de junio de 2013

'Juego de tronos' también habla español

Arrastra audiencias de televisión millonarias y ostenta el récord de descargas en Internet

Al final de la tercera temporada, 'El País Semanal' reúne a las dos actrices españolas de la exitosa serie basada en los libros de George R. R. Martin

La actriz española Natalia Tena, Osha en 'Juego de Tronos. / Fotografía David Dunan / Estilismo Rebecca Corbin-Murray
Se conocieron en un universo fantástico y muy intenso, trufado de conflictos familiares, intrigas políticas, ansias de poder, mucho sexo y más violencia, y desde entonces son aliadas y cómplices. Natalia Tena y Oona Chaplin nunca han compartido plano en ese Juego de tronos erigido en un fenómeno televisivo que arrasa audiencias millonarias, aunque sí muchas veladas preparando juntas sus personajes de ficción en la serie que ha marcado un antes y un después en sus carreras. La de dos jóvenes actrices que, gracias a su bagaje familiar y vital, pueden transitar con completa soltura desde el español hasta un inglés que abre la llave del mercado internacional. Ellas son las caras españolas de una serie con tantos personajes y frentes abiertos que hace casi imprescindible tener buena memoria.
Para la legión de fanáticos de la serie producida por la cadena estadounidense HBO, ellas son Osha y Talisa, dos mujeres con resolución de acero envueltas en una trama de constantes giros que sigue sin tener un atisbo de piedad a la hora de aniquilar a sus protagonistas. Las actrices tienen vetado hacer cualquier comentario sobre los personajes que pueda desvelar pistas sobre la intriga, que quedará algo más resuelta para los espectadores de EE UU con la emisión hoy del último capítulo de la tercera temporada (que en España se emite el martes en Canal +). Una serie generadora de tal impaciencia que muchos intentan anticiparse con las armas tecnológicas, contribuyendo a que Juego de tronos haya batido récords de descargas ilegales (un millón del estreno de la tercera temporada en menos de un día, según el control realizado por TorrentFreak).
Primero fueron los libros de George R. R. Martin, que llevaron a muchos de sus fans a la serie. Y después, la producción –con grandes pretensiones, que divide su rodaje entre Islandia, Irlanda del Norte, Croacia, Marruecos o Malta– ha convertido los cinco libros ya publicados (faltan dos) en best sellers, y son muchos los que no pueden esperar los nuevos capítulos. En España, según su editora, Gigamesh, tras la primera temporada, las ventas de los libros se multiplicaron por ocho. Una legión de seguidores que convirtieron a Juego de tronos en la serie más pirateada de 2012 con 4,2 millones de descargas por capítulo, según datos de la web especializada TorrentFreak.
Y el fenómeno crece. Si el episodio piloto de la primera temporada fue seguido en HBO por 2,2 millones de espectadores, en 2012 lo hicieron 3,8 millones. Este año, más de 4,4 millones siguieron el reinicio de una trama que también se ha ganado a la crítica. En su palmarés, una veintena de premios desde su estreno; entre estos, Globos de Oro o seis creative arts emmys en 2012.
Natalia ya había logrado afianzar a la salvaje Osha como uno de los personajes más cool –según el veredicto de las redes sociales– cuando una nueva compañera desembarcó en Belfast para encarnar a una doncella de origen noble que acabaría siendo reina. “Me fascinó desde el primer momento”, relata Oona Chaplin sobre aquel primer encuentro en una habitación de hotel donde corrió el champán al ritmo del inseparable acordeón de Natalia, quien suma su talento musical al de la interpretación. Los dos últimos años han compartido muchas experiencias, tanto entre las bambalinas de los Siete Reinos como en el mundo real, pero sobre todo las ha unido el “regalo” de participar en un gran proyecto que “abre muchas puertas y te procura un peso en los castings”.
Si sus sosias de la ficción vienen habitando los tonos grises y ocres de un reino del norte llamado Invernalia, la multiculturalidad de Londres –donde se han encontrado con El País Semanal– es el marco de las vidas de dos artistas cuyas carreras se han desarrollado principalmente en el mundo anglosajón. Ciudad donde nació y tiene su elemento bohemio Natalia Gastiain Tena (Londres, 1984), hija de una pintora extremeña y un carpintero vasco instalados en Reino Unido, pero que Oona solo define vagamente como “el lugar donde quizá he pasado más tiempo”. El recorrido de la vástago de la actriz británico-americana Geraldine Chaplin y del director de fotografía chileno Patricio Castilla arranca desde su ciudad natal (Madrid, 1986) hacia Cuba, Estados Unidos, Francia y Suiza, en un periplo familiar que le ha legado el dominio de varias lenguas (español, inglés, francés e italiano) y la noción de que cualquier residencia es en el fondo temporal.
A los dos únicos rostros de Juego de tronos que hablan español fuera del plató les cuesta definirse en términos de patria. Coinciden en la contradicción, son españolas, pero no tanto. “Cuando llego a Madrid”, explica Natalia, “me siento más inglesa, pero aquí en Londres me veo más española, o mejor como una londinense pero diferente de mis amigos británicos. En España tampoco soy como ellos, aunque cuando voy a Extremadura y puedo oler la sierra, también pienso: ‘He llegado a casa”. Oona sorprende con un deje cubano que, si bien casa con su dulce personalidad, no suele aflorar en las entrevistas, en las que resuena una veta más castiza: “Mi acento no es de ninguna parte, me cambia constantemente, tanto cuando hablo español como inglés”. Dice tener de española “el pasaporte y mi amor al chorizo, o que me gustan el flamenco y Almodóvar”, pero “la gente me pregunta de dónde soy y no les puedo responder, no me gusta pertenecer a ningún club”.
Natalia decidió prescindir con fines artísticos de su primer apellido (Gastiain) “porque aquí nadie es capaz de pronunciarlo bien”, mientras que en el caso de Oona los motivos resultan evidentes cuando se trata de una Chaplin. Hija de gentes del cine y nieta por parte materna de esa figura inmensa que fue Charles Chaplin, asegura que durante la adolescencia intentó resistirse a la vocación de la saga, pero su encuentro con el teatro mientras estudiaba en Escocia le inoculó “el virus”. Cursó una solicitud en la prestigiosa escuela de interpretación RADA, con sede en Londres, y tras conseguir el ingreso, la suerte estaba echada. Comenzó arañando pequeños papeles (incluido su “minuto y medio de gloria” como extra en una película de James Bond, Quantum of Solace) y fue ganando presencia en algunas de las mejores series británicas, como Sherlock o The Hour.
El pedigrí de los Chaplin, admite, “despierta la curiosidad de la gente”. Incluso su nombre de pila es una herencia de su abuela Oona, no solo esposa del eterno Charlot o madre de Geraldine –inolvidable protagonista de Cría cuervos o Doctor Zhivago–, sino también hija del dramaturgo y Nobel de Literatura Eugene O’Neill. “No sé si he conseguido algún trabajo por ello, pero de ser así no me importaría. Porque me inspira pensar especialmente en lo que hizo mi abuelo Charles Chaplin con una sola vida, tan completa y llena de amor”. Tuvieron que mediar, en cualquier caso, dos pruebas para que Oona consiguiera encarnar a la Talisa de Juego de tronos, un personaje que en los libros aparece con otro nombre (Jeyne Westerling) e intenciones manipuladoras. El cambio hacia una Talisa que en la pequeña pantalla resulta una suerte de santa entre tanto villano no ha gustado a algunos de los seguidores más puristas de la serie: “Entiendo la reacción, pero a mí me resulta más simpática que la del libro: es una mujer fuerte y la única que vive una historia de amor verdadero, porque todo lo demás es cálculo político y ego”, defiende completamente identificada con su papel.
Oona Chaplin, caracterizada como Talisa, en una escena de la serie.
Natalia no había leído los libros publicados de la saga Canción de hielo y fuego y apenas sabía nada de Osha cuando se presentó con la melena cubierta de flores a un casting en el que someramente “pedían a alguien salvaje”. La prueba fue un flechazo para George R. R. Martin, como él mismo proclamó coincidiendo con el arranque de la serie: “Al principio (ante la imagen fija de Natalia en el vídeo) me dije que era completamente inadecuada para el papel, demasiado joven y guapa. Luego vi su actuación y estaba increíble. Ha creado un personaje mucho más interesante que el que yo describo en los libros”. Tremendo elogio que ella acoge con mucha timidez, a pesar de ser una veterana del oficio y de contar en su currículo con cuatro títulos de la serie cinematográfica de Harry Potter, donde interpretó a la bruja Nymphadora Tonks.
Dotada para la música y otras vertientes artísticas, sus padres acabaron enrolándola en la escuela Bedales, donde se forman muchas jóvenes promesas, y que en su caso le abrió el acceso a su primera gran película, Un gran chico, protagonizada por el británico Hugh Grant: “A los 16 años, mis amigos me decían que ya tenía el futuro resuelto, pero las cosas pueden cambiar, y yo acabé consiguiendo una beca de música en Boston y otra de filosofía y teología en Australia. Al final dije que no, porque estaba enamorada por primera vez, y fue así como realmente me cambió la vida”. Natalia se quedó en Londres y decidió seguir buscando su espacio en el cine y la televisión, sin abandonar nunca la música.
Juego de Tronos le ha brindado proyección y poder prácticamente “inventarse” a un personaje que destaca mucho más en la adaptación televisiva que en los libros que lo inspiran (“yo no tenía que estar en la tercera temporada, Osha había desaparecido”), y que concibe como “una ratita del bosque que siempre va a sobrevivir”. La descripción se antoja también como una metáfora de su hipotética continuidad en la producción, a tenor de los capítulos previos al desenlace de la tercera entrega y de las declaraciones de Martin, el padre de la criatura literaria, sobre cómo Natalia le ha conducido a repensarse el juego que todavía puede dar en su papel. La aludida no suelta prenda cuando se le inquiere si este verano estará filmando una cuarta temporada, ni siquiera cuando Oona interviene para dejar muy claro que “George [R. R. Martin] ama a Natalia”. Lo dice con cariño, y completamente compenetrada con su compañera de aventura laboral, de trances sentimentales (“me ayudó mucho cuando me rompieron el corazón…”) y de más de una juerga.
“En la vida real, las dos son muy diferentes de los personajes que retratan en la serie, pero formar parte de un espectáculo tan grande como Juego de tronos se parece mucho a ser miembro de una banda en la que sus músicos pasan mucho tiempo juntos. Cuando Natalia y Oona regresan del plató, hasta hablan y gesticulan del mismo modo…”, dice divertido Sirius Flatz, mánager del grupo Molotov Jukebox, sexteto en el que Natalia es la única mujer y la estrella del cartel. Solo unas horas después de la sesión de fotos, le espera una sala abarrotada en Madame Jojo’s, un conocido local del Soho londinense donde su voz sensual y su acordeón arroparán la presentación del primer single (Something for the weekend) de su nuevo álbum, que entremezcla desde el gypsy y el ska hasta la samba o el swing, con el principal y sano propósito de sacar al personal a bailar. En junio tienen cita en el reconocido festival de Glastonbury.
En un plan muy informal, Oona ha llegado a compartir escenario con Molotov Jukebox, incluso a cantar, aunque lo suyo es el baile por formación (clásica) y temperamento. La perfecta dicción en la lengua de Shakespeare y esos genes anglosajones que le permiten emular en la ficción a una En­glish rose, paradigma de un ideal muy clásico de la mujer británica, quedan pulverizados en cuanto se pone en movimiento el volcán latino. “Bailo mucho, incluso cuando paso la aspiradora, y sigo con mis noches de salsa; ayer estuve con la rumba”. Espíritu inquieto que entiende el cine como un mundo abierto (“hoy puedes hacer una película con el iPhone”) y que estudió edición siguiendo el ejemplo de su padre, proyecta revertir en un largometraje su pasión por el baile como una de las grandes expresiones de la historia de Cuba.
“Oona es muy abierta y te abraza a los pocos segundos de conocerte”, confirma vía e-mail el actor Will Mellor, uno de los rostros más populares de la televisión británica, cautivado por esa inmediata ruptura del hielo antes de ponerse ambos en la piel de una pareja en Dates, apuesta estival del Channel 4 británico. “Poco convencional”, “imponente” e incluso “mágica” son los epítetos que elige para describir a una actriz que acaba de rodar en Canadá la primera película en inglés de la directora peruana Claudia Llosa –Oso de Oro del Festival de Berlín de 2009 por La teta asustada– y que, en su vocación multifacética, confía en reenganchar este verano con la producción de Juego de tronos como ayudante de sonido.
Natalia también está llena de proyectos, aunque admite que le cuesta situar por primera vez el equilibrio entre sus dos carreras, la interpretación y la música. Una nueva serie de la BBC, junto al celebrado dúo de cómicos británicos David Mitchell y Robert Webb; las promociones de Juego de tronos y la propia incógnita sobre el futuro de Osha la han convencido de ir resolviendo esa dualidad sobre la marcha para no agobiarse. Sus colegas de Molotov Jukebox lo entienden, su imagen también tiene réditos. “A veces han intentado publicitarnos como la banda de la actriz que sale en una serie de éxito, aunque siempre hemos intentado ganarnos nuestro propio mérito. Pero existe esa curiosidad, y es verdad que algunos fans de Nat nos han descubierto después de verla primero a ella en la pantalla”, reconoce su compañero de giras Tom Wilsson.
El tremendo impacto de una serie ubicada en un mundo ficticio medieval ha trastocado los horizontes de dos actrices que ya han empezado a conocer la alfombra roja de Hollywood. ¿Les gustaría o preparan el salto al otro lado del Atlántico? Natalia responde con un punto entre excéntrico y distante, fiel reflejo de su media alma británica: “He ido a Los Ángeles y no me enamoré, pero no lo sé: yo voy a donde la vida me llama”. A una Oona que se define como “nómada por cultura” le gustaría recalar en Cuba, en México o, por qué no, en España, aunque las escasas perspectivas de trabajo (“el cine español está bastante muerto”) apelan al más práctico de los sentidos, que es no descartar Estados Unidos. Reino Unido solo es una estación, apostilla, y “es tiempo de moverse”.

Espadas y dragones

Jacinto Antón
“Un dragón no es una fantasía frívola”. La frase es de J. R. R. Tolkien, que sabía de lo que hablaba. Las espadas tampoco son nunca intrascendentes. Hay que tomárselas muy en serio, porque matan, y quitan y ponen reyes. Está en su naturaleza, como en la del dragón vomitar fuego. En una espada, como en un dragón, relampaguean revividas las antiguas leyendas. Eso las hace fascinantes.
“Mis espadas las he tomado de los viejos mitos”, me explicó hace años el novelista Michael Moorcock, uno de los grandes nombres de la fantasía épica, el género del que bebe Juego de tronos. Yo le señalaba a Moorcock las semejanzas entre el arma de uno de sus grandes personajes, Elric de Melniboné, y las famosas espadas de las sagas nórdicas. En la Hervarar saga, del siglo XIII, por ejemplo, aparece la espada maldita del rey Svafrlami, Tyrfing, que solo puede guardarse, una vez desenvainada, tras segar una vida. La espada de Elric posee esa misma siniestra característica. “Es que la saqué de ahí”, me confesó Moorcock, “como muchas otras cosas”.
Espadas y dragones están de moda. Las novelas de Martin y la serie televisiva nos los han devuelto. El poder de emoción y la popularidad de Juego de tronos deben mucho a la materia prima de sus historias, con las viejas espadas y dragones (también con el sexo, queda dicho: una combinación ganadora). Como Tolkien o como Moorcock, Martin ha saqueado el baúl de los mitos y cuentos (y de paso, a sus predecesores del género y todo lo que ha podido, desde las hipocracias de los jinetes mongoles, hunos o cosacos –los dothrakis– hasta los eunucos turcos, el fuego griego y el Muro de Adriano; ¡vaya cómo ha arramblado con todo, y cómo lo ha recreado Martin!).
Ahí está la espada Hielo, el emblemático mandoble de los Stark (con esa espada ejecuta Lord Stark a un desertor de la Guardia de la Noche, y con ella, cerrando el círculo, él mismo es decapitado); la ligera Aguja de Arya –de esgrimista, que habría gustado a Scaramouche, y que recuerda a Dardo, la hoja élfica de Frodo–; la Garra Larga que regalan a Jon Nieve customizada con un lobo huargo en el pomo, un arma bastarda como él, o la Portadora de Luz de Stannis Baratheon, cuya hoja quema. Espadas de la estirpe de Excalibur, de la Balmung (o Nothung) vuelta a soldar por Sigfrido, primas de las tolkinianas Glamdring –espada mágica de Gandalf.
Antes de que se me olvide en esta tormenta de espadas, ¿no es Jaime Lannister, el Matarreyes, al que cercenan una mano (sin anestesia) un avatar martiniano de Tyr, el guerrero dios manco de la mitología nórdica que pierde el mismo miembro en las fauces de Fenrir, el lobo del Ragnarok? El Ragnarok –la batalla del fin del mundo–, por cierto, estará precedido, según los mitos, por el Fimbulvetr, el gran invierno, que sugiere la cruel estación (y sus peligros) que amenaza el mundo de Canción de hielo y de fuego. No he encontrado referencias a un Trono de Hierro forjado con las espadas de los enemigos como el de la serie. Es sabido que el Trono de Hierro lo hizo construir Aegon I Targaryen como metáfora de la dificultad de mantenerse en el poder. En el impresionante sitial podríamos percibir resonancias del Trono Oscuro de Sauron en Mordor y de la costumbre de levantar trofeos con las armas de los vencidos.
En el pastiche que es la serie de George R. R. Martin, uno de los grandes disfrutes es discernir la procedencia de tantos elementos y la enorme gracia con que lo ha hecho. Saber mezclar pasajes dignos de las fantasías dunsanyanas con escenas propias de Dallas, el lenguaje poético con la grosería, los altos ideales con las más bajas pasiones, la belleza con la atrocidad, es parte del secreto del éxito.

lunes, 27 de mayo de 2013

25 series británicas que tienes que ver

Una colección de programas televisivos que te harán cantar 'God save the show!'. Por YAGO GARCÍA


25 series britanicas que tienes que ver
En lo que a las series de TV se refiere, está claro que los productos de Estados Unidos marcan la pauta. Pero en Europa (y en España también, aunque muchas veces se nos olvide) también sabemos apañárnoslas con la cosa catódica, ofreciendo productos memorables. Y, si tuviéramos que elegir un país de la UE cuyas series nos han enganchado, el Reino Unido se llevaría la palma. Modestos en sus medios (el presupuesto es el que hay), pero muchas veces originales e inclasificables, los shows de las Islas Británicas tienen algo que los hace irresistibles para muchos, y que CINEMANÍA trata de desentrañar en este informe. Con todos vosotros, 25 programas de televisión que, desde hace ya décadas, nos hacen entonar "¡Dios salve a la serie!" cada vez que los vemos, o los revisamos.

 

The Office (2001-2003)


¿Por qué nos gusta? Antes de dejar los Globos de Oro como un solar, Ricky Gervais se ganó el odio (es decir, el amor) de los espectadores rigiendo los destinos de la papelera Wernham Hogg, una de esas empresas en las que darías lo que fuera por no trabajar. Elaborada en forma de falso documental, abundante en momentos de vergüenza ajena y con un reparto de campanillas (Martin Freeman, el futuro Bilbo Bolsón, está incluido en él), The Office sentó las bases de la carrera posterior de Gervais (Extras, Life's Too Short), de otras sitcoms sobre ambientes laborales surgidos del infierno (The IT Crowd) y de un fabuloso remake estadounidense con Steve Carell de protagonista.

 

Caída y auge de Reginald Perrin (1976-1979)


¿Por qué nos gusta? Arquetípico oficinista de la City, con su paraguas y su bombín, Reginald Perrin (Leonard Rossiter) detesta ese trabajo al que siempre llega tarde, detesta a su familia y, sobre todo, se detesta a sí mismo. De modo que, cuando su cordura dice "basta", se esfuerza por mandarlo todo al carajo de las formas más inverosímiles, desde un falso suicidio a la creación de una empresa especializada en vender basura. ¿Dónde está el problema? Pues en que todas sus artimañas le salen bien, es decir, mal: Caida y auge... es una descacharrante comedia sobre un hombre condenado al éxito.

 

Skins (2007-...)


¿Por qué nos gusta? Allá por los 80, la serie británica Grange Hill causó sensación y polémica por su realismo al presentar la vida de los adolescentes. Creada por un equipo de padre e hijo (Jammie Britain y Bryan Elsley)Skins viene a ser la hija descocada, hipersexualizada y drogadicta de dicho show, un producto ideal para el siglo XXI. Empezando por Nicholas Hoult (X-Men: Primera generación), que intervino en su primera temporada, muchos de sus jóvenes intérpretes ha llegado al estrellato, lo cual dice mucho tanto del buen ojo de sus directores de casting como de la calidad de sus guiones en los que hay mucha mugre, pero (cosa rara) también hay muy poco sensacionalismo.

 

Un diputado fantástico (1987-1992)


¿Por qué nos gusta? Si la también excelente, pero algo remilgada, Sí, señor ministro (1984-1987) y su secuela Sí, primer ministro (1986-1987) habían reflejado de forma más o menos amable el mundillo político de Gran Bretaña, Un diputado fantástico arremetía sin tapujos contra el Parlamento en general, y contra los secuaces de Margaret Thatcher en particular. No podía ser menos, siendo su protagonista alguien tan vitriólico como Rik Mayall, en el papel de Alan B'Stard, un auténtico buitre corrupto y prevaricador elegido miembro más sexy de la Cámara de los Comunes durante tres legislaturas consecutivas (o eso dice él).

 

Little Britain (2003-2006)


¿Por qué nos gusta? Oficinistas desquiciadas, políticos con mucho que ocultar, funcionarias que acabarían con la autoestima de cualquiera y canis barriobajeras (lideradas por la inigualable Vicky Pollard) a cuyo lado la Ana Polvorosa de Aída parece Emma Thompson: esa es parte de la fauna creada por Matt Lucas y David Walliams (guionistas y actores camaleónicos) para este programa que, nacido en las ondas de radio, se convirtió en escaparate televisivo de lo peor que la Pérfida Albión puede ofrecer al visitante. Prueba de su calidad es que, pese a ese carácter tan localista, acabó cruzando el charco en Little Britain USA.

 

Downton Abbey (2010-...)


¿Por qué nos gusta? Mejor será que reformulemos la pregunta: ¿cómo es posible que una serie más british que la cuajada al limón y el té de las cinco haya tenido un éxito tan arrollador en todo el mundo? Es más, ¿quién se explica que Downton Abbey posea legiones de fans en Estados Unidos, contando con seguidores antitéticos como el rapero P-Diddy? Puede que se deba a la elegancia de su producción, a lo bien planteado de sus intrigas eduardianas o a su talento para exprimir nuestros lagrimales. Pero nosotros pensamos que el talento de la Condesa Viuda (Maggie Smith) para soltar los pullazos más devastadores sin inmutarse también tiene algo que ver.

 

Absolutamente fabulosas (1992-2012)


¿Por qué nos gusta? Son frívolas, son superficiales, sus malas artes aterrarían al reparto entero de Mujeres desesperadas y se drogan más que Gregory House en un turno de urgencias. Pese a ello, o gracias a ello, las leopardas Edna y Patsy se ganaron el amor del público hasta el punto de aguantar (con interrupciones) 20 años en antena. Normal, porque tras ellas estaban dos instituciones de la escena y la comedia como Jennifer Saunders (también guionista) y Joanna Lumley: si este par de divinas de la muerte se pasaran por el plató de Sálvame, Jorge Javier Vázquez nunca volvería a levantar cabeza.

 

Robin Hood (1984-1986)


¿Por qué nos gusta? Ojo: no confundas esta serie con esa otra que, con el mismo título, produce la BBC desde 2006. También ideado para el público adolescente, este programa supuso un fenómeno en su día gracias a su calidad visual (tanto rodaje en exteriores, por entonces, no era ninguna bicoca) como por escarbar en las raíces célticas y mágicas del mito del arquero de Sherwood (Michael Praed) sin por ello dejar de describir una Edad Media muy miserable y muy hambrienta. Si tus hijos o sobrinos quieren ver Juego de tronos, pero todavía no tienen la edad para según qué cosas, este puede ser un buen aperitivo.

 

La víbora negra (1983-1989)


¿Por qué nos gusta? Antes de que cierto indescifrable personaje y su osito de peluche sembrasen el caos, Rowan Atkinson armó la marimorena a través de los siglos con este show, que pone en solfa a lo más sagrado de la historia de Gran Bretaña. Desde la Edad Media hasta la I Guerra Mundial, el infame Blackadder y sus descendientes (todos ellos con el rostro de Atkinson) están dispuestos a traicionar, asesinar y mentir con tal de convertirse en los amos del cotarro, siempre con la ayuda del fiel Baldrick (Tony Robinson) y rodeados por un elenco de secundarios que incluye a Hugh Laurie, Stephen Fry y Miranda Richardson, entre otros grandes.

 

Life on Mars (2006-2007)


¿Por qué nos gusta? Las series de TV han abordado el tema de los viajes en el tiempo en muchas ocasiones. Y las británicas, más: puedes encontrar un ejemplo particularmente afortunado al final de este informe. Sin embargo, la forma en la que Life on Mars encara el asunto destaca tanto por lo entrañable como por lo surrealista: tras un accidente de coche, el atribulado policía Sam Tyler (John Simm) despierta en el Manchester de los 70, algo que ocasiona un choque cultural de órdago y una larga serie de enigmas. Si este serial te gusta, corre a por Ashes to Ashes, su continuación ochentera. Y, por tu bien, ignora en lo posible aquel desnortado remake español titulado La chica de ayer.

 

Queer as Folk (1999-2000)


¿Por qué nos gusta? Para gustos, los colores (del arco iris), pero a nosotros nos parece que la versión estadounidense de esta miniserie no le hacía justicia ni de lejos al original. Si quieres comprobarlo, échale un tiento a las andanzas de Stuart Jones (Aidan Gillen), amo y señor de los bares de ligoteo de Manchester, capaz tanto de portarse como una víbora sin escrúpulos como de convertirse en un cruzado contra la homofobia cinco segundos más tarde. Tan polémica en su día como bien realizada, la versión británica de Queer as Folk supuso un paso más hacia el estrellato para Russell T Davies, un sujeto cuyo nombre volverás a leer aquí, y cuyo fino ojo para las cosas de la TV le había llevado, en 1991, a fichar a una tal Kate Winslet para su serie Dark Season.

 

Calderero, sastre, soldado, espía (1979)


¿Por qué nos gusta? Si te gustó El topo, y te quedaste helado con la interpretación de Gary Oldman, esta miniserie puede ser un auténtico lujo: también basada en la novela de John Le Carré, Calderero, sastre... cuenta con nada menos que Alec Guiness para dar vida a George Smiley, maestro de la intriga y la doblez empeñado en descubrir a un infiltrado en el servicio secreto británico. Tan sórdida como la película de Thomas Alfredsson, pero mucho más reposada, la serie contó con una secuela memorable, La gente de Smiley (1982).

 

Hotel Fawlty (1975-1979)


¿Por qué nos gusta? A lo largo de sus correrías con los Monty Python, John Cleese demostró su potencial para ofender a todo el mundo en el Reino Unido (y en Francia). Pero al primer actor que pronunció la palabra "fuck" en un plató de la BBC todavía le quedaba un territorio donde dejar su recuerdo... Y ese territorio era España: como Basil Fawlty, empresario hotelero de dudosa integridad, Cleese se las apañó para reunir todos los tópicos más ofensivos sobre el carácter español, tal y como es percibido por los turistas ingleses (véase a Manuel, un camarero catalán que parece portorriqueño) y del carácter inglés, tal y como es percibido por los españoles. Demostrando, una vez más, su capacidad para hacer amigos.

 

El enano rojo (1988-1999)


¿Por qué nos gusta? Buscar el lado cachondo de la ciencia-ficción es algo que se le da muy bien a los súbditos de Su Graciosa Majestad. Ahí quedan ejemplos tan memorables como La Guía del autoestopista galáctico, en cine y literatura, y como El enano rojo en televisión. Tres millones de años después de cargarse a todos sus compañeros de tripulación (por un 'pequeño' desliz con un reactor nuclear), el inepto astronauta Dave Lister (Craig Charles) despierta en compañía de un gato evolucionado, un holograma particularmente incordiante y una computadora existencialista. Mediante sus claustrofóbicas peripecias, Rob Grant (el creador de los muñegotes de Spitting Image) nos demostró que, en el espacio, sí que pueden oírse las carcajadas.

 

Mr. Bean (1990-1995)


¿Por qué nos gusta? ¿Un fenómeno global? Pues sí: Rowan Atkinson ya era una institución de la comedia gracias a La víbora negra, a This Ain't the Nine O'Clock News y a su carrera como monologuista, pero fue este personaje (luz, guía y espejo para todos los torpes del mundo) el que le catapultó a la fama internacional. Algo que no nos extraña, porque tras el gesto fláccido de Mr. Bean se esconden la capacidad destructiva de una bomba de hidrógeno y una inexplicable capacidad para despertar nuestra ternura. Tras cinco años de show, una serie animada muy aprovechable y dos filmes de los que preferimos no hablar, Atkinson decidió 'matar' a su creación en 2012. Dada la poca gracia de sus dos películas como Johnny English, sospechamos que el actor aún se está arrepintiendo.

 

Arriba y abajo (1971-1975)


¿Por qué nos gusta? Antes de que Downton Abbey nos hiciera entonar el Dios salve a la Reina cada vez que encendemos el televisor, esta serie fue el arquetipo de la elegancia victoriana y el stiff upper lip en el mundo catódico. Las vidas paralelas de la familia Bellamy (los de arriba) y de sus criados (los de abajo) se ganaron numerosos fans en su país de origen, y también en España, atravesando los comienzos del siglo XX, la Primera Guerra Mundial y el crack de 1929 sin inmutarse, sin perderse nunca la sacrosanta hora del té ni esquivar los aspectos más desagradables de dichas épocas. Un consejo: evita el remake de la serie estrenado en 2010.

 

El prisionero (1967-1968)


¿Por qué nos gusta? "¡No soy un número, soy un hombre libre!", exclamaba Patrick McGoohan (protagonista y creador de la serie) en cada episodio. Y un aterrador campo de prisioneros conocido como La Aldea se obstinaba en negárselo mediante trampas y artimañas de retorcimiento surrealista. Si crees que David Lynch fue el primero en desafiar a la lógica en TV con su Twin Peaks, piénsatelo dos veces: El prisionero logró resultados muy similares tres décadas antes, triturando el género de espionaje con una malicia que dejaría patidifuso a James Bond, y ante la cual el público no sólo no huía espantado, sino que volvía cada semana pidiendo más. Como prueba de su legado, y más allá de su poco lucido remake de 2009, queda la memorable parodia protagonizada por Los Simpson.

 

Red Riding (2009)


¿Por qué nos gusta? De acuerdo: Red Riding no es una serie propiamente dicha, sino una colección de tres telefilmes que adaptan las cuatro novelas homónimas de David Peace (The Damned United). Pero eso no es óbice para admitir que también es una de las intrigas policíacas más endiabladas y crueles jamás vistas en la pequeña pantalla. En 1974, el periodista Andrew Garfield (tal vez le recuerdes vestido de 'trepamuros' en The Amazing Spider-Man) investiga el asesinato de una niña en un páramo de Yorkshire, y su indiscreción dispara una intriga en la que se enredan durante una década la corrupción policial, los tejemanejes inmobiliarios y personajes reales (y atroces) como el asesino en serie Peter Sutcliffe. Recuerda: "Esto es el Norte, y aquí hacemos lo que queremos".

 

The Young Ones (1982-1984)


¿Por qué nos gusta? Rick (la rata rastrera), Vyvian (el punk descerebrado), Neil (el hippie de higiene cuestionable) y Neil (el pelmazo) son los cuatro compañeros de piso que jamás quisieras tener. Y también son los protagonistas de una de las sitcoms más divertidas de todos los tiempos. Antes de asaltar las Casas del Parlamento con Un diputado fantástico, el simpar Rik Mayall fue una de las cabezas pensantes de este programa, cuya fama aún perdura pese a su breve duración en antena. ¿A qué se debe esto? Pues, suponemos, a su humor ultraviolento, a intervenciones musicales en riguroso directo (Mötorhead, Madness y Dexy's Midnight Runners se pasaron por su plató) y a cameos de lujo como aquel en el que Emma Thompson, Hugh Laurie y Stephen Fry se autoparodiaban salvajemente. Si, a estas alturas, ya eres un mayalladicto como nosotros, no te pierdas tampoco La pareja basura.

 

Retorno a Brideshead (1981)


¿Por qué nos gusta? Hubo un tiempo en el que decir "serie británica" quería decir, o bien "comedia desmadrada" o bien "dramón de época". Y, además de Arriba y abajo, la gran culpable de lo segundo fue esta adaptación de la novela de Evelyn Vaugh. El plebeyo arribista Charles Ryder (un Jeremy Irons muy joven, y también muy lánguido) se ve atraído a las tórridas intimidades de la familia Flyte, viviendo primero una amistad de los más ambigua con el hijo mayor (Anthony Andrews) y enrrollándose después con la vástaga Diana Quick. Agraciada con una puesta en escena que se regodea en el lujo señorial, Retorno a Brideshead supone la prueba de que insinuar el vicio, el fornicio y las paranoias religiosas puede ser más eficaz que mostrarlas abiertamente.

 

Sherlock (2010-...)


¿Por qué nos gusta? Steven Moffat, un señor de larga y distinguida carrera (y compinche ocasional de Russell T Davis), se preguntó un buen día cómo sería Sherlock Holmes si viviera en el siglo XXI. Y la respuesta fue: "un friqui de mucho cuidado". Gracias a dicha intuición, Benedict Cumberbatch Martin Freeman (entrañable y sufridor Watson) son hoy los únicos actores capaces de disputarles a Robert Downey Jr. y a Jude Law la propiedad del 221b de Baker Street:Sherlock se las apaña para guardar una inquietante fidelidad a los relatos de Conan Doyle sin dejar por ello de actualizarlos a golpe de teléfonos móviles, blogs, técnicas forenses que dejan en mantillas a las de CSI y, sobre todo, una inventiva visual de las que hacen época. Por aquí esperamos su cuarta tercera temporada (diferida a causa de los compromisos en Hollywood de sus actores) como agua de mayo.

 

Yo, Claudio (1976)


¿Por qué nos gusta? Dice la leyenda que Jack Pulman, creador de esta serie, escribió una carta a Robert Graves (autor de la novela original) pidiéndole su opinión sobre ella. La respuesta del escritor: "A Claudio le hubiera gustado". Lo cual era el mayor elogio que Graves podía otorgar a un serial que, poniendo al desnudo la corrupción del Imperio Romano, hace que Juego de tronos parezca tan cándida como los Teletubbies. Frente al retumbante Augusto de Brian Blessed, Calígula (John Hurt, haciendo historia de la TV depravada), la terrorífica Livia (Sián Philips) y demás fauna togada que atormenta al tartaja protagonista (Derek Jacobi), Cersei, Melissandre, Tyrion, Stannis y demás conspiradores de Poniente huirían aterrorizados. Bueno, Meñique quizá no tanto...

 

Los Vengadores (1961-1969)


¿Por qué nos gusta? A lo largo de las décadas, ha habido series más longevas que Los Vengadores, también las ha habido más extrañas y (suponemos) se han encontrado otras más divertidas. Pero ninguna de ellas, y aquí viene lo bueno, ha reunido esas virtudes con la gracia de este show. El cual, todo hay que decirlo, no tiene nada que ver ni con Marvel ni con Joss Whedon, sino con las aventuras del espía John Steed (Patrick Macnee) y sus estupendas secuaces, de Diana Rigg (Juego de tronos) a Honor Blackman, la Pussy Galore de James Bond contra Goldfinger. El recuerdo de esos decorados minimalistas e inverosímiles, de esos guiones que flirteaban elegantemente con el disparate y de esa apabullante banda sonora no palidece ni siquiera con el recuerdo de la desastrosa versión para el cine.

 

Monty Python's Flying Circus (1969-1974)


¿Por qué nos gusta? El partido de fútbol entre filósofos. Los vikingos pidiendo spam (carne en lata) de forma operística (y, de paso, ayudando a bautizar el correo basura de internet). La canción del leñador. El Ministerio de Andares Tontos. La Inquisición Española, con sus tres armas (¿o eran cuatro?). El periquito muerto. Si todos estos sketches nacidos del ingenio de John Cleese, Terry Gilliam, Michael Palin, Graham Chapman y Terry Jones no te suenan de nada, hazte un favor y corre a por las ediciones en dvd de este programa, que por suerte abundan y son fáciles de encontrar. Heredando lo mejor de equipos cómicos de su tierra como Morecambe & Wise, y destrozando a la vez sus legados mediante un surrealismo feroz, los futuros autores de La vida de Brian demostraron cómo el humor imprevisible, la psicodelia cruel (en los interludios de animación, cortesía de Gilliam) y la capacidad para levantar ampollas en todas las instituciones y estratos sociales pueden hacer historia y convertirse en un fenómeno que trasciende las generaciones. Y, si no nos haces caso, un caballero medieval surgirá de la nada para golpearte con un pollo.

 

Doctor Who (1963-...)


¿Por qué nos gusta? Sí, las fechas que aparecen arriba son verdaderas: Doctor Who comenzó a emitirse hace 50 años, y (salvo un largo hiato durante los 90) sus aventuras prosiguen aún hoy, lo cual la convierte en la serie de TV más longeva de la historia. Eso no debería sorprendernos, dado que el personaje titular es un ente capaz de surcar el tiempo a bordo de una cabina telefónica (bueno, propiamente, una police box) más grande por dentro que por fuera, con dos corazones latiendo en su tórax y que, en lugar de morir se regenera. Es decir, que cambia de aspecto, lo cual viene de lujo a los actores para abandonar el papel cuando quieran, y a los directores de casting para renovar el reparto. A lo largo de sus décadas, Doctor Who ha tenido muchas épocas legendarias (las protagonizadas por Tom Baker y Peter Davison brillan especialmente en nuestra memoria), pero ha sido con la etapa actual, obra de Russell T Davis y Steven Moffat, cuando su popularidad se ha disparado hasta límites que le sacarían los colores a un Dalek. ¿Sus virtudes? Actores estupendos (Christopher Eccleston, David Tennant, Matt Smith), guiones tan complejos como accesibles y una actitud desenfadada gracias a la cual sus modestos efectos especiales se convierten en un atractivo, más que en un problema. Si te subes a la TARDIS para viajar junto al Doctor, es muy posible que nunca quieras apearte.