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martes, 11 de diciembre de 2012

Anäis Nin: Delta de Venus (El internado)


El internado

La historia ocurrió realmente en Brasil hace muchos años, lejos de las ciudades, donde prevalecían las costumbres dictadas por un estricto catolicismo. A los muchachos de buena familia se les enviaba a internados regidos por los jesuitas, quienes hacían perdurar los severos hábitos de la Edad Media. Los chicos dormían en camas de madera, se levantaban al amanecer, iban a misa sin haber desayunado, se confesaban todos los días, y eran vigilados y espiados constantemente. La atmósfera era austera e inhibidora. Los sacerdotes comían aparte y creaban en torno a sí mismos un aura de santidad en torno. Se mostraban parcos en gestos y palabras.
Entre ellos había un jesuita muy moreno, con algo de sangre india. Su rostro era el de un sátiro, con anchas orejas pegadas a la cabeza, ojos penetrantes, una boca de labios relajados que siempre babeaban, cabello espeso y olor animal. Bajo su larga sotana obscura, los muchachos habían advertido a menudo un bulto que los más jóvenes no podían explicar, y del que los mayores se reían a espaldas del interesado. Ese bulto aparecía inesperadamente, a cualquier hora, mientras leían en clase el Quijote o a Rabelais y, a veces, cuando miraba a los chicos, y en especial a uno, el único rubio de toda la escuela, cuyos ojos y cutis eran los de una muchacha.
Le gustaba llevarse a ese alumno consigo y mostrarle libros de su colección privada.
Contenían reproducciones de cerámica inca en la que, a menudo, se representaban hombres en pie apretados uno contra otro. El muchacho hacía preguntas que el anciano sacerdote solía contestar con evasivas. Otras veces, los grabados eran muy claros: un largo miembro surgía de un hombre y penetraba al otro por detrás.
En la confesión, el sacerdote importunaba a los chicos con sus preguntas. Cuanto más inocentes parecían ser, más de cerca les interrogaba en la obscuridad del reducido confesionario. Los penitentes, arrodillados, no podían ver al presbítero, sentado en el interior. Su voz, baja, les llegaba a través de una celosía:
—¿Has tenido alguna vez fantasías sensuales? ¿Has pensado en mujeres? ¿Has tratado de imaginar a una mujer desnuda? ¿Cómo te comportas por la noche en la cama? ¿Te has tocado? ¿Te has acariciado tú mismo? ¿Qué haces por la mañana cuando despiertas? ¿Estás en erección? ¿Has tratado de mirar a otros chicos mientras se visten? ¿O en el baño?
El chico que no sabía nada, pronto aprendía qué se esperaba de él, y esas preguntas le instruían. El que sabía, experimentaba placer confesando detalladamente sus emociones y sueños. Un muchacho soñaba todas las noches.
Ignoraba qué aspecto tendría una mujer, cómo estaba hecha, pero había visto a los indios hacer el amor a las vicuñas, que se parecían a delicados ciervos. Soñaba que hacía el amor con una vicuña y despertaba todas las mañanas húmedo. El anciano sacerdote estimulaba estas confesiones. Las escuchaba con una paciencia infinita e imponía extrañas penitencias. A un chico que se masturbaba continuamente le ordenó que fuera con él a la capilla cuando no hubiera nadie en ella, y que metiera el pene en agua bendita, a fin de purificarse. Esta ceremonia se desarrolló con gran secreto en plena noche.
Había un chico muy salvaje, con aspecto de príncipe moro, de rostro moreno, aspecto noble, porte regio y un hermoso cuerpo, tan delicado que nunca se le marcaban los huesos, suave y pulido como una estatua. Se rebelaba contra la costumbre de usar camisón para dormir. Estaba acostumbrado a dormir desnudo, y el camisón le desagradaba, le sofocaba. Así pues, todas las noches se lo ponía, como los demás, luego se lo quitaba en secreto, bajo las cobijas, y se dormía sin él.
Todas las noches, el anciano jesuita hacía sus rondas, vigilando que nadie visitara la cama de otro, se masturbara o hablara en la obscuridad a su vecino. Cuando llegaba a la cama del indisciplinado levantaba la ropa con cautela y miraba su cuerpo desnudo. Si el chico despertaba, le regañaba: «¡He venido a ver si estabas durmiendo otra vez sin camisa!» Si no despertaba, se contentaba con una mirada que recorría el joven cuerpo dormido.
Una vez, durante la clase de anatomía, hallándose el jesuita en la tarima del profesor y el muchacho con aspecto de chica sentado mirándole con fijeza, la prominencia bajo la sotana se manifestó claramente a todos.
—¿De cuántos huesos consta el cuerpo humano? —preguntó al chico rubio.
—De doscientos ocho —repuso mansamente el interrogado.
La voz de otro alumno llegó desde el fondo de la clase:
—¡Pero el padre Dobo tiene doscientos nueve!
Poco después de este incidente, los muchachos fueron a una excursión botánica. Se perdieron diez de ellos, entre los cuales se hallaba el delicado joven rubio. Se encontraron en el bosque, lejos de los profesores y del resto de la escuela. Se sentaron para descansar, y decidir qué hacer. Empezaron a comer bayas. Nadie supo cómo ocurrió, pero al cabo de un rato el rubio se hallaba tendido boca abajo en la hierba, desnudo. Los otros nueve pasaron por encima de él, tomándolo brutalmente, como si fuera una prostituta. Los más experimentados penetraron su ano para satisfacer su deseo, mientras que los menos expertos recurrían a la fricción entre las piernas del muchacho, cuyo cutis era tierno como el de una mujer.
Escupieron sobre sus manos y ensalivaron sus penes. El rubio chillaba, pataleaba y se lamentaba, pero lo agarraron entre todos y se sirvieron de él hasta quedar saciados.

