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miércoles, 7 de noviembre de 2012

Vamos a la cama: El origen de mis ansias eróticas


En mi época de niño, en aquella lejana época durante la cual ejercía de estudiante de la vida, todo circulaba tan lentamente que los acelerones parecían simple saliva de babosa. Recuerdo alguna tarde lluviosa, en la cual esperábamos la hora de la salida de la escuela como un preso espera su último día en prisión. Cuando llegaba el momento de abandonar el aula, nos sorprendía afuera la última luz del día para decirnos que habíamos perdido otras veinticuatro horas más. Relacionado con esta frustración, está  la canción que más suena  en mi memoria, ésta es la tonada televisiva que nos invitaba a ir a la cama, otro transito nunca apetecido y por lo tanto bien recibido.
Años me llevó el poder superar la dichosa canción, sobre todo en lo que se refiere a la culpa de estar despierto después de que la emitieran en una televisión en blanco y negro (la de color llegó con el Mundial de España, en 1982) queriendo yo dormir, aunque sólo fuera por complacer a mis padres.
Aun hoy, el recordar aquellos niños felices de la tele que se alegraban si lograban convencernos de que ya era hora de dormir, incita mis peores pesadillas en las cuales veo pasar el tiempo desde mi pequeña cama sin otro acompañamiento que el silencio.
 Ya  en mis ocho años, mis vanas creencias eran insuficientes para soportar esos tipejos mimados y famosos (dense cuenta que eran dibujos animados, aunque para un niño poco diferentes de los seres de carne y hueso), pero que duda cabe de que aún más difícil de aguantar era el tedio de no tener sueño, ya que por muy santo que me creyese nada podía evitar la sensación de que estaba perdiendo el tiempo.
Con el paso de los años, he intentado rellenar ese vacío de las ganas intelectuales de dormir, y de las físicas de seguir despierto, con numerosos trucos. Al principio inventaba historias que me acompañaran, formaban parte de mi vida como un amigo de juegos violentos; la violencia era parte sustancial de ellas, aunque de aquella no lo consideraba de esta manera. Imaginaba mi vida de adulto, y lo hacía mediante un personaje norteamericano que luchaba por mantenerse vivo a costa de eliminar a todo tipo de energúmenos; quién podía considerar desde mi corta edad que a veces se excedía en los medios.
 Ahora que tengo la edad del cuento que imaginaba, creo que mis pretensiones de heroicidad podían haber sido ciertas, pero, pese a ello, difíciles de realizar. La vida maltrata tanto a la gente que dan ganas de empezar a repartir, y no precisamente mensajes de paz. Lo malo de esta perspectiva lo constituyen las ganas de dar un paso más, unida a la cobardía ante el hecho de meterse en líos. Creo que, ya de aquella, debí darme cuenta que mi físico no daba para peleas con las que salvar al mundo; por ello fui sustituyendo lo altruista por lo obsceno. De esta forma, el sexo no apareció en mi vida como consecuencia de un exceso de hormonas o de provocaciones ajenas. En mi caso, apareció para matar el tiempo durante el cual no conseguía dormirme, ni tan siquiera con cuentos de superhéroes foráneos. Esa fue la causa de todo y no la perversa Iglesia (a la que le corresponden otras culpas), ni la televisión, ni las revistas de mi hermano ni aún menos aquellas manoseadas novelas gráficas (lo que mi madre llama tebeos) subidas de tono.
Todo vino a causa del tedio de intentar dormir noche tras noche y no conseguirlo al instante. Lo que ahora ignoro es si mi vena porno tendrá un final distinto a mi muerte, ese otro gran sueño. De todas formas, creo que quizás su mayor enemigo sea su propio creador, aquel tedio infantil que con el paso del tiempo puede que derive en asco, o, lo que es peor, en simple indiferencia.

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