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jueves, 23 de noviembre de 2017

¿Cómo importa la cultura en el desarrollo?



http://www.letraslibres.com/mexico/como-importa-la-cultura-en-el-desarrollo

Los sociólogos, antropólogos e historiadores han hecho reiterados comentarios sobre la tendencia de los economistas a no prestar suficiente atención a la cultura cuando investigan el funcionamiento de las sociedades en general y el proceso de desarrollo en particular. Aunque podemos pensar en muchos ejemplos que rebaten el supuesto abandono de la cultura por parte de los economistas, comenzando al menos por Adam Smith (1776), John Stuart Mill (1859, 1861) o Alfred Marshall (1891), en tanto una crítica general, empero, la acusación está en gran medida justificada.
     Vale la pena remediar este abandono (o tal vez, más precisamente, esta indiferencia comparativa), y los economistas pueden, con resultados ventajosos, poner más atención en la influencia que la cultura tiene en los asuntos económicos y sociales. Es más, los organismos de desarrollo, como el Banco Mundial, también pueden reflejar, al menos hasta cierto punto, este abandono, aunque sea solamente por estar influidos en forma tan predominante por el pensamiento de economistas y expertos financieros. El escepticismo de los economistas sobre el papel de la cultura, por tanto, puede reflejarse indirectamente en las perspectivas y los planteamientos de las instituciones como el Banco Mundial. Sin importar qué tan grave sea este abandono (y aquí las apreciaciones pueden diferir), para analizar la dimensión cultural del desarrollo se requiere un escrutinio más detallado. Es importante investigar las distintas formas —y pueden ser muy diversas— en que se debería tomar en cuenta la cultura al examinar los desafíos del desarrollo y al valorar la exigencia de estrategias económicas acertadas.
     La cuestión no es si acaso la cultura importa, para aludir al título de un libro relevante y muy exitoso editado en conjunto por Lawrence Harrison y Samuel Huntington. Eso debe ser así, dada la influencia penetrante de la cultura en la vida humana. La verdadera cuestión es, más bien, de qué manera —y no si acaso— importa la cultura. ¿Cuáles son las diferentes formas en que la cultura puede influir sobre el desarrollo? ¿Cómo pueden comprenderse mejor sus influencias, y cómo podrían éstas modificar o alterar las políticas de desarrollo que parecen adecuadas? Lo interesante radica en la naturaleza y las formas de relación, y en lo que implican para instrumentar las políticas, y no meramente en la creencia general —difícilmente refutable— de que la cultura, en efecto, importa.
     En el presente ensayo, abordo estas preguntas en torno al "de qué manera", pero en el camino también debo referirme a algunas cuestiones sobre el "de qué manera no". Hay indicios, habré de argumentar, de que, en el afán por darle su lugar a la cultura, surge a veces la tentación de optar por perspectivas un tanto formulistas y simplistas sobre el impacto que tiene en el desarrollo. Por ejemplo, parece haber muchos seguidores de la creencia —sostenida de manera explícita o implícita— de que el destino de los países está efectivamente sellado por la naturaleza de su respectiva cultura. Ésta no sólo sería una sobresimplificación "heroica", sino que también implicaría imbuir desesperanza a los países de los que se considera que tienen la cultura "errónea". Esto no sólo resulta ética y políticamente repugnante, sino que, de manera más inmediata, diría que es también un sinsentido epistémico. Así es como un segundo tema de este ensayo consiste en abordar estas cuestiones sobre el "de qué manera no".
     El tercer tema del texto consiste en examinar el papel del aprendizaje mutuo en el campo de la cultura. Si bien tal transmisión y educación puede ser parte integral del proceso de desarrollo, se menosprecia con frecuencia su papel. De hecho, puesto que se considera cada cultura, no de manera improbable, como única, puede haber una tendencia a adoptar un punto de vista algo insular sobre el tema. Cuando se trata de comprender el proceso de desarrollo, esto puede resultar particularmente engañoso y sustancialmente contraproducente. Una de las funciones en verdad más importantes de la cultura radica en la posibilidad de aprender unos de otros, antes que celebrar o lamentar los compartimentos culturales rígidamente delineados, en los cuales finalmente clasifican.
     Por último, al abordar la importancia de la comunicación intercultural e internacional, debo tomar en cuenta asimismo la amenaza —real, o percibida como tal— de la globalización y de la asimetría de poder en el mundo contemporáneo. La opinión según la cual las culturas locales están en peligro de desaparición se ha expresado con insistencia, y la creencia en que se debe actuar para resistir la destrucción puede resultar muy atendible. De qué manera debe entenderse esta posible amenaza y qué puede hacerse para enfrentarla —y, de ser necesario, combatirla— son también temas importantes para el análisis del desarrollo. Tal es el cuarto y último asunto que pretendo estudiar con detalle.

CONEXIONES
     Es de particular importancia identificar las diferentes maneras en que la cultura puede importar para el desarrollo. Al parecer, las siguientes categorías son de primordial necesidad, y tienen una relevancia de gran alcance.
     (1) La cultura como una parte constitutiva del desarrollo. Podemos comenzar por la pregunta elemental: ¿para qué sirve el desarrollo? El fortalecimiento del bienestar y de las libertades a que aspiramos por medio del desarrollo no puede sino incluir el enriquecimiento de las vidas humanas a través de la literatura, la música, las bellas artes y otras formas de expresión y práctica culturales, que tenemos razón en valorar. Cuando Julio César dijo sobre Casio, "Él no escucha música: sonríe poco", esto no pretendía ser una loa a la forma de vida de Casio. Tener un alto PNB per capita pero poca música, pocas artes, poca literatura, etcétera, no equivale a un mayor éxito en el desarrollo. De una u otra forma, la cultura envuelve nuestras vidas, nuestros deseos, nuestras frustraciones, nuestras ambiciones, y las libertades que buscamos. La posibilidad y las condiciones para las actividades culturales están entre las libertades fundamentales, cuyo crecimiento se puede ver como parte constitutiva del desarrollo.
     (2) Objetos y actividades culturales económicamente remunerativos. Diversas actividades económicamente remunerativas pueden depender directa o indirectamente de la infraestructura cultural y, en términos más generales, del ambiente cultural. La vinculación del turismo con los parajes culturales (incluidos los históricos) es suficientemente obvia.
     (3) Los factores culturales influyen sobre el comportamiento económico. Aun cuando algunos economistas se han visto tentados por la idea de que todos los seres humanos se comportan casi de la misma manera (por ejemplo, acrecientan implacablemente su egoísmo, definido en un sentido radicalmente insular), hay muchos indicios de que esto, por lo general, no sucede así. Las influencias culturales pueden significar una diferencia considerable al trabajar sobre la ética, la conducta responsable, la motivación briosa, la administración dinámica, las iniciativas emprendedoras, la voluntad de correr riesgos, y toda una gama de aspectos del comportamiento humano que pueden ser cruciales para el éxito económico.
     Además, el funcionamiento exitoso de una economía de intercambio depende de la confianza mutua y de normas implícitas. Cuando estas modalidades del comportamiento están presentes en grado sumo, es fácil pasar por alto el papel que desempeñan. Pero cuando se han de cultivar, esa laguna puede constituir un impedimento de consideración para el éxito económico. Hay multitud de ejemplos sobre los problemas que enfrentan las economías precapitalistas debido al bajo desarrollo de las virtudes básicas del comercio y los negocios.
     La cultura del comportamiento está relacionada con otros tantos aspectos del éxito económico. Se relaciona, por ejemplo, con el hecho de que perduren o dejen de ocurrir la corrupción económica y sus vínculos con el crimen organizado. En las discusiones italianas sobre este tema, en las que tuve el privilegio de participar asesorando a la Comisión AntiMafia del Parlamento Italiano, el papel y el alcance de los valores implícitos se trató con amplitud. La cultura también tiene un papel importante para fomentar un comportamiento amable con el entorno. La contribución cultural al comportamiento podría variar según los desafíos que surjan en el proceso de desarrollo económico.
     (4) La cultura y la participación política. La participación en los intercambios civiles y en las actividades políticas está influida por las condiciones culturales. La tradición del debate público y del intercambio participativo puede ser decisiva en el proceso político, y puede importar para el establecimiento, la preservación y la práctica de la democracia. La cultura de la participación puede ser una virtud cívica toral, como lo expuso ampliamente Condorcet, entre otros pensadores sobresalientes de la Ilustración europea.
     Aristóteles señaló, por cierto, que los seres humanos suelen tener una inclinación natural hacia el intercambio civil. Y, sin embargo, el alcance de la participación política puede variar de una sociedad a otra. De manera particular, las inclinaciones políticas pueden ser suprimidas no sólo por gobiernos y restricciones autoritarios, sino también por la "cultura del miedo" que genera la represión política. También puede existir una "cultura de la indiferencia", que abreve del escepticismo y conduzca a la apatía. La participación política es extremadamente importante para el desarrollo, lo mismo a través de sus efectos en la valoración de los medios y los fines, que a través de su papel en la formación y la consolidación de los valores que permiten ponderar el desarrollo mismo.
     (5) Solidaridad social y asociación. Aparte de los intercambios económicos y la participación política, el propio funcionamiento de la solidaridad social y el apoyo mutuo puede estar fuertemente influido por la cultura. El éxito de la vida social depende en gran medida de lo que la persona, la gente, hace espontáneamente por los demás. Esto puede influir de manera profunda en el funcionamiento de la sociedad y hasta en la preocupación por sus miembros menos afortunados, así como en la preservación y el cuidado de los bienes comunes. El sentido de cercanía con los otros miembros de la comunidad puede ser un bien de gran importancia para esa comunidad. En años recientes, las ventajas que afluyen de la solidaridad y del apoyo mutuo han recibido mucha atención en textos que versan sobre el "capital social".
     Ésta es una importante área nueva de la investigación social. Existe, sin embargo, la necesidad de escrutar la naturaleza del "capital social" en tanto "capital" —en el sentido de un recurso para todo uso (como se considera el capital). Los mismos sentimientos e inclinaciones pueden de hecho operar en direcciones opuestas, dependiendo de la naturaleza del grupo de que se trate. Por ejemplo, la solidaridad dentro de un grupo particular (verbigracia, los residentes más antiguos de una región) puede ir de la mano con una percepción muy poco amistosa de quienes no son miembros de dicho grupo (como los nuevos inmigrantes). La influencia del mismo pensamiento centrado en la comunidad puede ser tanto positiva para las relaciones internas como negativa al generar y fomentar tendencias de exclusión (lo que abarca los violentos sentimientos y acciones "antiinmigrantes", como se puede observar en ciertas regiones con una impecable solidaridad "intracomunitaria"). El pensamiento basado en la identidad puede tener aspectos dicotómicos, ya que un fuerte sentido de la filiación grupal puede tener un papel aglutinante dentro de ese grupo al tiempo que fomenta el trato más bien severo contra quienes no son miembros (a quienes se ve como "los otros", que "no pertenecen" allí). Si esta dicotomía es correcta, entonces puede ser un error tratar el "capital social" como un recurso para todo uso (que es la idea que se tiene, en general, del capital), antes que como un activo para ciertas relaciones y un pasivo para otras. Hay, pues, espacio para un escrutinio que indague en la naturaleza y el funcionamiento del concepto importante, aunque en algunos sentidos problemático, del "capital social".
     (6) Parajes culturales y rememoración de la herencia histórica. El fomento de una comprensión más clara y más amplia sobre el pasado de un país o de una comunidad a través de la exploración sistemática de su historia cultural constituye otra posibilidad constructiva. Por ejemplo, al apoyar excavaciones y exploraciones históricas e investigaciones relacionadas, los programas de desarrollo pueden ayudar a facilitar una apreciación más cabal de la amplitud —y de las variaciones internas— de culturas y tradiciones particulares. La historia a menudo abarca una variedad mucho más amplia de influencias culturales y de tradiciones de la que tienden a permitir las interpretaciones intensamente políticas —y frecuentemente ahistóricas— del presente.
Cuando es éste el caso, los objetos, parajes y archivos históricos pueden ayudar a equilibrar algunas fricciones en la política moderna. La historia árabe, por ejemplo, incluye una larga tradición de relaciones pacíficas con las poblaciones judías.
     La rememoración de la historia puede ser un aliado importante en el cultivo de la tolerancia y la celebración de la diversidad, y estas notas se cuentan —directa e indirectamente— entre los rasgos importantes del desarrollo.
     (7) Influencias culturales en la formación y evolución de los valores. No sólo sucede que los factores culturales figuran entre los fines y medios del desarrollo: también sucede que tienen un papel central incluso en la formación de los valores. Esto, a su vez, puede influir en la identificación de nuestros fines y el reconocimiento de instrumentos practicables y aceptables para alcanzar dichos fines. Por ejemplo, el debate público abierto —él mismo un logro cultural importante— puede influir poderosamente en el surgimiento de nuevas normas y prioridades por considerar.
     En realidad, la formación de valores es un proceso interactivo, y la cultura de hablar y escuchar puede tener un papel significativo en el momento de hacer posible la interacción. Conforme surgen nuevos patrones de conducta, es el debate público, así como la emulación inmediata, lo que puede diseminar las nuevas normas a través de una región y, en última instancia, entre las regiones. Las normas surgidas para fomentar bajosíndices de fertilidad, o la ausencia de discriminación entre niños y niñas, o el enviar a los niños a las escuelas, en fin, no constituyen tan sólo rasgos importantes del desarrollo: pueden estar influidas en gran medida por una cultura del debate público y de la discusión libre, sin obstáculos políticos ni represión social.