jueves, 8 de noviembre de 2012

El libro de Job: El torso desnudo de antiguas caricias

Tienta el viento, mi viento
que luego acaricia tu torso,
el torso desnudo de antiguas caricias,
síndrome inequívoco del fracaso,
de algo que no existe en el objetivo
de cansarme en otra hora igual a otra.

Otra hora igual a otra, cariño,
¿por qué pasa el tiempo y no estás aquí?,
¿por qué pasa?

Entonces comprendo y tú también comprendes,
que todo resulta absurdo si lo miramos,
si lo miramos desde los años olvidados
en un cajón con ropa usada, limpia.

Ignoro dónde quedarán los restos del accidente:
la carne rota, la sangre a borbotones, tu falsa sonrisa
de un payaso sin cabeza, marioneta epiléptica,
mordida la lengua, los ojos, aquel día…

Aquel día que ahora vuelve, como Proust, Joyce, la película
que pudimos protagonizar sin sentir la tinta
que ahora escapa líquida, limpia, locuaz;
lenta agonía en los versos de otro punto final.

Crucifixión: Un amor no correspondido

En cada ojo hay una foto de otro cielo
donde amartillan caballos al galope, fieras
fuera de los puntos cardinales
para rendir pleitesía a mis humores fatuos,
casi como la vida misma si no estuvieras muerta
entre toda esa mala hambre de sangre.

Circuncisión parafimosis en el borde de un vaso
soldado a mi mano sobre cuatro extremidades
que avanzan por todos los caminos de mi aldea,
esa gran indigna sociedad culpable
que me rompe los oídos con sus villancicos
para viejas que se agarran a su última menstruación.

Todo el mundo lo tendrá, calma de lo acabado
en esta playa sin mar llena de ahogos,
para de esta forma formar lo deforme
que anida en lo que no tiene más gusto
que las oscuras iras indispensables;
envidia corriendo desnuda por un jardín
de avaricia ira universal para mi glotis.

Buscaremos un sumidero confortable,
para, desde allí, despotricar a mis penas
las posesiones de lo que no se puede abarcar,
desde el trono de barro miserable al abismo
en que se ahogan los miserables,
¿soy yo uno de ellos? Espera antes de contestar,
aun me quedan dos estrofas.

Al final quedan los restos del incendio, la ceniza
hecha de gasolina para el coche sin suspensión.
Tras siglos de erosión sus ruedas se pinchan con un acorde
del rumor o humor de una sonrisa con la que dar
un último giro a este discurso de siesta,
siesta o brillo de borrachera, luces que ahorran
la energía de un litro o dos, de gasolina o de ron.

La chica de otro barrio mendiga saludos
sobre el juego de la fortuna desdichada
para torcer cabezas sin norte, lucha
que busca dar otro golpe, en mis venas
simple dispensa religiosa con la que dormir
las caricias que alguien pudo con pudor otorgarme.

Y sin duda, un calor, en mi frío buscado,
firma un epitafio con el que reír
aquellas olvidadas fechas del temblor,
favores que nadie entendió, pero que ahora crean
una estrofa más de lo prevista,
posdata del sentimiento hundido,
que ya no mueve molino, y todo gracias a Dios.

Epifanía: Serás de otro.

La mirada trastocada anda pinchada por lo hablado
en aquel día de durmientes estatuas, ahora simples
abalorios con los que inventar tempestades
que calientan las bragas mojadas de una santa,
simple condena de penes que atacan suavidades
para la terca piel de los que boicotean mis sueños.

De otro, serás de otro; ¿y qué más da?
nunca fuiste de nosotros borrachera,
ni tan siquiera verdad con la que alimentar
a todas esos gusanos que despotrican
en una casa de las afueras; pero sin luz roja,
que para algo están las lesbianas rebeldes
de los maricones que se esconden en la madriguera
donde retumban mis oídos de piedra para María.

Por eso me revoluciono en mi país de incendios
de todas esas banderas que ahora amaño,
con colores no uniformes, simples maragatos
como los de tu boca temblores, saliva de los diarios
que escriben miradas. Y verás otras cosas
de ahogos sin auxilio, de humores de cicatrices descosidas
como los que tú siempre buscas pero no encuentras.

De otro, serás de otro; ¿y qué más da?
pidiendo limosna el viejo se sonroja
ante el gesto desabrido, catarsis, huída
del último sin testamento. Solitaria,
en el camino de los árboles sin raíces,
durmiendo la culpa yacerás, y yo entre brumas
cantaré otra gesta llena de ateas oraciones.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Juicio Final



En el punto en que coincidimos, planeta y satélite,
sabemos la ola que entiende a la revolución,
a la caricia del encuentro, magia, desborde pornográfico
que otros despellejan sin sentimiento, frío
de los aceros que cortan la factura de la luz eléctrica,
apocado invento de un tal Edison, desmesura de una noche
que no acaba ni con eclipses de barra de labios
sobre los míos, indecisión de los niños que bebimos.

Luego cantan otras desmesuras, yo con la tuya
con gracia compondría la novena de un tal Beethoven.
Sírvanmela bien fría, con hielo cariño mío,
pues refresca y voy caliente de tantas bofetadas.
En mi casa siempre hubo pornografía como la tuya,
salimos para romperla, pero ella desertó del calendario
en que se crían las verduras, también las dudas
del granjero y su modelo, envidia que es endivia,
pues refresca y voy caliente de tantas bofetadas.

El lado oculto tergiversa las verdades
y el juez está viendo un partido en el Maracaná
del invento del tal Edison, será corrupto,
él, muy ciego como su falsa justicia, balanza
en la cual pongo mis kilos de más.
No declares si no te dan comida,
toma mi verga y despierta, niña
que ha desertado del calendario; corrupto,
el juez aplaude a su jugador favorito.

Al final triunfa la perversidad, la furia
de un Dios que no existe sino en sueños
como los que cantaba el poeta,
el tal Calderón de la Barca, sueños son
para todo el que no se rinda ignorante.
Lentas circunstancias que ahora tiemblan
en el centro, en aquel clítoris que invento,
hasta yo invento, miento y me declaro culpable.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Una monja con ganas (dedicado a mi novia)


La encontré por la calle, había salido a dar un paseo como hacía todos los sábados por la noche cuando no salgo. Me sonrió y me puse nervioso. El hábito no hace al monje y supe desde el primer momento que la quería. Sería por no haber tomado nada de alcohol, la vida es corta, lo cierto es que la amaba. Mi novia esperaba en casa, una casa alquilada, una mujer muy guapa, pero sin ganas. Ella se había entregado a Dios, tenía un rival de altura, iba a quemar las iglesias, tenía que encontrarla.

Desde aquella voy todos los domingos a misa y empieza a gustarme la religión: hay muchas como ella, todas me sonríen; serán imaginaciones mías pero creo que tengo posibilidades, si es que no me despierto para verla en mi cama.

Cantar de los cantares: Lo asesino de tu ausencia


Debo olvidar, dicen algunos, no, no lo saben;
son esos que dicen ser mis amigos,
todo pasa, olvídala, debes ser fuerte,
ésos sueltas no te conocen que, y yo qué sé.


Reconozco que debo agradecer su ayuda,
pero tú ya te has ido, y yo quiero volver.

Volver al mismo sitio, a las mismas buenas risas,
juntos, que se fastidien los demás, disfrutar.


Me llamarán hipócrita, cegato,
pues todo me da igual y sólo quisiera retenerte,
tal vez retenerte igual y todo me da quisiera;
pero no, te pierdo debido a que algo se borra, ¿qué será?


No hay quién me trate, dicen algunos, creo.

Creen ellos que mi dolor tendrá un fin.
Me da todo y retenerte quisiera todo igual.


Sin embargo, ahora ni pensar quiero,
sólo aniquilar a los farsantes,
en un puente entre los dos,
directo a la sien
en una bañera de ahogos,
en tus brazos de amiga.


¿Y ellos?

        Que se queden en su refugio.

viernes, 2 de noviembre de 2012

Pentecostés


Los olvidos reniegan del amor salado, aunque tiemblan
al oír unos pasos cerca: ¿Los de ella si pudiera?
pero ya no está, ha huido junto a los anónimos mares
del rencor insensato de una Luna traicionera.

Se fue cual simple arrebato de una luz que agoniza entre las vértebras
de un cadáver de perro hecho huesos para las fieras.

Mira como se retuerce el tiempo y ríe su dolor en una línea
que puede llegar a ser una frontera de muros y piedras.

 

No llora pero lastima su clamor insensato,
negocio de las caricias que sostengo,
insensato en su vida de roja lucha
contra el fin del tiempo,
sacudida.

 

Casi avisan los aplausos de lo concurrido en su presencia,
pero no alcanzan las palabras para el genio de la botella
que me pide tres deseos casi sin quererlo,
rumor de los vientos que enfrían,
infarto de los ojos basiliscos
que leen estas líneas.

jueves, 1 de noviembre de 2012

San Pedro, Santo y Padre de la Iglesia


La idea era buena, todos lo reconocían,
aunque nadie la defendía, pobres
de mísero corazón robando
el último gramo de ilusión
que aun tenía en mi esperanza.

 

Y sin embargo rencor, oídos sordos
en todos aquellos enemigos,
también en los supuestos amigos
que preguntaban por la calle del amor;
justo al torcer la esquina.

 

Luego alguno volvía lleno de lágrimas
en su recto deseo, como una ducha fría
que despierta al cobarde
y le insulta por no acordarse
de encender el calentador.

martes, 30 de octubre de 2012

Crucifixión

En cada ojo hay una foto de otro cielo
donde amartillan caballos al galope, fieras
fuera de los puntos cardinales
para rendir pleitesía a mis humores fatuos,
casi como la vida misma si no estuvieras muerta
entre toda esa mala hambre de sangre.

Circuncisión parafimosis en el borde de un vaso
soldado a mi mano sobre cuatro extremidades
que avanzan por todos los caminos de mi aldea,
esa gran indigna sociedad culpable
que me rompe los oídos con sus villancicos
para viejas que se agarran a su última menstruación.

