Entrada destacada

Libros desde 0,99€ de Juan Carlos Pazos

https://www.amazon.com/author/ juancarlospazosrios

lunes, 28 de noviembre de 2016

Charles Bukowski, o de cómo la vida corriente se hace literatura

 Resultado de imagen de charles bukowski

No supe exactamente por qué, pero Chuck, Eddie, Gene y Frank me permitieron participar en algunos de sus juegos. Creo que empezó cuando apareció otro tío y necesitaron tres de cada lado. Todavía necesitaba más práctica para ser verdaderamente bueno, pero cada vez mejoraba más. El sábado era el mejor día. Era cuando jugábamos los grandes partidos, y venían otros chicos a jugar. Jugábamos al fútbol en la calle. Cuando jugábamos en el césped hacíamos placajes, pero en la calle jugábamos al toque. Entonces hacíamos más pases, porque al toque no podías llegar muy lejos corriendo sin que te pillaran.
Había problemas en casa, muchas peleas entre mi padre y mi madre, y como consecuencia me tenían algo olvidado. Jugaba al fútbol todos los sábados. Durante un partido, entré en zona libre pasando al último defensa y vi cómo Chuck lanzaba la pelota. Se elevó en espiral y yo seguí corriendo. Miré por detrás de mi hombro, la vi venir, cayó justo sobre mis manos y yo la sostuve, llegando a la línea de gol.
Entonces oí la voz de mi padre gritar «¡Henry!». Estaba de pie en la puerta de casa. Le tiré la pelota a uno de los chicos de mi equipo para que la pateara y fui hacia donde estaba mi padre. Parecía enfadado. Casi podía sentir su furia. Siempre se ponía con un pie un poco adelantado, la cara colorada, y podía ver como su tripa subía y bajaba con su respiración. Medía casi dos metros, y como yo solía decir, parecía todo orejas, nariz y boca cuando se enfadaba. No podía ver sus ojos.
—Está bien —dijo—, ya eres lo bastante mayor para cortar el césped. Eres lo bastante mayor para cortarlo, recortar los bordes, regarlo y regar las flores. Ya es hora de que hagas algo por la casa. ¡Es hora de que muevas tu jodido culo!
—Pero estoy jugando al fútbol con esos chicos. El sábado es la única oportunidad real que tengo.
—¿Es que me vas a replicar?
—No.
Pude ver a mi madre observando desde detrás de una cortina. Todos los sábados limpiaban la casa entera. Desempolvaban las alfombras y barnizaban los muebles. Sacaban las alfombras, enceraban el suelo y luego volvían a poner las alfombras, de modo que no se podía ver que el suelo estaba encerado.
La segadora de césped y las tijeras podaderas estaban en el camino de entrada. Me las enseñó.
—Ahora vas a coger la segadora y vas a cortar hacia arriba y hacia abajo sin dejarte ningún trozo sin segar. Cuando el recogedor esté lleno lo vacías aquí. Cuando hayas cortado el césped en una dirección, coges la segadora y lo cortas en la otra dirección. ¿Entiendes? Primero lo siegas de Norte a Sur, luego de Este a Oeste. ¿Lo coges?
—Sí.
—¡Y no pongas esa maldita cara de desgracia o te daré un verdadero motivo para sentirte desgraciado! Después de que hayas acabado de segar, coge las tijeras de podar y corta los bordes del césped. Corta por debajo del seto. ¡Corta hasta la última hoja de césped! ¡El borde tiene que quedar absolutamente uniforme! ¿Entiendes?
—Sí.
—Y cuando acabes, entonces coges esto…
Mi padre me mostró unas tijeras más pequeñas.
—…te pones de rodillas y vas cortando cualquier hoja que todavía sobresalga. Entonces coges la manguera y riegas los setos y las flores. Luego pones el regador y lo dejas quince minutos en cada sector del césped. Haz todo esto en el jardín delantero y luego pasa al jardín de atrás y haz lo mismo. ¿Alguna pregunta?
—No.
—De acuerdo, ahora te voy a decir una cosa. En cuanto acabes, voy a salir a inspeccionarlo todo ¡Y no quiero ver ni una sola hoja de césped sobresalir, ni en el jardín delantero ni en el de atrás! ¡Ni una sola hoja! ¡Como vea…!
Se dio la vuelta, fue por el camino hacia el porche, abrió la puerta, la cerró de un portazo y desapareció dentro de la casa. Yo cogí la segadora, la subí rodando por el camino y empecé con la primera pasada, de Norte a Sur. Podía oír un poco más abajo a los chicos jugando al fútbol…
Acabé de segar el jardín frontal. Regué las flores, puse el regador y me fui hacia el jardín trasero. Acabé también con eso. No sabía si era desgraciado. Me sentía demasiado miserable para ser desgraciado. Era como si todas la cosas del mundo se hubieran convertido en césped y yo tuviera que abrirme camino por él. Seguí empujando y trabajando hasta que de repente me di por vencido. Me llevaría horas, todo el día, y el partido se acabaría. Los chicos se irían a cenar, se acabaría el sábado y yo seguiría segando.
