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martes, 20 de enero de 2015

La poesía es otra vez un arma cargada de futuro


Medio centenar de poetas de 12 países participa en la antología 'Humanismo solidario' para reclamar una vuelta a valores perdidos y buscar más compromiso en momentos de crisis


Un hombre en el muro fronterizo entre México y Estados Unidos, en playas de Tijuana, en 2012. / GUILLERMO ARIAS (EL PAÍS)
http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/19/actualidad/1421691401_901975.html
El poema se hace grito. La emoción es su arma. Es el regreso de la eterna reflexión sobre si el principal compromiso de los poetas hoy es con el arte mismo o con la realidad resquebrajada de ideales y asediada de crisis. Medio centenar de poetas hispanohablantes y magrebíes y casi 600 creadores, intelectuales y otros ciudadanos consideran que es el momento de un arte que refleje el humanismo solidario, de la vuelta a la humanización a la creación artística. Una reflexión que hiciera hace 60 años Gabriel Celaya en su célebre poema La poesía es un arma cargada de futuro.
“El valor ético de la poesía va más allá de los contenidos. No se trata sólo de los versos que denuncian una injusticia o asumen una protesta. La poesía establece una relación con el tiempo muy distinta de la que hoy domina en las sociedades del vértigo”. Estas palabras de Luis García Montero resumen parte del sentir de los 49 escritores de 12 países (nacidos a partir de 1950), que participan en la antología Humanismo solidario. Poesía y compromiso en la sociedad contemporánea (Visor), coordinado por Remedios Sánchez García y selección de poemas de Marina Bianchi, presentado en Casa de América, de Madrid, en una lectura poética.
“Lo que queremos decir y no podemos / lo cubrimos con un manto azul y transparente. / Cicatrices / donde el silencio dice su verdad / y pudre poco a poco nuestra lengua”, grita el peruano Eduardo Chirinos en este volumen, en un reconocimiento a lo primero, al Yo. Cicatrices, se titula el poema. A partir de esa íntima geografía pretérita que es siempre presente, el poeta viaja a su mundo para otear el mundo.
Esta poesía no tiene que ver con la de finales de los años cincuenta y la década de los sesenta que era más bien colectiva, aclara Marina Bianchi. Lo de hoy, agrega, “es una crisis que desde la realidad exterior afecta mucho al individuo, a su interioridad, y cada uno expresa su reacción, que no resignación”. La profesora de la universidad italiana de Bérgamo reclama una vuelta a los valores que se han extraviado en una sociedad de consumo. Valores como la cultura o la literatura, que han perdido su papel fundamental de crear opinión pública y de hacer ver la realidad.

Cantar la realidad y emocionar

W. M. S.
Conciencia de su propia poesía debe ser el primer compromiso de un poeta, dice la autora madrileña Alicia Aza. Si al poeta, agrega, le es dada la capacidad para observar la realidad y hacerlo de manera diferente a los demás, “tiene la responsabilidad, más allá de su propia estética, de su mayor o menor lirismo y de su grado de expresividad, de dejar constancia con su voz de su posición y de su mirada ante la realidad que observa. La poesía es una actitud que conlleva un compromiso creativo y vital, un camino a recorrer y cualquier discurso poético debe construirse sobre una experiencia humana”.
Esa es la idea de la Asociación Humanismo Solidario, presidida por Francisco Morales Lomas, una de las promotoras de la edición de esta antología poética. Creada en 2013, dicha asociación, en palabras de Manuel Gahete, miembro fundador y consejero de Humanismo Solidario, surgió cuando un conjunto de creadores alzó su voz para reivindicar “el inalienable compromiso que debe anteponer lo otro a lo propio; la necesidad de un nuevo humanismo, no excluyente, que retome como esenciales las aspiraciones de autenticidad, superación y ética que sustancian la vida”. Esos planteamientos están recogidos en un manifiesto que ya cuenta con la adhesión de casi 600 creadores, intelectuales y otros ciudadanos de diferentes países, la cual se puede consultar en www.humanismosolidario.com
Hasta 1925, cuando José Ortega y Gasset y su La deshumanización del arte, se remonta José Sarria para recordar que ya entonces el filósofo español advertía del “camino errático hacia el cual se abocaba el arte, al desarraigar al ser humano de su perspectiva, su punto de vista”. Sarria cree que no se debe renunciar a un compromiso y comportamiento éticos. Comparte la idea de María Zambrano que incitaba a ir más allá de la propia vida, estar en las otras vidas.
Y es ahí donde entra el poeta, dice Bianchi: “Debe darse cuenta de la realidad y hacer que se dé cuenta el lector. Es el verso que se vuelve grito sin olvidarse del acto creativo. Comunicar el malestar”.
El primer reto que afrontan los poetas actuales es hacer buena poesía, que conecte, además, con la situación de la persona de la calle, que sufre, que es su cómplice, asegura Remedios Sánchez, de la universidad de Granada. ¿Y, cómo conectar?: “No cayendo en el cinismo o en la evasión, sino hablando de lo que duele a todos”.
“La poesía es una expresión universal del Hombre para el Hombre”, recalca Khédija Gadhoum. Para la poeta tunecina-estadounidense “más allá de las precarias definiciones y delimitaciones geopolíticas postcoloniales, globales o neo-coloniales, la poesía sigue siendo un compromiso glocal que expresa la voluntad del Pueblo que lucha por sus derechos civiles, dignidad y justicia”.
Hoy la muerte deambula en los rincones / y se encuentra susurros que se escapan / y confunde siluetas en todas las esquinas”, advierte Roxana Méndez, desde El Salvador. Más en este tiempo emboscado de incertidumbres.
A García Montero le gusta creer que el poeta que piensa durante horas una palabra precisa representa a cualquier ciudadano que quiere ser dueño de sus opiniones, que quiere pensar lo que dice. “En época de cancelación de las ilusiones colectivas basta con un ok. Pero cuando se quiere buscar un espacio de entendimiento, un espacio para que el tú y el yo constituyan un nosotros, hay que matizar, enriquecer el lenguaje, buscar las palabras. Esa defensa del lenguaje, del entendimiento y del propio conocer, con uso libre de razón y de corazón, es lo que le da un carácter rebelde a la poesía y la enlaza con las tradiciones del humanismo”.
Pero la emoción a secas no, advierte Bianchi: “La cuestión es cantar emociones universales en las que el lector pueda reconocerse y experimentar”. Todo eso no es nada si no hay una cultura de la cultura, afirma la colombiana Piedad Bonnett. Una de las cosas perdidas de la poesía que debería recuperarse son los lectores de otras épocas: “No implica que el poeta deba hacer concesiones, sino que la escuela debe acercar más al alumno a la poesía, haciendo de ella un placer y no un deber”.

49 poetas, 12 países

España: Juan Carlos Abril, Sergio Arlandis, Alicia Aza, Luis Bagué Quílez, José Cabrera Martos, Isla Correyero, Paloma Fernández Gomá, Manuel Gahete, Luis García Montero, Guadalupe Grande, Pedro Luis Ibáñez Lérida, Raquel Lanseros, Juan Carlos Mestre, Eduardo Moga, José María Molina, Ángeles Mora, Francisco Morales, Manuel Moya, Fernando Operé, Julia Otxoa, Benjamín Prado, Josep M. Rodríguez, Daniel Rodríguez Moya, Javier Salvago, José A. Santano, José Sarria, Juan José Téllez, Alberto Torés, Fernando Valverde, Javier Vela.
Latinoamérica: Carlos J. Aldazábal (Argentina), Efraín Bartolomé (México), Mario Bojórquez (México), Piedad Bonnet (Colombia), Alí Calderón (México), Gabriel Chávez (Bolivia), Eduardo Chirinos (Perú), Andrea Cote Botero, (Colombia), Federico Díaz Granados (Colombia), Jorge Galán (El Salvador), Eduardo Langagne (México), Roxana Méndez (El Salvador), Xavier Oquendo (Ecuador), Miguel Ángel Zapata (Perú).
Magreb y Oriente Próximo: Mohammed Doggui (Túnez), Abderrahman El Fathi (Marruecos), Nathalie Handal (Palestina), Khédija Gadhoum (Túnez-EE UU), Fátima Galia (Sáhara Occidental).

martes, 20 de noviembre de 2012

Botella vende cinco edificios de viviendas sociales a una empresa vinculada al marido de Cospedal

 

 En Público.es: http://www.publico.es/446118/botella-vende-cinco-edificios-de-viviendas-sociales-a-una-empresa-vinculada-al-marido-de-cospedal

Los inmuebles, situados en el centro de Madrid, están ocupadas por 117 familias en riesgo de exclusión social que ahora temen quedarse en la calle. Ignacio López del Hierro es consejero de Renta Corporación, compañía compradora

ALEJANDRO TORRÚS Madrid 19/11/2012 19:52 Actualizado: 19/11/2012 22:03
Vecinos afectados por la venta de cinco edificios de viviendas sociales

Vecinos afectados por la venta de cinco edificios de viviendas socialesEFE

El Ayuntamiento de Madrid, gobernado por Ana Botella, ha firmado una opción de venta con la empresa catalana Renta Corporación Core Bussines para desprenderse de cinco edificios situados en el centro histórico de Madrid, que hasta ahora están ocupados por familias en riesgo de exclusión social. Esta empresa pertenece al grupo empresarial Renta Corporación Real Estate de la que es consejero externo independiente Ignacio López del Hierro, el marido de María Dolores de Cospedal. La compañía tiene una deuda declarada de 145 millones de euros.
El Consistorio madrileño recibirá a cambio de esta operación 21 millones de euros, unos 160.000 euros por vivienda en pleno centro, un valor muy por debajo de la realidad del mercado. Los cinco inmuebles albergan 130 viviendas, de las que 117 están ocupadas. Las familias denuncian que el Ayuntamiento les está presionando para que firmen su realojo en otro barrio de Madrid alejado del centro de la ciudad. “Nos ha llamado Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo (EMVS) con tono amenazante. Nos decían que tengamos en cuenta que si no aceptamos el realojo podríamos quedarnos en la calle”, explica a Público Juan Antonio, un vecino afectado.
Las viviendas fueron compradas por el ayuntamiento en la década de los 80. Han sido rehabilitadas con dinero público y entre sus paredes viven desde hace más de 20 años mujeres que han sido maltratadas, familias numerosas, ancianos y pensionistas, que, por razones económicas, no tienen acceso al mercado libre de vivienda. Todos ellos mantienen un contrato de arrendamiento de bajo coste con el consistorio que se calcula a partir de su renta. Además, los vecinos denuncian el desarraigo que supondría para ellos el tener que cambiar de barrio a edades tan avanzadas. En el 55% de las viviendas viven ancianos y en 40 de ellas viven personas mayores de 70 años sin ninguna compañía. 
El consistorio madrileño recibirá a cambio de esta operación 21 millones de euros
El pasado 18 de octubre la EMVS suscribió una opción de compra con la compañía catalana Renta Corporación Core Business por la que el Ayuntamiento fija el precio de estos cinco edificios en 21 millones de euros. Para hacer efectivo el contrato, la empresa barcelonesa ha abonado 300.000 euros más IVA (63.000 euros) y debe pagar el resto antes del 18 de enero tal y como específica el contrato de opción de compra al que ha tenido acceso Público.
La concejalía de vivienda del Ayuntamiento madrileño, tras ser contactado por este medio, ha remitido un comunicado garantizando “una vivienda” a todos los vecinos “de similares características y adaptada a sus necesidades”. Para ello, según señala el comunicado, “un equipo de trabajadores sociales se ha desplazado a las viviendas para entrevistarse con las familias, informarles y escuchar sus necesidades”.
Algunos de los vecinos han señalado a Público que la EMVS ya se ha puesto en contacto con ellos para visitar las viviendas sociales que el Ayuntamiento posee en el otro extremo de la ciudad: Vallecas, Carabanchel y Villaverde. En todo caso, los nuevos arrendamientos que ofrecen tienen una duración de cinco años, de manera que, los vecinos se enfrentan a la incertidumbre de desconocer qué pasará con sus nuevas viviendas tras el fin del contrato de arrendamiento.

25% menos si hay “okupas”

No obstante, el Ayuntamiento no ha notificado a los vecinos la venta de los edificios y su consiguiente realojo de manera oficial, según informan los propios vecinos. Representantes de algunos de los inmuebles mantuvieron una reunión con la directora de Patrimonio de la EMVS en la que se negó la existencia de este acuerdo de venta. 
Algunos de los vecinos, como Juan Antonio, ya han anunciado a Público que no piensan abandonar la que ha sido su casa durante los últimos 20 años por una decisión injusta ya que ellos tienen en contrato en vigor y han pagado “religiosamente” tanto el alquiler como la comunidad.
No obstante, la resistencia vecinal ya viene contemplada en el propio contrato. El acuerdo del ayuntamiento y la empresa compradora recoge una cláusula que establece un descuento del 25% en el precio de la vivienda en el caso de que de haya “okupas”, tal y como lo recoge el contrato.
El acuerdo recoge una cláusula que establece un descuento del 25% en el caso de que de haya “okupas”
La venta de los inmuebles pasa por encima de vecinos como Antonio, de 75 años y todavía convaleciente de un ictus, para quien abandonar su hogar supone “la muerte”. “He vivido aquí toda la vida y quiero morir aquí. Si me llevan fuera de mi barrio, donde tengo mi vida, es como si me mataran”, afirma entre lágrimas Antonio
Mario Agreda, vecino afectado y delegado de la Comisión de Asuntos Indios en la ONU, denuncia que la venta supone “una violación de los derechos humanos”. "Esta decisión no respeta al ciudadano dentro del marco de la ley y abusa del derecho”, afirma.

Viviendas en el caso histórico

 Jaime Lissavetzky, líder de la agrupación municipal del PSOE, y que no ha querido hacer declaraciones a Público, visitará mañana [por el martes] las viviendas afectadas y se fotografiará en el inmueble situado en San Cayetano, 10. Por otro lado, la Comisión municipal de Vivienda de Madrid, que se celebrará este miércoles, tiene previsto discutir sobre esta venta a instancia de los grupos locales de UPyD e Izquierda Unida. 
En concreto, los cinco edificios que el ayuntamiento pretende vender son los inmuebles de Carrera de San Francisco (35 viviendas), Embajadores 46 (24), San Cayetano 8 y 10 (27 y 25 respectivamente) y calle Madera 24 y 26 (19). Como se mencionaba del total de 130 viviendas sólo 13 están vacías. Las viviendas tienen un gran valor histórico-artístico. Su restauración recibió el Premio Nacional de Urbanismo de 1988.

lunes, 19 de noviembre de 2012

Capturado por tus manos



Se cubre el rostro ante la duda de mis penas
de querer quererlo todo
a pesar de ti, a pesar de todo,
de ese susurro que crece
más lejos en el sentimiento
que cerca en lo que queremos.

El monstruo en que nos convertimos
llama a mi puerta, vende libros de saldo,
quiere una limosna o una barra de pan,
no le doy nada (estoy en ayunas),
tan sólo un apretón de manos,
sin ni tan siquiera mirarnos, enemigos eternos.

Ahora me llaman por teléfono,
no sé lo que quieren,
hablan polaco, ruso,
no sé lo que quieren,
el sonido me calla
con un grito de castigo
será él,
será Dios.


Parece muy tarde afuera,
en ese rincón de orina
que luego le atrapa la confesión
de todas las ganas de quererla,
de querer quererte,
a pesar de ti, a pesar de todo.

Intento salir de esta trampa,
pero alguien me agarra
con el rimel de sus labios,
otra vez el teléfono,
no disfruto, los nervios
de querer quererlo, idiota
a pesar de ti, a pesar de todo.

martes, 13 de noviembre de 2012

Rashòmon

Era un frío atardecer.
Bajo Rashòmon, el sirviente de un samurai esperaba que cesara la lluvia. No había nadie en el amplio portal. Sólo un grillo se posaba en una gruesa columna, cuya laca carmesí estaba resquebrajada en algunas partes. Situado Rashòmon en la Avenida Sujaku, era de suponer que algunas personas, como ciertas damas con el ichimegasa o nobles con el momieboshi, podrían guarecerse allí; pero al parecer no había nadie fuera del sirviente. Y era explicable, ya que en los últimos dos o tres años la ciudad de Kyoto había sufrido una larga serie de calamidades: terremotos, tifones, incendios y carestías la habían llevado a una completa desolación. Dicen los antiguos textos que la gente llegó a destruir las imágenes budistas y otros objetos de culto, y esos trozos de madera, laqueada y adornada con hojas de oro y plata, se vendían en la calle como leña. Ante semejante situación, resultaba natural que nadie se ocupara de restaurar Rashòmon. Aprovechando la desvastación del edificio, los zorros y otros animales instalaron sus madrigueras entre las ruinas; por su parte, ladrones y malhechores no lo desdeñaron como refugio, hasta que finalmente se le vio convertido en depósito de cadáveres anónimos. Nadie se acercaba por los alrededores al anochecer, más que nada por su aspecto sombrío y desolado.
En cambio, los cuervos acudían en bandadas desde los más remotos lugares. Durante el día volaban en círculo alrededor de la torre, y en el cielo enrojecido del atardecer sus siluetas se dispersaban como granos de sésamo antes de caer sobre los cadáveres abandonados.
Pero ese día no se veía ningún cuervo, tal vez por ser demasiado tarde. En la escalera de piedra, que se derrumbaba a trechos y entre cuyas grietas crecía la hierba, podían verse los blancos excrementos de estas aves. El sirviente vestía un gastado kimono azul, y sentado en el último de los siete escalones contemplaba distraídamente la lluvia, mientras concentraba su atención en el grano de la mejilla derecha.
Como decía, el sirviente estaba esperando que cesara la lluvia; pero de cualquier manera no tenía ninguna idea precisa de lo que haría después. En circunstancias normales, lo natural habría sido volver a casa de su amo; pero unos días antes éste lo había despedido, no obstante los largos años que había estado a su servicio. El suyo era uno de los tantos problemas surgidos del precipitado derrumbe de la prosperidad de Kyoto.
Por eso, quizás, hubiera sido mejor aclarar: "el sirviente espera en el portal sin saber qué hacer, ya que no tiene adónde ir". Es cierto que, por otra parte, el tiempo oscuro y tormentoso había deprimido notablemente el sentimentalisme de este sirviente de la época Heian.
Habiendo comenzado a llover a mediodía, todavía continuaba después del atardecer. Perdido en un mar de pensamientos incoherentes, buscando algo que le permitiera vivir desde el día siguiente y la manera de obrar frente a ese inexorable destino que tanto le deprimía, el sirviente escuchaba, abstraído, el ruido de la lluvia sobre la Avenida Sajaku.
La lluvia parecía recoger su ímpetu desde lejos, para descargarlo estrepitosamente sobre Rashòmon, como envolviéndolo. Alzando la vista, en el cielo oscuro veíase una pesada nube suspendida en el borde de una teja inclinada.
"Para escapar a esta maldita suerte"- pensó el sirviente-, "no puedo esperar a elegir un medio, ni bueno ni malo pues si empezara a pensar, sin duda me moriría de hambre en medio del camino o en alguna zanja; luego me traerían aquí, a esta torre, dejándome tirado como a un perro. Pero si no elijo..."  Su pensamiento, tras mucho rondar la misma idea, había llegado por fin a este punto. Pero ese "si no elijo..." quedó fijo en su mente. Aparentemente estaba dispuesto a emplear cualquier medio; pero al decir "si no..." demostró no tener el valor suficiente para confesarse rotundamente: "no me queda otro remedio que convertirme en ladrón".
Lanzó un fuerte estornudo y se levantó con lentitud. El frío anochecer de Kyoto hacía añorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.
Con la cabeza metida entre los hombros paseó la mirada en torno del edificio; luego levantó las hombreras del kimono azul que llevaba sobre una delgada ropa interior. Se decidió por fin a pasar la noche en algún lugar que le permitiera guarecerse de la lluvia y del viento, en donde nadie lo molestara.
El sirviente descubrió otra escalera ancha, también laqueada, que parecía conducir a la torre. Ahí arriba nadie lo podía molestar, excepto los muertos. Cuidando de que no se deslizara su katana de la vaina sujeta a la cintura, el sirviente puso su pie calzado con zöri sobre el primer peldaño.
Minutos después en la mitad de la amplia escalera que conducía a la torre de Rashòmon, un hombre acurrucado como un gato, con la respiración contenida, observaba lo que sucedía más arriba. La luz procedente de la torre brillaba en la mejilla del hombre, una mejilla que bajo la corta barba descubría un grano colorado purulento. El hombre, es decir el sirviente, había pensado que dentro de la torre sólo hallaría cadáveres, pero subiendo dos o tres escalones notó que había luz, y que alguien la movía de un lado a otro. Lo supo cuando vio su reflejo mortecino, amarillento, oscilando de un modo especial en el techo cubierto de telarañas. ¿Qué clase de persona encendería esa luz en Rashòmon, en una noche de lluvia como aquella?
Silencioso como un lagarto, el sirviente se arrastró hasta el último peldaño de la empinada escalera. Con el cuerpo encogido todo lo posible y el cuello estirado, observó medrosamente el interior de la torre.
Confirmando los rumores, vio allí algunos cadáveres tirados negligentemente en el suelo. Como la luz de la llama iluminaba escasamente a su alrededor, no pudo distinguir la cantidad; únicamente pudo ver algunos cuerpos vestidos y otros desnudos, de hombres y mujeres. Los hombros, el pecho y otras partes recibían una luz agonizante, que hacía más densa la sombra en los restantes miembros. Unos con la boca abierta, otros con los brazos extendidos, ninguno daba más señales de vida que un muñeco de barro. Al verlos entregados a ese silencio eterno, el sirviente dudó que hubiesen vivido alguna vez.
El hedor que despedían los cuerpos ya descompuestos le hizo llevar rápidamente la mano a la nariz. Pero un instante después olvidó ese gesto. Una impresión más violenta anuló su olfato al ver que alguien estaba inclinado sobre los cadáveres.
Era una vieja escuálida, canosa y con aspecto de mona, vestida con un kimono de tono ciprés. Sosteniendo con la mano derecha una tea de pino, observaba el rostro de un muerto, que por su larga cabellera parecía una mujer.
Poseído más por el horror que por la curiosidad, el sirviente contuvo la respiración por un instante, sintiendo que se le erizaban los pelos. Mientras observaba aterrado, la vieja colocó su tea entre dos tablas del piso, y sosteniendo con una mano, la cabeza que había estado mirando, con la otra comenzó a arrancarle el cabello, uno por uno; parecía desprenderse fácilmente.
A medida que el cabello se iba desprendiendo, cedía gradualmente el miedo del sirviente; pero al mismo tiempo se apoderaba de él un incontenible odio hacia esa vieja. Ese odio -pronto lo comprobó- no iba dirigido sólo contra la vieja, sino contra todo lo que simbolizase "el mal", por el que ahora sentía vivísima repugnancia. Si en ese instante le hubiera sido dado elegir entre morir de hambre o convertirse en ladrón -el problema que él mismo se había planteado hacía unos instantes- no habría vacilado en elegir la muerte. El odio y la repugnancia ardían en él tan vivamente como la tea que la vieja había clavado en el piso.
Él no sabía por qué aquella vieja robaba cabellos; por consiguiente, no podía juzgar su conducta. Pero a los ojos del sirviente, despojar de las cabelleras a los muertos de Rashòmon, y en una noche de tormenta como ésa, cobraba toda la apariencia de un pecado imperdonable. Naturalmente, este nuevo espectáculo le había hecho olvidar que sólo momentos antes él mismo había pensado hacerse ladrón.
Reunió todas sus fuerzas en las piernas, y saltó con agilidad desde su escondite; con la mano en su katana, en una zancada se plantó ante la vieja. Volvióse esta aterrada, y al ver al hombre, retrocedió bruscamente, tambaleándose.
-¡Adónde vas, vieja infeliz! -gritó cerrándole el paso, mientras ella intentaba huir pisoteando los cadáveres.
La suerte estaba echada. Tras un breve forcejeo el hombre tomó a la vieja por el brazo (de puro hueso y piel, más bien parecía una pata de gallina), y retorciéndoselo, la arrojó al suelo con violencia:
-¿Qué estabas haciendo? Contesta, vieja; sino, hablará esto por mí.
Diciendo esto, el sirviente la soltó, desenvainó su katana y puso el brillante metal frente a los ojos de la vieja. Pero ésta guardaba un silencio malicioso, como si fuera muda. Un temblor histérico agitaba sus manos y respiraba con dificultad, con los ojos desorbitados. Al verla así, el sirviente comprendió que la vieja estaba a su merced. Y al tener conciencia de que una vida estaba librada al azar de su voluntad, todo el odio que había acumulado se desvaneció, para dar lugar a un sentimiento de satisfacción y de orgullo; la satisfacción y el orgullo que se sienten al realizar una acción y obtener la merecida recompensa. Miró el sirviente a la vieja y suavizando algo la voz, le dijo:
--Escucha. No soy ningún funcionario del Kebiishi. Soy un viajero que pasaba accidentalmente por este lugar. Por eso, no tengo ningún interés en prenderte o en hacer contigo nada en particular. Lo que quiero es saber qué estabas haciendo aquí hace un momento.
La vieja abrió aún más los ojos y clavó su mirada en el hombre; una mirada sarcástica, penetrante, con esos ojos sanguinolientos que suelen tener ciertas aves de rapiña. Luego, como masticando algo, movió los labios, unos labios tan arrugados que casi se confundían con la nariz. La punta de la nuez se movió en la garganta huesuda. De pronto, una voz áspera y jadeante como el graznido de un cuervo llegó a los oídos del sirviente.
--Yo, sacaba los cabellos... sacaba los cabellos... para hacer pelucas.
Ante una respuesta tan simple y mediocre el sirviente se sintió defraudado. La decepción hizo que el odio y la repugnancia le invadieran nuevamente, pero ahora acompañados por un frío desprecio. La vieja pareció adivinar lo que el sirviente sentía en ese momento y, conservando en la mano los largos cabellos que acababa de arrancar, murmuró con su voz sorda y ronca:
---Ciertamente, arrancar los cabellos a los muertos puede parecerle horrible, pero ninguno de éstos merece ser tratado de mejor modo. Esa mujer, por ejemplo, a quien le saqué estos hermosos cabellos negros, acostumbraba vender carne de víbora desecada en la Barraca de los Guardianes, haciéndola pasar nada menos que por pescado. Los guardianes decían que no conocían pescado más delicioso. No digo que eso estuviese mal pues de otro modo se hubiera muerto de hambre. ¿Qué otra cosa podía hacer? De igual modo podría justificar lo que yo hago ahora. No tengo otro remedio, si quiero seguir viviendo. Si ella llegara a saber lo que le hago, posiblemente me perdonaría.
Mientras tanto el sirviente había guardado su katana, y con la mano izquierda apoyada en la empuñadura, la escuchaba fríamente. La derecha tocaba nerviosamente el grano purulento de la mejilla. Y en tanto la escuchaba, sintió que le nacía cierto coraje, el que le faltara momentos antes bajo el portal. Además, ese coraje crecía en dirección opuesta al sentimiento que lo había dominado en el instante de sorprender a la vieja. El sirviente no sólo dejó de dudar (entre elegir la muerte o convertirse en ladrón) sino que en ese momento el tener que morir de hambre se había convertido para él en una idea absurda, algo por completo ajeno a su entendimiento.
--¿Estás segura de lo que dices?-- preguntó en tono malicioso y burlón.
De pronto quitó la mano del grano, avanzó hacia ella y tomándola por el cuello con rudeza:
--Y bien, no me guardarás rencor si te robo, ¿verdad? Si no lo hago, también yo me moriré de hambre.
Seguidamente, despojó a la vieja de sus ropas, y como ella tratara de impedirlo aferrándose a las piernas, de un puntapié la arrojó entre los cadáveres. En cinco pasos el sirviente estuvo en la boca de la escalera; y en un abrir y cerrar de ojos, con la amarillenta ropa bajo el brazo, descendió los peldaños hacia la profundidad de la noche.
Un momento después la vieja, que había estado tendida como un muerto más, se incorporó, desnuda. Gruñendo y gimiendo, se arrastró hasta la escalera, a la luz de la antorcha que seguía ardiendo. Asomó la cabeza al oscuro vacío y los cabellos blancos le cayeron sobre la cara.
Abajo, sólo la noche negra y muda.
Adónde fue el sirviente, nadie lo sabe.
Escrito en 1915.
Ryunosuke Akutagawa (1892-1927)