Todo el mundo lo tendrá, calma de lo acabado
en esta playa sin mar llena de ahogos,
para de esta forma formar lo deforme
que anida en lo que no tiene más gusto
que las oscuras iras indispensables;
envidia corriendo desnuda por un jardín
de avaricia ira universal para mi glotis.

Buscaremos un sumidero confortable,
para, desde allí, despotricar a mis penas
las posesiones de lo que no se puede abarcar,
desde el trono de barro miserable al abismo
en que se ahogan los miserables,
¿soy yo uno de ellos? Espera antes de contestar,
aun me quedan dos estrofas.

Al final quedan los restos del incendio, la ceniza
hecha de gasolina para el coche sin suspensión.
Tras siglos de erosión sus ruedas se pinchan con un acorde
del rumor o humor de una sonrisa con la que dar
un último giro a este discurso de siesta,
siesta o brillo de borrachera, luces que ahorran
la energía de un litro o dos, de gasolina o de ron.

La chica de otro barrio mendiga saludos
sobre el juego de la fortuna desdichada
para torcer cabezas sin norte, lucha
que busca dar otro golpe, en mis venas
simple dispensa religiosa con la que dormir
las caricias que alguien pudo con pudor otorgarme.

Y sin duda, un calor, en mi frío buscado,
firma un epitafio con el que reír
aquellas olvidadas fechas del temblor,
favores que nadie entendió, pero que ahora crean
una estrofa más de lo prevista,
posdata del sentimiento hundido,
que ya no mueve molino, y todo gracias a Dios.

lunes, 29 de octubre de 2012

Epifanía

La mirada trastocada anda pinchada por lo hablado
en aquel día de durmientes estatuas, ahora simples
abalorios con los que inventar tempestades
que calientan las bragas mojadas de una santa,
simple condena de penes que atacan suavidades
para la terca piel de los que boicotean mis sueños.

De otro, serás de otro; ¿y qué más da?
nunca fuiste de nosotros borrachera,
ni tan siquiera verdad con la que alimentar
a todas esos gusanos que despotrican
en una casa de las afueras; pero sin luz roja,
que para algo están las lesbianas rebeldes
de los maricones que se esconden en la madriguera
donde retumban mis oídos de piedra para María.

Por eso me revoluciono en mi país de incendios
de todas esas banderas que ahora amaño,
con colores no uniformes, simples maragatos
como los de tu boca temblores, saliva de los diarios
que escriben miradas. Y verás otras cosas
de ahogos sin auxilio, de humores de cicatrices descosidas
como los que tú siempre buscas pero no encuentras.

De otro, serás de otro; ¿y qué más da?
pidiendo limosna el viejo se sonroja
ante el gesto desabrido, catarsis, huída
del último sin testamento. Solitaria,
en el camino de los árboles sin raíces,
durmiendo la culpa yacerás, y yo entre brumas
cantaré otra gesta llena de ateas oraciones.

viernes, 26 de octubre de 2012

Guerra (por Khalil Gibran)

El absurdo de los comportamientos humanos contado por el gran escritor libanés.
 
 
 
Una noche hubo una fiesta en palacio, y fue un hombre y se prosternó ante el príncipe. Todos los invitados lo miraron y vieron que le faltaba uno de los ojos y que la cuenca vacía sangraba.
El príncipe le preguntó:
—¿Qué te ha sucedido?
Y el hombre respondió:
—Oh príncipe, soy un ladrón profesional y esta noche, al ver que no había luna, fui a robar a la casa del cambista. Cuando entraba por la ventana, me equivoqué y entré en el taller del tejedor. En la oscuridad tropecé con el telar, que me arrancó el ojo. Y ahora, oh príncipe, vengo a pedir justicia contra el tejedor.
Entonces, el príncipe mandó llamar al tejedor, y cuando lo tuvo delante ordenó que le arrancasen uno de sus ojos.
—Oh príncipe —dijo el tejedor—, tu orden ha sido justa. Está bien que me hayas hecho arrancar uno de los ojos, pero, desgraciadamente, mis dos ojos me eran necesarios para poder ver la tela que tejo. Tengo un vecino que es zapatero remendón y posee también dos ojos, y para su oficio no necesita los dos ojos.
Entonces el príncipe mandó llamar al zapatero. Y cuando se presentó ante él le fue arrancado un ojo.
Y así se hizo justicia.
 
Gibran Jalil Gibran

Gula

Los bebés salen de la cuna
para jugar a médicos y enfermeras;
luego lloran absurdos
debido a que caen y se alimentan.

Se alimentan de sus caídas,
de sus lágrimas saladas
por culpa de no tener teta ni chupete,
por culpa de perseguir la huida.

Déjalos vivir, dirá la madre,
pero yo quiero quitar piedras
de este camino lleno de obstáculos:
simples castigos, simples penas.

El poder del deseo o de cómo Satán conoce "El Secreto"

Otro razonamiento razonable, y pedonadme la redundancia, de la Biblia Satánica:

Un niño aprende que si quiere algo lo suficiente,
su deseo se le hará realidad. Esto es de suma
importancia. El querer algo implica un deseo, si
tenemos en cuenta que la oración va acompañada por
la ansiedad. Las escrituras han tergiversado el deseo
en lujuria, codicia y avaricia. Sed como niños, y no
oculten sus deseos, a menos que pierdan contacto con
el primer ingrediente de la magia. ¡Id directos a la
tentación, y apropiaos de todo lo que os tiente,
siempre que podáis!

La celebración religiosa más importante

Cuando era más joven tenía la costumbre de abrir la Biblia Cristiana al azar y leer un párrafo, solía hacerlo los domingos e insuflaba energía en mi alma. Hoy he procedido de la misma forma con la Biblia Satánica y me he llevado una sorpresa que quiero compartir con vosotros. Decidme si no le falta razón al texto que transcribo:

La celebración religiosa más importante de la
religión Satánica es la fecha de nacimiento de
uno mismo. Esta es una contradicción directa a los
días más sagrados de otras religiones, las cuales
divinizan un dios en particular que ha sido creado
bajo la forma antropomorfa de su propia imagen,
mostrando así que el ego no ha sido enterrado del
todo.
El Satanista piensa: "¿Por qué no ser honestos, y
si vas a crear un dios a tu imagen y semejanza, por
qué no crear tal dios como si fueras tú?" Todo
hombre es un dios, si elige reconocerse como tal. Así,
el Satanista celebra su día de cumpleaños como la
celebración más importante del año. Acaso no eres
más feliz por el hecho de haber nacido, que por el
nacimiento de alguien a quien ni siquiera has
conocido? O si es el caso, aparte de las celebraciones
religiosas, ¿por qué rendir un tributo más alto a la
fecha de nacimiento de un presidente, o a una fecha
de la historia, que al día en el que arribamos al mejor
de todos los mundos?
A pesar del hecho de que puede algunos de
nosotros no hayamos sido deseados, o por lo menos
no éramos lo que tenían planeado, ¡estamos
contentos, así otros no lo estén, de estar aquí!
Deberías felicitarte a ti mismo, comprarte lo que
quieras, tratarte como el rey (o dios) que eres, y
celebrar tu cumpleaños con tanta pompa y ceremonia
como sea posible.

miércoles, 17 de octubre de 2012

Impotencia senil de un pobre diablo

Ha llegado el momento de controlar las eyaculaciones,

no tengo dinero para mas condones, ya no te puedo ver.

La noche sólo sirve para dormir, otros sueñan,

uno no se lo puede permitir,

dos es un número muy alto para mí.
 

No te rías, te doy lastima, ya no tengo erecciones,

tú, lector, tienes la culpa, por provocarme, por buscarme,

soy un engendro publicitario, me abres tu boca,

voy a entrar despacio, la potencia sin control no sirve de nada,

lo absoluto es no existir, por ti, por mí,

por que es muy triste darle a todo un fin.

viernes, 12 de octubre de 2012

Torre de Babel (anticipo de Soledad)


Resulta triste no tener nada,
un punto de vista ciego, y el oído.

No obstante pertinente
mi causa justa caída,
ahora, aquí, en aquella otra vida, verso que no miente,
acaso sólo en un susurro, principio de mis falsos finales,
tras la causa perdida de una infancia perdida. La infancia,
que no es paraíso ni infierno, que es juego de neuronas
a inventarse historias para engañar al tiempo que hace falta.

 

Resulta que voy de suspicacias, de miradas asesinas,
miradas que odian un amor no correspondido, tanta tontería
para un sexo que despierta a sacudidas, a saltos de sapo,
rana de las aguas vacías, mentira que parece sonrisa.

Ella cree que estoy en el lado equivocado de la teoría;
siempre me gustó estar entre los buenos,
y aunque la bondad no existe, me maquillo con su gracia
para inventar otro verso en la noche de unos tiempos
vacíos en mi repleta esperanza en la que aún creo.

 

Si, resulta triste pero que le vamos a hacer;
el poema ya ha salido y ella no lo entiende.

Sabana Santa para mi hereje resaca


Sentimos reconocerlo en tan lamentable estado,
su cuerpo parece un desperdicio,
con sumo gusto le invitamos a otra copa,
sírvase usted mismo, cadáver
en la desgana agotado; muerte
que tomas a cada trago.

 

Tus hijos andan perdidos
por esa calle melancolía
que un día cantó Sabina.

El ataúd tiene goteras, calma chica
de la otra chica que no te abraza.
Hoy hay rebajas en el muro de las lamentaciones.

jueves, 11 de octubre de 2012

Salomé: víctima y verdugo


El candor conciso de tu rostro
explota vaguedades que vuelven
al albedrío, olvido perenne del odio
que limpia todas las tempestades.

Haces de tripas corazón, carne
para el abismo de tus pesares.

La tristeza se fuga imprecisa.

¿Por qué te mesas el cabello?

 

Acaso la angustia
rompió lo acuciante
tras las palabras asesinas,
o quizás estás acabada.

 

No te quedan facultades,
el hervor abre la herida
que bulle en su mala brisa,
pedo, eructo o risa.

 

Invirtámonos los quemados papeles:
yo juez, tú víctima,
y el martillo nos machaca
cada uno en el otro temblando.

 

Pequeñez exquisita
es la ignorancia de los pesares,
y rechazo la buena vista
para morir en un plato de hambre.

 

Luego mendigo tus halagos
con estallidos de insensatez
para la boca temblorosa
de mis ansias más piadosas.


Y rebrota la tormenta
que aliña nuestro destino
al romper la vestimenta
de harapos que tientan.

 

No me alejaré de ti,
pero estaré muy lejos,
quizás en otra orbita,
explorando mi perdido planeta.


De tus tierras áridas
haré mil oasis de sombras
por los cuales vagaré ciego
hasta que el resplandor me acabe.

 

Y cuando llegue el final
gritaré confusas confesiones
exaltado en la perdición
que hay en nuestra derrota.

Judas el miserable confiesa sus pecados


Casi una condena tus gracias acabadas, la muerte
implorando una vez más la caída en el infierno
por ti, por nadie que vaya hacia la nada.

Aun así los recovecos del camino, tu cuerpo
y aquellas miradas rezagadas, imperio
que ahora veo en esta habitación,
simple nicho de mi perdida alma.

 

No queda solución,
y empiezo a hacer cálculos
en mis riñones llenos de ganas;
lloro con amor por otro Dios
que alivie mi fanfarria.

Todos reniegan de mí,
de mis chistes sin gracia,
llenos de espejismos,
yema fuera de mi clara.

 

¿Y las caricias?
¿Qué fue de las caricias?
¿En qué esquina se venden?
¿Están de rebajas?
Simplemente simple
busco una ganga,
y tú, y tus manos, ahí al lado,
en otra casa sin embargo,
ruina de mis escombros,
hipoteca de los años falseados.