Al empezar a segar el jardín de atrás vi a mi padre y a mi madre de pie en el porche trasero observándome. Estaban allí en silencio, sin moverse. En un momento, mientras empujaba la segadora, oí a mi madre decirle a mi padre:
—Mira, no suda como tú cuando cortas el césped. Mira lo calmado que parece.
—¿calmado? ¡No está calmado, está muerto! Cuando pasé otra vez, le oí gritarme:
—¡Empuja con más rapidez! ¡Te mueves como un caracol!
Lo empujé más deprisa. Era duro, pero sentaba bien. Empujé más y más deprisa. Casi corría con la segadora. La hierba salía volando con tanta fuerza que mucha pasaba por encima del recogedor. Sabía que eso le haría enfadar.
—¡Hijo de la gran puta! —gritó él.
Le vi salir corriendo del porche hacia el garaje. Salió del garaje con un pequeño rastrillo. Vi de reojo cómo me lo tiraba. Lo vi venir, pero no hice nada para esquivarlo. Me pegó por detrás en la pierna izquierda. El dolor fue terrible. La pierna se me encogió y tuve que forzarme a seguir andando. Seguí empujando la segadora, tratando de no cojear. Cuando me di la vuelta para cortar otro sector del césped, me encontré con el rastrillo en el camino. Lo cogí, lo dejé a un lado y seguí segando. Cada vez sentía más dolor. Entonces mi padre se puso detrás mío.
—¡Para!
Me paré.
—¡Quiero que vuelvas y recojas la hierba que se te ha caído fuera! ¿Entiendes?
—Sí.
Mi padre volvió a entrar en la casa. Le vi junto a mi madre mirándome desde el porche.
El final del trabajo era recoger todas las briznas de hierba que habían caído sobre la acera y luego regar la acera. Finalmente acabé, a excepción de poner el regador en el jardín de atrás a intervalos de quince minutos. Llevé atrás la manguera para colocar el regador y entonces mi padre salió de la casa.
—Antes de que empieces a regar, quiero asegurarme de que no has dejado hojas sin cortar.
Mi padre se fue al centro del césped, se puso a cuatro patas y bajó la cabeza hasta el césped en busca de alguna hoja que pudiera sobresalir. No dejó de mirar, doblando el cuello, escrutando. Yo esperé.
—¡Aja!
Se levantó de un salto y corrió hacia la casa.
—¡Mamá! ¡Mamá!
Entró corriendo en la casa.
—¿Qué pasa?
—¡He encontrado una hoja!
—¿Sí?
—¡Ven, te la voy a enseñar!
Salió de la casa a toda prisa con mi madre siguiéndole.
—¡Aquí! ¡Aquí! ¡Te lo voy a enseñar! Se puso a cuatro patas.
—¡Lo veo! ¡Veo dos!
Mi madre se agachó junto a él. Yo me preguntaba si estaban chalados.
—¿Las ves? —dijo él—. ¡Dos hojas! ¿Las ves?
—Sí, papá, las veo…
Los dos se levantaron. Mi madre entró en la casa. Mi padre me miró.
—Adentro…
Caminé hacia el porche y entré en la casa. Mi padre me siguió.
—Al baño.
Mi padre cerró la puerta.
—Bájate los pantalones.
Le oí coger la badana de afilar. Todavía me dolía la pierna derecha. No servía de nada, habiendo sufrido la badana antes muchas veces. El mundo entero estaba allí fuera indiferente a todo, pero no servía de nada. Había millones de personas ahí fuera, perros, gatos, pájaros, edificios, calles, pero no importaba. Sólo estaba mi padre y la badana de afilar, el baño y yo. Usaba aquella badana para afilar la navaja de afeitar, y por las mañanas temprano yo le odiaba con su cara blanca de espuma, de pie delante del espejo afeitándose. Entonces me pegó el primer golpe. El sonido de la badana era plano y fuerte, el sonido era casi tan malo como el dolor del golpe. La badana cayó otra vez. Era como si mi padre fuera una máquina golpeando con aquella badana. Tenía el sentimiento de estar en una tumba. La badana cayó otra vez y yo pensé que aquella seguramente era la última. Pero no lo era. Cayó otra vez. Yo no le odiaba. Simplemente, no podía creérmelo, quería librarme de él. No podía llorar. Me sentía demasiado mal para llorar, demasiado confundido. La badana cayó otra vez, luego se detuvo. Yo me puse de pie y esperé. Le oí colgar la badana.
—La próxima vez —dijo—, no quiero encontrar ni una hoja. Le oí salir del baño. Cerró la puerta. Las paredes eran hermosas, la bañera era hermosa, el lavabo y la cortina de la ducha eran hermosos, hasta el water era hermoso. Mi padre se había ido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario