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viernes, 2 de noviembre de 2012

Del leer y el escribir

A Nietzsche no le valían las medias tintas. A ver que os parece este escrito extremista, perturbador y nada clemente.

Del leer y el escribir

 
De todo lo escrito yo amo sólo aquello que alguien escri­be con su sangre. Escribe tú con sangre: y te darás cuenta de que la sangre es espíritu.
No es cosa fácil el comprender la sangre ajena: yo odio a los ociosos que leen.
Quien conoce al lector no hace ya nada por el lector. Un si­glo de lectores todavía, y hasta el espíritu olerá mal.
El que a todo el mundo le sea lícito aprender a leer corrom­pe a la larga no sólo el escribir, sino también el pensar.
En otro tiempo el espíritu era Dios, luego se convirtió en hombre, y ahora se convierte incluso en plebe.
Quien escribe con sangre y en forma de sentencias, ése no quiere ser leído, sino aprendido de memoria.
En las montañas el camino más corto es el que va de cum­bre a cumbre: mas para ello tienes que tener piernas largas. Cumbres deben ser las sentencias: y aquellos a quienes se ha­bla, hombres altos y robustos.
El aire ligero y puro, el peligro cercano y el espíritu lleno de una alegre maldad: estas cosas se avienen bien.
Quiero tener duendes a mi alrededor, pues soy valeroso. El valor que ahuyenta los fantasmas se crea sus propios duen­des; el valor quiere reír.
Yo ya no tengo sentimientos en común con vosotros: esa nube que veo por debajo de mí, esa negrura y pesadez de que me río; cabalmente ésa es vuestra nube tempestuosa.
Vosotros miráis hacia arriba cuando deseáis elevación. Y yo miro hacia abajo, porque estoy elevado.
¿Quién de vosotros puede a la vez reír y estar elevado? Quien asciende a las montañas más altas se ríe de todas las tragedias, de las del teatro y de las de la vida.
Valerosos, despreocupados, irónicos, violentos, así nos quiere la sabiduría: es una mujer y ama siempre únicamente a un guerrero.
Vosotros me decís: «la vida es difícil de llevar». Mas ¿para qué tendríais vuestro orgullo por las mañanas y vuestra resig­nación por las tardes?
La vida es difícil de llevar: ¡no me os pongáis tan delica­dos! Todos nosotros somos guapos, borricos y pollinas de carga.
¿Qué tenemos nosotros en común con el capullo de la rosa, que tiembla porque tiene encima de su cuerpo una gota de ro­cío?
Es verdad: nosotros amamos la vida no porque estemos habituados a vivir, sino porque estamos habituados a amar.
Siempre hay algo de demencia en el amor. Pero siempre hay también algo de razón en la demencia.
Y también a mí, que soy bueno con la vida, paréceme que quienes más saben de felicidad son las mariposas y las burbu­jas de jabón, y todo lo que entre los hombres es de su misma especie.
Ver revolotear esas almitas ligeras, locas, encantadoras, vo­lubles, eso hace llorar y cantar a Zaratustra.
Yo no creería más que en un dios que supiese bailar.
Y cuando vi a mi demonio lo encontré serio, grave, profun­do, solemne: era el espíritu de la pesadez, él hace caer a to­das las cosas.
No con la cólera, sino con la risa se mata. ¡Adelante, ma­temos el espíritu de la pesadez!
He aprendido a andar: desde entonces me dedico a correr. He aprendido a volar: desde entonces no quiero ser empuja­do para moverme de un sitio.
Ahora soy ligero, ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí.
Así habló Zaratustra.
 
Friedrich Wilhelm Nietzsche  (Röcken, cerca de Lützen, 15 de octubre de 1844Weimar, 25 de agosto de 1900)

jueves, 1 de noviembre de 2012

Declaración de intenciones


Para los curiosos, diré que el tema de mis divagaciones constituye un asunto sin importancia, pues parece un sucedáneo de mi paraíso particular. Lo esencial, a estas alturas, es imbricar las ideas en torno a los espacios vacíos, siendo más necesario la forma que el fondo. Con ella procuraré una efímera conexión, así ya os puedo decir que por aquí podéis encontraros todo lo que concierne a mi propio homenaje. Por eso mi trabajo carece de dedicatoria, precisamente por la injusta causa de estar dedicado a su mismo autor; un autor que tejerá su discurso con la ayuda de un público que ya está buscando la salida de incendios ante esta fogosa pero inútil explicación; no os asustéis de mi osadía y procurad recordar aquel momento de cariño que ya desde ya os voy a intentar provocar.
Ya que todo esto va a versar sobre mí, y dado que debéis conocerme, os diré de nuevo que soy alguien vulgar, tan sólo un simple autor de palabras dictadas por otros. Ante todo, mis textos son pruebas de vanidad, y que me perdone Dios y sus acólitos. Pido disculpas por si a veces intento suplantar su trono al fabricar seres a mi imagen y semejanza. Para compensar, ahora voy a crear no un personaje sino la presentación de una personalidad. Quizás esto resulte aun más vanidoso, por ello, ya desde aquí, aviso de posibles susceptibilidades que os pueden asaltar cuando habléis de mí con vuestros más íntimos amigos, de todas formas os aconsejo que no les hagáis caso y que sigáis leyendo lo que voy con el tiempo a escribir, no os arrepentiréis y, si lo hacéis, os prometo un premio de consolación: la capacidad de leer un pensamiento que quiere compartirse.

sábado, 27 de octubre de 2012

Anotación escrita en un pequeño café


He comprado una libreta, ahora, apenas hace un momento. Calculo el precio, el desmadre de lo escrito en ella, lo purgado en noches que fueron como días, pues tenía todo muy claro. Ahora me sirven para un pequeño café, para que escriba en mi nueva libreta. Sueño con ser famoso, con ser un implacable actor porno que fornica a la hija de las circunstancias perdidas. A todos contesto con una sonrisa y pago el precio de la libreta (ella tan bonita) mientras me sirven el café (que no pruebo) y un par de churros. Parece una idea irrealizable, parece la carcoma  que devora lo escrito. Nací lejos y muero cerca, invito a todos los comensales para que devoren mi carne. En el fondo ni yo mismo sé lo que hago, pero lo anoto como si fuese cierto.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Ese deporte que tanto nos gustaba

Estamos aquí, pero a la vez moramos lejos: en una tumba futura, en un recuerdo que se desvanece bajo las dudas, bajo el olvido de un día que no existe más que en una escritura entrecortada que no llega a un punto final.

Un punto final que puede ser punto y seguido si tú lo quieres. Pero me rechazas y miras en dirección a las nubes. Llegas tarde a la cena en el restaurante de siempre. No me encuentro, te escapas entre una sopa y un solomillo. Vuelves arrepentida y sugieres practicar ese deporte que tanto nos gustaba.
 
En una tumba futura, en un recuerdo que se desvanece bajo las dudas, nada importa.
 
Después salimos a una calle peatonal, no importa si llueve o si se ve la Luna, sólo existes tú y la parte de mí que te pertenece, que ya sabes que está por el noventa y tantos o quizás un poco más.
 
Calculo mal cuando estás cerca de este pedazos de carne que te atraviesa, permaneces arrogante y descubro entre las volutas de humo algo de ternura; allí, bajo el olvido de un día que no existe más que en una escritura entrecortada que no llega a un punto final.

jueves, 6 de septiembre de 2012

Haz honra al concepto de hembra

Como no te pares te mato, ponte ahí y no protestes, haz honra al concepto de hembra. ¿Quedamos para ir de compras? No tiene importancia, ahora todo vale, incluso el onanismo salvaje, con prisas, mientras en la habitación de al lado hablan de la liga de fútbol, compitiendo.
Dame un kilo de manzanas. ¿Qué hora es? Llegas tarde. Luego asaltamos el banco, el banco de los donantes de semen.
Otro niño cae de rodillas, no vio el coño abierto delante de sus narices. No quiero lentejas, no me saben. El puente deja pasar al barco, alguien pesca un pulpo que se agarra a tus tetas. ¿Quién pidió ensaladilla? Noto cierto aire suspicaz. El lector acaba engañado, no entiende ni media palabra. La mano llora en otro lado.
Despídeme de todos, hoy es la fecha señalada. Alguien ha muerto delante de un cruce de caminos con un deseo dirigido a un cruceiro. Desciendo desde el cielo, desde este paraíso tropical, contento pero harto de tantas súplicas. ¿Quién me ha llamado?
Quizás el lado complaciente de la vida, que me otorga ciertas ventajas, es el que me obliga a agarrar tu cabello y traerlo cerca, aquí mismo, en el centro del huracán, con prisas, luchando por no alcanzar el cenit y sin embargo alcanzándolo.
La fruta está barata, el resto sobraba, incluso las revistas de chicas baratas con ganas de compañía fácil. El botín nos puede arreglar la vida, han puesto precio a nuestras cabezas, somos los más buscados del vecindario, las ganas se retuercen víctimas de nuestro orgasmo.
Como no te pares te mato, ponte ahí y no protestes. Necesito tus medias, tus bragas, necesito verlas ahí abajo, huérfanas, naufragas sin el sustento de tu cuerpo, derrotadas por mis manos hambrientas, ya lejos de las copas, las risas y las miradas que han desaparecido para dejar sitio a otras cosas.
Hay cosas que algunos buscamos entre trapos, colonias y recuerdos de la infancia (estamos de rebajas); dame tu juguete ahora: lo necesito; verlo ahí abajo, huérfano, naufrago sin el sustento de tu cuerpo, derrotado por mis manos hambrientas, simple eufemismo de lo que intento, simple sucedáneo de un hambre milenaria que entre letras confusas represento.
Para los curiosos, diré que el tema de mis divagaciones constituye un asunto sin importancia, pues parecen un sucedáneo de mi paraíso particular. Lo esencial, a estas alturas, es imbricar las ideas en torno a los espacios vacíos del papel, siendo más necesario la forma que el fondo. Con ella procuraré una efímera conexión, así ya os puedo decir que por aquí podéis encontraros todo lo que concierne a mi propio homenaje. Por eso carece de dedicatoria, precisamente por la injusta causa de estar dedicado a su mismo autor; un autor que tejerá su discurso con la ayuda de un público que ya está buscando la salida de incendios ante esta fogosa pero inútil explicación; no os asustéis de mi osadía y procurad recordar aquel momento de cariño con el cual ya desde ahora os voy a intentar provocar.
Que empujen; aguanta el tirón, como si no pasase nada, tan sólo el triste tiempo que nos trae el pasado; ahora quedo sin futuro, corrido, listo para frotar mis pocos pelos y despeinar tus hermosos cabellos.
Un traficante de momentos, un ser iluso de regreso de un atisbo de felicidad. Sin ella, muerto delante de tu sonrisa, como un niño, como un ogro, con la única posibilidad de que otro polvo mejore lo presente: haz honra al concepto de hembra.