INTEGRACION
     Con el fin de apreciar el papel de la cultura en el desarrollo, resulta de particular importancia situar la cultura en un marco suficientemente amplio. Las razones para ello no son difíciles de hallar. En primer lugar, aun cuando la cultura resulta tan influyente, no tiene una posición toral única en la determinación de nuestras vidas e identidades. Otros factores, como la clase, la raza, el género, la profesión y la política también importan, y pueden importar mucho. Nuestra identidad cultural es uno de los muchos aspectos de nuestra realización, y es sólo una influencia entre muchas que pueden inspirar e intervenir en lo que hacemos y la manera en que lo hacemos. Además, nuestro comportamiento no sólo depende de nuestros valores y predisposiciones, sino también del hecho concreto de la presencia o ausencia de instituciones medulares y de los incentivos —orientadores o morales— que éstas generan.
     En segundo lugar, la cultura no es un atributo homogéneo —puede existir un gran número de variaciones, incluso dentro de la misma atmósfera cultural general. Los deterministas culturales subestiman con frecuencia el alcance de la heterogeneidad dentro de lo que se ve como "una" cultura específica. Las voces discordantes a menudo son "internas", no provienen del exterior. Puesto que la cultura tiene muchas facetas, la heterogeneidad también puede provenir de los componentes particulares de la cultura en los cuales decidimos enfocar nuestra atención (por ejemplo, si prestamos particular atención ya a la religión, ya a la literatura, o a la música, o de manera general al estilo de vida).
     En tercer lugar, la cultura no permanece quieta en absoluto. Cualquier suposición de inmovilidad —explícita o implícita— puede ser desastrosamente engañosa. Hablar, digamos, de la cultura religiosa hinduista, o en fin, de la cultura nacional hindú, considerándola como una cultura bien definida en un sentido temporal estático, no sólo implica pasar por alto las grandes variaciones dentro de cada una de estas categorías, sino también ignorar su evolución y sus grandes transformaciones a través del tiempo. La tentación de usar el determinismo cultural a menudo adquiere la forma irremediable de un esfuerzo por largar el ancla cultural de un barco que se mueve veloz.
     Por último, las culturas interactúan unas con otras y no se pueden ver como estructuras insulares. La perspectiva aislacionista —que casi siempre se da por sentada implícitamente— puede ser en gran medida falaz. A veces podemos estar sólo vagamente conscientes de la manera en que una influencia llegó desde fuera, pero ésta no es razón para restarle importancia. Por ejemplo, aunque el picante era desconocido en la India antes de que los portugueses lo introdujeran en el siglo xvi, ahora es una especia totalmente hindú. Los rasgos culturales —desde los más triviales hasta los más profundos— pueden cambiar en forma radical, dejando a veces pocas señales del pasado que llevan detrás.
     Considerar que la cultura es independiente e inmutable, y que no cambia, puede ser en verdad muy problemático. Pero esto, por otra parte, no es razón para no tomar en cuenta la importancia de la cultura, vista apropiadamente desde una perspectiva amplia. No cabe duda de que es posible prestar una atención adecuada a la cultura mientras se toman en cuenta todas las salvedades recién expuestas. En realidad, si se reconoce que la cultura no es homogénea ni inmóvil y que es interactiva, y si la importancia de la cultura se entrevera con las fuentes rivales de influencia, entonces la cultura puede ser una parte muy positiva y constructiva en nuestra comprensión del comportamiento humano y social, y del desarrollo económico.

INTOLERANCIA Y ALIENACION
     La cuestión del "de qué manera no", empero, merece una atención extremadamente seria, ya que las generalizaciones culturales apresuradas no sólo pueden socavar una comprensión más profunda del papel de la cultura, sino que también pueden servir de herramienta a los prejuicios sectarios, a la discriminación social e incluso a la tiranía política. Las generalizaciones culturales simplistas tienen la gran capacidad de fijar nuestra forma de pensar, y con demasiada frecuencia son más que un pasatiempo inocente. El hecho de que tales generalizaciones abundan en las creencias populares y en la comunicación informal se puede reconocer con facilidad. Estas creencias implícitas y acríticas no son únicamente el tema de muchas bromas racistas y calumnias étnicas; a veces también asoman como elegantes teorías perniciosas. Cuando se da una correlación fortuita entre el prejuicio cultural y la observación social (no importa qué tan casual sea), nace una teoría, y ésta puede rehusarse a morir incluso después de que la correlación casual se desvanece por completo.
     Por ejemplo, las bromas urdidas contra los irlandeses (insolencias tales como "cuántos irlandeses se necesitan para cambiar un foco", que han tenido vigencia en Inglaterra por largo tiempo) parecían ir bien con el predicamento desalentador de la economía irlandesa, cuando la economía irlandesa estaba bastante mal. Pero cuando esta economía comenzó a crecer asombrosamente rápido —de hecho, más rápido que cualquier otra economía europea (como lo hizo, y por muchos años)—, el estereotipo cultural y su relevancia económica y social pretendidamente profunda no se desecharon como la pura y absoluta basura que eran. Las teorías tienen vida propia, y parecen desafiar el mundo fenoménico que se puede, en efecto, observar.

EL DETERMINISMO CULTURAL
     Si bien el maridaje entre el prejuicio cultural y la asimetría política puede ser casi letal, la necesidad de tener cuidado al saltar a conclusiones culturales resulta más insidiosa. Tales conclusiones pueden influir incluso sobre la forma en que los expertos conciben la naturaleza y los desafíos del desarrollo económico. Las teorías se derivan muchas veces de pruebas bastantes escasas. Las verdades a medias o fragmentadas pueden desorientar garrafalmente —a veces incluso más que la falsedad llana, que es más fácil de delatar.
     Considérese, por ejemplo, el siguiente argumento del influyente e importante libro editado en conjunto por Lawrence Harrison y Samuel Huntington llamado Culture Matters [La cultura importa] (al que me referí antes), y en particular el argumento del ensayo introductorio de Huntington en ese volumen, llamado "La cultura cuenta":

A principios de la década de 1990, me topé con información económica sobre Ghana y Corea del Sur durante los años sesenta, y me sorprendió lo parecidas que sus economías eran en aquel entonces. [...] Treinta años más tarde, Corea del Sur se había convertido en un gigante industrial con la decimocuarta economía más grande del mundo, corporaciones multinacionales, exportaciones considerables de automóviles, equipo electrónico y otras manufacturas sofisticadas, y un ingreso per capita cercano al de Grecia. Y no sólo eso: estaba en camino de consolidar instituciones democráticas. No habían ocurrido tales cambios en Ghana, cuyo ingreso per capita era ahora casi quince veces menor al de Corea del Sur. ¿Cómo podía explicarse esta extraordinaria diferencia en el desarrollo? Sin duda, muchos factores entraron en juego, pero me parecía que la cultura debía constituir gran parte de la explicación. Los coreanos del sur valoraban la frugalidad, la inversión, el trabajo duro, la educación, la organización y la disciplina. Los ghaneses tenían valores diferentes. En pocas palabras, las culturas cuentan.

Bien puede haber algo de interés en esta comparación sugestiva (tal vez incluso una verdad fragmentada arrancada de su contexto), y el contraste demanda un examen probatorio. Mas la secuencia causal, utilizada a la manera de la explicación arriba citada, es extremadamente engañosa. Existían muchas diferencias importantes —además de la predisposición cultural— entre Ghana y Corea en los sesenta, cuando le parecían tan similares a Huntington, excepto por la cultura. En primer lugar, las estructuras de clase en ambos países eran bastante diferentes, y Corea del Sur tenía una clase comerciante mucho más grande con una participación más activa. En segundo lugar, la política era muy diferente también, y el gobierno de Corea del Sur estaba dispuesto y ansioso por desempeñar un papel primordial para dar inicio a un desarrollo centrado en los negocios, bajo una modalidad que no era aplicable en Ghana. En tercer lugar, la estrecha relación entre la economía coreana y la japonesa, por un lado, y Estados Unidos, por el otro, fue determinante, al menos durante las primeras etapas del desarrollo coreano. En cuarto lugar —y tal vez esto sea lo más importante—, para la década de 1960 Corea del Sur había alcanzado un nivel educativo mucho más alto y un sistema escolar mucho más extendido que el de Ghana. Las transformaciones en Corea se habían originado durante el periodo posterior a la Segunda Guerra Mundial, en gran parte gracias a una firme política pública, y no se podrían ver tan sólo como un reflejo de la antigua cultura coreana.
     Con base en el ligero escrutinio ofrecido, es difícil justificar ya sea el triunfalismo cultural a favor de la cultura coreana, o el pesimismo radical sobre el futuro de Ghana que la confianza en el determinismo cultural parecería sugerir. Ninguno de ellos podría derivarse de la comparación apresurada y carente de análisis que acompaña el diagnóstico heroico. Sucede que Corea del Sur no se apoyó únicamente en su cultura tradicional. Desde la década de 1940 en adelante, el país atendió deliberadamente a las lecciones del extranjero con el fin de utilizar la política pública para impulsar su atrasado sistema educativo.
     Y Corea del Sur ha seguido aprendiendo de la experiencia global incluso hasta hoy. A veces las lecciones han provenido de experiencias de fracaso, y no de éxito. Las crisis del este asiático que han abrumado a Corea del Sur, entre otros países de la región, hicieron manifiestas algunas de las penalidades de no contar con un sistema político democrático plenamente funcional. Tal vez cuando las cosas avanzaron más y más en conjunto, la voz que la democracia otorga al más débil no se extrañó de inmediato, pero cuando sobrevino la crisis económica, y los coreanos fueron divididos y vencidos (como sucede típicamente en tales crisis), los nuevos depauperados echaron en falta la voz que la democracia les habría dado para protestar y para exigir un desagravio económico. Junto con el reconocimiento de la necesidad de prestar atención a los peligros de una recaída y a la seguridad económica, el asunto más vasto de la democracia en sí se convirtió en el foco de atención predominante en la política de la crisis económica. Esto ocurrió en los países afectados por las crisis, como Corea del Sur, Indonesia, Tailandia y otros, pero además aquí se dio una lección global sobre la manera específica en que la democracia contribuye a ayudar a las víctimas del desastre, y sobre la necesidad de pensar no sólo en el "crecimiento con equidad" (el viejo lema coreano), sino también en la "caída con seguridad".
     Asimismo, la condena cultural de los prospectos de desarrollo en Ghana y otros países africanos es simplemente pesimismo apresurado con poco fundamento empírico.
Para empezar, no toma en cuenta lo rápido que muchos países —incluida Corea del Sur— han cambiado, en lugar de permanecer anclados a ciertos parámetros culturales fijos. Las verdades a medias y mal identificadas pueden ser terriblemente falaces.

INTERDEPENDENCIA Y APRENDIZAJE
     Si bien la cultura no opera en forma aislada respecto de otras influencias sociales, una vez que la colocamos en la compañía adecuada, puede ayudarnos a iluminar en gran medida nuestra comprensión del mundo, incluido el proceso de desarrollo y la naturaleza de nuestra identidad. Permítaseme referirme de nuevo a Corea del Sur, que tenía una sociedad mucho más educada y cultivada que la de Ghana en los años sesenta (cuando ambas economías le parecían a Huntington tan similares). El contraste, como ya se ha mencionado, era sustancialmente resultado de políticas públicas implementadas en Corea del Sur durante el período posterior a la Segunda Guerra Mundial.
     Sin duda, la política pública de posguerra en torno a la educación también estaba influida por rasgos culturales precedentes. Sorprendería que no existiera tal conexión. En una relación de sustento mutuo, la educación influye sobre la cultura justo como la cultura precedente tiene un efecto sobre las políticas educativas. Es de notarse, por ejemplo, que casi todo país en el mundo con una fuerte presencia de la tradición budista ha tendido a emprender un proceso generalizado de alfabetización y educación con cierto entusiasmo. Esto es así no sólo para el Japón y Corea, sino también para China, Tailandia y Sri Lanka. De hecho, incluso un país tan empobrecido como Birmania [Myanmar], con un espantoso registro de opresión política y abandono social, tiene un mayor índice de alfabetización que sus vecinos en el Subcontinente Hindú. Considerado desde un marco más amplio, es probable que haya aquí algo que investigar y de lo cual se pueda aprender.
     Sin embargo, es importante subrayar la naturaleza interactiva del proceso en el cual el contacto con otros países y el conocimiento generado por sus experiencias puede transformar la práctica. Sobran indicios para decir que cuando Corea decidió avanzar enérgicamente por medio de la educación al final de la Segunda Guerra Mundial, estaba influida no sólo por su interés cultural en la educación, sino también por una nueva comprensión del papel y la significación de aquélla, basada en las experiencias del Japón y el Occidente, incluido Estados Unidos.
     Las interrelaciones culturales, situadas dentro de un marco amplio, proporcionan en verdad una perspectiva útil para nuestro entendimiento. Esto contrasta tanto con el abandono total de la cultura (ejemplificado por algunos modelos económicos), como con el privilegio de la cultura en términos de aislamiento e inmovilidad (como se observa en algunos modelos sociales de determinismo cultural). Debemos ir más allá de ambas posturas e integrar el papel de la cultura a otros aspectos de nuestra vida.

LA GLOBALIZACION CULTURAL
     Ahora debo pasar a lo que parecería una consideración contradictoria. Cabe preguntar: al alabar la interacción entre los países y la influencia positiva de aprender de los otros, ¿no estoy desatendiendo la amenaza que las interrelaciones globales plantean a la integridad y la supervivencia de la cultura local? Es posible sostener que, en un mundo tan dominado por el "imperialismo" cultural de las metrópolis occidentales, sin duda la necesidad básica radica en fortalecer la resistencia, y no en darle la bienvenida a la influencia global.
     Permítaseme decir, en primer lugar, que no hay contradicción alguna. Aprender de los otros implica libertad y buen juicio, no estar abrumado y dominado por influencias externas sin tener otra opción, sin un espacio para ejercer la propia libertad y los deseos propios. La amenaza de verse avasallado por el poder superior del mercado de un Occidente opulento, que tiene una influencia asimétrica sobre casi todos los medios, trae a colación un asunto del todo distinto. En particular, no contradice de ninguna manera la importancia de aprender de los otros.
     Pero ¿cómo habríamos de considerar la invasión cultural global en sí misma como una amenaza a las culturas locales? Hay aquí dos cuestiones de particular relevancia. La primera se relaciona con la naturaleza de la cultura de mercado en general, ya que ésta es parte y parcela de la globalización económica. Aquellos que encuentran vulgares y empobrecedores los valores y las prioridades de una cultura relacionada con el mercado (muchos de quienes adoptan esta posición pertenecen al mismo Occidente) tienden a considerar la globalización económica como algo objetable en un nivel muy básico. La segunda cuestión tiene que ver con la asimetría de poder entre Occidente y otros países, y la posibilidad de que esta asimetría pueda llevar a la destrucción las culturas locales —una pérdida que podría empobrecer culturalmente a las sociedades no occidentales. Dado el constante bombardeo cultural que proviene en gran medida de las metrópolis occidentales (desde MTV hasta el Kentucky Fried Chicken), existe el temor genuino de que las tradiciones nativas puedan ahogarse en el estruendo.
     Las amenazas a las viejas culturas nativas en el mundo globalizado de hoy son, hasta cierto punto, inevitables. No es fácil resolver el problema deteniendo la globalización de los negocios y el comercio, pues las fuerzas del intercambio económico y la división del trabajo son difíciles de resistir en un mundo basado en la interacción. La globalización suscita, por supuesto, otros problemas también, y sus efectos en materia de distribución han recibido numerosas críticas recientemente. Por otra parte, resulta difícil negar que los negocios y el comercio globales puedan acarrear —como lo predijo Adam Smith— una mayor prosperidad económica para cada nación. El desafío consiste en obtener los beneficios de la globalización sobre una base participativa. Este asunto fundamentalmente económico (que he intentado abordar en otros lugares) no tiene por qué entretenernos, mas existe una cuestión relacionada con él dentro del campo de la cultura, a saber: ¿cómo incrementar las opciones reales —las libertades sustantivas— que tienen las personas a través del apoyo a las tradiciones culturales que quieran preservar? Esta preocupación no puede ser menos que capital en cualquier esfuerzo de desarrollo que traiga consigo transformaciones radicales en la forma de vida de las personas.
     En realidad, una respuesta natural al problema de la asimetría debe tomar la figura del fortalecimiento a las oportunidades de la cultura local, de manera que ésta sea capaz de defender lo suyo contra una invasión opresiva. Si los valores ajenos predominan gracias a un mayor control de los medios, sin duda una política de resistencia implica la ampliación de la infraestructura que corresponde a la cultura local, con el fin de que se presente la propia producción, tanto a nivel local como más allá de las fronteras. Ésta es una respuesta positiva, antes que una tentación —una tentación muy negativa— de proscribir la influencia exterior.
     En última instancia, la piedra de toque de ambas cuestiones debe ser la democracia. La necesidad de un proceso participativo de toma de decisiones sobre la clase de sociedad en que la gente quiere vivir, un proceso basado en la discusión abierta —con las oportunidades adecuadas para la expresión de posturas minoritarias—, debe ser un valor bien difundido. No podemos, de un lado, querer la democracia y, de otro, excluir ciertas opciones basándonos en argumentos tradicionalistas, por su "extranjería" (sin importar lo que la gente decida, de manera informada y reflexiva). La democracia no es consistente si las opciones de los ciudadanos quedan eliminadas por las autoridades políticas, por las instituciones religiosas o por los grandes guardianes del gusto, no importa qué tan indecorosa consideren la nueva predilección. La cultura local puede en verdad necesitar asistencia para competir en términos equitativos, y el respaldo a los gustos de las minorías frente a la embestida externa puede formar parte de la tarea democrática de abrir posibilidades, pero la prohibición de influencias culturales de otros países no es coherente con el compromiso adquirido con la democracia y la libertad.
     Existe también un asunto más delicado que se relaciona con esta cuestión y que nos lleva más allá de la preocupación inmediata por el bombardeo de la cultura de masas occidental. Dicho asunto tiene que ver con la forma en que nos vemos a nosotros mismos en el mundo —un mundo que se halla asimétricamente dominado por la preeminencia y el poderío occidentales. Por medio de un proceso dialéctico, esto puede derivar de hecho en la inclinación por una postura agresivamente "local" en el campo de la cultura, como una suerte de resistencia "valiente" frente al dominio occidental. En un notable ensayo titulado "What is a Muslim?" ["¿Qué es un musulmán?"], Akeel Bilgrami ha señalado que las relaciones antagónicas a menudo llevan a la gente a verse a sí misma como "el otro" —la identidad se define, así, a partir de una diferencia empática que la separa de los occidentales. Un dejo de esta "otredad" puede encontrarse en el surgimiento de numerosas definiciones que caracterizan el nacionalismo cultural o político, el dogmatismo religioso e incluso el fundamentalismo. Bajo su apariencia beligerante en contra de Occidente, estos planteamientos dependen, en realidad, de aquello que combaten —si bien en una forma negativa y opuesta. El verse a sí mismo como "el otro" no hace justicia a la propia libertad ni a la capacidad deliberativa. Este problema también se debe tratar de una manera que sea coherente con los valores y la práctica democráticos, si éstos han de ser considerados prioritarios. La "solución" al problema que diagnostica Bilgrami no puede radicar en la "prohibición" de ninguna opinión particular, sino en la discusión pública que clarifica e ilumina la posibilidad de ser privado de la propia autonomía.
     Finalmente, mencionaré que una preocupación específica que aún no he abordado surge de la creencia —a menudo implícita— de que cada país o colectividad debe mantenerse fiel a su "propia cultura", sin importar qué tan atractivas resulten las "culturas extranjeras" para los habitantes. Esta posición fundamentalista no sólo impone la necesidad de rechazar la introducción de los McDonald's y los concursos de belleza en el mundo no occidental, sino que también impide gozar de Shakespeare, del ballet y hasta de los partidos de críquet. Es obvio que esta posición, conservadora en extremo, ha de chocar con la función y la aceptación de las decisiones democráticas, y no necesito reiterar lo que ya he dicho sobre el conflicto entre la democracia y el privilegio arbitrario de cualquier práctica. Pero he de señalar que dicha postura también trae a colación una cuestión filosófica sobre la catalogación de las culturas respecto de la cual Rabindranath Tagore, el poeta, ya había lanzado una advertencia.
     Dicha cuestión se refiere a la disyuntiva entre definir la propia cultura a partir del origen geográfico de una práctica, o bien a partir del uso y disfrute manifiesto de esa actividad. Tagore (1928) mantenía, con gran fortaleza, una postura contraria a la catalogación regional:

Cualquier producto humano que comprendemos y disfrutamos se convierte al instante en nuestro, dondequiera que tenga su origen. Estoy orgulloso de mi humanidad cuando puedo reconocer a los poetas y los artistas de otros países como míos. Que se me consienta sentir con un júbilo prístino que todas las glorias del hombre son mías. -

Traducción de Marianela Santoveña

Estos fragmentos corresponden al capítulo "How Does Culture Matter?", publicado originalmente en el libro Culture and Public Action / The International Bank for Reconstruction and Development, Stanford University Press, 2004. La presente traducción es responsabilidad de Letras Libres. En caso de discrepancias con la versión original, esta última se tomará por definitiva. Los datos, interpretaciones y conclusiones aquí expresados no necesariamente reflejan el punto de vista del Directorio Ejecutivo del Banco Mundial, o de los gobiernos que representa. El Banco Mundial no garantiza la exactitud de los datos incluidos en este trabajo.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Ruiz Zafón concluye la tetralogía que inició con «La sombra del viento»


«El laberinto de los espíritus» llegará a las librerías el próximo 17 de noviembre


Madrid / Colpisa 30/08/2016 05:00
Para alegría de sus millones de lectores, Carlos Ruiz Zafón ha concluido su tetralogía de El cementerio de los libros olvidados. El próximo 17 de noviembre estará en las librerías El laberinto de los espíritus, según confirmó ayer Editorial Planeta, que con este anuncio calienta motores para uno de los grandes lanzamientos de su temporada. La nueva entrega es el desenlace de la saga de El cementerio de los libros olvidados que se inició en el 2001 con La sombra del viento, -de la que se han vendido más de diez millones de ejemplares- y continuó en el 2008 con El Juego del ángel y en el 2011 con El prisionero del cielo.
Las novelas de Zafón han sido traducidas a más de cincuenta idiomas. La tetralogía ha sido elevada por la crítica internacional a la categoría de «clásico contemporáneo» y conforma para algunos «uno de los universos literarios más apasionantes del nuevo siglo». Lo aseguran sus editores que, no en vano, presentan a Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964) como «el escritor español más leído en todo el mundo después de Cervantes». Eso sí, hasta ahora no ha logrado repetir el bombazo de la primera entrega de la saga ni alcanzar de nuevo sus espectaculares cifras de venta. Pese a la insistencia de la industria cinematográfica, que la ha tentado con todo tipo de ofertas, La sombra del viento no se ha llevado al cine ni a la televisión. Y parece que Ruiz Zafón, guionista y buen conocedor del gremio, no está dispuesto a dar su brazo a torcer.
Planeta detalla que publicará El laberinto de los espíritus en castellano simultáneamente en España y en América Latina. El sello no precisa cuántos ejemplares imprimirá en la primera tirada. Sí destaca que llegará al lector precedida por el relanzamiento de las tres primeras entregas de la saga, que estarán disponibles en librerías a partir del 11 de octubre con un nuevo diseño de cubierta tanto para las ediciones de tapa dura como de bolsillo.
Carlos Ruiz Zafón nació en 1964 -año del Dragón-, en Barcelona -la ciudad de los dragones- y colecciona dragones, las míticas criaturas que sedujeron a su admirado Gaudí. Afincado en Los Ángeles, atesora en su casa angelina más de 400 criaturas dragonas. Toca el piano, sintetizadores, ordenadores y «todo lo que se pueda teclear y haga ruido», como suele repetir el escritor a quien le interesan los lenguajes narrativos, la música, la arquitectura, el cine, el cómic y la historia. El primer huracán zafoniano se desató en el 2001, pero en aquel tiempo el fuego literario del Dragón-Zafón no abrasaba. Llevaba ya dos lustros batallando con las musas en busca de un éxito que le asaltó con nocturnidad y cierta alevosía al perder un premio con una novela ganadora. Terenci Moix, uno de los jurados del premio Fernando Lara de aquel año que ganó Ángeles Caso, aconsejó, casi imploró, a los editores de Planeta que prestaran la atención que merecía al novelón que se quedó en la cuneta de los finalistas. Era una obra remitida desde Los Ángeles por un antiguo publicista que se buscaba la vida como guionista en la fábrica de sueños.
Publicada con más pena que gloria, La sombra del viento fue un lento e imparable fenómeno gracias al boca oreja, que lo catapultó a la cima del mercado editorial. Se la señaló en su día como una de las mejores cien novelas de los últimos 25 años. Desde su publicación Zafón es el gran e infalible Dragón de la ficciones, y reina en Olimpo del bestseller hispano.

 http://www.lavozdegalicia.es/noticia/literatura/2016/08/30/ruiz-zafon-concluye-tetralogia-inicio-sombra-viento/0003_201608G30P32991.htm

miércoles, 12 de marzo de 2014

Ray Loriga ‘Za Za, emperador de Ibiza’

Esa aburrida manía de querer buscar la felicidad

Ray Loriga crea en ‘Za Za, emperador de Ibiza’ una sátira sobre un narco de poca monta y repasa su trayectoria

El escritor Ray Loriga, en su casa de Madrid. / Claudio Alvarez (EL PAÍS)

Una estela del paraíso perdido de Ray Loriga metamorfosea su cara con los azules relampagueantes del televisor. Acaba de anochecer y el salón de su casa madrileña está a media luz. Ve entusiasta y preocupado la participación del patinador español Javier Fernández en los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi (Rusia). Loriga vive una felicidad genuina, ahí, ahora, viendo a su compatriota en compañía de sus recuerdos y sueños infantiles en Jaca… Hielo, patines, fuerza, figuras…
Felicidades auténticas, pero extraviadas, que nada tienen que ver con las que él analiza y critica en Za Za, emperador de Ibiza (Alfaguara). Una narración esparcida de humor y sátira en la cual reflexiona sobre “esa extraña manía que ha entrado a todos por ser felices”. Un espejismo. La sociedad, afirma Loriga (Madrid, 1967), se ha embalado en un viaje de no retorno cuyo único destino obligatorio es ser felices, aunque sea tomando atajos, con efectos secundarios, “al tiempo que nos hace sentir culpables por no estar pletóricos”.
Este tiempo que nos hace sentir culpables por no estar pletóricos
Su novela cuenta esa búsqueda desaforada, a veces vacua, a través de un episodio disparatado, donde lo que muestra, en realidad, es su envés: el estigma alrededor de lo opuesto a la felicidad oficial, tristeza, melancolía y sentimientos y sensaciones vecinas. Para contarlo, Loriga recurre a otra parcela de su paraíso perdido: Ibiza. Lo que representa hoy, lo que ya no es. Se vale de la historia de Za Za (Zacarías Zaragoza Zamora), un antiguo narcotraficante de poca monta apartado del negocio pero que un día se ve envuelto en un episodio rocambolesco: hay una droga nueva que promete la felicidad total sin peajes y se llama como él, pero todo en mayúscula y junto: ZAZA.
Es solo el comienzo del embrollo. ¿O el final? Una novela en la que se va por una montaña rusa, o caminos zigzagueantes, según le guste más al lector, donde están presentes siete búsquedas comunes a todas las personas, y presentes en sus obras, y que Loriga define veloz, al ritmo de Za Za:
Paraíso: “La Ibiza del libro es la de los 70 de mi infancia y la de hoy. Es como el paraíso perdido”.
Alegría: “Una palabra que cambia dependiendo de lo que quieras conseguir. No sé si he sido especialmente feliz. Alegre es no haberme colgado con tantas cosas vividas”.
Euforia: “Una sensación que con la edad se abandona. El éxito, las drogas…”.
Amistad: “Acaba siendo lo que más importa”.
Amor: “En sus múltiples formas está en todo. Es una complicación enorme pero hermosa”.
Sexo: “Después de la música lo más entretenido. Es sentirse vivo y muerto a la vez. Como encajar las piezas de un puzle”.
Felicidad: “Como obligación parece la causa de los males, una condena. Como anhelo no es mala”.
La búsqueda de la felicidad es un engaño. El señuelo del éxito nos hace correr más y en ese tiempo somos más productivos
Y después de ese paseo vital-literario, Ray Loriga reconoce que “a veces caerse no es malo”, sobre todo ahora que todos esperan bajo la piñata prometida de felicidades. Una búsqueda que en términos empresariales lleva implícita una trampa: “Es un engaño. El señuelo del éxito nos hace correr más y en ese tiempo somos más productivos”. Y si hay “un malo” por esa mercantilización y capitalización de la felicidad “somos todos”. Y lo dice precisamente él, que ha pasado por diferentes predios de dichas artificiales.
¡La felicidad!, ¡la felicidad!, como gran embaucadora es el tema de su libro número 13, en 22 años de literatura, desde su debut con Lo peor de todo, al que siguieron títulos como Héroes, Tokio ya no nos quiere, Trífero o El hombre que inventó Manhattan. Echa un vistazo atrás y reconoce que le resulta difícil juzgar la literatura española de los noventa por haber formado parte de ella. “Una época de autores muy dispares y sin una relación directa, salvo la edad. Quizá alguna sensación de que se podía escribir desde la juventud. Por eso hay retratos o autorretratos de una época concreta pero con formas diferentes”.
¿Y el presente? Ve la literatura más tranquila que dinámica. Aunque confiesa que le faltan elementos para analizarla, vislumbra dos razones: “El fin de los editores clásicos, de verdad. Ahora son contratados para una cuenta de resultados, y hay un cierto desprecio hacia el oficio de editor real. El segundo es el debilitamiento de la crítica literaria. Antes era más formadora, analítica. Esa posición de la crítica se ha perdido”.
La libertad es sagrada pero no se puede dejar todo en manos de la dictadura de la opinión
Esa es otra felicidad extraviada. A cambio se ha descubierto otra de dudoso cantar. “Una de las peores formas de entender la democracia es la histeria colectiva alrededor de que cualquiera y todo vale. ¡Son gilipolleces! La sociedad fomenta los atajos al éxito o la fama que daría la felicidad. O el dinero, sea ilícito o legal. El resultado es que cualquiera puede ser un ciudadano ilustre. Hay confusión. Además, se extiende la idea de que aquello que ven muchos es bueno a ultranza, y no siempre es así. Es un desconsuelo porque no hay elementos de juicio, ni valoración. Falta criterio y rango y verdadera apreciación. La libertad es sagrada pero no se puede dejar todo en manos de la dictadura de la opinión”.
Ya es de noche y el televisor que estaba mudo recobra el sonido al empezar la actuación del patinador español en Sochi. Relampaguea en su cara. Mientras comenta la actuación, sus recuerdos van hasta sus nueve años, en Jaca, cuando su abuela materna lo llevaba a la pista de hielo.

miércoles, 5 de marzo de 2014

¿Para qué sirve la filosofía?


Máximo Castro Turbiano

Función cultural de la filosofía

Las personas indiferentes al estudio de los temas filosóficos, que son muchas y no pertenecen sólo al vulgo iletrado, sino que se las encuentra con bastante frecuencia entre las clases instruidas y aún entre los cultivadores de las ciencias positivas, suelen hacer a los que tienen vocación por estas materias la siguiente pregunta: ¿cuál es la utilidad de la filosofía? En esta pregunta se trasluce algo más que una simple duda, pues en ella indirectamente se da a entender por quien la formula que a su juicio las cuestiones filosóficas carecen de una verdadera finalidad humana siendo solo pasatiempos entretenidos como el ajedrez o el bridge. Otras veces, no en forma indirecta y velada, sino abierta y concretamente, se declara que la filosofía es algo intrascendente que no reporta ningún beneficio tangible a la especie humana.
Este estado de opinión, muy generalizado en todos los tiempos, pero sobre todo en la vida moderna donde las condiciones económicas de la sociedad capitalista y la imperiosa lucha por la vida han debilitado en el hombre la sensibilidad para todo lo que no pueda traducirse en beneficio material inmediato, justifican este breve trabajo, donde trato de poner de relieve de un modo sencillo y comprensivo la función que ha ejercido y ejerce la filosofía en la sociedad humana, haciendo resaltar los beneficios que de ella se derivan para la colectividad.
El problema de la utilidad de la filosofía puede plantearse, bien con respecto al individuo considerado en si mismo o con respecto a la sociedad. En lo que al individuo atañe, basta observar que la meditación o el estudio de la filosofía producen un profundo placer espiritual en quien con vocación la cultiva, para que quede así justificada aún cuando no tuviera ningún otro beneficio que ofrecer. El placer, ya sea espiritual o sensible, es uno de los principales objetivos de la actividad humana. Naturalmente, el placer que nos dispensa la filosofía no es del mismo género del que nos proporcionan los bienes materiales. Es un goce intelectual, hermano de la emoción estética y del éxtasis religioso que se encuentra en todos los hombres ya en forma latente o manifiesta, aunque en muchos esté tan anestesiado que parezca como si no existiera. Desgraciadamente, hay muchos seres humanos en quienes el espíritu duerme un sueño profundo y solo se despierta a veces para interrogar: ¿qué utilidad puede tener el espíritu?
Esta justificación subjetiva de la filosofía solo tiene valor, naturalmente, para aquellos dotados de sensibilidad filosófica y no puede utilizarse como argumento que justifique su utilidad objetiva. La refrigeración sólo tiene sentido para quienes experimentan las sensaciones de calor y de frío y carecería de objeto para seres que no estuviesen dotados de sensibilidad térmica. Pero al menos, constituye la primera objeción que puede oponérsele al que formule en tesis general la pregunta de la utilidad de la filosofía, pues basta que existan algunos seres humanos que disfruten de sus beneficios para destruir su generalidad dejándola reducida si ha de tener valor a la siguiente: ¿qué utilidad puede tener la filosofía para nosotros los que carecemos de emotividad filosófica?
Pero –y continuando en el individuo aislado– hay otros beneficios, aparte del goce espiritual, que la filosofía reporta a quien la cultiva. La filosofía es una investigación y también el conjunto de los resultados y problemas que de dicha investigación se derivan. Es un esfuerzo dirigido para obtener una visión lo más completa posible del universo y de la vida, y produce una ampliación del horizonte intelectual y un entrenamiento y educación de la facultad de pensar que es el instrumento que distingue al hombre de las otras especies zoológicas y cuyo uso le ha conferido el inmenso poder de que disfruta.
Del mismo modo que los ejercicios físicos que dan vigor y elasticidad a los músculos, confieren al hombre una potencia que puede ser utilizada fuera del deporte, así al adiestramiento mental que nos proporciona la búsqueda de la verdad es una potencia que la meditación filosófica desarrolla en el intelecto humano que puede ser utilizada en todos los dominios con gran provecho.
En cuanto a los conocimientos que los estudios filosóficos procuran, constituyen una especie de capital intelectual que el individuo puede emplear en forma múltiple, y los cuales, abriendo un ventanal en el estrecho recinto de la vida práctica, muestran a los ojos del entendimiento un infinito lleno de grandeza y misterio.
El instinto más arraigado en todo el mundo zoológico es el del mejoramiento o superación. La evolución biológica que comienza con los organismos más rudimentarios y a través de una larga cadena de transformaciones progresivas llega hasta el hombre, es la manifestación objetivada de este instinto. En la especie humana este instinto de perfeccionamiento desembocó en [5] el desarrollo del intelecto y se manifiesta en el deseo de conocer como una de las vías o caminos de todo desarrollo ulterior.
Cuando se contempla la historia desde la atalaya de los siglos, ésta aparece, a pesar de todos sus vaivenes y retrocesos, como un movimiento en espiral, en el cual el hombre, partiendo de la animalidad se va lentamente humanizando, espiritualizando, y es este movimiento lo que le da sentido a la historia y es esta característica de la historia lo que da sentido a la vida. Hay en la evolución del hombre como un lento despertar de apetencias que se dirigen hacía la verdad, la belleza y el bien; y advertimos como la aguja invisible del espíritu va bordando sobre la tela de lo puramente biológico el magnífico paisaje de la cultura. Poco a poco se van desarrollando el arte, la filosofía y las ciencias como pirámides gigantescas que se elevan sin cesar cual si obedeciesen al imposible propósito de escalar el infinito.
Muchos son los caminos de perfección que el hombre puede seguir consciente o inconscientemente. La filosofía es uno de ellos. Es una avenida que lo conduce a la verdad, que lo dirige hacia la luz y lo separa progresivamente del mundo animal en el que vivía adormecido y entre tinieblas como el feto en el seno materno.
Pero no es en el individuo considerado aisladamente donde hay que buscar los grandes beneficios de la filosofía, sino en los efectos que en la sociedad produce su cultivo donde hemos de hallar una justificación completa de esta actividad tan eminentemente humana y una respuesta decisiva a la pregunta que acerca de su utilidad hemos planteado al inicio de este trabajo.
Es un hecho palmario que en todos los períodos históricos que nos son conocidos, la vida intelectual humana, tanto individual como colectiva, ha estado compuesta de un tejido de creencias que han servido a los hombres y a los pueblos de orientación y pauta en sus actividades. Estas creencias no se originaron, sin embargo, mediante un proceso crítico que les confiriese validez objetiva.
En la primera fase intelectual de los ciclos culturales conocidos se revela que el hombre, antes de crear la ciencia como un instrumento diseñado para procurarle el conocimiento, tenía ya un repertorio completo de opiniones sobre todas las cosas que se proyectaban en el campo de su percepción y de su inteligencia. Como dijo el doctor Gustavo Le-Bon el hombre puede vivir sin verdades, pero en ningún momento ha podido vivir sin creencias.
La inteligencia espontánea, o más bien la imaginación, es un mecanismo destinado a producirnos creencias, y a juzgar por los infinitos errores que la evolución de la cultura ha puesto de manifiesto, este mecanismo carece en sí mismo de garantías, o en otras palabras, carece de eficacia para producir la verdad.
El pensamiento espontáneo, fase primaria por que atraviesa la evolución intelectual del hombre, es ingenuo y no tiene conciencia de que puede ser falso, porque no ha aprendido todavía a distinguir la esencia de la verdad, lo subjetivo de lo objetivo y lo psíquico de lo lógico.
Es un error creer que la filosofía nació como un intento para darnos una concepción del mundo. Antes que el hombre empezara a hacer filosofía o a pensar filosóficamente ya el género humano se había formado una concepción del mundo. La filosofía nació precisamente cuando alguien, frente al cuerpo de creencias ya elaboradas, se atrevió a formular una duda y a decirse para sí mismo: ¿hasta qué punto estas creencias que todos aceptan son verdaderas? Para formular esta pregunta, donde se pone en duda por vez primera la identidad entre el ser y el pensar, era preciso que la inteligencia alcanzara un nuevo nivel, desconocido al pensamiento ingenuo. Este nuevo nivel puede denominarse pensamiento lógico, pensamiento reflexivo o pensamiento racional para distinguirlo del proceso espontáneo que le precedió.
¿En qué puede consistir, considerada en su esencia, esta nueva forma del pensamiento humano? Cuando nos dirigimos directamente a los objetos nuestro pensamiento está orientado y fundado psicológicamente en el hábito, en los reflejos condicionados y en el mecanismo subjetivo de la asociación de las ideas que son las tres fuentes de donde deriva el pensamiento ingenuo, las cuales carecen de garantías suficientes, pues la validez de un juicio no puede fundarse nunca en el hecho de que procede de un hábito. Un pensamiento es verdadero cuando se ajusta estrictamente al objeto a que se refiere y no en virtud de proceder de una determinada fuente psicológica. Los pensamientos falsos y los verdaderos pueden proceder de las mismas fuentes, por lo que no puede encontrarse en ellas el criterio de su validez.
Pero cuando el pensamiento en vez de dirigirse a los objetos, identificándose con ellos, se vuelve sobre si mismo, aparece entonces una nueva dimensión del pensar que llamamos pensamiento reflexivo y que es lo que constituye la esencia misma de la filosofía. Cuando son las creencias y no los objetos los que se someten a examen se presenta ante nosotros un nuevo mundo intelectual. Junto al conocimiento del ser aparece el conocimiento del conocer, y cuando se da este paso se empieza a hacer visible la distinción entre el pensamiento y la cosa, dando origen a una serie de problemas cuyo eterno planteamiento [6] y profundización es lo que en el curso de los tiempos se ha llamado filosofía.
Desde luego, solo en tiempos recientes ha llegado a adquirir el hombre una noción más o menos precisa de lo que significa la filosofía que es ante todo ciencia del conocimiento y solo es ciencia del ser en función de los resultados de la ciencia del conocimiento. Hasta la época de Kant no se tuvo una idea precisa de que aunque históricamente el estudio del ser había precedido a la investigación del conocimiento, lógicamente la ciencia del conocer tiene prioridad sobre la teoría del ser, pues nuestro conocimiento del ser se ilumina y precisa cuando lo abordamos dentro de los límites y las conclusiones que nos proporciona la teoría del conocer.
Con justicia se ha hecho de Grecia la cuna de la filosofía, pues según los datos históricos parece que fue allí donde por primera vez el hombre sometió las creencias a un examen crítico, dando origen a la filosofía. Cuando en Jonia aparecieron los primeros filósofos hace 26 siglos, los hombres tenían ya formada una teoría del mundo que ha llegado hasta nosotros con el nombre de mitología griega. Igualmente, sobre todos los asuntos de orden moral y político el pueblo griego tenía un repertorio completo de creencias.
La filosofía griega comenzó por poner en tela de juicio estas creencias sustituyéndolas por otras que habían sufrido con mayor o menor intensidad el fuego purificador de la reflexión. La concepción mítica del mundo que no se extinguió con los griegos, pues aún persiste en muchas creencias que son moneda de curso legal en nuestro mundo civilizado, se originó de una manera natural y espontánea por el simple funcionamiento de las leyes del intelecto. El hombre se conoce a si mismo como agente causal; puede lanzar flechas con su arco, cazar animales, derribar árboles, etc. Sin necesidad de que penetrara profundamente en los supuestos que tal actitud implicaba el hombre primitivo se consideraba como un centro de fuerza, como un agente causal capaz de producir efectos en el mundo circundante. Al contemplar la marcha de los ríos, la violencia de los mares, la furia de los vientos. etc., es perfectamente natural que razonando por analogía supusiera que tales fenómenos fueran producidos por seres parecidos a él. Así concibió a los dioses como los agentes productores de los fenómenos de la naturaleza, y al mismo tiempo, llegó a pensar que todo acontecimiento que ocurriese en el mundo que no tuviese un origen humano procedía de la voluntad y designio de dichos dioses. Estos son los fundamentos psicológicos de lo que se ha llamado animismo y que caracteriza la larga etapa precientífica por que atravesó el género humano. En todos los pueblos donde el pensamiento no ha podido alcanzar el nivel reflexivo o crítico la concepción animista de la naturaleza reina de un modo absoluto.
Pero no ha de creerse que la interpretación animista de la naturaleza desapareció de una manera completa con la aurora del pensamiento reflexivo. El pensamiento reflexivo al someter a crítica la concepción animista va poco a poco despojándola de su dominio, pero este es un proceso que todavía en nuestro tiempo no se ha terminado. El gran astrónomo Kepler, a pesar de ser uno de los hombres de ciencia más notables de todos los tiempos y de haber descubierto las leyes del movimiento de los planetas, suponía que cada planeta tenía un alma, es decir, un dispositivo psíquico para guiarlo y dirigirlo en su trayectoria elíptica. Con Newton y su teoría de la gravitación se puso en evidencia lo superfluo de la creencia de Kepler, pero el mismo Newton que dio una explicación mecánica del movimiento de los cuerpos del sistema solar, extendiéndola inductivamente al universo, creía que la ley de gravitación no bastaba para explicar la mecánica celeste, y que era preciso que algún ente dotado de inteligencia y propósito, o en otras palabras, la divinidad, hubiese colocado los cuerpos celestes en las posiciones convenientes para que por la acción de la fuerza gravitatoria se produjese en lo adelante y para siempre el curso armonioso de los mundos en el espacio infinito. La opinión de que para comprender el universo es necesario suponer la existencia de un ser externo al mismo que lo dirija y regule, lo cual es una de las ideas capitales de la concepción religiosa del universo, es tan animista como cualquier mito griego y el hecho de que esta idea haya atravesado la crítica de los siglos y esté aún muy difundida en nuestro mundo intelectual, en nada altera la afirmación de que está fundada en el mismo razonamiento en que reposaba la concepción mítica del mundo característica de la época precientífica.
Al someter a un examen crítico el sistema de creencias míticas, típico del mundo griego prefilosófico, la filosofía griega dio el primer paso para la construcción de la ciencia, erigiendo el basamento indestructible sobre el cual descansa. Al observar la regularidad de ciertos fenómenos naturales que permitían suponer que éstos se producían por causas puramente físicas, sin la intervención de un designio personal, y al notar que los pretendidos agentes causales de índole sobrenatural no se presentaban por ninguna parte, los primeros filósofos griegos dieron un golpe de muerte a la cosmología mitológica y fundaron la concepción científica de la naturaleza.
Cuando examinamos las opiniones de los pensadores presocráticos nos sorprende su profunda afinidad con el pensamiento científico moderno, y nos fijamos más en las nuevas ideas [7] que trajeron al mundo que en aquellas que se propusieron destronar. Pero sin el examen crítico, como paso previo, del conjunto de creencias que estos filósofos encontraron elaboradas, las ideas a que ellos llegaron no se hubieran tal vez producido. Estas ideas se generaron para reemplazar a las que se encontraron erróneas, y no surgieron directamente como producto de una investigación encaminada a dar una teoría del mundo, sino que al destruir por la crítica la teoría precedente, sobre las mismas bases de esta crítica se proyectó una nueva imagen del mundo.
Este enfoque del origen de la filosofía y de las causas que la inspiraron desde sus primeros pasos, nos pone ya al descubierto el aspecto de la filosofía que nos proponemos desarrollar en este trabajo. La filosofía ha sido siempre un examen crítico de las creencias, y al haber mantenido una lucha perenne por desterrar del mundo cultural las ideas y opiniones que no podían resistir el examen de la razón ha desempeñado un papel social de incomparable valor despejando la atmósfera intelectual de toda clase de errores y prejuicios, reemplazándolos por ideas que aunque en definitiva también pudieran ser erróneas, eran al menos el producto de un examen de la razón, y no se presentaban ya como surgidas de una fuente exterior al pensamiento humano. Estas nuevas ideas se presentaban con cierto derecho a ser tomadas en consideración por el hombre, y mantenían una pretensión de verdad que únicamente podía ser destruida por un examen racional más hondo y penetrante.
Así nos aparece la filosofía como un perpetuo y progresivo movimiento dialéctico en el cual, el pensamiento se supera continuamente a sí mismo alcanzando cada vez niveles más altos. Los dos principios fundamentales del método filosófico son, pues, los siguientes: Primero, toda idea para que tenga derecho de ciudadanía en el mundo del pensamiento debe satisfacer los requisitos de la razón, o en otras palabras, debe presentarse como intelectualmente fundada. Segundo, toda idea intelectualmente fundada solo puede perder su carta de ciudadanía en el mundo del pensamiento si es intelectualmente refutada, aduciéndose nuevas razones que descarten o destruyan los fundamentos en que reposaba. En otros términos, la razón no conoce otro tribunal que la razón misma.
Estos principios garantizan el progreso perenne del conocimiento e impiden al mismo tiempo que factores extraños al pensamiento invadan los dominios de la filosofía, pretendiendo fundar ideas que no se originen por métodos rigurosamente intelectuales y que no resistan la crítica de la razón. Cuando Kant puso por título a su obra principal «Crítica de la Razón Pura» indicó indirectamente el único camino auténtico del filosofar, según el cual la razón, examinándose a sí misma, va alcanzando sucesivamente etapas superiores de desenvolvimiento.
El concepto «superación» encierra la verdadera médula de lo que significa progreso y desarrollo en filosofía. En el curso de los siglos se manifiesta la continuidad del pensamiento filosófico en el proceso dialéctico según el cual todo pensamiento nuevo que invada el territorio de la filosofía se presenta como una refutación de las ideas que le precedieron. Sin esta refutación previa, la nueva idea carecería de base suficiente para pretender la aquiescencia universal. Ilustraremos este proceso con un ejemplo. La filosofía cartesiana como todos sabemos contiene una concepción del universo, pero ésta se proyecta sobre una refutación implícita de la filosofía escolástica. Sin esta refutación, el cartesianismo no hubiera podido triunfar, pues la escolástica representaba hasta ese momento una interpretación del mundo que satisfacía la inteligencia de los hombres, y para sustituirla era preciso primero destronarla.
En el campo de la ciencia positiva el proceso es distinto porque la verificación experimental proporciona un método de llegar a la verdad completamente distinto del especulativo, siendo posible descubrir nuevas leyes sin una previa refutación de las teorías que antes estuvieron en boga. De este modo el método experimental introduce una nueva dimensión en la búsqueda del conocimiento. En la filosofía, sin embargo, no puede aplicarse el método experimental, pues precisamente los problemas filosóficos son tales porque por su naturaleza excluyen la verificación experimental ya sea de un modo temporal o permanente. Cuando a consecuencia del progreso de los medios de investigación es posible someter a la prueba experimental las soluciones de un problema antes investigado en forma especulativa, dicho problema deja de ser filosófico para convertirse en científico.
Vemos, pues, que la filosofía ha podido desempeñar en la historia de la cultura un extraordinario papel contribuyendo al mejoramiento de las ideas por un proceso crítico que ha permitido la eliminación de numerosos errores, y a separar nítidamente lo verdadero de lo probable y lo probable de lo problemático.
Es un hecho notorio que las causas indirectas o invisibles suelen pasar inadvertidas como lo demuestra de manera indudable la historia de la ciencia. Las fuerzas que han moldeado el globo terráqueo dando relieve a las montañas, cauce a los ríos y lecho a los mares, escribiendo así lo que se ha llamado propiamente autobiografía de la tierra fueron durante mucho tiempo ignoradas y hasta el siglo XIX no empezó a considerarse, después de los trabajos de Lyell, que [8] la configuración del planeta con todas sus características se había producido por efectos de causas naturales que obraban de una manera continua. Del mismo modo hasta Darwin el mundo ignoró por completo el mecanismo de la selección natural, procedimiento por el cual se había manifestado la evolución de la vida desde las formas más bajas hasta la especie humana.
Se comprende perfectamente que en la historia de las ideas no se haya advertido que el pensamiento filosófico ha procedido como un mecanismo de selección intelectual, y que al someter a las ideas en el curso de los siglos a un proceso análogo al que se verifica en el mundo biológico, haya hecho posible que en nuestros días la vida intelectual alcance el alto nivel que tiene. Naturalmente todavía subsisten numerosos errores y prejuicios, y muchas ideas verdaderas permanecen inoperantes, pero sí no hubiese sido por la acción depuradora del pensamiento filosófico todavía viviríamos en la barbarie.
El efecto de la filosofía sobre las opiniones de una época es mediato, y como los impuestos indirectos, suele pasar inadvertido. Cuando, por ejemplo, se examina una constitución política que garantiza los derechos del hombre y establece una forma progresiva de organización jurídica se suele oxidar que sin los filósofos franceses de la Enciclopedia y la serie de pensadores que antes y después de ellos han trabajado por instituir una teoría del Estado sobre bases racionales, viviríamos todavía bajo el imperio del despotismo absoluto y las monarquías de derecho divino.
El filósofo es, por lo general, un hombre solitario que en el silencio de su gabinete, tras largas y profundas meditaciones, va formando su concepción del mundo y de la vida. No suele ser hombre de acción, y rara vez interviene directamente en las luchas sociales y políticas, de donde suele nacer la idea de que el filósofo vive en otro mundo, y que sus opiniones no influyen en los acontecimientos. Esta es una falacia muy frecuente, la de suponer que lo que no actúa directamente no actúa. Pero las élites que en todas partes del mundo, sea bajo formas democráticas o aristocráticas, dirigen el curso de la historia, sufren como clases cultas la influencia del pensamiento filosófico, y de este modo la trasmiten a todas partes. Los dirigentes de la revolución francesa fueron el brazo por donde actuó el pensamiento de los enciclopedistas y Lenin y Stalin los vehículos mediante los cuales las ideas que se agitaron en el cerebro de Carlos Marx hace ya cerca de un siglo han puesto en actividad a todo el pueblo de Rusia dando forma y estructura a la sociedad soviética.
Si considerásemos cada una de las manifestaciones culturales del hombre en su historia, desde la ciencia hasta la política podríamos ver paso a paso como las ideas filosóficas de cada época fueron los moldes invisibles en que cristalizaron todas estas manifestaciones. Por otra parte, el filósofo no se aísla del mundo por mero capricho. Toda labor intelectual intensa requiere concentración de energías, esfuerzo continuado e inhibición de los estímulos que debilitan la intensidad de la atención. Las estrellas solo se nos hacen visibles cuando la intensa luz solar deja de afectar nuestra retina. Del mismo modo en el misterioso mundo del intelecto, es preciso tender el cortinaje de la noche sobre los estímulos, para que los pensamientos más profundos aparezcan como brillantes luceros en el horizonte de la atención. No es misión del filósofo distribuir las mieses, sino cosecharlas, y si fuese a la vez distribuidor y cosechero, sus huertos no podrían prosperar.
En la lejana y maravillosa Atenas, nadie encarnó mejor que Sócrates el papel de la filosofía. El gran maestro de Platón recorría las calles de la ciudad helénica haciendo preguntas por las cuales sometió el cuerpo de creencias que constituían la osamenta ideológica de la vida ateniense a la más aguda crítica, contribuyendo de este modo al mejoramiento de la cultura griega. Después del descubrimiento de la imprenta la influencia filosófica ya no necesitaba producirse solamente de un modo directo y verbal, sino que mediante el instrumento incomparable del libro el pensamiento filosófico pudo llegar a fertilizar todo el ámbito cultural de un modo indirecto. Pero donde de un modo más potente se ha manifestado la influencia cultural de la filosofía es en el desarrollo de la ciencia.
La ciencia moderna que a partir del Renacimiento ha adquirido un desarrollo tan poderoso y una influencia tan decisiva que con justicia puede ser considerada como la más grande epopeya del espíritu humano, debe en gran parte a la filosofía su esplendor y predominio. En primer término, como se sabe, todas las ciencias son ramas que brotaron del tronco común de la filosofía, y como hijas de ésta le deben a aquélla su vida. Puede asegurarse que sin la preparación intelectual y el afinamiento del espíritu humano por siglos de filosofar, la ciencia no hubiera podido surgir. Los pueblos que no crearon una filosofía tampoco han podido crear la ciencia. El espíritu filosófico y el científico son solo diversas manifestaciones de un mismo espíritu, caminos diferentes por donde se orienta una ansiedad única: la ansiedad de conocer.
Los fundadores de la ciencia moderna fueron al mismo tiempo filósofos y los grandes filósofos modernos fueron también hombres de ciencia. El francés genial que escribió el «Discurso del Método» abriendo a la filosofía nuevos horizontes fue el mismo que descubrió la geometría analítica, [9] y el gran Leibnitz que ideó la teoría de las mónadas y los nuevos ensayos que trazaron los límites del empirismo fue también quien conjuntamente con Newton inventó el cálculo infinitesimal. También Newton figura en toda buena historia de la filosofía, y Manuel Kant, que es la figura cimera del pensamiento filosófico moderno hizo notables aportes al progreso científico no siendo el menor el de su célebre hipótesis sobre el origen del sistema solar.
Si la ciencia ha llegado a ser hoy un caudal de conocimientos adquiridos mediante los métodos más rigurosos, esto no quiere decir que haya sido siempre así. Por el contrarío, desde su inicio necesitó el concurso más decidido de la filosofía, y si hoy ha adquirido una relativa independencia la debe precisamente a este concurso. Hay, desde luego, en la historia de la cultura la gran laguna de la Edad Media con su escolasticismo seco y rígido. Esta Edad Media, a pesar de Santo Tomás y de los doctores escolásticos representó una congelación del pensamiento filosófico, y como consecuencia de ello una detención en el progreso de la cultura. El espíritu profundo y medular de la filosofía que es el examen reflexivo y sin tregua de las creencias quedó casi completamente paralizado, salvo esfuerzos esporádicos. Una nueva doctrina que no tenía su origen en el intelecto, que no se había fraguado en los crisoles helénicos, sino que procedía del Oriente, el Cristianismo, después de haber penetrado y conquistado a Roma, se convirtió en la fuerza directriz del mundo occidental. Habiendo predominado en esta época el espíritu religioso que postula la fe sobre el espíritu filosófico que postula la duda, la filosofía durante esta época no pudo hacer otra cosa que racionalizar el cristianismo, vaciándolo en los moldes de la filosofía griega. Esta fue la tarea que emprendió la patrística primero y la escolástica después, contribuyendo de este modo a depurar el contenido religioso de la nueva doctrina. Si no hubiera sido por la influencia del espíritu filosófico y la gran cultura de los más eminentes dignatarios de la Iglesia, el Cristianismo hubiera degenerado en aquellos siglos de oscurantismo e ignorancia en la más burda y grosera de las idolatrías. Cualquiera que haya observado lo pronto que degenera la más pura idea religiosa cuando germina en un pueblo inculto, podrá formarse una idea de lo mucho que le debe el cristianismo a la filosofía, pues ésta fue la que tuvo la misión histórica de conservar en sus cofres conceptuales el tesoro moral de la doctrina cristiana. A pesar de todo la doctrina de Jesús que se circunscribía a una prédica moral y no pretendía ser una metafísica, se desvirtuó lo suficiente hasta llegar a constituir una formidable barrera al progreso del espíritu humano, que sólo fue destruida cuando la luz maravillosa del Renacimiento despertó para una nueva vida el aletargado espíritu del hombre.
¿Hubiera podido surgir la ciencia moderna sin el auxilio de la filosofía? La historia nos demuestra que los filósofos como Giordano Bruno, Tomaso Campanella y Nicolás de Cusa influyeron tanto como Copérnico y Galileo en organizar las bases de la cultura moderna. El Renacimiento significó el inicio de una nueva cultura, un despertar simultáneo del arte, de la ciencia y de la filosofía. Cupo a Renato Descartes, y tras él a Espinosa y a Leibnitz la alegría incomparable de erigir los pedestales ideológicos sobre los cuales habría de reposar el nuevo pensamiento. Francisco Bacon con su nueva lógica contribuyó tanto como cualquier otro para hacer triunfar el espíritu de la ciencia. La nueva ciencia hubiera muerto en las hogueras de la Inquisición si la palabra de los filósofos no hubiera colaborado de una manera incomparable en preparar el espíritu humano para asimilar y edificar la ciencia nueva. ¡Y sí el gran Galileo, a pesar de haberse retractado ante el tribunal inquisitorial, no trabajó en vano, el no menos portentoso Giordano Bruno al sufrir el suplicio del fuego por abrir nuevos cauces al progreso de la humanidad, tampoco murió en vano!
Ante todo conviene advertir que mientras los hombres creyeron en la física aristotélica y en la escolástica la ciencia nueva no podía nacer. Para que se produjera esta nueva vida era preciso ante todo poner en duda la concepción escolástica del mundo y someter sus creencias al tribunal de la reflexión. Antes que Galileo decidiera realizar los inmortales experimentos sobre los que se edificó el portentoso edificio de la física moderna, era preciso que previamente aquel espíritu eminente dejara de creer en la física aristotélica. Galileo, como todos los grandes hombres de ciencia que han hecho descubrimientos revolucionarios que han cambiado el curso del espíritu humano, tuvo mucho de filósofo, y solo sobre la base de una concepción filosófica nueva pudo emprender la gran tarea de reorganizar la ciencia. Otro tanto se puede decir de Copérnico. Por eso, con razón, toda verdadera historia de la filosofía hace figurar estas dos personalidades eminentes en la lista de los pensadores que estudian. Desde el Renacimiento, la ciencia y la filosofía, aunque se van distinguiendo entre sí a consecuencia de la división del trabajo, la dirección de la investigación que en la ciencia se proyecta sobre el objeto y en la filosofía sobre el sujeto, y al límite que les traza el método experimental, ambas convergen en su fuente de origen pues nacen de la misma necesidad intelectual de conocer y concuerdan en que solo mediante argumentos de naturaleza intelectual, es decir, por la razón y la experiencia, se puede adquirir el conocimiento. [10]
Ciencia y filosofía en el curso de la historia se han influido recíprocamente, pues no hay descubrimiento científico de alguna trascendencia que no haya influido en el devenir del pensamiento filosófico, y no hay idea filosófica original y profunda que no haya tenido también influencia decisiva en el desarrollo de la ciencia. El progreso de la ciencia se ha manifestado como un proceso continuo de renovación y en este movimiento la perpetua crítica filosófica de los métodos y de los resultados de la ciencia ha tenido una influencia extraordinaria. Por otra parte, basta observar que el progreso de la ciencia física ha estado condicionado por el desarrollo de la ciencia matemática, y que el progreso de la ciencia matemática ha sido paralelo al progreso de la razón para comprender hasta que punto el avance de la ciencia ha dependido del progreso racional del hombre, o lo que es lo mismo del desarrollo de su capacidad filosófica. Por último, para citar un ejemplo próximo, no debemos olvidar que Herbert Spencer en el siglo pasado concibió la teoría del transformismo antes que Darwin, preparando con ella al mundo para una concepción dinámica de la naturaleza.
Los que confunden la ciencia con la tecnología y no comprenden que la tecnología es solo un subproducto de la ciencia teórica, suelen identificar la ciencia con la máquina de vapor, el automóvil, el radio y la bomba atómica. Olvidan o no perciben que para que la bomba atómica fuese posible se necesitaron 40 años de estudios durante los cuales se creó la física nuclear y la mecánica atómica. Fueron estos estudios los que hicieron posible utilizar los descubrimientos teóricos de la ciencia en la fabricación de explosivos atómicos. Los que así piensan e ignoran la vinculación de la ciencia teórica con la filosofía, y creen que la tecnología surge desligada de la ciencia teórica se parecen a los espectadores de una obra teatral que se figurasen que lo que los actores representan en la escena es inventado por ellos porque ignorasen que éstos se limitan a representar la trama escrita por los dramaturgos.
Con frecuencia suele identificarse la filosofía con una de sus facetas, confundiendo el todo con la parte. Para muchos la filosofía no es otra cosa que los diferentes sistemas metafísicos que en los distintos tiempos han construido los filósofos para dar una concepción del mundo. Como estos sistemas han tenido una vida relativamente corta por no haber podido resistir los ataques de la crítica, se ha sacado la conclusión de que la filosofía no es otra cosa que una serie de tentativas fracasadas.
Advirtiendo de paso que el destino de los sistemas metafísicos ha sido menos fugaz que el de las teorías científicas, y que si bien los sistemas metafísicos considerados como un todo se ven perpetuamente obligados a renovarse los materiales con que están construidos sobreviven a la demolición del edificio. En otras palabras, los sistemas metafísicos no son completamente falsos, sino solo parcialmente falsos, y cada uno de ellos representó en el momento en que fue edificado la elaboración conceptual más próxima a la verdad que el espíritu humano podía alcanzar en la época respectiva. Nos referimos, desde luego, a los mejores sistemas de cada época, o sea, a la manifestación más alta del pensamiento racional en un determinado momento del tiempo.
Cuando se examinan los sistemas filosóficos sin una noción cabal de los problemas que tales sistemas pretenden resolver, dan la impresión de algo ilusorio y quimérico como las fantasías de los cuentos de hadas. Pero cuando uno se acerca a ellos con la clara noción de que en tales sistemas se tuvo en cuenta todos los factores de la realidad, se les ve en toda su profundidad y se percibe la parte de verdad que a todos corresponde. Así, por ejemplo, las mónadas de Leibnitz parecerán unos entes absurdos a quien examine esta hipótesis careciendo de un conocimiento pleno de los problemas de la ciencia y la filosofía de aquel tiempo. Lo mismo le sucedería a un habitante de la selva a quien se le tratara de explicar la teoría atómica de Niels Bohr o de Heisemberg. Sin embargo, cuando se piensa que Leibnitz tuvo en cuenta a la materia y al espíritu, a lo psíquico y a lo físico, a la libertad y al determinismo, a la teoría del conocimiento y a la teoría del ser, se llega a comprender la significación de las mónadas y se ve como en ellas Leibnitz trató de resolver todos los problemas que planteaban a su espíritu la ciencia y la filosofía.
Desde otro punto de vista, los sistemas metafísicos no son más que una parte de la filosofía, del mismo modo que las grandes teorías no son nada más que una parte de la ciencia. La filosofía es, principalmente, como ya hemos dicho, ciencia del conocimiento y sus dos disciplinas, fundamentales son la teoría del conocimiento y la lógica. En estas ciencias se han alcanzado no solo resultados que pueden parangonarse con los obtenidos por las ciencias positivas, sino que la mayor parte de estos conocimientos poseen una evidencia superior a los de las ciencias positivas. No hay que olvidar que toda la ciencia descansa sobre supuestos filosóficos, y que, por tanto, la garantía de la ciencia nunca puede ser mayor que la de los postulados filosóficos sobre los cuales reposa.
A guisa de ilustración indicaremos que todo el edificio de la ciencia de la naturaleza descansa sobre el postulado del realismo crítico, esto es, sobre la suposición de que con independencia del sujeto que conoce, hay un mundo de objetos [11] que subsisten, aún cuando los sujetos cognoscentes desaparecieran. Decimos que esto es un supuesto filosófico porque va más allá de los criterios que la ciencia admite como fundamento de la verdad de una doctrina. El criterio científico consiste en la demostración experimental, pero es imposible por experiencia alguna demostrar la existencia de un mundo de objetos independientes del sujeto, ya que una experiencia sin sujeto que experimente es una suposición contradictoria, y por tanto, imposible. También el principio de causalidad es otro supuesto que está más allá de la comprobación experimental, y, sin embargo, la validez de la ciencia presupone la validez del principio de causalidad. Toda comprobación experimental tiene un carácter particular, y solo puede servir para fundar una ley en el supuesto de que la naturaleza esté regida por el principio de causalidad, o sea por la suposición, de que causas iguales producen efectos iguales en condiciones iguales. El principio de causalidad no puede ser demostrado por ninguna verificación experimental, porque, como hemos dicho, la validez de toda verificación experimental lo presupone.
Estos ejemplos nos demuestran como la ciencia, que a la luz de un examen poco penetrante pudiera parecer de una solidez granítica, necesita, sí ha de tener valor ante el tribunal de la razón fundarse en los supuestos filosóficos de la teoría del conocimiento, lo que demuestra una vez más, lo que antes dijimos, que la ciencia del conocimiento tiene prioridad lógica sobre la ciencia del ser.
Para la filosofía moderna que ha penetrado profundamente en la ciencia del conocimiento el estudio del ser adquiere un nuevo aspecto cuando se le estudia a través de la luz que proyecta la epistemología. Es así como Hume después de las investigaciones que practicó sobre el entendimiento humano pudo oponer reparos decisivos a la concepción metafísica y científica de su tiempo. Después de la crítica de Hume todo el edificio científico pareció tambalearse. La obra de Kant no fue otra cosa que un intento para justificar la ciencia de su tiempo por la vía de un análisis epistemológico que superara la crítica de Hume.
Esta parte de la filosofía que es base y fundamento de la ciencia constituye su verdadera médula. Junto a ella se levanta la teoría del ser, que dada la altitud actual alcanzada por el pensamiento filosófico solo tiene valor cuando es edificada sobre las bases y los resultados alcanzados por la ciencia del conocimiento.
Por otra parte también la filosofía pretende prolongarse más allá de los contenidos de las ciencias positivas edificando una teoría del mundo, completando la ciencia. Esta parte de la filosofía es como la techumbre del conocimiento científico a la inversa de la teoría del conocer que es su cimiento. Naturalmente, esta parte de la filosofía es la más vulnerable, pero no por eso deja de ser científica. Cuando la metafísica se edifica teniendo en cuenta todas las enseñanzas de la teoría del conocimiento y los resultados de las ciencias positivas, el sistema que así se construye, es la concepción del mundo MAS PROXIMA A LA VERDAD que el hombre puede alcanzar.
Es evidente que los resultados de la ciencia no son suficientes a satisfacer los anhelos cognoscitivos del espíritu. La ciencia deja sin solución los problemas que más interesan espiritualmente al hombre; aquellos que dan a la vida sentido y razón de ser. Si la filosofía no tratase de ofrecerle una concepción del mundo lo más depurada posible y satisfactoria a la razón, el hombre buscaría en la supersticiones o en los dogmas de una religión cualquiera el alimento espiritual que el más elevado pensamiento reflexivo no quiso ofrecerle. A falta de una metafísica acrisolada y crítica, el más vulgar dogmatismo se apoderaría del pensamiento humano que reclama imperiosamente la mejor solución a los enigmas del universo y de la vida.
Es obvio, desde luego, que cuando no contemplamos a la filosofía desde una sola de sus facetas, sino en su total integridad, su influencia en el perfeccionamiento y desarrollo de la ciencia no se puede poner en duda. Con respecto a la psicología esta influencia es tan decisiva que todavía no se han puesto de acuerdo los críticos si se debe incluir esta disciplina dentro del campo de la filosofía o de la ciencia. Todos los grandes psicólogos han sido notables filósofos, y basta observar detenidamente el contenido de la psicología actual para ver hasta que punto se ha nutrido con la savia del pensamiento filosófico. Otro tanto pudiera decirse de las ciencias políticas y sociales, y en general con respecto al conjunto de disciplinas que en la nomenclatura moderna suelen llamarse ciencias del espíritu o culturales.
Las únicas ciencias donde al parecer la influencia filosófica es menos perceptible son las que estudian los objetos del mundo inorgánico, como por ejemplo, la astronomía, la física y la química. En párrafos anteriores hemos puesto en evidencia toda la influencia ejercida por el pensamiento filosófico durante el proceso de formación de las ciencias naturales. Fue en el siglo XIX donde la física y la química, apartadas al parecer por un abismo de la filosofía, pretendieron no solo desarrollarse con independencia de todo influjo filosófico, sino que yendo más lejos en sus pretensiones, trataron de levantar sobre sus bases una nueva filosofía radicalmente distinta de la elaborada por los filósofos, popularizándose estos intentos con el nombre de [12] filosofía científica. Sin embargo, los más notables físicos del siglo XIX, como Ernesto Mach, Duhem, Pearson, Poincaré y otros, comprendieron que los problemas de la física no podían ser resueltos sin recurrir a la filosofía y de este modo prepararon el camino para la revolución científica del siglo XX en cuyo centro nos encontramos y en el cual asistimos al maravilloso espectáculo que nos ofrece la física al volver los ojos a las tantas veces llamada perturbadora filosofía. Ernesto Mach, el gran pensador austriaco fue tal vez el más grande de los físicos de su tiempo, y al enfrentarse con los problemas de la física volvió los ojos a la filosofía creando una escuela que se conoce con el nombre de empirio-criticismo, y aunque no deseaba que se le considerase como filósofo, fue según opinión unánime uno de los más notables de su tiempo. En cuanto a los otros autores citados, es bien notoria su labor filosófica para que resulte necesario detallarla.
En el siglo XX las dos grandes revoluciones producidas en la física, la teoría de la relatividad y la de los cuantos, han obligado a los físicos a estudiar filosofía y a buscar en ella las bases de la nueva ciencia. Uno de los más notables teóricos de la física contemporánea, Eddington, ha declarado que del mismo modo que los matemáticos se han visto obligados a estudiar la lógica, a los físicos no les ha quedado otro remedio que estudiar epistemología. Esta revolución científica ha hecho ver que la física del siglo XIX había pretendido en su afán de desligarse de la filosofía estudiar el objeto haciendo completa abstracción del sujeto. Los físicos modernos han comprendido que la física no puede edificarse sin tener en cuenta al sujeto cognoscente y a la teoría del conocimiento, por lo que se han visto obligados a vincular de nuevo del modo más estrecho la física con la filosofía.
El idealismo fue el producto más neto y puro que ha salido de los talleres filosóficos. Sobre este idealismo se está construyendo el edificio de la nueva física, y se ha reconocido que las leyes físicas fundadas en la teoría del conocimiento tienen una validez, generalidad y seguridad de que carecen las que están fundadas en la experiencia. El sentido completo de esta revolución científica se transparenta de manera indudable en estas palabras de Eddington «Las generalizaciones (físicas) hechas epistemológicamente tienen una seguridad no poseída por las hechas sobre bases empíricas». De este modo no será posible negar el influjo de la filosofía sobre la ciencia, aún sobre aquéllas que como la física aparecían a la luz de un análisis superficial estar exentas de toda contaminación filosófica.
Pero el influjo de la filosofía sobre la ciencia no sólo tiene un aspecto positivo, sino también otro negativo cuya importancia para la cultura humana es necesario poner de relieve.
Ya hemos indicado como el error del pensamiento antiguo de carácter animista consistió en explicar los fenómenos físicos por causas psicológicas, y que contra este error luchó incansablemente la filosofía naturalista primitiva. Pero en el mundo moderno, olvidando los límites y las condiciones de la ciencia natural se ha desarrollado un error que es precisamente el inverso del error animista. Este error ha consistido en querer explicar los fenómenos espirituales por causas materiales dando así una extensión universal a ciertos principios de la ciencia de la naturaleza que solo rigen de manera limitada y condicional dentro de la esfera del mundo material.
Fundados en los resultados de la ciencia de la naturaleza, un gran número de escritores que no comprendieron nunca los supuestos filosóficos de la ciencia, ni penetraron en los numerosos problemas de la teoría del conocimiento, pretendieron edificar una filosofía sobre bases estrictamente científico-naturalistas. Esta filosofía es la del materialismo que se encuentra profundamente difundida en el pensamiento moderno y es cultivada con extraordinario candor por numerosos intelectuales desprovistos de formación filosófica.
Contra esta pretendida filosofía que se presenta como la expresión genuina de la ciencia y que intenta por tanto transferirse el incomparable prestigio de que aquélla disfruta, ha tenido que luchar la verdadera filosofía, mostrando los límites y los supuestos del conocimiento naturalista, y haciendo ver los derechos inapelables del espíritu dentro del circuito de la ciencia total.
Oponiéndose a esta filosofía que quisiera reducir el universo a una simple constelación de electrones, en la que el hombre queda convertido en un mero autómata, y la vida anímica se circunscribe a un reflejo o sombra de la mecánica atómica, la mejor filosofía del siglo ha mostrado que todo lo que sabemos del mundo material lo sabemos por el pensamiento y por el espíritu, y que estos son una realidad fundamental. Podemos, siguiendo el ejemplo de Descartes, poner en duda toda la realidad del mundo exterior, pero no podemos poner en duda la realidad inconcusa de nuestra vida mental que nos es íntimamente conocida.
Vemos, pues, que la tarea fundamental de la filosofía moderna ha consistido en poner un valladar a las tentativas de desnaturalización de la ciencia que minan la cultura moderna. Bergson en Francia, Husserl y Dilthey en Alemania fueron los principales paladines de este movimiento continuando la tradición de los grandes maestros del pensamiento de todos los tiempos.
Pasando de la ciencia al arte, es fácil poner en evidencia [13] la poderosa influencia que la filosofía ha ejercido sobre aquél. Para no hacer demasiado largo este ensayo nos referiremos exclusivamente a la literatura que es la forma artística más amplía y difundida. Para ello nada mejor que reproducir estas palabras de Dilthey en su magistral ensayo «Esencia de la Filosofía» : «¡Y cómo penetra el influjo de la filosofía en toda poesía ! Penetra en su función más íntima de desarrollar una intuición de la vida. Ofrece sus conceptos acabados, sus tipos completos de la intuición del mundo. Envuelve la poesía, peligrosa aunque inexorablemente. Eurípides estudia a los sofistas, Dante a los pensadores medievales y a Aristóteles, Racine procede de Port-Royal, Diderot y Lessing de la filosofía de la ilustración, Goethe se sumerge en Espinosa, y Schiller se hace discípulo de Kant. Y si Shakespeare, Cervantes y Moliere no se entregan a ninguna filosofía, sin embargo en sus obras penetran innumerables influencias sutiles de doctrinas filosóficas como medíos imprescindibles para fijar los aspectos de la vida».
Pero hay otro ángulo de la filosofía en relación con la cultura que hemos dejado intencionalmente para el final, y el cual constituye su manifestación más sobresaliente. Nos referimos a la filosofía como teoría de los valores.
La ciencia es completamente indiferente al valor. Una ley científica no nos dice nada con respecto al bien o al mal, a la belleza o a la fealdad. El problema de la verdad y el problema del bien son completamente distintos entre sí, y únicamente se funden, si es que esto sucede, en las profundidades del espíritu.
Como teoría de los valores, como ética y estética, la filosofía desempeña una función educadora insustituible. Los valores representan la forma más alta de manifestación cognoscible, y sin ellos la vida, la ciencia y todo lo que nos es precioso carecería de sentido. Si la ciencia representa algo, es porque la ciencia es un valor, aun cuando su contenido sea indiferente al valor.
De lo anteriormente expuesto resulta que la filosofía, aunque no haya sido producida con el designio expreso de mejorar al género humano ha desempeñado un papel extraordinario en la historia de la cultura contribuyendo en alto grado al perfeccionamiento intelectual y moral del hombre y de las instituciones sociales.
De todo esto se saca en consecuencia que es un ideal valioso el fomento y difusión del pensamiento filosófico y que el hombre moderno para llamarse verdaderamente culto no puede prescindir de un mínimo de instrucción filosófica, lo cual no quiere decir que deba ser filósofo.